Desarraigo e identidad europea

De la no identidad han pasado al difuso identitarismo de la Unión Europea

«Fui apátrida hasta los 18 años, argentina hasta los 24, franco-argentina hasta los 32 y desde entonces soy técnicamente hispano-franco-argentina. Quise nacer en la metafísica Medinaceli, pero lo hice en el castizo Chamberí. Aprendí a caminar en una vieja casa parisina y a contar en un Montessori de Hampstead. Mi lengua materna es el castellano y mi primer texto fue en inglés. Crecí en el Palermo porteño, me hice adulta en Oxford y descubrí mi vocación política en este periódico. ¿Cuál es, entonces, mi identidad? ‘¡Mujer!’, me abrazan ellas. ‘Pija’, mascullan los pijos. ‘Españolista’, chillan los nacionalistas. Yo diría simplemente que soy un edge person, como se definió Tony Judt».

Este mundo está muy necesitado de amor y no cabe duda de que Cayetana Álvarez de Toledo alberga en su corazón bastante hacia sí misma, lo cual es estupendo; el inconveniente es que al ponerse como ejemplo de aquellas ideas que defiende se expone necesariamente a ser juzgada y valorada. En este caso, más allá de que hay que tener cierto cuajo para ir por la vida contándole a los demás que es una edge person a la manera de Tony Judt (suena a diálogo de Faemino y Cansado), esa característica suya tan edgy, tan filosa, tan idiosincrática, es que proviene de un linaje aristocrático y notablemente acaudalado, pues ya sabemos que lo importante es el individuo… de buena estirpe, a ese colectivismo vertical no se renuncia. Una ascendencia que incluye marquesas, grandes de España y criollos fundadores de ciudades, cuya herencia le ha permitido vivir aquí y allá, viajar y acceder a una educación elitista, haciendo así mucho más llevadera su falta de pertenencia ¡siempre hay nuevas fotos para el Instagram cuando se amanece cada día en una parte del mundo! De manera que es poliamorosa en lo nacional o cosmopolita, tal como se les llama a los ricos sin patria, dado que a uno que venga en patera ya no lo definiríamos así. Aunque su cosmopolitismo biográfico e intelectual en realidad se restringe a unos pocos destinos/referencias de la órbita anglosajona: de ahí que el World Economic Forum la escogiese como «joven líder global» (-ista).

Hay en su discurso liberal-ilustrado un claro rechazo por las llamadas «políticas de identidad», saco en el que Cayetana incluye indistintamente la agenda progresista con su miríada de géneros y orientaciones bajo el paraguas LGTBI, así como islamismo, movimientos secesionistas e identidades nacionales. Todo viene a ser lo mismo, entes colectivos, nos cuenta, y frente a ellos lo único que existe es el individuo: «Sucedió a principios del siglo XX y ahora vuelve a ocurrir. Breivik, Bataclan; Brexit, Lepen; Putin, Trump; nuestros ibéricos Otegi y Puigdemont. Son los identitaristas del siglo XXI. Un grupo transversal que ataca nuestro sistema de paz y libertad. Frente a su amenaza y su arrogancia, Europa no debe anteponer una nueva identidad, sino el más firme rechazo a la identidad como concepto y como proyecto». Torcería el gesto si se maridase tal vino con cual pescado, pero a la hora de teorizar ahí la vemos mezclando nombres y acontecimientos con el mayor desparpajo, ea, padentro que hay hambre.

Un proyecto político el europeo que, ya vemos, no debe llevar adherida una identidad, tal como enfatiza en ese mismo texto describiendo su discusión con algún amigo imaginario: «—¡Hay que reafirmar la identidad europea!  —Salté de mi silla, blandiendo a Popper: ¡Las identidades colectivas no existen! Sólo las individuales. Y son tan volátiles…». Es sabido que no podemos elegir el lugar en el que nacemos y que eso determinará nuestra identidad para siempre: quien nace en Tokio, Mogadiscio o Segovia forma parte de diferentes grupos humanos que inculcan en él una u otra herencia cultural, valores, intereses, etc ¿Cómo puede afirmarse que es una impronta volátil?  Cuando Thomas Mann llegó a Nueva York en 1938 proclamó solemnemente que «donde yo estoy, está la cultura alemana» y no necesitamos ninguno de nosotros ser escritores consagrados para poder decir algo similar de nuestro respectivo origen. Todo inmigrante, todo turista, se lleva su país consigo.

