Trump, Monroe y Schmitt (I)

Entre la neutralidad autoaislacionista y el panintervencionismo. Un análisis schmittiano sobre la Estrategia Nacional de Defensa de Estados Unidos

We want to ensure that the Western Hemisphere remains reasonably stable and well-governed enough to prevent and discourage mass migration to the United States; we want a Hemisphere whose governments cooperate with us against narco-terrorists, cartels, and other transnational criminal organizations; we want a Hemisphere that remains free of hostile foreign incursion or ownership of key assets, and that supports critical supply chains; and we want to ensure our continued access to key strategic locations. In other words, we will assert and enforce a “Trump Corollary” to the Monroe Doctrine”.

National Security Strategy of the United States of America, Noviembre de 2025.

El pasado 2 de diciembre de 2025, se celebraba el 250 aniversario de la Doctrina Monroe. Donald Trump en su mensaje presidencial quiso agregar un “Corolario Trump” a dicha doctrina: “que el pueblo estadounidense –no las naciones extranjeras ni las instituciones globalistas– siempre controlará su propio destino en nuestro hemisferio”. Y la importancia del mensaje radica no tanto en la expresión final “control their own destiny in our hemisphere”, ya que como tuvo ocasión de observar el jurista alemán Carl Schmitt el propio Presidente Monroe declaró conscientemente “el vocablo ‘hemisferio’ y llamó a su espacio propio, ora ‘América’, ora ‘este Continente’, ora, en fin, ‘este hemisferio’ (this hemisphere)”, sino en el hecho de introducir como “Corolario” en la común noción de “no injerencia” no sólo a las naciones extranjeras, sino también a las “instituciones globalistas”, esto es, a fuerzas transnacionales de carácter privado (algo que el mandatario ha refrendado con los hechos, por ejemplo, al declarar “organización terrorista nacional” al movimiento Antifa o al protagonizar una lucha sin cuartel contra el narco).  

Si bien me he tomado la molestia de leer detenidamente la National Security Strategy[1] de la Administración Trump íntegramente, por razones de extensión dejaré fuera del análisis algunos aspectos relevantes…

  1. Lo primero que llama la atención es la brevedad y concreción con la que se articula la estrategia de defensa de una de las mayores superpotencias geopolíticas actuales. A los yankis les bastan 33 páginas para alinear medios y fines; mientras en España pareciera que, por poner un ejemplo, el Consejo de Seguridad Nacional redacte documentos que no bajan de las 100 páginas y que, en ocasiones, como el Informe Anual de Seguridad Nacional, alcanzan hasta las 300 páginas. Esto se debe a una ineficiencia que critica precisamente la Administración Trump al comienzo del texto publicado hace apenas unos días: “Las estrategias estadounidenses desde el final de la Guerra Fría se han quedado cortas: han sido listas interminables de deseos o resultados finales deseados; no han definido claramente lo que queremos, sino que han expresado vaguedades y tópicos; y a menudo han juzgado erróneamente lo que deberíamos querer. Tras el fin de la Guerra Fría, las élites de la política exterior estadounidense se convencieron a sí mismas de que el dominio permanente de Estados Unidos sobre el mundo entero era lo mejor para los intereses de nuestro país. Sin embargo, los asuntos de otros países solo nos conciernen si sus actividades amenazan directamente nuestros intereses”. Toda una declaración de intenciones, ¿verdad? Esos tiempos en los que EEUU ejercía de pretor mundial han concluido: “Los días en que Estados Unidos sostenía todo el orden mundial como Atlas han terminado”.
  2. Lo segundo que llama la atención del documento es cómo para acometer sus objetivos (que no son una “wishlist” interminable) hay una renuncia total a ideologías políticas erradas: “La política exterior del presidente Trump es pragmática sin ser ‘pragmatista’, realística sin ser ‘realista’, basada en principios sin ser ‘idealista’, enérgica sin ser ‘belicista’ y moderada sin ser ‘pacifista’. No se basa en la ideología política tradicional”. No valen las recetas prefabricadas (de ahí que entre sus principios defiendan un “Flexible Realism”.
  3. Lo tercero que llama la atención es, en relación con lo anterior, qué legado quiere dejar el Presidente Donald Trump. En efecto, como reconoce el documento: “El presidente Trump [que durante su primer mandato logró cerrar el pacto de los Acuerdos de Abraham] ha consolidado su legado como el Presidente de la Paz. Negoció la paz entre Camboya y Tailandia, Kosovo y Serbia, la República Democrática del Congo y Ruanda, Pakistán y la India, Israel e Irán, Egipto y Etiopía, Armenia y Azerbaiyán, y puso fin a la guerra en Gaza con el regreso de todos los rehenes vivos a sus familias”. Pero esta política exterior “enérgica sin ser ‘belicista’” sumada a la imagen de Presidente de la Paz puede que esté incomodando al Complejo Militar Industrial –denunciado por Eisenhower– más de la cuenta (y no hace falta ser un lumbreras para sospechar que el intento de asesinato que sufrió durante la campaña presidencial de 2024 tenga algo que ver con ello).

