¿A quién cantabais de madrugada?

Europa recuerda menos de lo que debería a Jan Palach

A finales de los noventa, cualquier bar de copas era el lugar perfecto para la práctica del insomnio voluntario. Aunque las cosas ya no eran tan laxas como antes –una pila de normas trataba de frenar tanto exceso horario–, los propietarios cerraban mucho más tarde de lo que indicaba la ley, montaban vigilancia en la puerta de su garito y, caso de detectar el brillo azul de la luz policial, daban la voz de alarma, aleccionaban a los clientes, apagaban los focos, interrumpían la música y agarraban la carpeta que reunía licencias, certificados y demás documentos solicitados por los sheriffs de la noche. Y como el saber no ocupa lugar, determinados empresarios nocturnos deberían sentirse satisfechos y agradecidos a algunos de aquellos hombres de azul, profesores de la calle y de la madrugada, que les enseñaron el doble significado de la palabra mordida.

Madrid era una ciudad más o menos amable, acogedora y feliz –o a lo mejor no, cómo confiar en los recuerdos– aunque fuera necesario arriesgarse a multas disparatadas por servir copas a partir de las 2:30, aunque el bipartidismo oficial resultara más aburrido que una jornada maratoniana de carta de ajuste (jóvenes, consultad Wikipedia) y aunque el Efecto 2000 amenazara con un apocalipsis informático capaz de acabar para siempre con todos los archivos, las comunicaciones y hasta los datos de las cuentas bancarias. Algunos esperábamos con ansia la entrada del nuevo milenio para comprobar si esto sucedía y sufrimos una seria decepción cuando entendimos que nada había sucumbido, que el sistema resistía y que no nos había tocado el placer, el dolor y la gloria de volver a empezar y edificar algo grande sobre las ruinas del tedio.

En la calle Claudio Coello, a mitad de camino entre General Oráa y María de Molina, latía un bar de copas bastante peculiar que abría a las nueve de la noche, cerraba a las cuatro o a las cinco (las últimas dos horas vulneraban con orgullo la normativa), acumulaba multas con cierta indiferencia y lo mismo recibía  a los actores de Al salir de clase (no puedo entender ni recordar por qué, pero a veces entraban en la barra, fregaban los vasos y atendían a la clientela) que a juventud universitaria del barrio de Salamanca o a un curioso grupo de jóvenes leídos, simpáticos, disidentes, enemigos de la modernidad, partidarios sin embargo de la carne y que, seguro, esperaban con un whisky en la mano y una carcajada en el rostro las consecuencias devastadoras del Efecto 2000.

Cuando llegaba el fin del horario oficial y la música paraba, todavía quedaban demasiadas almas agolpadas alrededor de la barra, mil temas por discutir y varias aventuras –aventuras de una noche– a punto de caramelo. Era entonces cuando aquel grupo inclasificable, aquella especie de alegre legión nocturna juvenil, alzaba los vasos y cantaba a pleno pulmón ante la perplejidad de los demás clientes y el despertar brusco del vecindario.

Así decía la canción más habitual: Ellos vinieron de la estepa y nos dijeron/ está prohibido morir por la patria/ está prohibido no ceder la ocupación/ está prohibido resistir a la opresión/ está prohibido amar los campos verdes de tu país/ está prohibido amar el verde de esperanza/ está prohibido amar la esperanza. Y luego, mientras otros hacían coros, alguien recitaba versos que relataban cómo ardía el corazón de Praga y cómo del cuerpo de un joven en llamas surgiría una nación digna en la que los niños correrían libres sin toparse con carros de combate soviéticos.

Cantaban bien, como según Miguel de Unamuno lo hacen los poetas, los soldados, los héroes o –esto ya no lo dijo Unamuno– los que en su juventud sueñan con destinos trágicos aunque el paso de los años les haga desafinar porque la corbata y la rutina aprietan la garganta. El caso es que cantaban a alguien que en lo ideológico no se parecía demasiado a ellos, pero sí en lo demás. En lo esencial. La identidad de las ideas no importa demasiado; la consanguinidad de los espíritus, sí.