Por supuesto que cada uno de nosotros somos personas dotadas de una singular biografía, un fenotipo que nos distingue, una combinación única de ADN, una conciencia que guía nuestra conducta y, para casi todos los credos, un alma que trascenderá a ese cuerpo cargado de una intransferible colección de vicios y manías. Pero sería desconocer la naturaleza humana minusvalorar su dimensión social cuando nuestra felicidad, salud, sentido de la vida y objeto de prácticamente todos nuestros desvelos e ilusiones depende de nuestra reputación y estatus, es decir, de nuestra posición dentro del grupo humano al que pertenecemos. Por ella morimos y matamos; de ahí que no haya mentira más infantil que aquella de «no me importa lo que los demás piensen de mí».

Un sujeto escindido del colectivo es un electrodoméstico desenchufado, un calcetín que pierde su par y entonces su significado existencial, así que nada bueno cabe esperar de aquellas doctrinas que promuevan esa separación para beneficio de terceros. La escritora Louise Perry expresó de forma sucinta cómo ese individualismo, lejos de emanciparnos, tal como se vende, resulta alienante al aislarnos cortando los lazos que nos unen a los demás: «El trabajador atomizado sin compromiso alguno con ningún lugar ni ninguna persona es el trabajador que mejor podrá responder con rapidez a las exigencias del mercado. Este sujeto liberal ideal puede irse allá donde estén los trabajos porque no tiene conexión alguna con nadie en particular; puede desempeñar cualquier tipo de labor que se le pida sin ninguna objeción moral derivada de la fe o la tradición; y, sin una esposa ni familia de la que ocuparse, nunca necesitará exigir días de descanso ni horarios flexibles. Y luego, con el dinero que ha ganado con este trabajo desarraigado, es capaz de comprar artículos de consumo que aplacarán sentimientos de infelicidad y, así, alimentará la maquinaria económica con máxima eficacia».

¿Cuál es la identidad europea?

Por todo lo anterior parece que en los últimos tiempos dado que se está acelerando el proceso de disolución de las naciones europeas ya se comienza a hablar, por mal que a Cayetana le parezca, de una (pseudo) identidad de la UE que sirva de tracción ante una población renuente, unas raíces siquiera de musgo. Aquellos intelectuales que desdeñaban la palabra patria, ahora la reivindican… aplicándosela a Europa. Se organizan actos públicos presididos por enormes banderas comunitarias que ya no son trapos ante los que sonreírse sino reverenciados símbolos colectivos y periódicos como El País nos regalan mensajes así:«Europa sigue siendo sofá con manta, chimenea rodeados de libros y una taza de chocolate caliente». ¿«Sigue»? Primera noticia de que Europa era eso. Vale que este medio ha sido siempre considerablemente aspiracional para la clase media («Cinco destinos del sudeste asiático que no te puedes perder», etc), ahora bien ¿cuántos hogares españoles tienen chimenea?  Unida a la manta y el chocolate caliente ya da cierto sofoco para el clima mediterráneo, por lo que ese imaginario propio de lectora de Zenda parece más bien evocar a la Europa nórdica y centroeuropea.

Ahí radica el problema de cualquier intento de encontrar un mínimo común denominador entre 27 países, una sinécdoque que pueda resultar representativa: que no lo hay, que cualquier tentativa deja en uno la sensación de que España se queda fuera. Es lo que pasa con el listado de características del subcontinente que elabora el célebre crítico cultural George Steiner en La idea de Europa, inspiración de tantos discursos que nos rodean y que por tanto procederemos a bosquejar a continuación. De manera que, nos cuenta el autor, «Europa está compuesta de cafés. Éstos se extienden desde el café favorito de Pessoa en Lisboa hasta los cafés de Odesa frecuentados por los gangsters de Isaak Bábel. Van desde los cafés de Copenhague ante los cuales pasaba Kierkegaard en sus concentrados paseos hasta los mostradores de Palermo. No hay cafés primeros ni determinantes en Moscú, que es ya un suburbio de Asia. Muy pocos en Inglaterra después de una moda pasajera en el siglo XVIII».

