El título no es mío, eso es evidente. En aquel gran drama de ficción que ustedes a buen seguro habrán visto (puede que más de una vez), Anthony Hopkins y Jodie Foster nos deleitan a través del crudísimo y laureado thriller con el cruel e inhumano matadero de inocentes en que el film se va transformando a medida que se aproxima el clímax. Robo por tanto el título sin pudor alguno —es ya parte de la memoria colectiva—, y lo hago a sabiendas, porque sólo este título, sólo estos corderos y sólo este atronador silencio pueden aproximarse a describir el poderosísimo drama de la más absoluta y cruda realidad que asola Venezuela desde hace ya casi tres décadas.
Estando yo voluntariamente exiliado, una mañana de julio (sería más bien a primera hora de la tarde) recibí un mensaje de mi padre, que hace más de treinta y cinco años que tuvo que exiliarse por la fuerza de un temor profético. Todo exilio es doloroso —incluso la muy grata, muy ligera, muy cómoda ausencia de mi patria durante cinco años terminó por serlo para mí también—, pero sería una necedad pensar que no existen exilios que duelen más que otros; circunstancias que obligan más que otras; dolores que duelen más que otros. Aquella mañana, ajeno a mi patria pero no totalmente olvidado de ella, celebrábamos, un año más, a Santiago Apóstol, patrón de España. También un 25 de julio de principios de los noventa España vio a mi padre, joven y rubio, apearse de aquel Boeing 757 que le había sacado de Caracas. Y ese 25 de julio de 2021, saliendo de misa, papá quiso compartir conmigo un mensaje que hoy, violentando ligeramente la intimidad, comparto aquí también con vosotros:
“También quiero alabar y dar gracias a Dios por el precioso país y la familia en los que nací y crecí.
Coincide que hoy se cumplen 452 años de la fundación de mi queridísima Caracas cuyo recuerdo no deja de inundar mis ojos. Mi casa, mi luz, mi vida y mi Fe. Todo me lo dio Dios envuelto en el más bello de los valles bajo el más luminoso de los cielos.
Caracas fue fundada bajo el nombre de «Ciudad Mariana Santiago de León de Caracas», y aunque algunas letras de este precioso nombre se han ido cayendo por el camino, Caracas siempre fue y es Ciudad Cristiana.
Pido a Dios con todas mis fuerzas por Venezuela, esa que está sufriendo dentro de sus fronteras y aquella que desangrada riega hoy el mundo.”
Como a mí me gusta escribir desde la templanza, he tenido que darme unos días: días de llanto, de desesperanza, de agobio, de incertidumbre, de dolor que rápido se torna en asuntos más oscuros; días de odio y de ira. Todo pasa. Esperar me ha traído a la Fiesta de los Santos Pedro y Pablo; solemnidad que la Iglesia universal celebra año tras año, justo hoy, 29 de junio, día en que yo
escribo estas palabras. Paréceme que la intercesión de nuestros antepasados en la fe me ha dotado de contención, de mansedumbre, de fe y de confianza, porque de no ser quizá por todas estas “coincidencias”, esta sería una columna injuriosa y llena de odio; impropia del ejercicio que hoy quiero hacer. Impropia de un hijo de Dios que observa el mundo con caridad. Impropia, en definitiva, de un cordero.

Y he aquí que el terremoto no es sino una prueba más. El doble seísmo que el 24 de junio sepultó al país bajo los escombros no es el principio de nada. Es más bien el colofón de casi todo: tres décadas de ruina moral, económica y política. Una nación por años saqueada y sepultada bajo los escombros de la muerte y la corrupción, desde muy adentro: desde el corrompido y negro corazón de Miraflores. Hace décadas que este terremoto viene asolando al bravo pueblo, que a veces pareciera haber perdido su bravura. No caigamos en la desesperanza. El pueblo, como “ovejas” y “corderos”, es manso y lleva lustros eligiendo paz antes que muerte, aunque esto podría cambiar en cualquier instante. Sería justo si así fuera, y en ninguna medida sería reprochable. El
«éxodo» ha arrancado a más de nueve millones de Venezuela: aquella que desangrada riega hoy el mundo.
