Alguien afirmó tiempo atrás que «solo los ricos pueden permitirse el lujo de no tener patria» y se diría que no pocos quieren ser cosmopolitas para ver si entonces se les pega la fortuna, o al menos la apariencia de poseerla. Así que viajan una o dos veces al año al extranjero y luego dosifican durante meses las fotos en su Instagram para hacer ver que cada día desayunan en un país. Los más audaces emigran un tiempo, pero no a cualquier aldea africana, sudamericana o asiática, sino a unos pocos nodos financieros y tecnológicos occidentales —particularmente Londres—, de manera que ese presunto cosmopolitismo termina siendo como ejercer de explorador selvático en los jardines de El Escorial.
Algo de todo esto podemos encontrar en el libro recién publicado La pulsión nacionalista, del politólogo Manuel Arias Maldonado, que no aporta ninguna idea novedosa y del que lo mejor que puede decirse es que es breve, aunque bien merece cierto análisis, como haremos a continuación, por ser un refrito del compendio de ideas dominante en nuestro país durante las últimas décadas: la España del «patriotismo constitucional» de Aznar, la postnacional de UPyD y Ciudadanos, la que aspira a federalizarse y delegar todo en Bruselas para olvidarse de sí misma bajo la nueva consigna invertida de «Muchas, Pequeñas y Sojuzgadas». En la larga tradición de intelectuales guardianes del orden establecido —fuera hace frío— nos cuenta que lo que hay es lo que debe ser, por si a alguien le tentaba pedir algo distinto al rancho que nos sirven.
«Corren malos tiempos para el ideal cosmopolita», es la frase con la que arranca la obra, y de ahí irá desarrollando cierto fetichismo por tal palabra, que a menudo confunde con humanismo o universalismo católico, fundado en que todo ser humano tiene una dignidad intrínseca, pues Isabel la Católica, pongamos, no era cosmopolita ni falta que le hizo para reconocer la humanidad común con aquellas extrañas gentes recién contactadas. Ahora bien, eso no significa que todas las culturas sean iguales o siquiera compatibles, por lo que mantener una frontera entre unas y otras puede salvarnos de muchos conflictos. Pero prosigamos con nuestro autor, que ve un rebrote del nacionalismo en todas partes: el Golpe catalán de 2017, el Brexit, Trump, Escocia, los partidos de diversos países que rechazan la inmigración masiva (el «populismo» le espanta, cómo no) o en «el puño de hierro del putinismo». Del nacionalismo ucraniano con Stepán Bandera y compañía no tiene nada que decirnos, mientras que en Oriente Medio tampoco parece estar ocurriendo nada que despierte su interés.
A medida que uno va pasando una página tras otra causa cierta extrañeza la mueca de disgusto del autor ante el objeto de estudio: «el nacionalismo parece extraer su enorme potencia movilizadora de pasiones irracionales»; «la cualidad recurrente del fenómeno nacionalista habría de causarnos embarazo, parece mentira que las sociedades humanas no hayan aprendido de su propia historia»; «el nacionalismo representa una amenaza potencial contra la convivencia y opera como un factor desestabilizador de las democracias», y así sucesivamente. Uno podría pensar que si hay tanto en todas partes entonces podríamos calibrar con más finura la calidad y el peligro que cada uno represente… e incluso reconocer lo bueno que pueda haber en él. Nos consta que se han hecho cosas horribles en nombre de tales o cuales creencias metafísicas, ¿diríamos entonces que todas las religiones son malas y deben ser abolidas? Sería un disparate, por mucho que apenas lo pronunciásemos nos ascendieran al grado 33. ¿No cabe entonces un planteamiento similar respecto a este otro fenómeno?
