El desconocido Dryas Reciente

Llega la hora de la verdad para las mentiras climáticas

Todo el que sabe algo de historia ha oído hablar de las glaciaciones, y sabe que la civilización humana es producto del calor: apareció justo después de la última glaciación, en una época que era significativamente más calurosa que la actual, una época en la que la Tierra era más verde y mucho más lluviosa.

Siempre que la gente me habla de mediciones, modelos climáticos y proyecciones, les hablo de historia. Conocemos bastante bien la historia del cambio climático en el planeta, sobre todo en los últimos 10.000 años, y tenemos muchas pruebas sobre la evolución de las temperaturas en el periodo.

Ahora mismo vivimos en un periodo llamado Holoceno, que sucedió a uno de los más misteriosos de la historia geológica de la Tierra: el Dryas Reciente, una ola de frío extremo que duró aproximadamente un milenio y que llevó a muchas poblaciones humanas a la extinción o casi a la extinción cuando empezó alrededor del año 10.800 antes de Cristo.

Existen muchas teorías contradictorias sobre qué desencadenó exactamente el Dryas Reciente, y yo tengo mi favorita. Eso es lo de menos. Lo importante es que, como su nombre indica, el Dryas Reciente no es un fenómeno de eras ignotas perdidas en la nebulosa histórica, sino algo más reciente que, por ejemplo, la escultura o los arcos y las flechas, ambas invenciones anteriores.

Sorprende que los medios de comunicación no discutan ese periodo con más frecuencia dada la obsesión actual por el clima: incluso es posible que la agricultura surgiera como una respuesta evolutiva a las condiciones más frías del Dryas Reciente, ya que los cazadores-recolectores encontraron maneras de volverse mucho más vegetarianos y de encontrar y cultivar lugares donde crecieran cultivos atractivos, o de lo contrario morirían de hambre.

En cualquier caso, el Dryas Reciente acabó tan súbitamente como había empezado. En el año 9.600 a. C., la temperatura global aumentó siete grados en menos de una década, marcando el final del período y el inicio del Holoceno. Sí: en menos de una década. Recuérdelo la próxima vez que escuche a un comentarista de televisión hablar de un «cambio climático sin precedentes» porque algo subió o bajó un 0,1%.

La explosión demográfica humana (y animal) fue inmediata y, según algunas estimaciones, casi tres cuartas partes de la superficie terrestre fueron colonizadas en un siglo y, por lo tanto, moldeadas por el ser humano, incluyendo más del 95% de las zonas templadas y el 90% de los bosques tropicales. La producción de alimentos en el Creciente Fértil del Medio Oriente se disparó: las nuevas variedades de cultivos, acostumbradas a un clima más seco y temporadas de crecimiento más cortas, se volvieron más maduras y nutritivas gracias al clima repentinamente más cálido y húmedo.

¿Por qué más húmedo? Porque durante el Dryas Reciente, como en las glaciaciones precedentes, el frío hizo que el agua que en épocas cálidas circula por la Tierra en forma de vapor (nubes) que eventualmente se precipita al suelo se concentrara en los polos, en la forma de glaciares masivos persistentes cuyos restos aún adornan tanto el Ártico como la Antártida. Esto, es importante destacarlo, no es lo normal en la historia de la Tierra: las glaciaciones solo comenzaron hace 34 millones de años, lo que suena como mucho tiempo, y no está mal: pero antes de ellas hubo 226 millones de años consecutivos en los que ninguno de los polos se congeló.

Por resumir, fue solo después del Dryas Reciente que la agricultura se desarrolló con fuerza y ​​surgieron los primeros asentamientos verdaderamente sedentarios. Mientras que, en el pasado, ninguna zona podía sustentar una gran población permanente de cazadores-recolectores, la agricultura ofrece la posibilidad de mantener una densidad de población mucho mayor en un espacio más reducido: y así tenemos, para bien o para mal, la civilización.

Yo soy fan de la civilización, pero también tiene sus problemas, y los histéricos climáticos están entre los principales. Durante años, el lobby climático se ha dedicado a ocultar esas realidades básicas, fácilmente comprobables, que les acabo de explicar, y en su lugar ha esparcido mentiras como puños que relacionan el calentamiento global, de origen natural o humano, con sequías y desertización.

Jamás en la historia climática de la Tierra ha existido esa relación, y si lo dudan pueden visitar pueden visitar los restos de algunos de los gigantescos lagos que se esparcieron por todo el mundo justo después del 9600 a. C., cuando el clima era mucho más cálido que ahora, y se han reducido, muchas veces hasta desaparecer del todo, con el clima más frío que hemos tenido en los últimos 2.000 años.

Hablamos por ejemplo de Lago Chad en Africa, que contuvo hasta diez veces más agua que ahora y era superior en tamaño al actual Mar Caspio. También de las gigantescas cuencas saladas de Makgadikgadi en Namibia, Dasht-e Kavir en Irán, Rub’ al-Khali en Arabia Saudita, White Sands en Nuevo México y el Salar de Uyuni en Bolivia, todas ellas secos restos de enormes depósitos de agua que antaño rebosaban de vida y sustentaban ecosistemas verdes, y que ahora son esencialmente zonas muertas. El Lago Hamun, ahora estacional y principalmente un humedal alimentado por el río Helmand en el actual Afganistán, también era enorme antes del enfriamiento climático, un caso similar al del Lago Eyre de Australia. Los niveles de agua del lago Turkana, entre Etiopía y Kenia, eran unos 100 metros más altos en el 7500 a. C. que en el 2000 d. C.

El histerismo climático de las últimas décadas se ha basado en varios puntos claves, todos los cuales han demostrado ser falsos: que existe una correlación exacta entre los niveles de CO2 en la atmósfera y la temperatura media de la Tierra (algo que es ridículo por muchos motivos, sin tener que citar que el principal baremo de la temperatura aquí y en Saturno es esa explosión nuclear gigante que tenemos en el cielo, y sus fluctuaciones), que el calentamiento global causaría una rápida descongelación de los polos y que llevaría a una extensión de los desiertos, causando “refugiados climáticos” que, al no poder seguir viviendo en su país, inevitablemente tienen que acabar en Lavapiés y en Estocolmo y nunca en, digamos, Kazakhstan o Mongolia. 

En 2010, puse en una pared de mi oficina una fotocopia de un artículo de la BBC que predecía un Ártico sin hielo para 2007 o, como muy tarde, 2013. Cuando nos cambiamos de oficina, la fotocopia se quedó ahí. Y ahora dicen que igual se irá el hielo en 2035. Ya es hora de que haya respuestas claras y contundentes a las mentiras climáticas.

Madrid, 1973. Tras una corta y penosa carrera como surfista en Australia, acabó como empleado del Partido Comunista Chino en Pekín, antes de convertirse en corresponsal en Asia-Pacífico y en Europa del Wall Street Journal y Bloomberg News. Ha publicado cuatro libros en inglés y español, incluyendo 'Podemos en Venezuela', sobre los orígenes del partido morado en el chavismo bolivariano. En la actualidad reside en Washington, DC.

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