Adolfo Suárez, 50 años después

Medio siglo desde su nombramiento como presidente del gobierno

Se atribuye a Otto von Bismarck y Antonio Cánovas del Castillo la definición de la política como “arte de lo posible”. Es uno de los fundamentos del realismo político clásico. Podría haberla escrito Nicolás Maquiavelo, el cardenal Richelieu, Thomas Hobbes, o cualquier defensor de esta tradición filosófico-política. No obstante, otros pensadores, como el monárquico antiliberal Charles Maurras, dio un paso más en esa definición. A su entender, la política no es sólo el arte de lo posible; es el arte de “hacer posible lo necesario”.  El problema es definir en cada momento que es “lo necesario”. A la atura de los años setenta, incluso años antes, la sociedad española se enfrentaba a esa problemática. Y es que, desde los años cincuenta, se había producido un acelerado proceso de cambio de todos los niveles. El economista Joseph Schumpeter había podido hacer referencia a un proceso de “destrucción creativa”, no sólo a nivel socioeconómico, sino religioso, mental y axiológico. Bajo la égida de los denominados “tecnócratas” la sociedad española experimentó transformaciones cualitativas en sus estructuras. El desarrollo económico significó la desintegración definitiva de la sociedad agraria tradicional, la emigración interior y exterior, la industrialización y la terciarización de la estructura económica. A todo ello se sumaron las repercusiones religiosas del Concilio Vaticano II, que en España fue especialmente determinante. El aggiornamento católico deslegitimó las pretensiones del tradicionalismo ideológico y condujo a una nueva interpretación de la doctrina social de la Iglesia, compatible con la democracia liberal.

  Así, pues, la sociedad española poseía ya, en distintos grados, las condiciones históricas y sociológicas para una vida política de carácter demoliberal. El régimen de Franco había creado las clases medidas por la que tanto habían clamado los regeneracionistas finiseculares, pero esta mesocracia, tras haber adquirido cierto volumen y seguridad en sí misma, fue rebelándose contra el dictador y su régimen que habían generado, al menos en parte, su prosperidad.

  A ello se unía la situación internacional. La consolidación de la Europa democristiana y socialdemócrata, al igual que la emergencia paulatina de la Comunidad Económica Europea, favorecían igualmente esa evolución. En el mismo sentido, incidía la influencia económica y cultural de los Estados Unidos. La caída de los regímenes autoritarios de Portugal y Grecia corroboraba esa tendencia. El régimen de Franco no tenía respuestas a estos nuevos desafíos. Se trataba de un sistema político de carácter personalista, dependiente de la vida de su fundador y guía, Francisco Franco, que, a lo largo de su existencia, ejerció la función de dictador tutelar dentro de una abigarrada constelación de fuerzas políticas y sociales. Como dijo Jaime Gil de Biedma, en uno de sus poemas; era el arquitrabe del sistema. Nunca existió realmente un partido único que garantizara su continuidad. La elite intelectual y política del régimen, incluido el propio Franco, lo sabían; y elaboraron sus propios proyectos de transición. Así, Manuel Fraga o José María de Areilza, los reformistas azules, etc. La democracia liberal era el horizonte de la sociedad española de la época. Era su destino; no había otro. El cambio era insoslayable. Pero el tránsito podía hacerse mejor o peor, según las circunstancias y los protagonistas.

  A la muerte del general Franco, ni Fraga ni Areilza, ni ninguna figura relevante del reformismo fueron designados por su heredero, Juan Carlos I, para llevar a cabo el necesario cambio, sin poner en peligro los fundamentos materiales y morales de la sociedad. Como hubiera dicho el heterodoxo marxista Antonio Gramsci, se trataba de una “revolución pasiva”. Aconsejado por el maquiavélico Torcuato Fernández Miranda, se designó para presidir el proceso a un político de muy segunda fila, Adolfo Suárez González, antiguo gobernador civil de Segovia, director de Radiotelevisión española, vicesecretario y luego secretario general del Movimiento. Al frente de estos puestos, nadie pudo percibir la menor veleidad reformista o liberalizadora. Era conocido como un protegido de Fernando Herrero Tejedor, ministro secretario general del Movimiento. A duras penas, se licenció en Derecho.  Nunca participó en las peripecias doctrinales de los reformistas azules. Poco antes de la muerte de Franco, militó en la asociación política Unión del Pueblo Español, cuyo objetivo era garantizar la continuidad del régimen y en cuyas filas militaban franquistas incondicionales como Emilio Romero, Pablo Porta, Carlos Pinilla, Alberto Ballarín Marcial, etc. La decisión de Fernández Miranda de promocionarlo para presidente del gobierno no vino de sus desconocidas virtudes intelectuales y políticas, sino porque lo consideraba “dirigible”, “disponible”, hoy diríamos “bizcochable” para llevar a cabo su proyecto político. Algo imposible de lograr con Fraga o Areilza, De hecho, sus contemporáneos nunca le tomaron excesivamente en serio. Para el socialista Enrique Tierno Galván, era el político ideal para la democracia liberal, “flexible, maleable”, “hombre bidimensionaal o, lo que es lo mismo, sin profundidad”. El católico conservador José María García Escudero lo comparó con Sagasta; era “Práxedes Mateo Suárez”, el hombre de las artes menores, el diálogo, el pacto, la persuasión, los buenos modales. Par el filósofo José Luis López Aranguren, era el político típico de la “era de la imagen”, cuyo proyecto político era de “mera transacción”, característico de un período de transición social y político. Gonzalo Fernández de la Mora destacó su mediocridad intelectual. El democristiano Óscar Alzaga lo describía como un arribista en estado puro, “lo que conocíamos de él era tanto su escasa formación como su enorme habilidad para estar a bien con las personas claves del último franquismo –azules, Opus Dei o altos cargos militares–, decirles lo que deseaban oír. Y, pese a su escaso prestigio personal, ascender por la escala del Movimiento Nacional con los apoyos necesarios”.

