El 16 de junio de 1936, José Calvo Sotelo intervino en las Cortes para denunciar, una vez más, el grave desorden público que atravesaba España tras la victoria del Frente Popular. En su discurso, responsabilizó al Gobierno de la situación, aunque señaló también un problema más profundo: la incapacidad del sistema democrático-parlamentario y de la Constitución de 1931 para contener la anarquía política, social, económica y militar que, a su juicio, dominaba el país.
El momento de mayor tensión llegó cuando Calvo Sotelo se dirigió directamente a Santiago Casares Quiroga, presidente del Consejo de Ministros, advirtiéndole del peligro de utilizar al Ejército como instrumento político y de ignorar el creciente clima de violencia. Sus palabras provocaron un fuerte revuelo en el hemiciclo, especialmente tras las respuestas de Casares Quiroga, los insultos de Wenceslao Carrillo –padre de Santiago Carrillo– y Dolores Ibárruri, quien afirmó: «Este hombre ha hablado por última vez». Calvo Sotelo asumió entonces con firmeza las consecuencias de sus actos y pronunció unas palabras que resultarían trágicamente premonitorias, al afirmar que prefería morir con gloria antes que vivir con vilipendio. Consciente de lo arriesgado de su situación, citó a Santo Domingo de Silos: «Señor, la vida podéis quitarme, pero más no podéis».
La sesión fue significativa porque reflejó el ambiente de hostilidad política que había penetrado en las propias Cortes. Calvo Sotelo y Gil Robles expresaban las quejas de una oposición que acusaba al Frente Popular de permitir los excesos de sus partidarios y perseguir con dureza a sus adversarios. A partir de aquella intervención, Casares Quiroga situó a Calvo Sotelo en el centro de la responsabilidad pública por cualquier acontecimiento que pudiera producirse en España.
El propio Calvo Sotelo fue consciente del peligro. Ese mismo día manifestó a Luis Galinsoga que, tras lo ocurrido en el Congreso, su vida dependía de cualquier incidente callejero que pudiera servir de pretexto para represalias, hasta el punto de considerarse sentenciado a muerte. Aunque adoptó algunas precauciones, rechazó abandonar el país o aceptar una protección permanente, convencido de que debía permanecer en Madrid para seguir defendiendo desde las Cortes a quienes se sentían perseguidos y desamparados.
Otro de los sucesos de gran importancia en esos meses fue el cambio de la escolta por parte del director general de Seguridad, Alfonso Mallol. Como todos los líderes políticos destacados de la época, Calvo Sotelo disponía de una pequeña escolta encargada de su protección. A finales de junio, cuando Casares Quiroga había situado en el punto de mira al líder monárquico en sus intervenciones parlamentarias, Mallol decidió sustituir a los escoltas de Calvo Sotelo por ser «demasiado afectos». En su lugar, puso a escoltas cuya misión «no era de protección, sino de espionaje».
A estas maniobras que mermaban la seguridad personal de Calvo Sotelo se sumó el acontecimiento que desencadenaría el secuestro y asesinato del diputado gallego. La noche del 12 de julio, el teniente de Asalto José del Castillo fue tiroteado cuando salía de su domicilio para dirigirse al Cuartel de Pontejos, donde se hallaba destinado.
Castillo tenía unos fuertes vínculos con el PSOE de Largo Caballero. De hecho, durante la revolución de octubre de 1934 fue detenido por estar dispuesto a participar en ella junto con un grupo de Guardias de Asalto, sometido a un consejo de guerra y restituido en su puesto tras la victoria del Frente Popular. Castillo fue instructor de las MAOC (Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas) y de la ilegal UMRA (Unión Militar Republicana Antifascista).
Este guardaba relación con los sectores más extremistas del Frente Popular y se destacó por su brutalidad a la hora de reprimir a las derechas. Un ejemplo de ello fue el disparo a bocajarro al estudiante tradicionalista Llaguno Acha, incidente que fue el móvil de la venganza de quienes dispararon contra Castillo.
Este incidente no tenía nada de especial, pues, como señaló Clara Campoamor: «Todos los días tenían lugar en Madrid atentados personales cuyas víctimas eran a veces miembros del partido fascista o del partido marxista». Sin embargo, lo distintivo de esta ocasión es que los compañeros de Castillo no decidieron vengarse contra los pistoleros, sino contra quien se había convertido en el líder más carismático de la derecha española: José Calvo Sotelo.
Concentrados en el Cuartel de Pontejos, compañeros y amigos de Castillo comenzaron a operar para realizar detenciones, no de quienes eran potencialmente sospechosos de haber cometido el atentado contra el guardia de asalto, sino de quienes, según narra Bullón de Mendoza, «les daba la gana».
Pero hubo más irregularidades, pues desde el Cuartel de Pontejos se dio autorización para que subiera a la camioneta número 17, Fernando Condés, escolta de Indalecio Prieto, miembro de la temida Motorizada y guardia civil –irregularidad porque estos iban en vehículos de la guardia de asalto junto con otros socialistas que no formaban parte de dicho cuerpo–. A bordo de dicho vehículo iba también otro de los miembros que sería clave en el asesinato de Calvo Sotelo: Luis Cuenca Estevas, escolta de Prieto y hombre de su confianza. Junto a ellos, Federico Coello, Francisco Ordóñez –amnistiado por el Frente Popular–, Santiago Garcés, José del Rey Hernández y varios guardias de asalto de Pontejos.
