Contra el aborto

Para Pasolini la legalización del aborto era una «legalización del homicidio»

La noche del sábado 2 de noviembre de 1975, un llamativo Alfa Romeo GT 2000 de color gris llegaba a un solitario lugar en el que estaba el idroscalo de Ostia. En él no había una sola luz eléctrica, solo un par de porterías de madera, unas vallas metálicas y alguna chabola. El único elemento reconocible era el mar, siempre cerca y respirando en la oscuridad.

Dentro del coche, el reconocido cineasta y escritor italiano, Pier Paolo Pasolini, se encontraba con Giuseppe Pelosi. «Pino», como era conocido el joven «chapero», descrito así por Miguel Dalmau en Pasolini. El último profeta (Tusquets, 2022), había cenado con Pasolini en la osteria Al Biondo Tevere y, tras la velada, se pierden juntos entre los árboles húmedos del Tíber. Pero la cita, que se preveía que acabaría con un encuentro sexual, concluyó de otra forma: con Pasolini muerto, con una fractura de mandíbula y esternón, diez costillas rotas, algunos dedos fracturados, una oreja desgarrada por la mitad, heridas graves en la cabeza y en la cara, dos lesiones en el hígado, trauma en los testículos y estallido del corazón.

La primera declaración de Pelosi recogía que había matado a golpes a un Pasolini que trató de sodomizarlo. Sin embargo, la mayoría de los amigos del «maestro» no creyeron la versión oficial y su asesinato quedó envuelto en un halo de misterio que ha alimentado la mística figura de quien fue, junto a Bernardo Bertolucci, uno de los grandes exponentes del cine italiano de su época.

Pero, si profundizamos en su vida, que trascendió las grandes pantallas mundiales, encontramos a un incisivo escritor que podía enarbolar ese «yo contra todos» unamuniano. Vivió con pasión el futbol, que procuraba practicar con frecuencia, y era seguidor incondicional del equipo de la ciudad que le vio nacer: el Bologna FC. Criticó con dureza el «fascismo de los antifascistas», la modernidad de su tiempo e hizo un cine transgresor, pero arraigado en la tradición literaria de El Decamerón, Los cuentos de Canterbury o Las mil y una noches.

Uno de los aspectos de mayor actualidad fue su oposición al aborto. «Estoy traumatizado por la legalización del aborto, ya que la considero, como muchos, la legalización del homicidio». Así plasmaba el gran cineasta italiano su opinión sobre el aborto en las primeras líneas de su artículo El coito, el aborto, la falsa tolerancia del poder, el conformismo de los progresistas, recogido en sus Escritos corsarios (Ediciones del oriente mediterráneo, 2009).

Publicado en Corriere della Sera, bajo un título más contundente e ilustrativo que en su compendio de escritos —Sono contro l’aborto (Estoy contra el aborto)– el 19 de enero de 1975, pretendía cargar contra cuestiones políticas y sociales que estaban en ebullición en la década de 1970 y que habían convergido en la normalización y regularización del aborto.

La fecha de la publicación no era aleatoria, pues el 17 de enero de 1975, dos días antes, se promulgó en Francia la primera ley que despenalizaba el aborto en el país, que se sumaba a «otra que autorizaba a los centros de planificación familiar a dispensar anticonceptivos a menores de edad, de forma gratuita y anónima, con receta médica, sin límite de edad», tal y como explica Olivier Favier en RFI.

Francia, que instauró el aborto como un derecho inserto en la Constitución de la República Francesa el 4 de marzo de 2024, vio cómo el debate fue capitalizado por la entonces ministra de Salud, Simone Veil, que esgrimió en sus intervenciones argumentos manidos hasta la saciedad en la actualidad: garantizar la salud de la mujer que recurre a abortos clandestinos, apelar al argumento interclasista –pues aseguraba que las francesas ricas iban a abortar a Reino Unido (Abortion act, 1967)–, o a los embarazos causados por hecho traumáticos y aborrecibles como la violación.

Es decir, se legisló en base a ejemplos trágicos para acabar normalizando dicha práctica y nunca poniendo en el centro la vida del no nacido. Y, de la «muerte diaria de una mujer a causa de los abortos ilegales» a la que apelaba entonces Veil se ha pasado a la banalización del aborto en el país galo, donde se realizaron más de 243 000 abortos en 2023.

Lo llamativo es que Veil formaba parte de la UDF, partido de corte liberal que gobernaba en Francia entonces. Pasolini define esa alianza entre ellos y el progresismo más partidario del aborto de esta manera «el aborto es el primer y único caso en que los radicales y todos los abortistas democráticos más puros y rigurosos se remiten a la Realpolitik, luego recurren a la prevaricación cínica de los hechos probados y del sentido común». Así, el intelectual italiano no podía definir mejor la postura entonces de la alianza entre los, en teoría, «demócratas conservadores» y el progresismo más radical. Unas líneas de rabiosa actualidad –aunque los temas de convergencia entre ambas líneas han aumentado sobremanera–.