A tal respecto, curiosamente, puede verse en Maldonado cierta mentalidad puritana. El nacionalismo funciona tan bien, nos cuenta, porque pese a su modernidad es capaz de tocas algunas teclas del alma humana, cierta predisposición biológica por la identificación grupal, una «pulsión» como el propio título del libro indica, un «instinto tribal», llamémoslo, cuyo origen evolutivo se pierde en el tiempo. Entonces si tan imbricado está en nuestra naturaleza, como cualquier otro de nuestros instintos y apetitos puede ser educado y canalizado, satisfecho en su justa medida y sin perder el decoro, aunque no necesariamente reprimido o extirpado de raíz como si fuéramos meapilas calvinistas creyendo tener al diablo dentro… Pues con ese perenne desasosiego vive nuestro autor, temiendo convertirse en el hombre-lobo o Mr. Hyde en cualquier momento, creyendo que cada siguiente paso será una caída al abismo ¡No hagáis eso o aquello, así empezaron en Alemania en los años 30! Aunque haya nacido en los 70 podemos concluir que es un búmer de espíritu: todo acaba remitiéndole al nazismo y Hitler.
Apuntábamos la modernidad del nacionalismo como ideología, detalle en el que el libro se detiene en un breve recorrido histórico desde el siglo XVIII, reconociendo a regañadientes su vínculo con la democracia, el liberalismo y el Estado tal como es concebido en nuestra época. ¿No puede suponer entonces la renuncia al primero poner en cuestión los siguientes? Los imperios multiculturales eclosionaron para dar lugar a naciones donde era el pueblo y no el monarca quien pasaba a tener el poder. Soberanía y democracia son por tanto conceptos estrechamente vinculados, así que celebrar una globalización que diluya la primera implica dejar a los ciudadanos al albur de fuerzas que ya no pueden estar al alcance de su voto. La forma que tiene el autor de superar esta contradicción donde apenas profundiza está en recurrir a la distinción tan manida como tramposa entre nacionalismos cívicos (los buenos, inspirados por el liberalismo anglosajón) y nacionalismos étnicos (los malos, basados en conceptos del romanticismo alemán y que darían lugar a Hitler, etc).
El problema es que Hans Kohn acuñó esta distinción en The Idea of Nationalism, publicado durante la Segunda Guerra Mundial, incluyendo entre los primeros a su país de adopción, EE.UU. y otros Aliados, y entre los malos a los países del Eje, donde de paso metía a España, contra la que recurrió a la Leyenda Negra con entusiasmo para dibujarla como un país sumido en las tinieblas del oscurantismo católico (él era judío). También, al intuir la Guerra Fría que estaba por llegar, incluyó previsoramente a la URSS, echando mano para ello de buena dosis de orientalismo: los países exóticos del Oriente son místicos, telúricos, tribales, incapaces de ascender al Logos occidental, etc… El caso es que, si profundizamos históricamente, encontramos que tal distinción entre nacionalismos, entre países, no tiene ningún valor descriptivo más allá de la propaganda de guerra (ahí sí, por eso arraigó tanto). Pues bien, esta es la fuente de la que bebe Maldonado, de manera que al estar su planteamiento viciado de origen nada bueno puede salir de ahí.
El libro concluye reivindicando el mestizaje cultural, las fronteras abiertas, el Estado de las Autonomías y el federalismo, como una forma de superponer identidades colectivas y evitar un nacionalismo español fuerte que al parecer sería muy peligroso, y también, como no podía ser de otra manera, ensalzando el europeísmo. En otro alarde de imaginación resucita el «patriotismo constitucional» y fantasea con una imposible democracia sin vínculos nacionales donde «el ciudadano lo sería del Estado y no de la región ni de la nación» y «a la ciudadanía democrática le corresponde actuar como argamasa sentimental», que es algo así como pretender insuflar épica al código de circulación. Plena desconexión del mundo real y de la naturaleza humana. En conclusión, a estas alturas la única pulsión irrefrenable que nos domina es la del bostezo ante un libro que en 2017 habría contado con el prólogo de Albert Rivera… Afortunadamente, en 2025 ya estamos a otra cosa.