Aquel joven homenajeado en la canción –que era himno y era poema– se llamaba Jan Palach.

Nos remontamos a 1968, cuando aún nos quedaba tantísimo para nacer y mayo –según letra de Joaquín Sabina– duró 12 meses. Jóvenes no solo franceses trataron de simular una revolución que ha envejecido fatal y ahora parece un cajón de sastre lleno de eslóganes para carpetas adolescentes y de pijos desnortados que más adelante coleccionarían renuncias, excusas, batallas de abuelo y fragmentos encuadrados del Muro de Berlín.  Aquellos héroes de la nada –algunas semanas de feroz revolución, cero muertos y varios embarazos no deseados– clamaban contra oligarquías variadas y contra las costumbres occidentales, pero no les molestaba tanto la bota implacable de la URSS, capaz de negar cualquier amago de libertad y de someter a países como Polonia, República Democrática de Alemania, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía o Bulgaria. Hagamos números: si sumamos aquel verso libre del socialismo continental que era Yugoslavia, el 55% de la población europea vivía bajo regímenes enemigos de la libertad. Enemigos en todos los aspectos.

El dirigente checoslovaco Alexander Dubček trató de sacudirse el yugo e implantó medidas liberalizadoras en lo social, en lo cultural y en lo económico. Quizá influía cierta memoria genética porque aquel país fue el único de Europa Central capaz de mantener una democracia parlamentaria desde 1918 hasta 1938, año de la invasión (no solo) alemana. Dubček quiso disparar contra el invierno y poner en marcha la muy famosa Primavera de Praga, pero la URSS no iba a permanecer impasible ante tan intolerable deriva occidental.

Jóvenes checoslovacos frente a un tanque soviético en llamas en 1968

Una madrugada de agosto del 68, cuatro países del Pacto de Varsovia cruzaron la frontera checa y pusieron en marcha una invasión incontestable: la Unión Soviética (sobre todo ella), Polonia, Hungría y Bulgaria conformaron un ejército de más de medio millón de soldados, miles de tanques y cientos de aviones. De este modo, dejaban claro que cualquier intento de rebelión o de mera disidencia sería reprimido de inmediato.

En poco tiempo, la primavera se convirtió en estación lejana, en concepto imposible y  en palabra arcaica. El pueblo vivía resignado al fatalismo de los países con mala suerte, cuando un joven estudiante de Economía Política y Filosofía decidió someterse al mayor de los sacrificios: a las 15:00 del 16 de enero de 1969 y en la concurridísima Plaza de Wenceslao, decidió prenderse fuego ante la mirada de los viandantes. Lo hizo para protestar contra la dictadura soviética y antes dejó testimonio de sus intenciones. Mientras ardía, corrió como terrible antorcha humana hasta que alguien sofocó las llamas sin poder evitar ni las terribles quemaduras ni la muerte del joven, tres días después, en un hospital de la ciudad. Ese estudiante era Jan Palach; luego, otros siguieron su ejemplo y corrieron idéntico destino.

La invasión de Checoslovaquia arrancó de forma definitiva la máscara del régimen soviético y ya era imposible negar su carácter tiránico.  Tanto que no pocos comunistas se lo pensaron mejor, abandonaron el barco, y hasta el convencido Sabina -segunda aparición en este artículo- escribió una canción titulada 1968 en la que pisaban los tanques las flores de Praga.

Por supuesto, Europa recuerda menos de lo que debería a Jan Palach, a las víctimas de aquella invasión soviética y a las del comunismo en general. Europa casi siempre hace poco. Y por esa ausencia voluntaria de memoria, ningún otro cliente del bar conocía la historia que los jóvenes de Claudio Coello cantaban y contaban por las noches, mientras de día se afanaban por mantener una llama exigua: un pedazo de fuego agónico y tembloroso, pero capaz de alumbrar la oscuridad mientras llegaban tiempos mejores.

Es el coordinador del Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (ISSEP Madrid). Colaborador en distintos medios informativos y literarios, escribió el libro "Tú querías ser Juanito...y yo driblar como Rubio" (Homo Legens, 2018), donde relata historias del fútbol español.

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