40 años por el desierto

La democracia se proclama ruidosamente como seña de identidad europeísta, pero es un trofeo tras una vitrina que nadie puede tocar

Esta semana se han cumplido los 40 años del ingreso de España en la UE y, dando un somero repaso a las declaraciones y artículos publicados al respecto, el tono general es de entusiasmo incondicional. Empezando por Pedro Sánchez, quien afirmaba en su cuenta de X/Twitter que «Europa es lo mejor que le ha pasado a España». Bueno, no será para tanto… Si un ingresa en un grupo y no dejan de recordarle lo afortunado que es porque le hayan admitido, ¿no están afirmando implícitamente que ese recién llegado es un tanto pringado? ¿No se está abonando el terreno para que se sienta en deuda permanente y dispuesto a cualquier sacrificio por su nueva familia? Hemos visto suficientes películas y series sobre mafiosos como para desconfiar de esa manipulación emocional.

Pero estas cuatro décadas nos lo han repetido tanto que ha calado o quizá, por ser más precisos, deberíamos decir que el español promedio ha aprendido qué es lo que debe decir porque es lo socialmente establecido como correcto, aunque en su fuero interno se comporte de otra manera. De tal manera que nos encontramos con un fascinante resultado entre los españoles encuestados por el Eurobarómetro.

Por un lado, ante la pregunta «¿Se siente usted ciudadano de la UE?» solo los habitantes de Malta y Luxemburgo expresan mayor fervor que los españoles, pero, oiga, es que en esos casos puede entenderse porque no es que ambas nacionalidades hayan moldeado la historia mundial; ocupando respectivamente las posiciones 172º y 168º entre los países por población (187º y 169º por extensión), no les queda otra que abrazar la bandera azul estrellada y reconocerse europeos ante un interlocutor que, en la mayoría de los casos, sería incapaz de señalar en un mapa dónde quedan Malta y Luxemburgo ni recordar nada significativo de su cultura e idiosincrasia. No puede ser más opuesto el caso de España. 

Sin embargo, ante la pregunta «Cuando se reúne con amigos o familiares, ¿diría que conversa frecuentemente, ocasionalmente o nunca acerca de asuntos de política europea?» el español no tiene igual en toda la UE a la hora de mostrar su olímpico desinterés por discutir tales naderías. Servidor desde que tiene uso de razón siempre ha visto que las elecciones europeas se han interpretado invariablemente en clave nacional. Hemos logrado aprendernos el nombre de una política de ese ámbito para reescribirlo de inmediato como Von der Brujen y poco más.

Al fin y al cabo ¿qué puede discutirse, qué alternativas cabe confrontar en ese terreno? Convertida Bruselas en la capital de los lobistas, la impresión es de lejanía, opacidad y sospecha de que hay unos pocos intereses nacionales decisivos, Francia y Alemania para ser exactos, y los demás no tienen más opción que acatar. Es significativo que lo más parecido a una lengua franca para países tan variopintos sea una que ni siquiera es la oficial ya de ningún miembro de la Unión, pues el inglés para Irlanda y Malta es únicamente cooficial.

Por tanto, no hay un demos europeo, no hay una comunidad política real que nos interpele a participar en ella: la democracia se proclama ruidosamente como seña de identidad europeísta, como forma de hostigar a Estados miembros desafectos y como casus belli frente a sátrapas orientales, pero es un trofeo tras una vitrina que nadie puede tocar. Algo parecido ocurre con la libertad de expresión, un derecho del que debemos presumir ante el mundo, pero no caer en la vulgaridad de ejercerlo.    

Es entonces la de la UE una sediciente democracia que no admite la crítica ni la disidencia, enrocándose en unos planteamientos respecto al próximo futuro de contornos inquietantes. Fijémonos por ejemplo, de los artículos que han venido publicándose estos días para celebrar la efeméride, en este de El País, medio al que siempre conviene prestar atención por ser más oficialista y sistémico que el BOE, leyéndolo sabremos qué es lo que el poder quiere en cada momento que creamos. Pues bien, en su subtítulo está todo: «El proyecto europeo, amenazado desde fuera y desde dentro, afronta el reto de otra ampliación hacia el este y un cambio de paradigma con el gran rearme».

En primer lugar, veamos cómo ese «amenazadodesde fuera y desde dentro» tiene una intención clara de vincular ambas cosas: le están cogiendo gusto a la acusación de quintacolumnismo, a convertir la discrepancia en traición. También es reseñable, a continuación, esa voracidad expansionista típica de los imperios. Los Estados-nación han mantenido ocasionales disputas territoriales con algún vecino, ciertamente, pero en general tienden a contenerse dentro de sus propias fronteras. Aspiran a conservar su propio legado, su gente y su cultura, así que el extranjero solo se convierte en un problema si nos invade, si no, allá se las componga con sus particulares costumbres. Por eso la Paz de Westfalia supuso al mismo tiempo un reconocimiento de la soberanía nacional, del Estado moderno, y una atemperación de las interminables disputas que asolaron el continente europeo. La actual UE es la anti-Westfalia.

¿Por qué un ciudadano europeo, de tener voz y voto en el tinglado de Bruselas, estaría a favor de esa expansión de la UE? Eso supone destinar fondos a la integración del nuevo candidato o dejar de recibirlos, absorber poblaciones extrañas (¿qué vínculos tenemos con un país como Georgia a más de 4.000 km. de distancia?), reducir la influencia propia en una estructura cada vez mayor y exponerse a conflictos fronterizos con quienes recelan de esa expansión. Claro que para eso se menciona a continuación el «gran rearme», proyecto tan sugerente como leerse una de esas novelas eróticas de González Pons.

La Primera Guerra Mundial fue un ejemplo paradigmático de la maldición de las alianzas militares, donde lo que se gana al obtener el respaldo de otros se pierde al verse obligado a intervenir en conflictos ajenos. España supo abstenerse entonces (aunque lo llamen despectivamente «aislacionismo») y haría bien en mantenerse al margen ahora ante lo que pueda venir. De hecho, los españoles ven más amenazante a Marruecos que a Rusia, al fin y al cabo basta fijarse en un mapa dónde está ubicado cada país.

El «gran rearme» traerá, además, empobrecimiento, porque no se puede soplar y sorber a la vez y el dinero que se gaste en ello no se dedicará a otras partidas. Lo cual es muy significativo, teniendo en cuenta que el entusiasmo que hemos podido leer estos días de celebración de esta travesía de los 40 años sin ningún Moisés al frente giraba en buena medida en torno al beneficio económico que habría supuesto. Nos han hablado de 150.000 millones recibidos en fondos de cohesión y de que en estas cuatro décadas el PIB español se ha duplicado. Lo cual no nos queda claro si es gracias o a pesar de la UE y si es mucho o poco, porque entre 1940 y 1980 el PIB español se multiplicó por seis. Es además un indicador económico que nos dice poco sobre nuestro bienestar real, el de cada uno de nosotros, sobre el que encontramos aquí otro dato mucho más certero: en las últimas tres décadas los salarios reales en España sólo han crecido un mísero 2,7%. No da para mucho entusiasmo europeísta.

Nacido en Baracaldo como buen bilbaíno, estudió en San Sebastián y encontró su sitio en internet y en Madrid. Ha trabajado en varias agencias de comunicación y escribió en Jot Down durante una década, donde adquirió el vicio de divagar sobre cultura/historia/política. Se ve que lo suyo ya no tiene arreglo.

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