El Destino Manifiesto y el problema de la unidad del mundo
Como expusimos en la primera parte de este artículo, la clave del peligro omnipresente de la deriva imperialista de EEUU está en el hecho de que “una línea global que parte el mundo en dos mitades en razón de lo bueno y de lo malo, es una línea de valoración moral según el más y el menos. Cuando no se limita estrictamente a la defensiva y al autoaislamiento, es un reto político permanente a la otra parte del planeta (…). La línea de autoaislamiento se convierte precisamente en lo contrario cuando se la erige en línea de descalificación y discriminación del resto del mundo”. ¿Qué fue sino una línea de descalificación la estrategia de Bush contra el llamado “eje del mal” (Irán, Iraq y Corea del Norte) so pretexto de las inexistentes Armas de Destrucción Masiva? Así las cosas, las energías teopolíticas del calvinismo y puritanismo norteamericanos al concurrir con el despliegue del espíritu objetivo del Manifest Destiny promovido por John L. O’Sullivan, hicieron que paulatinamente un Imperio anglosajón permutara la Isolation primigenia en “en principio de intervención ilimitada que abarca sin distinción la tierra toda. Entonces el Gobierno de los Estados Unidos se erige en juez de la tierra entera y se arroga el derecho a inmiscuirse en los asuntos de todos los pueblos y todos los espacios. La actitud defensiva que corresponde al autoaislamiento se convierte, mostrando así sus contradicciones internas, en un panintervencionismo extremo hasta el infinito y sin limitación de espacio”. Fenómeno este último al que Schmitt dedicará otra gran Conferencia del 11 de mayo de 1951 pronunciada en la Universidad de Murcia y titulada “La unidad del mundo”. Si me permiten el excurso, Schmitt está pensando en el Imperio norteamericano tanto en 1943 como en 1951 a la hora de acuñar el concepto de la “unidad del mundo”: “Se trata de la organización unitaria del poder humano, que tendría por objeto planificar, dirigir y dominar la tierra y la humanidad toda. Es el gran problema de si la humanidad tiene ya madurez, para soportar un solo centro de poder político. En el orden de las cosas humanas la unidad se nos antoja a veces como un valor absoluto (…). La unidad abstracta en cuanto tal lo mismo puede redundar en auge del bien que en auge del mal (…). El ideal de la unidad global del mundo en perfecto funcionamiento responde al actual pensamiento técnico-industrial”.
Sea como fuere, he aquí el aspecto nuclear y de absoluta vigencia de su Conferencia de 1943 que señalábamos en el artículo anterior: el continente europeo es rehén de un Imperio esquizoide que oscila “entre aislamiento y panintervencionismo”. Se trata de un dilema no resuelto, de una “quebradura interna” que está en el corazón mismo de la política exterior norteamericana y que atenaza, aún a día de hoy, a la Unión Europea. Sólo hace falta ver los bandazos que ha habido en lo referente a la Guerra de Ucrania… Para Biden: “apoyo incondicional a Ucrania”; para Trump: “salida pacífica del conflicto”, ya que “las contradicciones insolubles surgen constantemente en el hemisferio occidental porque, fundadas en la estructura interna de un continente quebrado en sí mismo y sujeto a la hegemonía de los Estados Unidos, no tiene en sí un principio propio capaz de decidir entre el aislamiento o la intervención”. Carl Schmitt vislumbra pues “un haz de problemas irresueltos que fuerza desdichadamente al hemisferio occidental y al resto del mundo a convertir la guerra entre Estados del Derecho Internacional europeo en guerra mundial”. Tras la construcción abstracta de un concepto unívoco de Occidente (es decir, EEUU y sus aliados) aguarda el hecho palpable y notorio de que “el hemisferio occidental está prendido en este dilema gigantesco desde el comienzo de la era imperialista, o sea, desde fines del siglo XIX y principios del XX (…). La gigantesca masa del Continente oscila bruscamente y sin transición de un lado a otro, presa en ese antagonismo contradictorio y extremo (…). Cuando el autoaislamiento frente al resto del mundo se convierte en discriminación de ese mundo, la guerra se torna acción punitiva y expiatoria que discrimina al adversario como criminal”.
EEUU: Isla policial mundial
El Imperio norteamericano se convierte entonces en lo que Günter Maschke denominó “Isla policial mundial”. La conclusión no puede ser otra que aquella a la que llega Schmitt: “La tendencia al aislamiento formaba parte del acervo tradicional y conservador de los Estados Unidos. Al desaparecer, la pretensión al señorío universal que va envuelta en la guerra mundial discriminatoria impulsa a los Estados Unidos a la intervención armada, no ya solo en todos los espacios políticos, sino también en todas las relaciones sociales de la tierra”. Ya no existe un afuera, la globalización se ha expandido como una balsa de aceite por todos los rincones del mundo. La guerra en forma de los Estados nacionales, en el seno del Ius Publicum Europaeum, dará paso a un “giro hacia el concepto discriminatorio de la guerra”, algo así como una guerra justa de signo total global.
