Mucho más allá de lo expuesto por Jung al final de sus días en sus investigaciones sobre el «Magnum Opus» alquímico y el «Ánima Mundi» neoplatónico, su aventajado discípulo James Hillman revolucionó el ámbito de la psicología al relacionar Imaginación y Alma por medio del término griego original referido a la segunda: «psykhé», cuya sustancia no es sólida e inmutable, sino que está en continuo contacto con la variabilidad ínsita al mundo. Por eso la magia, y no la razón, es, como señala la mística sufí o la Cábala hebrea, la puerta de comunicación hacia lo Real, puesto que nos permite vincular dos conceptos, imágenes o ideas que en principio estaban alejadas entre sí, por medio del don de la «analogía».
La ascensión es un aprendizaje lleno de compañeros puntuales y guías eventuales, común y solitario al mismo tiempo, donde cada etapa muestra una hipóstasis distinta, una emanación del Uno diferente, desde una nueva perspectiva más amplia que la anterior, abriendo la conciencia a una visión más amplia, un estado del ser que revela una percepción hasta entonces inexplorada de la existencia. Algo que, en términos puramente religiosos, podríamos denominar como distintas aristas del equívoco rostro de Dios, a un tiempo completamente Otro de todo cuanto puede ser conocido, lo mismo que idéntico a la faz de lo Real.
Coleridge, que tenía tanto de pensador como de creador, de poeta-filósofo como de filósofo-poeta, distinguía una imaginación primaria de otra secundaria: «Sostengo que la imaginación primaria es el poder viviente y agente principal de toda percepción humana», mientras que la segunda «es un eco de la anterior, coexistente con la voluntad consciente, aunque idéntica a la primaria en su naturaleza como agente, y que se distingue sólo en el grado y en su modo de operar». El poeta, entonces, es un hijo de Sophia en perfecta igualdad con el filósofo, entendiendo al primero «como el sabio que vibra, que es poseído por una ebriedad (vipra) que viene de los dioses».
En su imponente Hyperion (1797) ese poeta llamado Friedrich Hölderlin y admirado por filósofos de la talla de Friedrich Nietzsche o Martin Heidegger dejó escrito: «Sin poesía nunca habría nacido un pueblo filosófico». La filosofía, por lo tanto, nace del mito y del poema, reúne una dualidad que los racionalistas, partiendo de una interpretación torticera de Platón, han querido separar, igual que la montaña es una metáfora evidente, y no sólo desde el punto de vista visual, del matrimonio entre el Cielo y la Tierra, la conjunción de opuestos a partir de un tercero que sintetiza alquímicamente la dualidad como sólo la imaginación y el «Ánima Mundi» pueden hacer.
Por supuesto, la cima es, tomada como objetivo en sí mismo, una entelequia, puesto que, con toda probabilidad, nunca alcanzaremos la gracia de su consecución en esta vida, dado que Dios sólo la concede a unos pocos elegidos, pero eso no significa que no debamos aspirar a ella con todas nuestras fuerzas. Sólo por acceder a la montaña, esa que Caspar David Fiedrich o Nikolái Roerich (ilustra el artículo su «Monte de los cinco tesoros») pintaron una y otra vez con maestría, ya nos encontramos más allá de los límites del pensamiento tecnocientífico. La programación para masas nos mantiene reducidos al ámbito de dos dimensiones, racionalismo e irracionalismo, mente y cuerpo, lógica e idealismo, mientras que, aquello que nos permite la «analogía», el ascenso a la Montaña Sagrada, es escapar hacia un tercer lugar o una tercera visión del Cosmos y del Ser cuyo portal es la Imaginación.
En el último aliento de su vida y de su obra, Jung escribe: «El inconsciente colectivo nos rodea por doquier. Se asemeja más a una atmósfera en la que vivimos que a algo que se encuentre en nosotros. Además, no se comporta en absoluto de modo simplemente psicológico; en los casos de la llamada sincronicidad demuestra ser un sustrato universal presente en el ambiente antes que una premisa psicológica. Toda vez que tomamos contacto con un arquetipo, entramos en relación con factores transconscientes, metapsíquicos». Una vez cruzado el umbral de la imaginación, esto es, del así llamado «pensamiento del corazón», se accede a un mundo más rico y profundo que aquel que podemos ver habitualmente con la limitadora mirada de la razón.
El proyecto inconcluso con el que Jung se fue a la tumba fue la anulación de toda barrera entre ciencia y religión, entre psique y mundo, entre sacralidad y realidad, por medio del desarrollo de la «sincronicidad». El supuesto «realismo» de los positivistas pasados, presentes y futuros pretende reducir cualquier intento por hallar un sentido a la existencia del Cosmos y a nuestro lugar en él a una simple categoría psicológica: una proyección subjetiva sin asomo alguno de correspondencia con lo Real. Pero, ¿qué ocurriría si, como han planteado los más destacados discípulos del suizo, resulta que es esa tendencia puramente cínica a vaciar toda construcción lingüística o simbólica de fondo lo que en verdad constituye una proyección puramente irreal que además se encuentra muy difundida en nuestros días?
Es cierto que el racionalismo tuvo su sentido histórico y que, todavía hoy, puede constituir una herramienta útil de conocimiento de lo Real. El problema es que, por culpa de su imperio, la imaginación y el simbolismo, la sensibilidad estética o la intuición espiritual han sido desdeñadas por parte del Sistema, que a su vez generó una reacción al positivismo contemporáneo, hoy nuevamente reforzado por el desarrollo tecnocientífico de la Inteligencia Artificial y la Realidad Virtual, bajo la forma de un irracionalismo que terminó encarnando en el sincretismo y la «New Age», por un lado, así como en ciertas corrientes ideológicas como el así llamado «Socialismo del siglo XXI» o la «ideología de género», de otra parte.
En cierto sentido, seguimos anclados en viejas categorías deudoras del siglo XIX, cuyo lastre intelectual es nefasto y amenaza con no dejar que nos libremos de él. A consecuencia de ello continuamos enfrentados una y otra vez entre bandos irreconciliables: unos, los ilustrados, defendiendo el imperio de la Razón, y otros, los románticos, exacerbando el sentimentalismo como si supusiera algún tipo de reacción alternativa. Nosotros pensamos que la Sabiduría es la bisagra que, procedente del origen de Occidente tal y como lo conocemos, llegada desde la Antigua Grecia, puede poner fin al conflicto con una nueva comprensión de la «psykhé».
En ese sentido, Richard Tarnas escribe: «El descubrimiento del inconsciente fue significativo en muchos frentes, con múltiples implicaciones que es menester tomar en cuenta no sólo psicológicas y terapéuticas, sino también históricas, filosóficas y políticas, existenciales y espirituales». Aquello que Jung trató de realizar al final de sus días va mucho más allá que una simple transformación del mundo interior de los individuos, de forma que se les pueda acusar fácilmente de caer en un «idealismo» o un «irracionalismo» de signo protestante que los aleja de lo Real.
En su lugar, Jung trataba de desarrollar un «Ojo Arquetípico», esto es, una mirada del mundo exterior previamente transformada por una ampliación de la visión interior del ser que, en más de un sentido, resulta análoga a esa facultad imaginativa («al-khayâl») a la que se refería Ibn Arabí. Reconciliar interior y exterior, en vez de plantearlos como dimensiones separadas, es el verdadero objetivo de toda operación mágica y, en cierto sentido, también de toda ascensión espiritual orientada hacia una expansión de la conciencia por medio de la «analogía».