Cuando uno piensa en Donald Trump, las ideas de «decencia» y «moralidad» no son las que primero se le ocurren. Ni siquiera los mayores fans de Trump piensan en esos términos; al fin y al cabo, hablamos de un promotor inmobiliario mujeriego, que ha dejado tras de sí un reguero de bancarrotas y peleas legales, alguien con muchas virtudes pero también alguien que no se suele presentar como parangón moral.
No pienso que sea un error destacar otras virtudes de Trump antes que la moralidad. Pero es importante entender que Trump no es una persona inmoral per se. Que hay un importante fondo ético debajo de las proclamas grandiosas y las peleas de Internet es obvio en su pacifismo innato (al menos por comparación con otros presidentes estadounidenses) y sobre todo en la decisión que anunció hace unos días para hacerse con el control de la policía de Washington DC y enviar tropas de la Guardia Nacional para mejorar la seguridad pública en la capital estadounidense.
Para entender por qué esta es una decisión moral antes que política, permítanme que, como ex residente en DC, les cuente una historieta reciente que me pasó allí.
En 2021, yo era empleado de un gran banco de desarrollo internacional con sede junto a la Casa Blanca. Era el segundo año del covid y la oficina estaba cerrada, así que solo pasaba por allí de paseo y trabajaba desde casa. Me aburría mucho, porque mi mujer y mis hijos pequeños se habían quedado en Madrid, así que vinieron aquel mes de julio a pasarlo conmigo.
Yo me acababa de poner la vacuna del covid, en la Universidad de Howard en el centro-este de DC –una de las principales «universidades históricamente negras» de DC, donde todo el personal que me atendió era afroamericano– pero mi esposa no se la había puesto aún, así que decidimos que lo hiciera en DC. Para principios de julio, casi todo el mundo allí ya se había vacunado y quedaban pocos centros abiertos, así que busqué en Internet y vi que el que estaba más cerca de mi domicilio (justo al norte de la Casa Blanca) era un instituto –cerrado por vacaciones– acondicionado como centro de vacunación en el barrio de Anacostia, al pasar el río de ese nombre, al sur de la Casa Blanca.
Tomamos el metro, mi esposa, mis dos hijos (entonces de 11 y 14 años) y yo. Al principio de la línea, el 90% de la gente en el vagón era blanca o latina; al pasar las estaciones de la Casa Blanca y el pabellón de baloncesto de los Washington Wizards, el 50%; a dos estaciones de Anacostia, éramos los únicos no negros del vagón, y había varios chavales poniendo música y bailando (muy bien) en el pasillo.
Cuando nos bajamos en la estación de Anacostia, entendí que, como residente novato en DC, no me había dado cuenta de que habíamos viajado a uno de los lugares más peligrosos en el corazón negro de DC. Es en barrios como Anacostia donde vive la mayor parte de la población del Distrito Federal, y estos barrios son 99% negros, y tienen índices de asesinato y criminalidad con frecuencia peores que las favelas brasileñas y los suburbios de Caracas.
Anacostia es como una pesadilla extraída del videojuego de violencia Grand Theft Auto: basura, casas que parecen medio abandonadas, coches que no han visto un taller. Cruzamos a un grupo de hombres cuarentones charlando en la acerca, a la puerta de una licorería a las 11 de la mañana, que nos miraron como si fuéramos extraterrestres. Mi hijo mayor quería entrar en una tienda a comprar una botella de agua, y mi mujer le miró a los ojos, le obligó a que se callara y le aseguró que jamás entraría a ninguna tienda para nada en aquel barrio.
Tengan en cuenta que fui al colegio e instituto en los barrios madrileños de Usera y Tetúan (los que conozcan la capital de España entenderán la referencia) y he llevado a mis hijos a jugar al fútbol en San Cristóbal de los Ángeles, el barrio más peligroso de Madrid. Y justamente a esa hora, antes del mediodía, incluso San Cristóbal parece diez veces más apacible que Anacostia.
Al doblar la siguiente esquina, llegamos a lo que viene a ser el centro de Anacostia: a mis pies, un drogadicto (blanco) medio muerto tirado en la acera, a mi izquierda dos mujeres gordas (negras) vestidas de prostitutas; enfrente, un grupo de jóvenes sentados en y alrededor de un banco en un parque desolado, oyendo rap. Le dije a mis hijos que no miraran ni a los jóvenes ni a nadie, que mantuvieran la vista hacia adelante, porque Google Maps me aseguraba que estábamos a punto de llegar al instituto de la vacunación, y de todos modos no íbamos a volver al metro. En cuanto acabáramos, pedía un Uber y así no tendríamos que andar más por aquel lugar espantoso.
No nos cruzamos con nadie que no tuviera pinta de criminal. Seguro que en Anacostia hay gente que no se dedica a vender drogas ni a tomar drogas ni a prostituirse, pero están todos encerrados en sus casas. Cuando llegamos al instituto, resultó estar cerrado: ese día era de descanso y no se vacunaba. Pedí un Uber, marcando que nos recogiera ahí mismo, en la puerta del instituto, y le dije a mi familia que se relajara. El Uber llegaría en 10 minutos.
Justo en ese momento oímos cierta conmoción en la dirección contraria de la que habíamos venido. Un grupo de adolescentes afroamericanos venía andando, haciendo mucho ruido, hablando a gritos, actuando como mafiosos de medio pelo de película de Spike Lee. Nos retiramos hacia la puerta del instituto (que estaba cerrada) discretamente, y nos quedamos medio escondidos ahí, mientras los adolescentes, obviamente armados y obviamente peligrosos, pasaban a lo suyo. Contuvimos todos el aliento y, de algún modo, por algún motivo, no nos prestaron ninguna atención. Había pasado un minuto desde que desaparecieron tras la siguiente esquina cuando apareció el Uber: nunca he estado más feliz de ver un coche en mi vida.
No he vuelto a Anacostia y, créanme, jamás volveré. Es tentador pensar que la gente que vive allí se merece todo lo que tiene: llevan décadas votando a políticos demócratas de izquierdas que nunca han hecho nada por ellos. En 2024, un 6% de los residentes en DC votó a Trump, y un 90% a Kamala Harris; pero en 2020, cuando el candidato demócrata era blanco (Joe Biden), sacó un 92%, y Trump solo un 5%.
La política de DC es en general corrupta y la ciudad un casi perfecto ejemplo de apartheid. Busquen el mapa en Internet, y tracen una diagonal desde la esquina superior derecha hasta la esquina inferior izquierda: a la derecha viven los negros (drogas, violencia, alienación social) y a la izquierda los blancos (funcionarios, CIA y Departamento de Estado, casas con jardín y vacaciones en Aspen). A lo largo de la línea hay varios barrios mixtos, donde se interpone a la inmigración latina, como cabeza de puente de la civilización o como infantería que puede morir en el Desembarco de Normandía.
Lo más fácil para Trump sería decir: pues que sigan matándose entre ellos. ¿No les gusta tanto votar a los demócratas? Aunque Trump gastara su capital político en subir 20 puntos de voto para los republicanos en DC, seguirían perdiendo, y seguirán perdiendo hasta el fin de los tiempos. Pero Trump está harto de ver a estadounidenses, aunque sean afroamericanos, matándose entre ellos sin que nadie haga algo.