Y cautivos de este dilema entre aislamiento y panintervencionismo lo han sido todos los Presidentes de EEUU: de Wilson a Trump, pasando por Franklin D. Roosevelt (quien como Trump, por cierto, incluyó también un corolario o enmienda a la Doctrina Monroe), “en todos los momentos decisivos reaparece la misma problemática del autoaislamiento y la intervención mundial” concluye Schmitt. Para el de Plettenberg, los Estados Unidos: “se arrogan la pretensión de decidir en toda la tierra sobre la justicia o injusticia de cualquier mudanza territorial (…). Por eso, al considerar ese intervencionismo ilimitado, global y universal de hoy, no deja de ser instructivo recordar que todos aquellos esfuerzos por trazar el ámbito geográfico de la Doctrina de Monroe y del hemisferio occidental no tenían más justificación jurídica que la necesidad de determinar los límites de la autodefensa americana (…). Al desvanecerse hoy todo límite, quiere decir que las pretensiones de intervención y reconocimiento de los Estados Unidos en cualquier espacio de la tierra no admiten el derecho de autodefensa de ningún Gobierno dentro de ese ámbito. Miradas las cosas desde el punto de vista del Derecho Internacional, esta es la significación genuina que tiene el panintervencionismo global en que ha venido a parar el principio del hemisferio occidental”. Y ello tiene efectos a todos los niveles: “Como el Gobierno de los Estados Unidos tiene en su mano la discriminación de los demás, tiene también, claro es, el derecho de apelar a los pueblos contra sus Gobiernos y de transformar la guerra entre Estados en guerra civil (…). Así, la guerra mundial discriminatoria de estilo americano se convierte en guerra civil mundial de signo total y global”. Véase el papel de la CIA, Henry Kissinger y los “contras” en la Hispanoamérica revolucionaria de los años 60 y 70 o el papel de EEUU en África y Medio Oriente, aupando a señores de la guerra y grupos terroristas afines a sus intereses o, también, el papel de los Servicios de Inteligencia orquestando “revoluciones de colores” por todo el globo…
Justamente el “Corolario Trump” parece reafirmar el olvidado “acervo tradicional y conservador” estadounidense al oponerse no sólo a la injerencia de naciones extranjeras, sino al papel de las élites, el globalismo y el “llamado free-market” ya que estos “ataron la política estadounidense a una red de instituciones internacionales, algunas de las cuales están impulsadas por un antiamericanismo absoluto y muchas por un transnacionalismo que busca explícitamente disolver la soberanía de los Estados individuales”. Esto parece desmontar la distorsionada imagen que nos brinda el historiador francés Florian Louis: “Añadiendo su ‘corolario’ a la doctrina Monroe, afirma el derecho de los Estados Unidos a intervenir en cualquier lugar del continente americano donde lo consideren necesario para defenderlo mejor de las amenazas que el resto del mundo podría suponer para él. La violación, prosigue Louis, por parte de Estados Unidos de la soberanía de los demás Estados americanos se presenta, así como un mal necesario, el precio a pagar para garantizar la independencia de América frente al resto del mundo”. Algo no encaja. La Administración Trump parece defender todo lo contrario: “Detener los conflictos regionales antes de que se conviertan en guerras globales que arrastren a continentes enteros es algo que merece la atención del comandante en jefe y una prioridad para esta administración”.
Pero, ¿cuáles son los principios básicos de la política exterior de Donald Trump según el National Security Strategy? i) Definición centrada en el interés nacional; ii) Paz a través de la fuerza; iii) Predisposición al no-intervencionismo; iv) Realismo flexible; v) Primacía de las naciones; vi) Soberanía y respeto; vii) Equilibrio de poder; viii) Defensa de los trabajadores americanos; ix) Imparcialidad; x) Competencia y mérito. Ahora bien, conviene no hacerse trampas al solitario… El documento aboga por una “nueva edad dorada” de EEUU, reconoce que “la economía estadounidense es la base del estilo de vida americano”, que “Estados Unidos cuenta con los principales mercados financieros y de capitales del mundo, que son pilares de la influencia estadounidense”, que “para un país cuyos intereses son tan numerosos y diversos como los nuestros, no es posible una adhesión rígida al no intervencionismo”, y que, además, quieren “mantener el incomparable ‘poder blando’ de Estados Unidos, a través del cual ejercemos una influencia positiva en todo el mundo que promueve nuestros intereses. Al hacerlo, no nos disculparemos por el pasado y el presente de nuestro país”.
