El caso Epstein y las tensiones del trumpismo

El caso Epstein es un fascinante pozo séptico. Si tienen cierto interés en la política estadounidense, leerán y escucharán a muchos argumentar que es una tontería, otra teoría conspirativa bla bla bla. No lo es

Érase el hijo de un jardinero y una profesora asistente de escuela nacido en 1953, que toca el piano y estudia matemáticas sin sacarse un título universitario.

A los 21 años, el chaval es profesor en una escuela para niños ricos; a los 23 es despedido y el padre de un alumno le ofrece un trabajo en un banco de inversión neoyorquino; a los 28 años es despedido del banco; a los 40 años su propia empresa de inversión declara bancarrota; a los 43 años, ya está viajando por el mundo presentándose como multimillonario, básicamente con el control de la fortuna de Lex Wexner, conocido propietario de la empresa de lencería Victoria’s Secret.

La historia de Jeffrey Epstein siempre llamó la atención. Hace un par de décadas, a un famoso pirado estadounidense que hizo fortuna en la radio defendiendo todas las teorías conspiranoicas que se han inventado (Alex Jones) le dio por promulgar la increíble idea de que había un millonario que viajaba en un jet lleno de prostitutas menores de edad llamado “Lolita Express” al que invitaba a famosos de alto standing como Bill Clinton y (pásmense) Stephen Hawking, y que estos famosos también acudían a una isla privada del Caribe a organizar orgías del todo ilegales, en efecto violaciones organizadas con drogas y alcohol, pero que nadie le tocaba un pelo al millonario porque tenía la protección del Mossad israelí.

Esto era increíble, sí. Pero en 2005 Epstein fue detenido y acusado de múltiples abusos sexuales a menores, el tipo de acusaciones que no solamente llevarían a cualquiera a la cárcel durante 100 años al menos, sino que destruirían la reputación de cualquiera. En 2007 (estamos en el mandato presidencial de George W. Bush), el republicano fiscal de distrito del Sur de Florida, Alex Acosta, se molestó en preparar un acuerdo extrajudicial en que el Epstein era exonerado de todos los cargos, junto a cualesquiera posibles cómplices que pudieran conocerse, se cerraban todas las investigaciones, se ocultaba el acuerdo a las víctimas y Epstein pasaría 18 meses en una prisión de alto standing para millonarios acusados de delitos financieros.

No está claro que Epstein pasara mucho más que unas semanas en la prisión, jugando al ping pong y viendo la tele. En cuanto salió volvió a las suyas, al Lolita Express y a la isla de las orgías con menores. En 2017, un colaborador anónimo de Donald Trump le filtró a la prensa que, durante una reunión de traspaso de poderes ese año en que Trump empezó su primer mandato, Alex Acosta (nombrado por Trump como su primer ministro de Trabajo) le había explicado al equipo de transición de Trump que su generoso acuerdo extrajudicial con Epstein se debía a que «me dijeron que Epstein ‘estaba en temas de inteligencia’ y que ‘lo dejara en paz'», y que el tema de Epstein era “una cosa de altos vuelos en la que no me tenía que meter”.

Epstein acabó en prisión provisonal en 2019, cerca del final del primer mandato de Trump, en medio de un escándalo que no había dejado de crecer como una bola de nieve. Afrontando infinitas acusaciones legales, se le puso en una celda junto con un “preso de confianza”, un antiguo policía corrupto acusado de asesinato, y un día apareció medio muerto: el policía corrupto desmintió haber hecho nada, y a Epstein le enviaron a una celda en solitario, con cámaras y vigilancia para evitar intentos de suicidio; se le dejó sin compañero de celda, las cámaras dejaron de funcionar y los funcionarios que tenían que vigilar la celda prefirieron no entrar. A la mañana siguiente Epstein apareció colgado.

Sobre esta base de estos hechos que están probados, se ha especulado bastante. Epstein conocía a mucha gente famosa, incluyendo a Trump (quien parece no haber hecho nada ilegal y no participó en orgías), algunos de los cuales tomaban el Lolita Express y otros no. Les grababa a todos. Cuando fue detenido, la policía se hizo con toneladas de grabaciones de todo tipo, frecuentemente tomadas con cámaras apenas ocultadas, en toda clase de situaciones embarazosas.

Trump hizo campaña electoral el año pasado prometiendo que aclararía el caso Epstein y publicaría todos los documentos pertinentes con listas de clientes y vídeos. Hace unas semanas se echó atrás y explicó que el tema de Epstein es “nada de nada” y exhortó a sus seguidores a dejar de hablar de ello. Da la impresión de que es un poco tarde para venir ahora con ésas.

Ha habido un flujo incesante de libros y artículos sobre el tema. Por ejemplo, el Wall Street Journal ofreció un detallado vistazo al caso explicando que el director de la CIA William Burns y varias mujeres de alto rango en el mundo de las finanzas estaban involucrados en el grupo de conocidos de Epstein.

Este grupo no para de crecer con cada nueva revelación. Es difícil de entender por qué Kathryn Ruemmler, asesora legal de la Casa Blanca durante la presidencia de Barack Obama, tuvo decenas de reuniones con Epstein en los años posteriores a su servicio en la Casa Blanca y antes de convertirse en destacada abogada de Goldman Sachs, el mayor banco de inversión estadounidense.