En resumen, el documento reconoce también que, a pesar de los métodos diplomáticos “poco convencionales” empleados, la Administración Trump considera que: “Un mundo en llamas, donde las guerras llegan a nuestras costas, es malo para los intereses estadounidenses”.

Sin embargo, he escuchado y leído todo tipo de opiniones de supuestos expertos que nos alertan del “imperialismo” que emana de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional. Yo percibo más bien todo lo contrario. Me da la sensación de que el MAGA es un movimiento neo-monroísta mucho más fiel al espíritu original de 1823 de lo que la gente cree. La Doctrina Monroe ha venido sufriendo una serie de mutaciones que han enturbiado tal espíritu. El “Corolario Trump” supone una vuelta a los orígenes, algo que, mucho me temo, los analistas, politólogos y expertos en Relaciones Internacionales no están dispuestos a asumir.

A tenor de lo que trataré de exponer siguiendo a Carl Schmitt, podremos arrojar nueva luz a la National Security Strategy. Las preguntas adecuadas, al menos desde el punto de vista de los intereses de los ciudadanos europeos, deben ser: ¿Qué nos conviene más: el aislamiento de Donald Trump o el panintervencionismo del Partido Demócrata de Biden, Kamala y cía, aunque también de gran parte de los sectores neocón del Partido Republicano? ¿Los europeos queremos ser autónomos o convertirnos en “simples filiales de un único señor del mundo”? ¿En el momento presente y con la Estrategia de Seguridad Nacional del Gobierno de los Estados Unidos en mano, preferimos el “roadmap” trazado por Trump –con todos sus defectos– que representa el “acervo tradicional y conservador de Estados Unidos” o vernos arrastrados por un “panintervencionismo” de rostro amable que trata de exportar el sistema demoliberal y el libre mercado a toda costa, aunque ello suponga abocarnos a una “guerra mundial discriminatoria”? ¿Qué aporta el “Corolario Trump” al sentido original de la Doctrina Monroe? ¿Podemos hablar de la “Doctrina Donroe” como síntesis de la política de DO-nald Trump y de la declaración mo-NROE?

Carl Schmitt y su Conferencia de 1943: “Cambio de estructura del Derecho Internacional” y el pensamiento en líneas globales

En 1943, a dos años de que termine la II Guerra Mundial, Carl Schmitt es invitado por el Instituto de Estudios Políticos a impartir una conferencia que se publicaría al español como “Cambio de estructura del Derecho Internacional”. En este enjundioso trabajo el alemán trataba de dar cuenta de cómo una guerra que “se ha tornado planetaria” había alterado por completo “la estructura y los problemas del Derecho Internacional”. En su opinión: “Se lucha hoy en toda la tierra por un orden de la tierra toda (…). La guerra se ha tornado planetaria: su sentido y su objetivo son nada menos que el Nomos de nuestro planeta. Entiendo aquí por Nomos no ya una serie de reglas y convenios internacionales, sino el principio fundamental de distribución del espacio terrestre”. El Descubrimiento del continente americano por parte de españoles y portugueses dejó atrás la “imagen del mundo tradicional” dando lugar a una “nueva imagen del mundo”. Algo, por supuesto, que trabajó Schmitt en su conferencia de 1943, pero que culminaría siete años después en su magna obra El nomos de la tierra (1950). Se trataba de una revolución de la concepción espacial que hizo transitar la experiencia preglobal del terruño a un pensamiento en líneas globales. Sobre la nación española en aquella ocasión, Schmitt se deshizo en protocolarios elogios: “Sé muy bien que me dirijo a miembros de una nación que desde hace siete años, desde 1936, ha mantenido su posición en la gran lucha del mundo y cuya gran historia está doblemente vinculada al tema de esta conferencia: por la hazaña militar, marítima, administrativa y cultural del descubrimiento y europeización de un Nuevo Mundo y por la otra hazaña simultánea en el terreno de la ciencia y del espíritu de la fundación de un nuevo derecho de gentes europeo. Claro que mi conferencia no podrá corresponder a tanta magnitud. Pero voy a esforzarme en ensanchar el horizonte de mis consideraciones lo suficiente para que la amplitud del campo visual haga al menos cierto honor a la grandeza del tema”.

Tal y como explica el propio jurista alemán en 1943: “Durante milenios, la humanidad ha tenido, es cierto, una imagen mítica de la tierra como totalidad, pero no una experiencia científica. Mas apenas surgió en la realidad práctica la figura de la tierra como un globo, gracias al descubrimiento de América por Cristóbal Colón, se planteó también simultáneamente el problema, perfectamente nuevo, de una ordenación internacional de todo el globo terráqueo. Comienza inmediatamente la lucha por la distribución de las tierras y mares nuevos. Por primera vez en la historia de la humanidad se trazan líneas globales con el fin de fijar un orden espacial de la tierra”. Schmitt identifica al menos tres tipos de líneas en la recién inaugurada Modernidad, a saber: i) la Raya hispano-portuguesa (de carácter distributivo); ii) la Amity line (de carácter agonal); iii) la línea de autoaislamiento (de carácter defensivo); siendo ejemplos arquetípicos de cada una de ellas el Tratado de Tordesillas de 1494, el tratado hispano-francés de Château-Cambressis de 1559 y las declaraciones de Jefferson y Monroe sobre el “hemisferio occidental” de la década de 1820, respectivamente. Por ende, tres grandes Imperios Atlánticos serían los representativos de los sucesivos modos de pensar en líneas globales: España, Inglaterra y Estados Unidos.