Una política exterior menos intervencionista no implica, de hecho, que EEUU haya dejado de ser un Imperio continental, pero el lado positivo es que están por la labor de respetar las particularidades de los pueblos mucho más que otras facciones neocón (existentes tanto entre los Demócratas como entre los Republicanos): “respetaremos las diferentes religiones, culturas y sistemas de gobierno de otros países. El ‘poder blando’ que sirve a los verdaderos intereses nacionales de Estados Unidos solo es eficaz si creemos en la grandeza y la decencia inherentes a nuestro país (…). Buscamos buenas relaciones y relaciones comerciales pacíficas con las naciones del mundo sin imponerles cambios democráticos o sociales que difieran ampliamente de sus tradiciones e historias”.

¿There is no alternative? La globalización y los grandes espacios
Con todo, podemos decir que la idea neo-monroísta del “Corolario Trump” se aproxima bastante a la noción schmittiana de “gran espacio”. Los principios básicos de su política exterior dan cuenta de un repliegue aislacionista con base en la “no intervención, la primacía de las naciones, la soberanía y el respeto” que, al menos por un tiempo, decantan la balanza hacia el polo menos lesivo para los intereses europeos, y que se juega el seno del esquizoide dilema entre aislamiento y panintervencionismo. Sin embargo, en tanto que superpotencia siempre está en sus manos la gran tentación del unipolarismo: “Estados Unidos no puede permitir que ninguna nación llegue a ser tan dominante que pueda amenazar nuestros intereses”.
Frente a la consumación de la globalización y el consecuente globalismo, Schmitt propone la defensa de “grandes espacios” soberanos que busquen un afuera desde dentro de la “unidad del mundo”: “Frente a la pretensión de control y señorío mundial, universal, de signo planetario, se yergue a la defensiva otro nomos de la tierra, cuya idea cardinal consiste en distribuir el globo terráqueo en varios espacios grandes determinados por su substancia histórica, económica y cultural”, algo que, por cierto, se ha defendido desde sectores tan diversos como la revolución conservadora alemana con Oswald Spengler y la defensa de “grandes unidades culturales” y el propio Schmitt y su concepto de “grandes espacios” a la cabeza; la Nouvelle Droite y la idea benoistiana de un “identitarismo etnopluralista”; el conservadurismo realista de autores como Samuel P. Huntington y su noción de “choque de civilizaciones”; el multipolarismo eurasiático de la “cuarta teoría política” de Aleksandr Dugin o el conspiracionismo de grupos anarquistas y antiglobalización como Tiqqun o el Comité Invisible. El problema de la descripta mutación del pensamiento en líneas globales del “hemisferio occidental” es que, como sucediera con toda nitidez en la Conferencia de Berlín de 1885, el reparto del mundo con escuadra y cartabón suele revelarse como una pésima idea y “las particiones que de la tierra se hicieron eran abstractas y superficiales en el pleno sentido de la palabra. Descomponían todos los problemas en geometría. Abstractos y superficiales son también los imperialismos globales, sin límite ni espacio, que postulan el occidente capitalista y el este bolchevique. Entre ambos se levanta hoy a la defensiva la substancia de Europa que no se deja tratar como superficie”, concluye Schmitt en el contexto de la Guerra Fría. ¿Estamos hoy en una posición favorable como para no dejarnos tratar como mera superficie? Creo que el belicismo vonderleyenesco que se ha despertado en la UE no nos deja mucho espacio para el optimismo…
Lo que nos queda de las reflexiones de Schmitt, como, por otro lado, de las de Alain de Benoist, Samuel P. Huntington o Aleksandr Dugin no puede ser otra que esto: “Frente a la unidad global de un imperialismo planetario –capitalista o bolchevique– se alza una pluralidad de grandes espacios concretos, plenos de sentido. La lucha, es lucha por la estructura del futuro Derecho Internacional, pugna en torno al problema de si el futuro va o no a consentir la coexistencia de varias figuras autónomas, o sólo simples filiales regionales o locales descentralizadas de un único ‘señor del mundo’. Los idilios localistas o regionalistas no son ya capaces de hacer frente a este imperialismo global. Solo grandes espacios verdaderos son capaces de enfrentarse a él. El gran espacio pleno de sentido contiene la medida y el nomos de la nueva tierra. He ahí su sentido histórico universal y su sentido jurídico internacional (…). La tierra seguirá siendo siempre más grande que los Estados Unidos de América y todavía hoy es suficiente para alojar a varios espacios grandes, en cuyo ámbito puedan los hombres amantes de la libertad defender su propia substancia y sus peculiaridades históricas, económicas y espirituales”.
Espero haber podido contribuir al debate en torno a si la Estrategia Nacional de Defensa de Donald Trump esconde un oscuro imperialismo o no…