Tempestades jüngerianas

Jünger dejó constancia de la irrupción de una nueva mentalidad bélica

En 1920, con tan sólo 25 años de edad, Ernst Jünger publica un libro asombroso, Tempestades de acero. Son las memorias de sus años de experiencia en los puestos más avanzados del combate durante la Primera Guerra Mundial. A lo largo de ese tiempo, Jünger ha conocido los más diversos avatares de la lucha. Sus ojos han sido testigos de lo que, hasta ese instante de la historia europea, puede calificarse como un espectáculo insólito: la tecnificación de la guerra y, como consecuencia de ello, el propósito de aniquilación del enemigo elevado a una escala industrial.

Destinado desde el inicio de la conflagración a la primera línea del frente, Jünger ha visto morir a cientos de hombres, algunos abatidos por los disparos de los francotiradores enemigos, otros en los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, la mayoría despedazados bajo el fragor monstruoso del fuego de la artillería. Él mismo ha escuchado, en más de una ocasión, el susurro cercano con que la Muerte lo reclamaba. Al final del conflicto, apenas hay un centímetro de su cuerpo que se haya visto libre de las secuelas de la lucha. “Un vez me entretuve recapitulando mis heridas –escribe-. Constaté que, salvo algunas pequeñeces como tiros de rebote y desgarros, en total había recibido al menos catorce impactos”.

Ningún padecimiento, sin embargo, ha logrado hacer mella en su determinación y su temple. Aunque él no haga mención de ello en el libro, se diría que lo envuelve el aura propia de los seres que se deslizan por el filo de la vida bajo el amparo de una providencia benévola. Los soldados saludan con júbilo su regreso a las trincheras tras alguna de sus convalecencias para recuperarse de las heridas recibidas en el campo de batalla. Hay en su naturaleza una disposición innata en lo que atañe al estricto cumplimiento del deber. A los ojos de sus camaradas, su figura se reviste de un cariz ejemplar. El joven oficial es un mortal entre los mortales, otra víctima a punto de ser inmolada en el altar donde los dioses feroces de la época han decretado el exterminio de Europa, pero ninguna contingencia desequilibra su ánimo ni merma su lucidez. Cuando la guerra llega a su fin, su valor y sus dotes de mando le han hecho acreedor de todas las condecoraciones posibles.

Por momentos, Tempestades de acero parece la obra de un entomólogo de la guerra. Lo extraordinario es que quien lo escribe lo hace desde la entraña misma de la devastación, prodigiosamente desdoblado en observador y protagonista de los acontecimientos. La minuciosidad de las descripciones es portentosa. Este rigor en el detalle se explica porque, durante los años en que permaneció en el frente, Jünger llevaba un diario donde anotaba cada pormenor que le había deparado la jornada. Al cabo de esta acumulación de penalidades, de esta diaria confraternización con el horror, quizá cabría esperar que de la pluma del autor hubiera brotado un testimonio de categórica repulsa hacia la guerra, un abrupto desmentido del entusiasmo con que fue acogida entre buena parte de la población en edad de combatir la orden de movilización que se extendió por media Europa durante el verano de 1914. Y sin embargo…

Y sin embargo, Tempestades de acero no es una proclama antibélica como tampoco constituye una apología patriótica de tintes militaristas. Si así fuera, si el libro se hubiera decantado hacia una interpretación unívoca de los hechos que se describen en sus páginas, a Jünger se le habría situado a la cabeza de un fervoroso batallón de partidarios que habrían aprovechado la repercusión que obtuvo la obra para convertir su testimonio en un banderín de enganche ideológico, como por otra parte se pretendió hacer en alguna ocasión. En tal caso, Tempestades de acero no sería lo que es, un libro que, a la vez que revela un talento fuera de lo común para el arte literario, descubre la admirable finura de percepción que hay detrás de quien, con poco más de veinte años, y bajo la presión diaria de una experiencia extrema, es capaz de traducir a la deslumbrante exactitud de un lenguaje depurado de vanos florilegios ciertas verdades esenciales acerca de nuestra naturaleza común.    

Ante todo –y aquí me adentro en el problemático terreno de las consideraciones personales–, Jünger ve la guerra como un crisol en el que se funden la práctica totalidad de los elementos que contiene el espíritu humano. La materia resultante es aquello de lo que la persona, necesariamente despojada de las máscaras a las que solemos recurrir en nuestra vida ordinaria, descubre que está hecha en realidad. En esa dura aleación se fusionan, a veces en cantidades abrumadoras, el coraje y la cobardía, la barbarie y la compasión. La guerra es, por tanto, un espacio para la revelación del propio ser. Allí, inmerso en un paisaje de atrocidades, sometido a la terrible necesidad de matar a quien no alberga deseo más acuciante que el de matarle, el soldado inexperto que todavía es Jünger asume desde el comienzo de la lucha el propósito de no dejarse arrastrar a un abismo de deshumanización. “En la guerra –escribe imbuido de un espíritu caballeresco que intentará que la brutalidad de la lucha no le arrebate– he aspirado siempre a contemplar sin odio al adversario, a apreciarlo como hombre de acuerdo con su valor. Me he esforzado en buscarlo en la lucha para matarlo y no he esperado de él otra cosa. Pero nunca he pensado que fuera un ser vil. Cuando más tarde cayeron en mis manos prisioneros, me sentí responsable de su seguridad y procuré hacer por ellos todo lo que estaba a mi alcance”.        

