Hace unos días teníamos ocasión de leer una entrevista a Cayetana Álvarez de Toledo y dado que pasa por ser algo así como la intelectual del partido nos lanzamos ávidos a su lectura… que lamentablemente quedó incompleta al no poder superar nuestra atención la fuerza gravitatoria de esta respuesta:
P. Noelia Núñez, la diputada del PP, dimitió por falsear el CV. ¿Por qué se fingen unos estudios que no se tienen?
R. No hay que fingir nada. Churchill no tenía estudios universitarios. Ni George Washington, ni Lincoln. Los doctorados no equivalen a grandes políticos.
Véase con qué ligereza pasamos de una (ex) diputada del PP de imaginativo CV y sugerente Instagram a Churchill, Washington y Lincoln, como quien se queja del tiempo en el ascensor y recibe por respuesta el discurso de Aragorn ante la Puerta Negra de Mordor. Pero no es la primera vez. En esta otra entrevista de hace unos meses en torno a las elecciones en Venezuela terminó diagnosticando que el mundo «necesita a un Churchill y a un Ronald Reagan». Ahí, yendo a lo concreto. Conclusión similar a la que tiempo antes extrajo acerca de las tensas relaciones con su jefe anterior, Pablo Casado, al que —¡ella!— acusaba de «megalomanía», para remátalo así: «no me imagino a Reagan, a Thatcher, a Churchill, a Adenauer, a los grandes, quejándose de que hay grandes figuras en sus partidos o en sus grupos parlamentarios».
No sé si van percibiendo cierto hilo conductor… si no, aquí tenemos otra intervención suya: «frente a quienes enfrentan a la razón con la emoción, yo creo que son aliadas. La razón puede ser emocionante. Profundamente emocionante, enormemente movilizadora y electoralmente eficaz. Hay muchos ejemplos en la historia: las arengas de Churchill, los alegatos de Luther King, el pregón, casi una oración, de Lincoln en Gettysburg, los discursos de Reagan, Kennedy u Obama».
Oiga, pero ¿esta señora es diputada por la provincia de Barcelona o por Kentucky? Hace apenas unos años que adquirió la nacionalidad española y se ve que no está muy familiarizada aún con nuestro país, que alguna que otra personalidad digna de mención ya ha tenido. Se reprochaba a los dirigentes de Podemos en su día, con razón, que todo su ideario y referentes parecían extraídos de Netflix, pero en este otro lado vemos que la cosa no es mucho mejor. Como clave de bóveda de su anglomanía podemos encontrar reiteradamente a aquel primer ministro británico retratado en la pantalla en más de 200 ocasiones, según la base de datos IMDB. Icono al que también alude con frecuencia, en su blog personal, en su cuenta en X/Twitter y en su autobiografía Políticamente indeseable, donde nos cuenta cómo ante un escrache «eufórica, empecé a gritar: ‘¡libertad, libertad!’ y a hacer la V churchilliana con la mano». Vamos, que es muy fan.
La primera objeción que cabe plantear está en si resulta apropiada semejante épica para la gestión cotidiana de los problemas que afectan a los españoles, si no termina resultando un juego de rol —larpeo que se dice ahora—, una impostura desconectada del sentir popular a la manera de aquellos desfiles triunfalistas del 1 de mayo en regímenes incapaces ya de cubrir las necesidades básicas de un pueblo descontento. La gente contemplando horrorizada los precios en Idealista mientras Cayetana fantasea con desembarcar en Omaha el Día D. Tendríamos en ella, por tanto, a la guardiana del Régimen de la Verdad Búmer, brillantemente analizado por Adriano Erriguel en esta serie de cuatro artículos y cuyo mito fundacional es la Segunda Guerra Mundial: «el consenso político, social y cultural que, tomando pie en 1945, cristalizó en occidente en los años 1960, y que en sucesivas fases y adaptaciones ha pervivido hasta nuestros días (…) es una forma de pensamiento en la que hemos nacido y crecido, el velo de Maya de un relato maniqueo, un marco mental obsoleto que se propone como explicación del mundo. El régimen de la verdad búmer es un piélago de mitos y de ilusiones, de ficciones y de mentiras, todas ellas más o menos conscientes. Por el régimen de la verdad búmer habla y piensa una condición, una posición, un orden social que es conservador en el peor sentido, el de aquél que sólo quiere conservarse a sí mismo».
