El referéndum de 1995 en el que los ciudadanos de Quebec rechazaron independizarse de Canadá por un solo punto de diferencia, con una participación por encima del 90% del electorado, puede haber sido el más decisivo de la era contemporánea. Es imposible imaginar el impacto que habría tenido en el mundo la desintegración de Canadá, miembro del G-7. Pero igual aún podemos verlo.
El tema de Quebec es particularmente relevante para España por los paralelos (forzados) con los movimientos separatistas en nuestro país. Ya en los 1990 el referéndum de Quebec se siguió con mucha atención en Cataluña y el País Vasco, donde se citó con frecuencia durante los tiempos del ahora olvidado Plan Ibarretxe, rechazado por el parlamento español en 2005.
A diferencia de otros procesos separatistas –en Yugoslavia, Checoeslovaquia, la antigua URSS, etc.– Canadá era y es un país rico con una tradición constitucional similar a la española, lo que favorece la comparación: Quebec inventó el modelo de inmersión lingüística que ha causado caos tanto en Cataluña como en el País Vasco, con profesores como patrulleros de los patios para asegurarse de que los niños se falten el respeto en el idioma favorecido, en francés en el caso de Quebec. Al igual que en Cataluña y el País Vasco, el nacionalismo semi-tribal con toques racistas que fue el fundamento del separatismo quebequés se ha visto bajo presión ante una oleada de inmigrantes que prefieren hablar el idioma internacional dominante en el país (inglés allí, español aquí) antes que lo que perciben (incorrecta pero inevitablemente) como jerga local. Y ése es el motivo por el que Quebec va a volver a los titulares.
Para entender el contexto, hay que observar cómo el nacionalismo quebequés ha tenido a organizarse en bloques contra el “centralismo” de Ottawa, la capital canadiense. En 1968, nacionalistas locales de derecha e izquierda se unieron en una coalición para fundar el Parti Québécois (Partido Quebequense, o PQ) como principal movimiento por la independencia de Quebec. Lo que ocurre en estos casos (como ya ha visto la antigua CiU y muy pronto puede descubrir el PNV) es que la parte izquierda, siempre más agresiva y menos dispuesta a hacer concesiones, se come a la derecha: el resultado es que el PQ fue cayendo en la irrelevancia tras el referéndum, al convertirse en un actor redundante en la política canadiense, el típico grupito de niños pijos de Podemos que proponen rentas universales y fronteras abiertas.
Esto acabó en 2020, el año del Covid, que parece que va a quedar como decisivo en la historia. Ese año, como explica aquí Peter Frost, con la elección de Paul St-Pierre Plamondon como líder las bases «vomitaron» a la nueva izquierda, justo en el momento en el que se fundaba en Ripoll el partido nacionalista catalán antiinmigración Alianza Catalana. Los nacionalistas regionales pueden ser tarugos, pero era inevitable que se darían cuenta de que los pueblos más pequeños son los más amenazados por la inmigración masiva desde pozos sin fondo con millones de muertos de hambre.
En un artículo para una revista francesa (cómo no), Plamondon recientemente expuso sus ideas sobre la inmigración y el multiculturalismo, que son de puro sentido común. Lo más importante para nosotros, sin embargo, es que al igual que Alianza Catalana puede culpar a “Madrid” por la inundación de inmigrantes, y de hecho lo hace, el PQ puede culpar a “Ottawa”, y de hecho lo hace. Plamondon explica, de forma enteramente correcta, que más allá del desplazamiento físico de los quebequeses de su propia tierra, y el entierro de su cultura centenaria, la región afronta una crisis en la vivienda y los servicios públicos.
Ahora mismo, lo más probable es que el PQ gane las próximas elecciones de octubre en Quebec y convoque posteriormente un referéndum sobre la independencia. Eso dependerá del margen de victoria y de la reacción del gobierno canadiense pero, ahora mismo, todo indica que lo más probable es que un referéndum llegue, de una forma u otra, a finales de esta década o principios de la próxima. Dadas las cosas, es muy posible que triunfe el sí y Canadá se desmorone como un castillo de naipes.
Canadá es un país mucho más endeble que España, en cuanto que es una conjunción desigual de provincias a las que durante mucho tiempo solo unió el miedo a EEUU. Y ahora mismo ese miedo se está evaporando: ya hay un creciente movimiento en Saskatchewan que busca incorporar el estado a EEUU, y algo similar puede ocurrir rápidamente con la Columbia Británica, en muchos sentidos una mera extensión de la región noroeste de EEUU. Con o sin Donald Trump en la Casa Blanca, el peligro de una desintegración de Canadá en diversos trozos con diferentes intereses es real.
También tengamos en cuenta que, en otros sentidos, Canadá es muy similar a España: al igual que nosotros, desde la crisis económica mundial de 2008, Canadá ha recurrido a la inmigración masiva para mantener el crecimiento económico, incluso a costa de una disminución del PIB per cápita. De hecho, el canadiense medio se ha empobrecido desde 2022, del mismo modo en el que los españoles nos hemos empobrecido durante años.
Como señala Frost, este crecimiento forzado también ha tenido efectos perversos: en primer lugar, desalentar los esfuerzos por aumentar la productividad; y, en segundo lugar, impedir que la economía se depure de las ineficiencias y disfunciones que se acumulan en ausencia de una recesión. En particular, se ha inflado una enorme burbuja inmobiliaria hasta tal punto que resulta imposible desinflarla sin acarrear graves consecuencias. ¿Les suena esta película?
Dejar que separatistas como el PQ y Alianza Catalana vayan al electorado como únicos defensores de que lo que son verdades obvias tiene peligros enormes. Ya sabemos que los grandes partidos que han dominado la política de Canadá y España no van a ajustar sus mensajes a estas alturas, porque están casados con la idea globalista que depende de la inmigración masiva. Serán otros los que tengan que ofrecer respuesta.