Pasolini señaló que la aceptación de la mayoría del aborto derivaba, en primer lugar, de la comodidad y de un conformismo que, en última instancia, se mostraba como «brutalmente represivo» con la opinión discordante. Y, además, señalaba al «poder del consumo» como el motor de una revolución sexual y desenfrenada sin consecuencias, lo que causaba la demanda, amparada por el consenso liberal-progresista, del aborto.

El ensayista boloñés lo remarcaba así: «No cabe duda de que el aborto legalizado resulta, en efecto, de una comodidad enorme para la mayoría. Sobre todo porque haría aún más fácil el coito para el cual ya casi no existirían obstáculos. […] Hoy la libertad sexual de la mayoría de la gente en realidad es una convención, una obligación, un deber social, un ansia social, una característica irrenunciable de la calidad de vida del consumidor». En definitiva, Pasolini narraba lo extendido por Diego Fusaro en El nuevo orden erótico (El viejo topo, 2023). Es decir, la aplicación de la lógica de consumo capitalista a las relaciones: uso rápido y sin consecuencias y en el que lo que no da placer inmediato, se arroja al vertedero, se desecha.

En su artículo, Pasolini va a más y habla de la relación entre el aborto y el coito como una cuestión política, pues un tema antaño tabú entonces convivía con las circunstancias políticas de la tolerancia. Sobre ello decía «He aquí un primer error de Realpolitik, de compromiso con sentido común, que advierto en la acción de los radicales y los progresistas en su lucha por la legalización del aborto: aíslan el problema del aborto, con sus datos empíricos concretos, y por consiguiente dan una visión deformada, una visión que les resulta provechosa».

Pasolini también abordó la promoción del aborto por sectores maltusianos que lo vinculaban como una solución a lo que se creía un inminente y trágico futuro ecológico. No obstante, decía, no sin ironía, que esa tesis esgrimida por los legisladores «fieles a su sentido común y a su abstracción pragmática, podrían resolver todo englobando el delito del aborto en otro más amplio, la eutanasia, privilegiándolo con una serie de ‘atenuantes’ de carácter ecológico, con lo que no dejaría de ser formalmente un delito ni de presentarse como tal ante la conciencia». No sin ironía, proponía esta «solución» sin dejar de referirse a ella como un crimen.

En las últimas líneas de su artículo, Pasolini incide en cuestiones que ahora están en el debate público. En primer lugar, el valor de los hijos dentro de la conformación familiar, criticando la postura que entonces se estaba tomando: «Cada hijo que nacía, por ser garantía de vida, era bendito: cada hijo que nace hoy es una contribución a la autodestrucción de la humanidad, luego está maldito». Es decir, si cambiamos la teoría ecológica por otros mantras actuales, como la proyección socioeconómica y personal de la mujer –ligado de forma directa a la lógica de consumo capitalista que critica Pasolini–, en la que los hijos para el sector proaborto son un lastre, encajaría perfectamente hoy día.

Incluso el intelectual italiano dedica un espacio aquí para atacar la desenfrenada visión de la actualidad en la que todo es un derecho y el Estado debe garantizarlo: «La idea del privilegio absoluto de la normalidad es tan natural como vulgar, por no decir criminal. Todo está preconstituido, todo es conformista y se configura como un ‘derecho’ (incluido lo que hay de trágico y misterioso en el acto sexual) se asume de un modo conformista».

En este contexto, en el que el que la lucha por la vida se ha relegado a un pequeño espacio, pueden rescatarse las ideas de Pasolini para comparar también la propia evolución ideológica de la izquierda. Aunque criticaba en este artículo las relaciones heterosexuales, incidía en que el foco del debate había de ponerse en lo que estaba inmediatamente antes del aborto, es decir, las relaciones sexuales sin consecuencias, nunca deja de considerar el aborto un crimen.

En Sono contro l’aborto critica el consenso de las mayorías, los acuerdos políticos que llevan a la normalización de esta cuestión y el poder del capital consumista, dejando una reflexión que nos debería hacer repensar la materia que nos ocupa, de un sistema que quiere familias débiles, pequeñas, disgregadas y entregadas a los placeres rápidos y a la vida sin responsabilidades: «a este poder no le interesa una pareja procreadora de prole (proletaria), sino una pareja consumidora (pequeñoburguesa): in pectore, este poder ya alberga la idea de la legalización del aborto (como albergaba la idea de la ratificación del divorcio)».

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