No se trata de invertir la narrativa del siglo XX, de convertir a los malos en buenos, a la manera del adolescente que se vuelve gótico y satanista para ver si impresiona a alguien, sino de trascenderla y no dejarse atrapar en sus maniqueísmos a la hora de interpretar una realidad, la contemporánea, ya muy diferente y sustentada en otros ejes ideológicos y geopolíticos. Una de las citas favoritas del homo búmer, aquella falsamente atribuida, cómo no, a Churchill sobre que «los fascistas del mañana se llamarán a sí mismos antifascistas», es representativa de esta atroz cárcel mental: unos llaman fascistas a otros y estos replican diciendo que son ellos los verdaderos fascistas. Agotador.
Es hora de leer historia previa y posterior a la europea de los años 30 y 40, que también es interesante. Así como la de España, puestos a sugerir, para que se nos vengan a la mente otros nombres, contextos y referencias más allá de las que se le ocurren a nuestra congresswoman Ms. Álvarez de Toledo. Incluso, si me apuran, merece la pena seguir indagando en la historia de la Segunda Guerra Mundial y en la propia figura de Churchill, pero en la real, más allá del mito hollywoodiense.
Sobre los frecuentes bandazos en la larga trayectoria política del orondo inglés se ha hablado mucho y hay quien lo atribuye a una personalidad bipolar, a su alcoholismo o a la simple necesidad de adaptarse a unos tiempos tan convulsos, como por ejemplo en su entusiasta apoyo inicial a Mussolini —«Si hubiera sido italiano, estoy seguro de que habría estado de todo corazón contigo desde el principio hasta el final en tu lucha triunfante contra los apetitos y pasiones bestiales del leninismo»— hasta que este se alió con Hitler. Tampoco es desconocido su inequívoco racismo e imperialismo, poco gratos al paladar liberal de quienes lo adoran, pues según el autor de Churchill: The End of Glory en la jerarquía racial que tenía interiorizada se situaban en la base los africanos, sobre ellos los indios, encima los católicos blancos y, presidiéndolos a todos, los ingleses protestantes.
El problema de esto es que fue la brújula moral que guio sus decisiones, desde su brutal represión del independentismo en Irlanda, Kenia o Iraq (donde propuso usar armas químicas) hasta la hambruna de Bengala, que costó la vida a entre 2 y 4 millones de personas. Este episodio, recordado por Tamames en el Congreso de los Diputados durante la moción de censura planteada por VOX, tuvo lugar tras la invasión japonesa de Birmania, momento en el que el arroz de los bengalíes fue incautado para proveer al ejército británico en otros frentes, desde el Norte de África hasta Oriente Medio. Oficiales británicos en la India enviaron telegramas describiendo la gravedad de la situación, pero durante meses el primer ministro rechazó las solicitudes de exportar alimentos que hubieran salvado innumerables vidas. Según los historiadores indios entrevistados aquí aunque él no fue el causante directo de la hambruna, sus decisiones la agravaron enormemente.
Claro que el mejor escriba tiene un borrón (o tres millones), se podrá argumentar, y todo quedará justificado por el papel que jugó entre 1939 y 1945. A menudo se ha alabado el genio propagandístico de Charles de Gaulle por mantener la ficción de que una Francia rendida siguió siendo contendiente en la guerra y finalmente la ganó, pero el del inglés tampoco se queda corto. La Unión Soviética perdió en torno a 26 millones de habitantes frente a unos 450.000 británicos muertos, el Frente Oriental fue el protagonista de batallas de una magnitud colosal, incomparable con las del resto del mundo, ahí es donde ciertamente se concentró casi todo el esfuerzo bélico… pero atribuir méritos a Stalin se hace más incómodo a la mentalidad liberal, es comprensible, y además no son rusas las películas que vemos en el cine. La cuestión es que la historia es la que es, y reescribirla para adaptarla a nuestros prejuicios la convierte en un mito inspirador pero irreal.
Hay, por último, otra matización, relacionada con el propio desempeño de nuestro protagonista durante la guerra, escalándola y promoviendo los bombardeos sobre la población civil, tal como explicó con detalle Darryl Cooper en el programa de Tucker Carlson (con la considerable polémica que le siguió), aquí dejamos el enlace para quien se anime a verlo, es muy interesante. Quién sabe si acaso lograremos que Cayetana y sus afines templen un poco su entusiasmo por aquel primer ministro de la siempre pérfida Albión y se fijen más en, qué sé yo, Don Pelayo, El Cid, los Reyes Católicos, Carlos V, Felipe II, Blas Piñar…