El rostro del imperio americano

La visión de Lindsey Graham sobre el papel imperial de Estados Unidos en la política contemporánea era auténtica

Lindsey Graham, senador republicano por Carolina del Sur que falleció hace unos días a la edad de 71 años, fue durante dos décadas uno de los personajes más destacados en el mundillo de la política exterior de Washington DC, y el que mejor simboliza la evolución de EEUU hacia una visión imperial del mundo en la que todo problema es un problema del presidente estadounidense.

Para aquéllos que no están día a día en la vorágine de la política de la capital estadounidense y del volumen de oprobio que recibió Graham por su entusiasta defensa del intervencionismo militar, una forma de visualizar el respeto que Graham se ganó allí es contar los ramos de flores que se dejaron en la puerta de su residencia durante las 24 horas tras su fallecimiento: solo uno, que probablemente puso su propia hermana, a la que crió después del fallecimiento temprano de sus padres.

Graham era un solterón empedernido, cuya vida privada estuvo siempre envuelta en vagas alegaciones (sin pruebas) sobre fiestas con drogas y jovencitos. Esto a nadie le importaba mucho. Lo que siempre importó fue la infatigable energía con la que Graham intervino en todos los debates de política exterior, siempre con una visión clara y sin compromisos sobre la posición de EEUU en el mundo: una posición que, en su opinión, debería ser la del martillo siempre listo para atizar a cualquier clavo que se ponga a la vista.

Como presidente de importantes comités senatoriales, incluyendo el judicial y el presupuestario, Graham era un maestro en el arte de establecer contactos con otros políticos prominentes que habían estado, como él, muy cerca del poder absoluto sin nunca obtenerlo: durante años formó el grupo de “los Tres Amigos” con John McClain (ex candidato republicano a la presidencia que perdió las elecciones de 2008 contra Barack Obama) y Joe Lieberman (ex candidato demócrata a la vicepresidencia que perdió las elecciones de 2000 contra George Bush y Dick Cheney).

Usando su nada desdeñable influencia conjunta primero, y en solitario en los últimos años, Graham fue un firme defensor de la relación especial de EEUU (con Israel) y protagonizó un momento memorable cuando atacó al fiscal jefe de la Corte Penal Internacional por acusar de crímenes de guerra al primer ministro israelí, Bibi Netanyahu, a cuento del reciente conflicto de Gaza. Según el fiscal, Graham le dijo, textualmente: «Esta corte es para los africanos». A través de una portavoz, Graham luego negó haber hecho esa declaración, insistiendo en que solo comentó que la corte era para países donde el estado de derecho se había venido abajo.

En lo que respecta a Ucrania, Graham fue igualmente incansable. Pocos meses después de la invasión rusa (en una entrevista de agosto de 2022) declaró: «Me gusta el camino que estamos siguiendo. Mientras ayudemos a Ucrania con las armas que necesita y con apoyo económico, luchará hasta el último hombre», lo que a menudo se ha resumido como un respaldo personal a Ucrania «para luchar hasta el último ucraniano».

Más allá de la retórica, Graham fue fundamental para mantener a Trump comprometido con la causa ucraniana. Así surgió un plan para otorgarle a Estados Unidos la mitad de todos los ingresos de la venta de minerales, petróleo y gas ucranianos a perpetuidad, a cambio de apoyo inmediato: un plan que, digámoslo así, contrasta con el historial de la república que hace no tantas décadas ofreció un Plan Marshall para reconstruir Europa que no incluía un permanente derecho de pernada sobre sus recursos; o con la ayuda a fondo perdido que España, sin ir más lejos, le dio a aquella república para independizarse en el siglo XVIII.

Pueden encontrar infinitas críticas al belicismo sistemático y hasta cansino de Graham en obituarios recientes en la prensa estadounidense. No hubo una guerra en la historia reciente en la que Graham no quisiera meter a su país. Es cierto. Pero es igual de cierto, y poco comentado, que Graham también fue un político honrado en lo que respecta a temas monetarios, lo que hoy en día es tan raro que resulta chocante.

La crítica central a los miembros y apoyos del Lobby Israelí en Washington DC siempre es de base monetaria: Israel y los amigos de Israel son generosos con aquellos que apoyan causas que favorecen los intereses de Israel, y financian sus campañas y cualesquiera que busquen derrotar a sus enemigos. La crítica se resume en un “por el interés te quiero Andrés” que no se podía aplicar a Graham.

Graham recibió dinero del Lobby, como un número infinito de políticos estadounidenses en décadas recientes, de forma legal y para llevar a cabo campañas electorales costosas. Pero, a diferencia de muchos otros políticos (pro y contra Israel) Graham no se hizo rico durante su carrera.

Como explica el New York Post, después de 31 años en el Congreso estadounidense (senado mas Cámara de Representantes) Graham falleció con un patrimonio neto de casi 1,5 millones de dólares, lo que solo da para comprar una casa decente en la capital y lo sitúa en el puesto 294 de la lista de los 535 miembros con derecho a voto del Congreso.

La fortuna personal de Graham –quien creció en una familia pobre, y fue el primer miembro de ésta en acudir a la universidad– era mucho menor que la del miembro más rico del Congreso, el senador James Justice (republicano por Virginia Occidental), cuyo patrimonio neto se estima en más de 664 millones de dólares. Ambos senadores percibían un salario anual de 174.000 dólares.

Una crítica importante y recurrente contra el Lobby Israelí y cualquier otro lobby (de las renovables, saudí, lo que sea) es que compran lealtades, pero el ejemplo de Graham muestra que ése no es siempre el caso. Muchas personas que reciben dinero de lobbies defienden sus causas por convicción, no por la contraprestación monetaria, que solo les sirve para pagar las facturas y gastos de representación y, en el caso de los políticos estadounidenses, sus campañas electorales.

Esto es lo que realmente importa sobre Graham: no que apoyara con entusiasmo la creación de un imperio estadounidense que mete el dedo en cada dique y en cada grieta, sino que lo hiciera con un alto grado de sinceridad. Habrá quien piense que esto es aún peor, pero es algo a tener en cuenta: su visión sobre el papel imperial de EEUU en la política contemporánea era auténtica, y es compartida, para bien o para mal, por muchos otros políticos. Ahora, éstos tendrán que ocupar el espacio en el senado, en importantes comités, y en reuniones con presidentes como Donald Trump, que el frecuentemente antipático y chirriante Graham ocupó. A ver si se les da mejor.

Madrid, 1973. Tras una corta y penosa carrera como surfista en Australia, acabó como empleado del Partido Comunista Chino en Pekín, antes de convertirse en corresponsal en Asia-Pacífico y en Europa del Wall Street Journal y Bloomberg News. Ha publicado cuatro libros en inglés y español, incluyendo 'Podemos en Venezuela', sobre los orígenes del partido morado en el chavismo bolivariano. En la actualidad reside en Washington, DC.

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