Ayuso y los acentos de León

Madrid salió mal parada en la comparación con Barcelona, que en la visita del Papa sí supo mostrar tradición, memoria y personalidad propias

El problema de querer todos los acentos es que se acaba perdiendo el propio. Y cuando eso sucede, el Papa deja de ser el sucesor de Pedro, la cabeza visible de la Iglesia que moldeó nuestra civilización, para convertirse en una celebridad internacional especialmente respetable. Se le recibe con corrección, con hospitalidad y con una organización impecable. Exactamente igual que se recibiría al Dalai Lama. El resultado es una ceremonia correctita y una sensación persistente de vacío. Como quien toca de oído sin tener oído.

La visita papal ha servido para muchas cosas. Ha permitido al Gobierno intentar apropiarse de unas palabras que no iban dirigidas a él, retorciéndolas hasta el ridículo, ha proporcionado una semana de polémicas previsibles a los medios y ha permitido a media clase política fotografiarse junto a una de las figuras más conocidas del planeta. Pero también ha servido para algo menos comentado: mostrar hasta qué punto Madrid parece haber olvidado que es la capital de España.

No hablo de organización. Madrid organizó la visita de forma, ya digo, ‘correcta’. Mucho menos me refiero a la respuesta de Madrid, de España, y las multitudes que acudieron. Funcionó la seguridad, la logística, las infraestructuras. Todo como muy de evento de escuela de negocios. Pero cualquiera entiende que la ocasión exigía algo más que ‘gestión’. Cuando se presentó una oportunidad para exhibir una tradición, una memoria y una personalidad propias, la respuesta fue un dispositivo organizativo. Todo funcionó. Y, sin embargo, faltaba todo. Faltaba, precisamente, Madrid.

La comparación con Barcelona resulta especialmente incómoda. Barcelona lleva años empeñada en un extraño experimento de nacionalismo, progresismo y decadencia urbana cuyos resultados están a la vista de cualquiera. Pero cuando recibió al Papa intentó mostrar algo de sí misma. La Sagrada Familia, Gaudí, Montserrat, la propia idea de Cataluña aparecían constantemente en el relato. 

Madrid, en cambio, parecía no saber muy bien qué decir de sí misma. Y esa diferencia importa más de lo que parece. Porque una capital no es sólo un lugar donde se toman decisiones administrativas. Una capital representa una nación ante sí misma y ante los demás. Es el escaparate de una historia, de una tradición y de una determinada forma de entender el mundo. Madrid dispone para ello de una riqueza simbólica extraordinaria. Tiene la monarquía, la Almudena, el Palacio Real, El Escorial, siglos de historia política, religiosa y cultural acumulada. Sin embargo, la impresión final fue la de una ciudad incapaz de convertir todo ese patrimonio en algo vivo.

El símbolo involuntario de la visita fue el Bernabéu. No tengo nada contra el Bernabéu. Es un estadio magnífico. El problema es que sea la primera idea que se le ocurre a una capital histórica cuando recibe al Papa. El Bernabéu es perfecto para un concierto, para una final europea o para un gran acontecimiento deportivo. Lo inquietante es que una ciudad con la densidad histórica de Madrid parezca incapaz de pensar más allá de la lógica del gran evento.

Porque eso es exactamente lo que transmite el Madrid institucional contemporáneo. Una ciudad concebida como una sucesión de acontecimientos, congresos, festivales, inversiones, aperturas, rankings y campañas promocionales. Una ciudad extraordinariamente eficaz para atraer actividad económica y sorprendentemente torpe a la hora de expresar una personalidad propia.

Aquí aparece inevitablemente Isabel Díaz Ayuso, porque todo en la preparación de esta visita lleva su sello. Su famoso Madrid de Todos los Acentos resume una filosofía entera. La frase pretende transmitir apertura, hospitalidad y dinamismo, pero delata una renuncia implícita. Porque un Madrid de todos los acentos corre el riesgo de convertirse en un Madrid sin acento.

Madrid siempre fue una ciudad abierta. Lo fue precisamente porque era Madrid. Porque poseía una personalidad suficientemente fuerte como para absorber a quienes llegaban y convertirlos en madrileños. Llegaban gallegos, andaluces, extremeños o asturianos, pero llegaban a una comunidad concreta, reconocible y orgullosa de sí misma. La apertura era consecuencia de la identidad. No su sustituto.

Hoy da la impresión de que la relación se ha invertido. La identidad propia parece contemplarse con cierta incomodidad, como una reliquia potencialmente excluyente, mientras la apertura se convierte en un fin en sí mismo. Madrid ya no aspira a ser admirado por lo que es, sino por lo bien que funciona. Y eso nos conduce a una forma peculiar de pobreza.

Durante años el PP madrileño ha presumido de gestionar mejor que sus adversarios, lo que no es decir mucho, realmente. Pero gobernar una ciudad no consiste sólo en atraer inversión, reducir trámites o mejorar indicadores económicos. Una ciudad, sobre todo si es ese escaparete de la nación que representa su capital, es mucho más que eso. Es una realidad con una identidad propia que debe ser cuidada, representada y transmitida. Y que Ayuso parece no entender en absoluto.

La consecuencia de olvidar esto es la miamización de Madrid. La aspiración a convertirse en una especie de gran plataforma internacional, amable con el capital, amable con el turismo, amable con los negocios y progresivamente indiferente a cualquier identidad demasiado concreta. Una ciudad permanentemente sonriente, permanentemente abierta y permanentemente disponible. Una ciudad que quiere gustar a todo el mundo y que, precisamente por ello, empieza a resultar intercambiable con muchas otras.

Miami es un magnífico lugar para hacer negocios. Lo que no es, ni pretende ser, es una civilización. Madrid sí debería aspirar a serlo. Por eso la comparación con Barcelona termina siendo tan dolorosa. Los nacionalistas catalanes pueden estar equivocados en casi todo, pero siguen creyendo que forman parte de una historia. Siguen sintiendo la necesidad de representarse a sí mismos. Siguen intentando cautivar, impresionar y seducir. A veces de forma ridícula. A veces de forma irritante. Pero al menos lo intentan.

Madrid parece haber renunciado incluso a eso. Como si la gestión pudiera sustituir a la imaginación y los balances a los símbolos y la máxima aspiración de una ciudad como Madrid fuera alcanzar la eficacia anónima y desangelada de un aeropuerto. Como si una capital histórica pudiera sobrevivir convertida en el departamento de relaciones institucionales de una firma de inversión de medio pelo.

El problema no fue la visita papal; la visita papel hizo visible el problema. Durante unos días quedó expuesto el contraste entre una ciudad con un perfil propio, con una personalidad, y otra que parece haber decidido que lo único importante son los indicadores.

Eso sí. Ayuso consiguió su foto a solas con el Papa.

Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

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