Es una suerte de maldición que pesa sobre sus hombros. Una herida que no para de crecer dentro y fuera de sus fronteras; una herida que nunca cicatriza; una insidia que nunca tiene fin en su insidioso afán; una patria asfixiada en la entraña de los millones que, dentro de sus fronteras, inválidos y aparentemente sin «pastor», son incapaces e impedidos de prestar la ayuda que emana de sus corazones —heridos por tanta podredumbre moral, en la más absoluta bancarrota económica, pero hoy más que nunca con un latido tierno y heroico—
. Y, a la par, los que están fuera, cuyas entrañas se retuercen mientras no pueden sino mirar la televisión, llamar insistentemente a los familiares que desde hace cinco días no atienden el teléfono y seguir forzadamente con sus vidas como si nada hubiera pasado en lo real y en lo contingente. Saludar educadamente, responder a las preguntas de quienes con buena intención las pronuncian. Mentir descaradamente: sonreír y decir que “estamos bien”, “que ahí vamos”, “que tiramos pa’lante”. Hartos de disimular que son “ovejas” devueltas una y otra vez al matadero del régimen narcoasesino de los hermanos Rodríguez y de Diosdado Cabello; hartos de la absoluta e infame traición perenne de unas fuerzas armadas y una policía que jamás, ni una sola vez, han cumplido el mandato —legal y divino— de socorrer a quienes los necesitan.
El Evangelio de hoy empieza diciendo: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?». Así, con una pregunta y no con un reproche, recibe el Resucitado a aquel que poco antes lo había negado tres veces junto al fuego; y a la orilla del Tiberíades hasta tres veces ha de preguntárselo —una por cada negación de aquella noche de miedo—. El Señor, que conoce hasta el fondo la flaqueza del hombre, no quiso reconstruir a Pedro con la dureza de un juez, sino con la paciencia infinita de un pastor amante. Tres veces pregunta y tres veces, sobre aquel pobre pescador que se sabía indigno, va depositando el peso entero del rebaño: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Entonces, «Apacienta mis corderos» —los más pequeños, los más tiernos, los más indefensos, los primeros en caer bajo el cuchillo de cualquier matadero—. Por segunda vez le
pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (ya no más que estos otros, simplemente: ¿me amas?) Pedro contesta de nuevo: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Y el Señor le dice: «pastorea mis ovejas». Cuán grave la altura de la encomienda. Una última vez Jesús le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Y Pedro, entristecido, le responde: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». Ahora sí. Jesús sabe que somos incapaces de amar como Él nos ama; como un hijo es incapaz de amar a su madre como ella lo ama a él. Me detengo en este otro temblor, porque en él cabemos todos sin excepción: porque ninguno —ni el más santo, ni el más fiel, ni el más entregado— sabemos amar. No sabemos amar a Dios como Dios merece ser amado, ni a la patria como la patria merece, ni siquiera a nuestra propia madre con la mitad del amor que una madre merece. Pedro lo sabía, y por eso no se atrevió a jurar el amor más alto, el que se entrega y se inmola, sino que respondió con el humilde y pequeño corazón del que apenas alcanza a querer. Todo eso basta. Le bastó al Señor porque no nos reclama el amor perfecto que no tenemos ni tendremos de este lado de la muerte, sino lo único que sí está en nuestra mano, y que es a un tiempo nuestra mayor pobreza y nuestra más alta obligación: querer querer. Ése es, venezolanos, el primero y el último temblor de toda esperanza —más hondo que el que partió la tierra—: no amar ya del todo, que aún no sabemos, sino, contra el cansancio, contra la desesperanza, contra el miedo y contra la noche, querer querer.
Porque no, hermanos: por más que el hondo silencio de los escombros y la muerte así pretendan engañarnos, este rebaño no está solo. El Buen Pastor — aquel que dijo conocer por su nombre a cada una de sus ovejas, y dejar las noventa y nueve en el monte por la sola que se pierde— no ha perdido la cuenta de ninguno de los suyos, ni de los más de nueve millones regados por el mundo, ni de los que aún resisten, en pie y a oscuras, dentro de las fronteras de una patria herida prácticamente de muerte. Está con los vivos, sosteniéndolos sobre los escombros para que no se derrumben con ellos; y está también con los muertos, recogiéndolos uno a uno —a los que la tierra tragó mientras dormían, a los que el techo sepultó mientras rezaban, a los que ninguna mano hallará jamás bajo el polvo— para llevarlos a aquel regazo eterno donde ya no hay seísmo, ni exilio, ni teléfono al que contestar. Está en las manos encalladas y sangrantes del rescatista que ha volado diez mil kilómetros para escarbar en la ruina todavía caliente, persiguiendo un latido; está en el voluntario sin nombre que reparte agua y pan y consuelo sin preguntar por siglas ni apellidos; está dentro, en quien parte en dos su última medicina para dársela al vecino, y está fuera, en quienes nos organizamos lejos —llamando, recaudando, suplicando, velando, sin más patria a mano que un teléfono mudo y una fe que se niega a callar—; porque allí donde un hombre se inclina sobre la herida de otro hombre, allí, calladamente, sin cámaras y sin trompetas, pastorea Dios a sus ovejas.