Cómo dejar de reconocer en esas palabras la manifestación de un talante que hace del honor y del reconocimiento de la valía intrínseca del oponente la divisa máxima del guerrero. Pero la guerra moderna deja escaso margen para el cultivo de las virtudes honrosas. Más bien al contrario, alimenta las furias adormecidas de la destrucción indiscriminada, del arrasamiento total de los recursos del enemigo, incluida la población civil. En algunos de los pasajes de Tempestades de acero, Jünger deja constancia de la irrupción de una nueva mentalidad bélica, cifrada en el despliegue sin trabas de una monomanía delirante: “Hasta la Posición Sigfrido todas las aldeas eran un montón de ruinas; todos los árboles estaban talados; todas las carreteras, minadas; todos los pozos, envenenados (…). En suma, transformamos en un yermo la tierra que aguardaría al enemigo cuando éste avanzase”. Y agrega: “Allí fue donde por vez primera vi la destrucción planificada, un tipo de destrucción con el que luego habría de tropezar hasta la saciedad. Esta clase de destrucción, que está funestamente vinculada con las concepciones economicistas de nuestra época, ocasiona al destructor más daños que beneficios y no reporta ningún honor al soldado”.    

Son las reflexiones de un observador clarividente que, en las demenciales estrategias de lucha que imponen los estados mayores de todas las potencias en conflicto, atisba el oscuro destino que le aguarda a nuestra civilización. El matadero infecto en el que la guerra de trincheras convierte el teatro de operaciones europeo entre 1914 y 1918, y donde toda una generación de jóvenes es sacrificada en aras de unas fantasías de poder que la retórica envuelve en palabras que apenas destilan un ápice de su antigua nobleza, no supone otra cosa que el triunfo absoluto del nihilismo. Una civilización exhausta, depositaria de un legado milenario, busca el modo de sofocar para siempre su llama, y los millones de muertos de la Primera Guerra Mundial son sólo el preámbulo con el que una Europa predestinada a la debacle se encamina a la hecatombe definitiva que se desatará sobre su suelo a partir del uno de septiembre 1939.

Más allá, sin embargo, de las certeras apreciaciones con las que Jünger esboza los contornos del espíritu de nuestro tiempo, Tempestades de acero se ofrece al lector como un libro de autoconocimiento. La guerra, como cualquier otra tesitura que emplaza a la persona frente a una experiencia del límite, constituye la vía de acceso privilegiada a los niveles más profundos de la psique. La escritura se torna entonces un ejercicio de aprendizaje y una tentativa de catalogación de las propias vivencias. El caos que desencadena la guerra se somete a un principio de orden cuando el lenguaje logra prevalecer sobre el furor de los instintos y el imperio tiránico de las potencias lunares. Describir lo que sucede, más incluso que reflexionar sobre la índole moral de los acontecimientos en curso, es la intención primigenia que mueve al autor. Jünger descubre así, en el transcurso de los meses, que la guerra reduce la existencia del soldado a un esquematismo puro, a una esencialidad casi inocente. En cierto fragmento, se lee: “Pero aquí, en el campo de batalla, todo es claro y sencillo; mis derechos y deberes están fijados en el reglamento; no necesito ganar dinero; el rancho nos lo reparten gratis; si me van mal las cosas, tengo mil compañeros de infortunio; y, sobre todo, cualquier problema se diluye y queda reducido a una agradable insignificancia cuando se vive a la sombra de la Muerte”.

Sin duda, es la Muerte la presencia estelar en Tempestades de acero. Se puede uno topar con ella en cada recodo del libro. Nunca es posible anticiparse a su llegada. Todas las reflexiones filosóficas y todos los bonitos tópicos literarios acerca de su poder igualador descienden de sus alambicados pedestales y adquieren una encarnadura real en el barro y la sangre de las trincheras. Hay, a este propósito, pasajes memorables ante los que sólo cabe enmudecer: “Delante del abrigo estaba tendido mi inglés, un muchacho jovencísimo, al que mi bala le había atravesado el cráneo de lado a lado. Yacía allí con un semblante relajado. Me forcé a mí mismo a contemplarlo, a mirarlo a los ojos. Ya no se trataba de tú o yo. Más tarde he vuelto a pensar en él a menudo; con el paso de los años lo he hecho cada vez con mayor frecuencia. El Estado, que nos exime de la responsabilidad, no puede librarnos de la aflicción; éste es un asunto que hemos de dirimir nosotros mismos”.

¿Qué queda en Jünger al cabo de tanta devastación, de la promesa de una vida de aventuras y grandeza que el destino ha trocado en derrota para él mismo y para una nación a la que el Tratado de Versalles infligirá, además, un trato ignominioso? Queda un alma aristocrática, soberana de sí misma, amante de la vida, exploradora de sus tesoros. Queda un vigía que alerta del rumbo desquiciado que ha tomado su época y al que nadie escuchará. Y queda el oficial orgulloso del valor y la dignidad de los hombres que han servido bajo su mando, los soldados que, a la caída de la noche, “beberán silenciosamente un vaso a la memoria de los camaradas muertos y luego comentarán entre bromas las vivencias comunes”, esos hombres que no son más –pero tampoco menos– que lo que cada uno lleva dentro de sí, los hombres a los que los lances de la lucha han depurado hasta lo más profundo y que, aun así, son hombres íntegramente, unidos por los lazos que depara el hecho de compartir un destino de alto riesgo, y en quienes “está viva una fuerza elemental que subraya, pero a la vez espiritualiza, la ferocidad de la guerra”.    

A esa estirpe, quizá hoy extinta, rinde homenaje este libro formidable.

(Cieza, 1969). Es profesor de literatura, escritor y columnista. Ha publicado hasta la fecha dos libros de aforismos (Fragmentos y Contramundo), un volumen de relatos (El equilibrio de las cosas) y una recopilación de artículos (Una escala humana). Su último libro es Arraigo, un ensayo publicado por CEU Ediciones y que obtuvo un accésit en la segunda edición del Premio Sapientia Cordis. Periódicamente, sus columnas aparecen en diversos medios digitales.

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