Adolfo Suárez durante un discurso de investidura en el Congreso de los diputados

  Su designación tuvo lugar el 3 de julio de 1976. Y no fue bien recibida, en un principio, por el conjunto de la opinión pública. Cambio 16 tituló su portada “Presidente por sorpresa”. El por entonces muy influyente historiador y periodista Ricardo de la Cierva gritó desde las columnas de El País, su célebre “Qué error, qué inmenso error”. Apostaba por Areilza. Asesorado por Fernández Miranda y apoyado por el monarca, Suárez logró la aprobación por las Cortes corporativas de la Ley de Reforma Política. Y luego, mediante métodos de dudoso carácter democrático, su aprobación por referéndum. Legalizó, contra la opinión de la cúpula militar, el Partido Comunista. Convocó elecciones y las ganó, gracias al apoyo, como había ocurrido en el referéndum,  del aparato burocrático del Movimiento Nacional. Aunque las elecciones nunca tuvieron carácter constituyente, Suárez buscó el consenso con las izquierdas, y se elaboró una Constitución que fue aprobada a finales de 1978. Consiguió, además, liberarse de la tutela de Fernández Miranda, que había criticado, entre otras cosas, la inclusión del término “nacionalidades” en el texto constitucional. Finalmente, el catedrático de Derecho Político fue defenestrado por su presunta marioneta. Es la ventaja de los pragmáticos sin escrúpulos o los aprendices de brujo sobre los intelectuales.  En cualquier caso, logró llevar a cabo el proyecto de “revolución pasiva”.  El texto constitucional de 1978 fue y es un conjunto de apaños y pactos entre las fuerzas políticas dominantes, un “papel” como hubiera dicho el gran Ferdinand Lassalle. A lo largo de su vigencia, el concepto de nación española se ha deconstruido, con el denominado “Estado de las autonomías” y la distinción entre “nacionalidades” y “regiones”. Hemos podido percibir que la división de poderes es más un mito que una realidad. No existe en la práctica. Que los partidos políticos son el instrumento de una oligarquía cerrada. Un régimen partitocrático en estado puro. Instituciones como el Defensor del Pueblo, el Senado, el Tribunal Constitucional no funcionan realmente.  Los sindicatos son organizaciones gremiales al servicio del gobierno.  El modelo económico destaca por su ambigüedad. Desde el poder, se intenta, además, la falsificación sistemática de nuestro pasado. Con la complicidad de pseudohistoriadores oficiales.

  El proceso de cambio distó muy mucho de ser pacífico. En realidad, fue infinitamente más sangriento y conflictivo que otros procesos análogos como el portugués o el griego. El terrorismo etarra en el País Vasco se cobró la cifra de casi novecientos muertos, de los cuales hoy por hoy trescientos siguen sin aclararse. Además, se produjo un auténtico episodio de limpieza étnica, que obligó a más de doscientos mil vascos a exiliarse en el resto de España. En esa limpieza se encuentra la base de la hegemonía actual del nacionalismo en las tierras vascas. Pronto veremos a los herederos de ETA monopolizar el gobierno. En Cataluña, hubo igualmente terrorismo, protagonizado por Terra Liure, aunque de más baja intensidad.  Sin embargo, la hegemonía nacionalista dura hasta hoy, y ha degenerado en un proceso deliberado de secesión, como se vio en 2017.  Suárez Fue incapaz de percibir esta realidad. Y lo mismo ocurrió en el tema de las relaciones internacionales. Se resistió hasta el final a la integración de España en la OTAN. Incluso parece que tanteó la inserción española en los países no alineados. En sus memorias, Miguel Herrero de Miñón señaló que Suárez no era suficientemente “burgués”.