Así que ya de entrada deja fuera a Rusia y a Gran Bretaña, mal empezamos. Recordemos que Steiner nació en París de padres vieneses, así que barría para casa. No parece tampoco que en Irlanda las cafeterías sean más genuinas que las tabernas y respecto a España nos cerramos en banda a que usurpen el lugar que corresponde al bar típico, de viejo, el tradicional bar Paco o Manolo con máquina tragaperras, televisión y una barra donde se muestre tras la vitrina ensaladilla rusa, tortilla de patatas y boquerones en vinagre. Seguro que Kierkegaard de tener ocasión se hubiera metido a uno en sus paseos y no habría sido tan melancólico y sombrío. 

En cualquier caso, continúa Steiner, «la segunda seña de identidad europea es compartida por todos los países europeos sin la más mínima rebaja ni excepción: el paisaje caminable, la geografía hecha a la medida de los pies». Ahí se diría que tiene en mente la Llanura Europea, que se extiende desde los Pirineos hasta los Urales. Una extensión en la que se ubica París, lo que le lleva a añadir «las calles, las plazas recorridas a pie por los hombres, mujeres y niños europeos llevan, centenares de veces, nombres de estadistas, militares, poetas, artistas, compositores, científicos y filósofos. Éste es mi tercer parámetro. En mi propia infancia en París tomé, en innumerables ocasiones, la Rue Lafontaine, la Place Victor Hugo, el Pont Henri IV, la Rue Théophile Gautier». Así que Europa es la ciudad de su infancia.

En cuarto lugar, considera a Europa heredera de Atenas y Jerusalén (¿y América no lo es también?): «ser europeo es tratar de negociar moral, intelectual y existencialmente los ideales y aseveraciones rivales, la praxis de la ciudad de Sócrates y de la de Isaías». Fijémonos en que alude a Isaías y no a Jesús, pues sostiene que el cristianismo y el socialismo son «dos notas a pie de página del judaísmo». Nueva muestra de chovinismo, esta vez respecto a su propia religión, a lo que añade que «la brutal verdad es que Europa, hasta ahora, se ha negado a reconocer y a analizar el múltiple papel del cristianismo en la medianoche de la historia, cuánto más a retractarse de él (…) Los campos de exterminio son fenómenos europeos ubicados, por una intuición monstruosa, en las más católicas de las naciones europeas. De nuevo, los crucifijos se mofan del perímetro de Auschwitz». Su resentimiento hacia el cristianismo en general y el catolicismo en particular le lleva a culparlos injustamente del nazismo, para concluir disertando amargamente sobre las dos guerras mundiales. Guerras civiles europeas, las llama, y elementos constitutivos de su identidad:«Europa es el lugar donde el jardín de Goethe es casi colindante con Buchenwald».

España no participó en ellas, e hizo bien. No es nuestro pasado y no debemos martirizarnos por cosas en las que nuestro país no estuvo involucrado. Los Pirineos están puestos ahí por algo. De manera que, si este es otro elemento nuclear de la identidad europea, entonces tal cosa nos es ajena e impuesta.  Y en eso están muchos, en sustituir a Franco por Churchill, la historia e identidad española por la europea. Tarea en la que también pone un gran empeño doña Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos, quien en su libro autobiográfico Políticamente Indeseable lo cita profusamente como su mayor referente. Para que vean el tono: «no cedimos. Y entonces cedió la turba. ¡Avanzamos! Todavía no. En la avalancha, un hombre mayor que iba delante de mí se cayó al suelo. Lo levanté como pude y lo impulsé con mi cuerpo hacia arriba. Un escalón. Dos. Tres. Hasta lo alto de la escalera, donde ya sí perdí la compostura. No longer cool, calm nor collected. Eufórica, empecé a gritar: ‘¡libertad, libertad!’ y a hacer la V churchilliana con la mano». No está relatando el desembarco de Normandía sino un escrache en una universidad catalana.

Nacido en Baracaldo como buen bilbaíno, estudió en San Sebastián y encontró su sitio en internet y en Madrid. Ha trabajado en varias agencias de comunicación y escribió en Jot Down durante una década, donde adquirió el vicio de divagar sobre cultura/historia/política. Se ve que lo suyo ya no tiene arreglo.

Más ideas