En este rebaño, esta patria de corderos, —sólo en la apariencia de lo mundano sin guía—, el mismo Pastor que llamó a Pedro a la orilla del lago parece haber suscitado también, en la hora más negra, otro pastor: humano, falible, pequeño como Pedro —que también niega, que también duda, que también será polvo y ceniza—, pero a quien la voluntad entera de una nación ya consagró para apacentar a sus corderos. Tiene nombre, y es nombre de mujer: María Corina Machado. Quizá de joven, como el apóstol, se ceñía ella misma la cintura y
caminaba libre y resuelta a donde su voluntad la llevaba; pero ha llegado ya la hora vieja y amarga, la hora del lago al atardecer, en que habrán de ser otros — el verdugo que la persigue, el régimen que la proscribe, y hasta los poderosos de este mundo que la prefieren lejos— quienes la ciñan y la conduzcan adonde ella, en lo meramente humano, jamás querría ir. «Ha llegado el momento», dijo hace apenas unas horas, mientras aún temblaba la tierra de su patria; «es mi deber acompañar a mi pueblo». Eso, traducido a la orilla de Tiberíades, no es otra cosa que el gesto desnudo del que extiende las manos y ofrece la cintura desarmada: que vengan, pues, a ceñirme; que me lleven a donde haga falta; que abro los brazos, de par en par, por Venezuela: y que cueste lo que tenga que costar. Vuelve, María Corina. Vuelve. Porque una patria que entierra a sus muertos sin nadie que la consuele, y que llora a sus desaparecidos sin nadie que la guíe, conserva al menos el derecho sagrado a que no le arrebaten también al pastor que el cielo —y ellos mismos— se quisieron dar.
Y así, hermanos, este silencio —el atronador silencio de los corderos, el que da título a estas líneas y nombre a tanto duelo— no es ya, no puede ser ya, el mutismo vencido de la bestia que entra mansa en el matadero, sino aquel otro silencio espeso y preñado que precede al grito, esa quietud temblorosa en que el pecho toma aliento antes de clamar. Porque ha llegado la hora —la vieja y amarga hora del lago al atardecer, sí, pero también la hora primera y sin sombra de la mañana de Pascua— de que estos corderos rompan al fin su silencio: no con el alarido de la desesperación, que es grito sin fe y por tanto sin destino, sino con ese otro clamor hondo, terco y luminoso que sube de las entrañas del que sufre pero confía; el clamor del que reza mientras escarba en los escombros, el del que canta mientras entierra a los suyos, el del que, despojado de cuanto tenía, todavía se atreve a esperarlo todo. Porque recordemos que el mismo Dios que no impidió la cruz tampoco se detuvo en ella; y el mismo que dejó tres días a su Hijo bajo la losa fría es Aquel que, en la madrugada del tercero, removió la piedra de su sepulcro como quien aparta un guijarro del camino. Y si removió aquélla, hermanos, decidme: ¿qué losa, qué escombro, qué régimen, qué imperio, qué piedra de cuantas hoy sepultan a Venezuela podrá resistir el empuje de esa misma mano cuando le suene la hora?
El Evangelio de hoy lo remata, por si fuera poca la hondura, la única palabra que lo explica y lo redime todo: «Sígueme». Que el cordero que abre los brazos no queda crucificado en el vacío, sino configurado con Aquel que venció a la muerte abriéndolos Él primero. Ha llegado, por tanto, la hora de actuar; mas de actuar desde la fe, que es la única acción que ni se agota ni se corrompe; de actuar desde la caridad, que ordena el querer y le señala su rumbo; de actuar, en fin, desde ese querer querer, que es cuanto un pobre corazón acierta a ofrecer y cuanto Dios, en su misericordia, se digna aceptar.
A ti, papá, que hace días lloras sin consuelo una patria que ya apenas alcanzas a recordar con los ojos pero que llevas entera y ardiendo en las entrañas, déjame decirte —déjame gritarte, por fin, desde este lado del mar— que no llores como quien no tiene esperanza. Que Caracas fue, es y será Ciudad Cristiana, aunque se le hayan caído del nombre todas las letras y amenacen con caérsele del cuerpo todas las piedras. Que el más bello de los valles, bajo el más luminoso de los cielos, no ha sido entregado para siempre a los mercaderes de la muerte.
Que esos nueve millones de hijos de tu tierra, desangrados y regados por el mundo, son semilla y no ceniza. Y que tú mismo lo escribiste, sin saber acaso cuánta razón cargabas en ello, en la última línea de aquel mensaje de hace cinco veranos: es muy difícil, sí. Pero Dios sabe más.
Apacienta a tus corderos, Señor; rómpeles, de una vez por todas, las ataduras de este silencio atronador.