Pocos lo ha resaltado, pero sabemos que sucedió: la Academia de Hollywood condecoró como mejor película a Una batalla tras otra, un cinta mediocre que arranca con media hora que es pura apología del terrorismo. Un viejo grupo armado, French 75, vuelve a las andadas y asalta un centro de detención de inmigrantes ilegales, glamurizando la violencia contra los planes de fronteras seguras del trumpismo. La película es un publirreportaje de la violencia política como imperativo moral y opción sexy, con la coartada intelectual de estar inspirada —tomándose amplias libertades— en la novela Vineland (1990), del prestigioso escritor Thomas Pynchon.
Por supuesto, la crítica internacional de los diarios prosistema celebró con confeti las seis estatuillas que recibió la película, dirigida por Paul Thomas Anderson. Como muestra de la lluvia de elogios, corto y pego este párrafo de Michelle Jennifer en el New York Times: “Hay algo subversivo, en el mejor sentido posible, en la visión del bien y del mal que presenta la película. La misma semana de su estreno, la administración Trump publicó un memorándum de seguridad nacional que denunciaba los movimientos que ‘presentan como fascistas los principios fundamentales estadounidenses (por ejemplo, el apoyo a las fuerzas del orden y al control fronterizo) para justificar y alentar actos de revolución violenta’. Ver Una batalla tras otra resulta liberador, en parte porque ignora todos los nuevos tabúes que Trump y sus secuaces intentan imponernos. La película difícilmente podría ser más relevante en la América de Trump y conlleva las premisas de un país mejor”, destaca. Imaginen una película sobre la vuelta del comando Barcelona de ETA que la prensa presentase como ejemplo de un reinicio moral para España.
Por suerte, un vistazo por las redes sociales nos sirve para certificar la enorme distancia entre las élites culturales y el sentido común del pueblo llano. Una ensayista y empresaria del sector del deporte, Jennifer Sey, ofrecía una réplica brillante en X: “Todo esto hace que los ególatras de Hollywood se sientan como la resistencia, cuando en realidad son solo ricos vistiendo atuendos desechables de 20.000 dólares, menospreciando a los trabajadores que les rodean, sorteando sobredosis de ozempic y, en general, siendo las personas más egoístas, narcisistas y derrochadoras del planeta. Pero bueno, claro, ustedes son revolucionarios vestidos de Chanel y Balenciaga con la cara llena de bótox”, sentencia, con envidiable adjetivo afilado. Hollywood ha perdido, casi por completo, la conexión con las clases populares que financiaron su antigua grandeza. Recordemos que la industria del cine en Estados Unidos es tan izquierdista que actores y directores conservadores se reúnen en un club semisecreto llamado Amigos de Abe, en referencia al presidente republicano Abraham Lincoln.
Destacados columnistas y directivos del sector cultural criticaron a Thomas Anderson por no ser más combativo contra el trumpismo en su aparición en la gala, insinuando que recurría a eufemismos y perífrasis para evitar la represión propia de las dictaduras. La realidad es que el feroz mensaje antipatriótico de Una batalla tras otra es la mejor prueba de la tolerancia cultural de los Estados Unidos de Donald Trump. Estamos ante el equivalente a que, bajo el mandato de Joe Biden, se hubiesen dado seis estatuillas a una película titulada La ilustración oscura, que idealizase las figuras de los filósofos antidemocráticos Curtis Yarvin y Nick Land. Hubiésemos tenido un boicot de patrocinadores, líderes estudiantiles y estrellas de los medios. Y eso que ninguno de los dos pensadores ha cogido nunca un arma. Así de inclinado está el tablero.
A pesar de toda esta turra terrorista, hubo sólidos destellos de cambio o resistencia en la gala. “Dios es bueno”, proclamó Michael B. Jordan (en la fotografía) al aceptar el premio a mejor actor por su papel en Pecadores. También destacó la centralidad de la familia: “Hey mamá, ¿qué tal? Todos ustedes saben lo que siento por mi mamá, y mi papá está aquí. (…) Voló desde Ghana para estar aquí, mi hermana, mi hermano están aquí, mi familia”, compartió. Jordan ya era conocido por su devoción: “Crecí en la iglesia. Siempre he sido la persona que pregunta: ‘¿Por qué, por qué, por qué? ¿Dónde está la prueba?’ Siempre he creído en un poder superior, algo más grande que yo. Creo que sería tonto si no lo sintiera así”, dijo a la revista Essence en 2020. La gala sirvió para dar la razón al famoso aforismo del escritor colombiano Nicolás Gómez Dávila: “La Historia moderna es un diálogo entre dos hombres: uno que cree en Dios y otro que se cree Dios”. Esa es la batalla del Hollywood actual, como ha comprobado Mel Gibson.
Una emocionada Jessica Buckley, ganadora del Oscar a mejor actriz por su papel en Hamnet, descolocó al elegante auditorio del Dolby Theatre en Los Ángeles al exaltar su experiencia como madre de una pequeña de ocho meses, declarando que tendría “veinte mil bebes más” con su marido, Freddie Sorensen. La actriz irlandesa dedicó su premio “al hermoso caos del corazón de una madre”. Recordemos que no hace tanto, en enero de 2020, la actriz Michelle Williams agradeció en 2020 que un aborto le permitió realizar la película por la que había ganado un globo de oro. La confesión recibió aplausos y elogios de sus colegas de profesión.
Para sorpresa de nadie, Hollywood confirmó su estatus de zona VIP de los pijiprogres globales. El premio niñato del año se lo llevó Timothée Chalamet, que abandonó el teatro a la hora de arrancar la ceremonia —junto a su novia Kylie Jenner— para no aguantar las bromas que le afean su severa opinión —expresada en una entrevista reciente— sobre la actual irrelevancia del ballet y la ópera. Muchos compañeros de profesión le reprochan su continua extravagancia aristocrática, plasmada en caprichos como pedir a su chef particular que le prepare cada mañana tres desayunos gourmet, de los que desecha dos .También le perjudicó que se supiera que emitió un comunicado contra Woody Allen, en los tiempos de denuncias de Mia Farrow, porque le dijeron que sí lo hacía disparaba sus posibilidades de Oscar, que finalmente no le dieron.
España tuvo poco protagonismo en esta edición: Sirat se fue de vacío, aunque seguramente merecía una estatuilla a mejor sonido. El foco lo tuvo un previsible Javier Bardem, que se posicionó contra la guerra de Irán y en favor de la lucha palestina, cuando presentaba el premio a mejor película extranjera. Fue un poco lo de siempre, para regocijo de detractores y partidarios. Los medios nacionales siguieron con máximo interés la presencia de Yolanda Díaz, vicepresidenta y ministra de Trabajo, que acudió con un billete de avión en clase business —más de siete mil euros— y un vestido rosa de diseño. Hay que vivir muy desconectado de la crisis social que vive España para pensar que algo así no va a hundir todavía más tu reputación política. Otra cosa chulísima que añadir a su currículum.
Posdata: la gala de 2026 también será recordada por un desastroso «In memorian» donde faltaron nombres tan legendarios como Gene Hackman y Brigitte Bardot, entre otros. La segunda, casi seguro, fue excluida por motivos políticos y por su rechazo a integrarse en el sistema de los estudios de Hollywood. ¿Se olvidarán de Chuck Norris el año que viene?