  Pese a esas insuficiencias, o quizás por ella, Suárez se creyó su propio mito. Y, lejos de abandonar la políticas activa, organizando, desde el poder, un conglomerado político denominado Unión del Centro Democrático. Un pseudopartido que intentó englobar en sus filas a liberales, socialdemócratas, democristianos y antiguos “azules” provenientes del Movimiento Nacional. Nada nuevo bajo el sol en realidad. Su experiencia recuerda a la de la Unión Liberal, acaudillada por el general Leopoldo O´Donnell, que agrupaba a antiguos moderados y progresistas. Antonio Alcalá Galiano lo denominó “la familia feliz”, recordando una jaula en la que coexistían animales antitéticos bajo el látigo de un “hábil domador”. Pronto pudo verse que Suárez no reunía las cualidades de ese hábil domador; todo lo contrario. La mayoría de los miembros de la UCD lo consideraban un parvenu. Su papel político dependía de sus éxitos a corto plazo.  A lo largo de este período, Suárez se comportó como un político de escasos escrúpulos. Podía defender una idea y la contraria. Aunque es probable, y más que probable, que nunca tuvo ideas. Adolfo Suárez solo puede ser interpretado desde la etología política. Hombre de instintos, no de pensamiento. Su mayor error fue creerse un líder político. Y es que sus éxitos de debieron a un contexto muy determinado, el de hacer posible lo necesario. Tras el proceso constituyente, Suárez dio muestras fehacientes de su pequeñez humana y política. No dio la talla. Volvió a ganar las elecciones de 1979, pero ya nada fue igual. Su incapacidad fue manifiesta a la hora de dar respuesta a la conflictiva situación del momento. Terrorismo, divergencias en su propio partido, enemistad con las jerarquías militares, ataques de la izquierda socialista, de los nacionalistas, y del conservadurismo de Fraga, crisis económica, paro, etc, etc. Incluso la enemistad de su antiguo valedor Juan Carlos I, su alma gemela en el fondo. Su dimisión en enero de 1981 fue la consecuencia lógica de una trayectoria política caracterizada por la ambivalencia y el oportunismo. Juan Carlos I le concedió el título de duque de Suárez, un gesto que implicaba una invitación tácita a su abandono de la política activa. Vano empeño. No se dio por enterado. Suárez se vengó de sus antiguos enemigos dentro de la UCD, propiciando la deserción de sus partidarios para fundar el denominado Centro Democrático y Social. De nuevo, un partido ambivalente y sin proyecto político preciso. Unas veces apoyó al PSOE y otras a Alianza Popular. Como le reprochó el historiador Carlos Seco Serrano, quiso, en un primer momento, emular a Felipe González por la izquierda. Lo cual garantizó su fracaso. En algún momento, llegó a la abyección cuando permitió que uno de sus colaboradores afirmara que el Ejército español era en el País Vasco un Ejército de ocupación.  Acabó disolviéndose como lo hizo la UCD.

Adolfo Suárez presidiendo el Consejo de Ministros

  ¿Qué queda hoy de la figura de Adolfo Suárez? De pensamiento político, absolutamente nada. Prosigue, sin embargo, en ciertos personajes de la vida política, como Núñez Feijóo o Moreno Bonilla, la nostalgia del “centrismo”. Pero nada más. Como personaje histórico, es difícilmente evaluable. Su más notable biógrafo, Juan Francisco Fuentes. personifica las dificultades de análisis global de su trayectoria no ya política, sino vital. Y no por carencia de dotes como historiador, sino por las propias características del personaje. A ese respecto, recuerdo una conversación con mi amigo José Miguel Ortí Bordás, que lo conocía bien, que reconocía su incapacidad para definirlo como personaje público. Su biografía depende de un período muy corto de tiempo; y no da más de sí. Es, además, un personaje unidimensional, logado por completo a la política. Su vida privada no es novelesca; no interesa. Hace poco se le acusó de abusos sexuales; lo dudo mucho. Su libido era ante todo política, no sexual. Tampoco ha dejado unas memorias políticas. Su sucesor, Leopoldo Calvo Sotelo, se burló de la inexistente biblioteca del abulense. Un “erial”, dijo socarronamente.

  Tal es la herencia que nos dejó Adolfo Suárez González, cuyo destino más plausible sería el olvido. Y es que su centrismo tuvo efectos letales para el conjunto de las derechas españolas Pudo ser una actitud y una estrategia política plausible en los inicios del nuevo régimen, en el período previo a la Constitución. Sin embargo, se ha pretendido perpetuarlo en el tiempo. Lo que llevó a la disipación del entusiasmo por las ideas y los proyectos culturales; derrumbó saludables creencias; exageró defectos y morbos; sembró semillas de nihilismo político; Desechó precipitadamente materiales nobles; y malgastó no pocos ímpetus en la crítica de sus antecesores. En eso, estamos hoy.

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