De Darwin a Disney

El debate «naturaleza vs cultura» es ya veterano, es intenso y se resiste a morir porque está atravesado de ideología, una capaz de negar cualquier evidencia porque es cosa sabida que, si el sueldo de alguien depende de que no cambie de opinión, será francamente difícil convencerle

Por lo visto, para lograr emparejarse, los machos de la mosca escorpión deben entregar un regalo a la hembra que suele consistir en un insecto recién cazado. De esa forma, durante el apareamiento él agarra bien el obsequio para evitar que su novia escape antes de finalizar una cópula que suele durar unos 20 minutos. Quid pro quo. Los humanos somos muy diferentes y no es recomendable regalarle a la chica que te gusta un insecto muerto para que se lo coma, ahora bien, otra cosa sería proporcionarle un empleo en Adif diciendo que es tu sobrina… ¿No hay entonces, muy en el fondo, algo en común más allá de las apariencias?

El debate «naturaleza vs cultura» es ya veterano, es intenso y se resiste a morir porque está atravesado de ideología, una capaz de negar cualquier evidencia porque es cosa sabida que, si el sueldo de alguien depende de que no cambie de opinión, será francamente difícil convencerle. También hay otro motivo. La gente de letras tiende a preferir una explicación de la conducta humana basa en hechos históricos, culturales, sociológicos y quienes se dedican profesionalmente a la política, al periodismo y a la creación artística y ocio son, en su abrumadora mayoría, de letras. No les hables de genes, alelos y demás cosas rarísimas si hay una explicación alternativa que aluda al patriarcado y a los referentes culturales/sociales. A lo mejor es falsa, pero oye, por lo menos es una explicación comprensible y por tanto ya les vale.

Por otra parte, quienes se inclinan por el lado naturaleza en esa discusión, que es lo que inicialmente se conocía como «sociobiología» y luego como «psicología evolucionista», se cuelgan peligrosamente de una rama del conocimiento que nació maldita. Decía Lady Ashley, contemporánea de Darwin, sobre el parentesco humano con los primates que este defendía «esperemos que no sea verdad; y si lo es, confiemos en que no se difunda». Para rematar la faena tras el fin de la II Guerra Mundial quedaron bajo sospecha o incluso proscritas de la esfera pública las alusiones al linaje, estirpe, raza, lo innato y lo hereditario en la conducta. Sonaba todo eso a justificación del racismo, el sexismo y la desigualdad social, a ciencia nazi, en definitiva, y entonces ya no valía. Claro que no deja de ser una culpa por asociación un tanto arbitraria: Mengele pasó a ser un apestado, pero Von Braun corrió bastante mejor suerte. Si lanzar cohetes no era nazi, tampoco debería serlo estudiar las diferencias en el comportamiento de diferentes grupos humanos —hombres y mujeres, pongamos— como algo innato, fruto de un largo proceso evolutivo.

A esa tarea se pusieron unos cuantos, aunque uno de los pioneros, E. O. Wilson, llegara a ser agredido en los años 70 por manifestantes antifascistas durante la presentación de su libro Sociobiología. El enfoque que adoptaron cada uno de ellos fue múltiple, intersecando diferentes ámbitos del conocimiento pues, pongamos por ejemplo, si uno quisiera desentrañar por qué los niños juegan al fútbol y las niñas con muñecas, por qué ya de adultos ven el sexo y el amor de forma algo distinta o por qué se interesan por diferentes profesiones, y se atreve uno a aventurar que el origen de todo ello es algo innato, intrínseco a su naturaleza ¿Qué debería hacer?

En primer lugar, investigar la historia, incluso adentrándose en la paleontología, para ver si en el pasado fue de otra forma. Steven Pinker, antes de dedicarse en exclusiva al activismo político progresista siguiendo el ejemplo de su maestro Chomsky, en obras como La tabla rasa y Cómo funciona la mente, recogió abundantes ejemplos históricos y literarios, entre otras muchas fuentes, para justificar sus tesis sobre el cerebro como una máquina ya cableada desde el nacimiento para comportarse de determinada  manera. Otro enfoque sería estudiar cerebros de ambos sexos buscando alguna diferencia, es lo que hace la neuróloga Louann Brizendine, autora de El cerebro masculino: Comprender la mente del hombre a través de la ciencia y de El cerebro femenino: Comprender la mente de la mujer a través de la ciencia. El segundo libro tiene más páginas, por cierto, está claro que las mujeres son más complicadas de entender…

En la misión que nos habíamos propuesto también podría aportar luz la etología, esto es, el estudio de la conducta de los animales, dado que, si hay comportamientos similares a los humanos, entonces ya se antoja muy complicado sostener que los segundos sean fruto de la cultura. En dicho cometido tiene particular interés investigar a aquellos más próximos a nuestro linaje, tanto los mamíferos en general como muy particularmente nuestros primos, los grandes simios. Es la idea que fascinó al paleontólogo Louis Leakey y para ello reclutó a tres mujeres que, cada una a su manera, hicieron historia. Tal vez la primacía femenina en esta ciencia se deba, precisamente, a diferencias sexuales innatas, como es el mayor interés de las mujeres por observar y analizar las relaciones personales. En cualquier caso, allá se fueron a hacer trabajo de campo en condiciones complicadas, Biruté M. F. Galdikas a la selva de Borneo a observar orangutanes en su entorno natural (aquí un artículo que le dediqué en su día), mientras que Jane Goodall se instaló en Tanzania a estudiar a los chimpancés (aquí les cuento) y Dian Fossey en el Congo y Ruanda para hacer lo propio con los gorilas, donde finalmente resultó asesinada por cazadores furtivos. Al menos luego alcanzó cierto grado de inmortalidad al ser interpretada por Sigourney Weaver en Gorilas en la niebla y, ejem, por protagonizar este otro texto de servidor. Las observaciones de todas ellas, en conjunto, perfilan en los grandes simios un comportamiento social sofisticado, reconocible y cuya comprensión nos resulta valiosa para desentrañar un poco a quienes nos rodean… y hasta ciertas claves de la política nacional e internacional, si me apuran.