Esta camioneta se dirigió, pasadas las dos de la madrugada del 13 de julio, directamente al domicilio de Calvo Sotelo en la calle de Velázquez –pese a que otras unidades se dirigieron a casa de Gil Robles, a quien no lograron encontrar por encontrarse en Francia–.
Condés, que dirigía a los presentes, ordenó a varios de ellos vigilar los alrededores y, seguido por varios de asalto, penetró en el edificio. Tras identificarse ante los escoltas de Calvo Sotelo, llamaron a la puerta de su domicilio al grito de «¡Abran a la Policía!» y «Traemos orden de hacer un registro; si no abren, tiramos la puerta abajo».
Avisado por sus hijas, Calvo Sotelo saltó de la cama, se puso un batín y se apresuró a hablar con quienes habían irrumpido en su hogar en la madrugada. Por el piso se desparramaron diez o doce individuos y, tras identificarse como policías, comunicaron, con una actitud inflexible, pero comedida, a Calvo Sotelo que tenían orden de la DGS de hacer un registro.
Tras hacer una simulación de registro de dos minutos, Condés le dijo al diputado: «Lo siento, Sr. Calvo Sotelo, pero traemos la orden de la Dirección General de Seguridad de llevarle a Vd. detenido». Calvo Sotelo preguntó por los motivos de su detención y apeló a su inmunidad parlamentaria y a la inviolabilidad de su domicilio, protestando con firmeza e indignación ante la arbitrariedad de dicha acción. De hecho, Condés no le permitió hablar con el director general de Seguridad para verificar la legalidad, prueba y motivos de su detención, llegando a arrebatarla la guía telefónica de las manos.
Calvo Sotelo no cejó en su actitud hasta que Condés le enseñó su carné oficial de teniente de la Guardia Civil, lo que convenció al diputado debido a la confianza y defensa que él siempre había hecho del Instituto. Después de una nueva negativa a que telefoneara a la Dirección General de Seguridad, Calvo Sotelo pidió a su mujer que le preparara un maletín con lo indispensable, se vistió y acompañó a los hombres que se habían personado en su casa.
Inmediatamente, José Calvo Sotelo se subió a la camioneta, se sentó en el cuarto asiento y esta se puso en marcha. No tardó mucho en suceder el crimen, pues, al llegar al cruce con la calle Ayala, pocos metros después, Cuenca le descerrajó un tiro en la nuca al diputado gallego, que cayó inmediatamente. La violencia del pistolero no acabó ahí pues, con el cuerpo de Calvo Sotelo bocabajo, se levantó y disparó una segunda vez sobre él para exclamar después: «Ya cayó uno de los de Castillo», expresión que fue respondida por los presentes con sonrisas y miradas cómplices.
Los asesinos pusieron entonces dirección al Cementerio del Este y arrojaron el cuerpo sin vida de José Calvo Sotelo a una acera próxima a la entrada. Condés se regodeó del crimen y afirmó, seguro de la impunidad del crimen, a uno de los presentes «No te preocupes que nada te pasará».
Y así fue. Los asesinos, incluido el propio Condés, fueron encubiertos por los diputados socialistas Julián Zugazagoitia, Indalecio Prieto y Juan Simeón Vidarte, que le recomendaron que se escondiera de la Justicia. El Gobierno no tomó medidas contundentes para castigar el crimen y los siguientes días miembros de la Guardia de Asalto y del Frente Popular continuaron deteniendo a derechistas. Es más, ningún socialista de los que participaron en el asesinato de Calvo Sotelo fue detenido, estos llegaron a robar el 25 de julio el sumario de la causa.
Su funeral, pese a que el Gobierno prohibió trasladar el cuerpo de Calvo Sotelo a la Academia de Jurisprudencia y establecer la capilla ardiente, se celebró en el propio cementerio. A las cinco de la tarde del 14 de julio, el ataúd con los restos del líder derechista, envuelto en la bandera bicolor, fue trasladado hacia la tumba. Tras él marchaban personalidades como Gil Robles, Goicoechea, Herrera Oria, Ramiro de Maeztu y Melquiades Álvarez –estos dos últimos, correrían la misma suerte que Calvo Sotelo una vez iniciada la Guerra Civil–.
El crimen contra Calvo Sotelo no tenía precedentes en la historia parlamentaria de España, pues nunca se había dado el caso de que un líder de la oposición fuera asesinado por un destacamento de la policía nacional, con armas y coches pertenecientes a instituciones estatales. Además, este crimen fue el revulsivo que motivó que algunos de los que dudaban si sumarse al Alzamiento Nacional, entre ellos el propio Franco, acabara por decidirse a combatir la corrupción del régimen republicano, que había puesto en el punto de mira líder al derechista y al que consideraba cómplice y partícipe –en muchas ocasiones por omisión– de crímenes como el que segó la vida de uno de los más lúcidos diputados de la historia de España: José Calvo Sotelo.