Ninguno de esos nombres nuevos que van apareciendo aparece en la ahora pública «libreta negra» de contactos de Epstein (en la que hay varios españoles a los que no se ha acusado de nada, ni se sospecha que hayan hecho nada ilegal con Esptein) ni en los registros de vuelo públicos de los pasajeros que viajaron en su jet privado.

De los muchos libros sobre el tema, destacaría «Los muertos no cuentan cuentos» de Dylan Howard, que está un poco pasado (se publicó a finales de 2019). En ese libro se detalla la relación de Epstein con gente como los actores Kevin Spacey, Chris Tucker y Ralph Fiennes, y líderes políticos como Tony Blair, Ehud Barak y Bill Clinton. Clinton tampoco figura en la agenda, aunque sí su amigo íntimo y consejero Doug Band, junto con un montón de referencias a «42» (Clinton fue el cuadragésimo segundo presidente).

Sin embargo, el libro omite detalles curiosos que se han conocido después: por ejemplo, sobre la larga relación de Epstein con Bill Gates, que parece estar motivada principalmente por el odio a su esposa y una obsesión absurda por ganar un Premio Nobel (de la Paz) usando a los contactos de Epstein.

Lo de Bill Gates es quizás mi trocito favorito del caso Epstein. En otro artículo del WSJ, nos enteramos de que «Jeffrey Epstein pareció amenazar a Bill Gates por el romance del cofundador de Microsoft con una jugadora de bridge rusa», un titular muy muy del WSJ si me permiten decirlo (trabajé allí más de una década). No es de extrañar que, como coinciden todos los expertos en el caso, la relación de Gates con Epstein fuera uno de los motivos principales que llevaron a su multimillonario divorcio.

Virginia Giuffre Roberts, quien sufrió abusos sexuales durante años por parte de Epstein y se suicidó hace unos meses, citó entre sus otros abusadores en el mundillo Epstein al príncipe Andrés de Inglaterra, Matt Groening (creador de Los Simpson, quien le regaló un dibujo personal de Homer y Bart), el famoso científico Marvin Minsky, y el exlíder de la mayoría del Senado estadounidense, George Mitchell.

Todo esto, dice ahora Trump, es “nada de nada”. De todos modos, hay que conceder que las ristras de nombres y alegaciones en sí mismas dicen poco. Giuffre y otras mujeres acusaron a gente específica de cosas específicas, pero la justicia no ha actuado así que son todos inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Muchas otras figuras en el mundillo no parecen haber hecho nada ilegal, y sólo querían estar en la órbita peligrosa y malota de Esptein. Bill Gates, por ejemplo, que parece el multimillonario más patético y triste del planeta de Tierra, cuando uno lee sobre su llorosa relación con Epstein y sus lamentaciones sobre su miserable matrimonio.

Hay dos preguntas claves sobre el caso. La primera, quién le dio a Epstein dinero y contactos para ponerse en marcha y le incentivó para acumular documentación contra famosos que pudiera ser usada en chantajes para asegurarse de que estén a favor de medidas específicas en favor de un país específico. La respuesta parece bastante obvia.

La segunda pregunta, aún más interesante, se refiere a esa gente penosa como Gates. La esposa de Gates contó en una entrevista como la primera vez que Bill la llevó a ver a su amigo Jeffrey, le visitaron en una lujosa mansión en Manhattan. Entraron y un mayordomo les acompañó a una salita de espera mientras el señor Jeffrey salía a recibirles. En la salita, había una planta de plástico con una cámara negra con un cable enrollada en el tallo, apuntando a los huéspedes. Jeffrey ni siquiera se había molestado en ocultarla. ¿Por qué volvía toda esa gente y seguía en el círculo de Epstein, cuando era obvio que estaba acumulando material con el que chantajearles?

Fíjense que, si uno la lista de personas que fueron a la Isla de Epstein, es obvio que muchos sabían que todo era una trampa, como Bill Gates lo sabía a esas alturas. Mi impresión es que aceptaban caer voluntariamente en la trampa, como una especie de rito de paso a la sociedad de la gente enchufada y famosa. Le daban a Epstein mecanismos para controlarlos porque querían estar dentro del club.

No creo que esto sea diferente de cómo, por ejemplo, las sociedades secretas han funcionado durante siglos. No creo que a la mayoría de los miembros es importen sus creencias, que tienden a lo ridículo; solo quieren tener acceso a la gente importante que suele meterse en estas sociedades. Sospecho que esa es la razón principal por la que existen: son una excelente manera para que la gente poderosa impulse sus ideales y planes medio absurdos, utilizando a gente enérgica a la que no le importan sus ideales y planes medio absurdos, pero que quieren estar con gente importante y forrada de dinero que podrían invertir en sus empresas, darles un empujoncito con algo, encontrarles un trabajo bien pagado en el que no haya que dar un palo al agua.

El caso Epstein es un fascinante pozo séptico. Si tienen cierto interés en la política estadounidense, leerán y escucharán a muchos argumentar que es una tontería, otra teoría conspirativa bla bla bla. No lo es.

Madrid, 1973. Tras una corta y penosa carrera como surfista en Australia, acabó como empleado del Partido Comunista Chino en Pekín, antes de convertirse en corresponsal en Asia-Pacífico y en Europa del Wall Street Journal y Bloomberg News. Ha publicado cuatro libros en inglés y español, incluyendo 'Podemos en Venezuela', sobre los orígenes del partido morado en el chavismo bolivariano. En la actualidad reside en Washington, DC.

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