Siguiendo con el empeño mencionado de escrutar las diferencias entre hombres y mujeres como algo universal que trasciende épocas y lugares, por último, otro enfoque imprescindible será el de comparar diferentes culturas recurriendo si es preciso a la antropología y al estudio de tribus y pueblos poco influidos por modas extranjeras y muy distantes geográficamente. Es lo que hizo David M. Buss en La evolución del deseo, libro en el que desarrolló las conclusiones de un estudio que abarcó desde Sao Paulo hasta Shangai pasando por Teherán, encuestando a más de 10.000 personas de 37 culturas, desde zonas urbanas a rurales, jóvenes y ancianos, de clases altas cosmopolitas a tribus zulúes y, naturalmente, a hombres y a mujeres. Cuestiones como los celos, el maltrato, la infidelidad, el compromiso a largo plazo, los apetitos sexuales, lo que se considera deseable en una pareja ideal… presentan bastante menos variabilidad de una cultura a otra que la gastronomía o las palabras con que designamos a las cosas. Un libro fundamental, muy recomendable.

Comprender todo lo anterior es, en definitiva, tomar conciencia de lo que es la naturaleza humana. Algo que todos los grandes escritores y cineastas a lo largo de la historia han sabido intuir y modular en sus narraciones para que estas nos interpelasen, para que resuene en nuestro espíritu aquellos que desean, sufren o temen sus personajes porque al final vienen a ser, más o menos, como nosotros. Por mucho que cabalguen vestidos con una armadura o tengan que lidiar con monstruos del averno. Esto era así al menos hasta hace unos años, claro. Luego Hollywood decidió modernizarse, digamos,y producir sin descanso bodrios que ahuyentan al público de las salas y que, para aquellos pocos incautos que aún permanecen, caen en el olvido en cuanto aparecen los títulos de crédito.

Cuesta entender por qué estudios y plataformas de vídeo dedicadas en principio a ser rentables hayan tardado tanto en aprender de sus errores —¿Una década? ¿Tal vez dos? ¿Cuándo diríamos que empezó a decaer el cine?— pero quizá haya que entenderlos a ellos y a sus grandes producciones como transatlánticos con una maniobrabilidad similar. En cualquier caso, resulta muy significativa esta noticia que ha generado un considerable revuelo en internet, sobre el interés de los directivos de Disney en volver a atraer a un público que habían ahuyentado a base de feminismo y girl boss.

A los hombres, en general, no les interesa «deconstruir» su masculinidad, ni que la etiqueten de tóxica, ni los personajes femeninos de comportamientos inverosímilmente masculinos. Ni tampoco a las mujeres los hombres afeminados. Los roles de género no presentan contornos nítidos, bien es cierto, pero tampoco se pueden destruir o invertir. Nuestros anhelos íntimos podrán expresarse de diferentes formas, pero responden a una raíz común, a una naturaleza previa. Las personas, sencillamente, somos de una manera determinada y no de otra. Así que, si una corporación del tamaño e influencia de Disney muestra esa preocupación por volver a conectar con el público, entonces estamos ante un importante cambio de tendencia. Tal vez el mejor análisis de lo que conlleva todo ello lo he escuchado en este vídeo de The Critical Drinker, alguien que llevaba años señalándolo y que, finalmente, ve cómo los acontecimientos le dan la razón. Quedémonos, para concluir, con esto que expresa con brillantez:

«Si se quiere recuperar al público masculino, hay que volver a mostrar héroes varoniles. Y no me refiero a la versión edulcorada, feminizada y aprobada por las grandes corporaciones —como la marca de masculinidad que representa Pedro Pascal, que no es más que una mujer con bigote—, sino al verdadero arquetipo masculino que prácticamente ha sido desterrado de los medios modernos. Hombres inteligentes, capaces, seguros de sí mismos, complejos y quizá incluso un poco peligrosos, que no recurren a un torrente vacío de palabras ni se desmoronan como un castillo de naipes en cuanto una mujer los desafía en algo. Esos son los personajes que han atraído a los hombres durante décadas. Y, ¿sabes qué? Aún lo hacen. Ningún discurso de culpabilización ni las acusaciones sobre la masculinidad tóxica van a cambiarlo».

Nacido en Baracaldo como buen bilbaíno, estudió en San Sebastián y encontró su sitio en internet y en Madrid. Ha trabajado en varias agencias de comunicación y escribió en Jot Down durante una década, donde adquirió el vicio de divagar sobre cultura/historia/política. Se ve que lo suyo ya no tiene arreglo.

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