La herida que no sana: EEUU entre la neutralidad aislacionista y el intervencionismo

Lo interesante de dicha Conferencia de 1943 no es tanto el hecho haber desentrañado los entresijos del “problema del espacio del moderno Derecho Internacional”, sino haber logrado arrebatarle a la historia una regularidad de la política interior y exterior del Imperio hegemónico, los Estados Unidos de América. Schmitt logra ver con toda claridad cómo, desde tiempos de los Founding Fathers, EEUU sangra por una herida que no ha cicatrizado: la tensión irreductible entre un polo de “neutralidad aislacionista” y un polo de “intervencionismo en los asuntos ajenos”. Veamos.

La Declaración Monroe del 2 de diciembre de 1823, séptimo discurso anual sobre el Estado de la Unión ante el Congreso de los Estados Unidos en ciernes, naturalizaba la idea de “hemisferio occidental”, que, en palabras de Schmitt: “se contrapone como régimen de libertad al sistema político de las monarquías absolutas a la sazón vigentes en Europa” y que “abre margen a la delimitación geográfica de una esfera de ‘intereses especiales’ de los Estados Unidos más allá de su propio territorio”. Es para el de Plettenberg una manifestación prístina de “lo que se llamaría hoy ‘gran espacio’”. Recordemos que a finales de la década de los 30, Schmitt se interesó crecientemente por los estudios iusinternacionalistas y que ya el primero de abril de 1939 había dedicado una conferencia seminal (titulada Völkerrechtliche Großraumordnung mit Interventionsverbot für raumfremde Mächte) al concepto de Groβraum o “gran espacio” con la que inauguraría el curso en la Facultad de Economía y Ciencias Políticas de la Universidad de Múnich.

Sin embargo, en nuestra Conferencia de 1943 observa cómo la Doctrina Monroe (1823) degenera de una idea defensiva, esto es, el derecho de la potencia naciente de “trazar un espacio libre a la ocupación americana del suelo americano” a una idea imperialista de “Derecho internacional universalista y sin límites espaciales”. Se dejaba atrás el Derecho Internacional europeo con el objetivo de “ser el Occidente verdadero, la verdadera Europa. Trata el nuevo Occidente, América, de desplazar al antiguo Occidente, Europa, de su lugar como eje de la historia universal y centro del mundo. No se pretende destruir, eliminar o siquiera destronar ni Occidente (…) se trata simplemente de desplazarlo. Deja el Derecho Internacional de tener su centro de gravedad en la vieja Europa. Se desplaza el centro hacia el Oeste, hacia América”. Y lo hace de un modo muy efectivo, matando al padre: la decadente Vieja Europa. Un aspecto interesante del “Corolario Trump”, en esta línea, es que, si bien la Doctrina Monroe de 1823 pensaba contra el colonialismo europeo y, por ende, el enemigo del Imperio naciente era Europa, Trump prefiere la colaboración: “Queremos apoyar a nuestros aliados en la preservación de la libertad y la seguridad de Europa, al tiempo que restauramos la confianza en sí misma de la civilización europea y la identidad occidental”.

El problema viene cuando esta “energía política real” (en palabras de Schmitt), sobre todo desde 1890, comienza a degradarse a partir de la Declaración de Panamá del 3 de octubre de 1939, en virtud de la cual bajo el pretexto de establecer una “zona de neutralidad”, para evitar quedar arrastrados por la gran guerra europea mediante una franja de 300 millas náuticas alrededor del continente, los estados americanos desdibujaban el espíritu original de la Doctrina Monroe ampliando los límites de América “también mar adentro”. Cuba fue la prueba del algodón… En palabras de Schmitt: “La invasión de Cuba en 1898 fue la señal política exterior que anunció al mundo el giro hacia el imperialismo”. Pero ¿cómo un instrumento de política internacional defensivo podía transformarse en un arma expansionista e intervencionista? “En el mismo instante fenecen todas las energías históricas que habían dado a la línea de autoaislamiemo de Jefferson su temple interno”, dice Schmitt. En efecto, el sentido original de la Doctrina Monroe, consistía en lo que ha apuntado acertadamente Florian Louis, no sin dejar de señalar el carácter “fundamentalmente ambiguo” de la misma, en su artículo “Donroe: el corolario Trump a la doctrina Monroe” (2025): “Al situar a los Estados Unidos como garantes de la independencia de todo el continente americano, advirtió a las potencias extraamericanas que no toleraría más intentos de depredación imperial por su parte en el continente”.


[1] Con el ánimo de evitar la confusión, todas las citas de dicha Estrategia se incluirán en el texto en cursiva, mientras que las citas textuales a Carl Schmitt se incluirán sin cursiva.

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