Bronze Age Pervert, menos conocido como Costin Alamariu, es un provocador cibernético rumano con un doctorado en la filosofía de Nietzsche y de Platón, que se ha erigido en el representante de ‘twitter Übermensch’, la parte del autismo ‘tuitero’ de derechas que sueña con un gobierno aristocrático de hombres forjados por el sol y el acero.
No pretendo hablar extensamente del personaje ni de sus ideas —para ello está su podcast Caribbean Rythms, en el que finge un acento eslavo exagerado, sus publicaciones en la red social X y sus dos libros: Bronze Age Mindset y Selective Breeding and the Birth of Philosophy—, pero me gustaría tratar en este ensayo de un concepto suyo que, a mi juicio, explica en gran medida la crisis existencial del hombre moderno: el Owned Space —espacio ocupado—.
Todos los animales —sanos— que no se encuentran en cautividad tienen instintivamente la necesidad de dominar el espacio que les rodea, de controlar la Materia. Esta maestría de lo material en el espacio circundante es lo que permite que el animal, según BAP, pueda desarrollar sus potencialidades internas y hacer florecer sus más altas capacidades según su naturaleza. En este sentido, «el mono, que vive en los árboles, busca desarrollar las habilidades necesarias para dominar el dosel; el castor, para hacerse con el control del río, sus orillas y los juncos a su alcance; y muchos grandes felinos, por supuesto, buscan el dominio del territorio real y el derecho a cazar y aparearse en él».
Solo tras el dominio efectivo del espacio, tras su «ocupación», puede desarrollarse el animal plenamente. Lo mismo ocurre con el hombre. ¿Puede un músico interpretar una sinfonía si aún no domina su instrumento? ¿Acaso podría un constructor levantar un edificio sin haber asentado primero los cimientos? No existe perfectibilidad sin que antes haya una base sobre la que forjarla. En el caso que nos ocupa —nunca mejor dicho—, esta base es el espacio.
Resultaría imposible dominar el medio sin entender la naturaleza del entorno, los recursos de que disponemos y el alcance real de nuestras capacidades. Por ello, BAP considera que la vida, en su forma más básica, consiste en una «lucha por el control del espacio». Sin este, no se pueden dar el resto de cosas, al menos no aquellas que hacen que la vida merezca la pena. Y esto es así desde que el mundo es mundo. El hombre no vive de manera abstracta; es un sujeto telúrico, arraigado a un suelo y circunscrito a coordenadas geográficas concretas que lo condicionan, y forja, junto a sus similares, espacios relativos de dominio y ascendencia.
El espacio ocupado se convierte en un enclave de autonomía no degradada, un ámbito de afirmación que prepara material y espiritualmente al hombre para su perfeccionamiento y en el que adquiere una capacidad real de acción, de control fáctico y directo sobre lo inmediato y, en último término, de gobierno de sí. Desde este arraigo, el hombre despliega su potencia vital y existencial. De ahí su importancia. Por todo lo anterior, el espacio no debe entenderse como algo exclusivamente físico; se convierte en una categoría casi metafísica.
«Un chimpancé en estado salvaje nunca se masturba, pero en cautividad sí lo hace, ¿qué significa esto?», reza una de las citas más célebres de BAP. El autor entiende que, en un estado de libertad, el simio se ocupa de asegurar su subsistencia, de procurarse refugio frente a los peligros externos y de hacer frente a las contingencias que le sobrevienen. Ello no deja lugar al onanismo. Debe entender el funcionamiento de lo que le rodea y actuar en consecuencia para no solo sobrevivir, sino dominar todo cuanto está a su alcance. Privado de tal libertad, de este impulso hacia el desarrollo y la autorrealización, cae en la fútil actividad de la masturbación. La vida que se desarrolla en un espacio ocupado por otros, como puede ser una jaula de un zoo, desgasta nuestra fuerza vital y nos empuja a realizar actividades carentes de sustancia, sin sentido.
Los estudios del etólogo y premio nobel Konrad Lorenz así lo sugieren. El animal domesticado, el que se encuentra en un espacio ocupado y regentado por otro, presenta patrones de conducta disfuncionales: alteraciones en la cantidad de acciones instintivas genuinas, desintegración de patrones de comportamiento funcional y pérdida de selectividad en los comportamientos innatos. En otras palabras, los impulsos e instintos de los animales domesticados se vuelven erráticos y, en general, llevan a la involución de la especie. En los procesos «civilizatorios», entendidos como procesos de domesticación humana, según Lorenz, al hombre le sucede algo muy parecido.
No quiero entrar en el debate entre civilización y domesticación. Basta con señalar que la ocupación de espacios constituye un hito fundamental para el correcto desarrollo del animal, incluido el animal-racional llamado hombre. Sin embargo, para BAP, entre esta época y las anteriores se ha dado un salto decisivo.
En otros tiempos la ocupación espacial se daba. Pero no totalizaba. Y se daba de forma natural, orgánica. Todavía había territorios por explorar, el poder político y militar tenían un ámbito de actuación muy limitado, el mercado solo era un medio y la economía una actividad humana más, el desarrollo tecnológico no había usurpado los modos propiamente humanos, la cultura era la expresión de los diferentes modos de vida, no existía una reglamentación total de la existencia, e incluso había espacios que ni siquiera se consideraban susceptibles de ser ocupados, como pueden ser el vientre de la mujer o la psique humana.
El autor sostiene que, en el mundo moderno, concurren las condiciones que convierten al hombre en un sujeto mutilado, domeñado y disfuncional. Y tiene razón. Considero que, tras la imposición del Estado-leviatán —ocupación física y política—, la universalización del mercado —ocupación económica y social— y la reconfiguración espacial en otros niveles —gracias al avance técnico y tecnológico—, se ha logrado una totalización absoluta del espacio material y espiritual; no hay lugar para que el hombre ocupe espacios. Este se desenvuelve en uno ocupado por otros. Y, al igual que sucede con el animal, esta situación lleva al hombre a un estado límite, a un sinsentido.
BAP cree que el espacio en el que el hombre desarrolla su vida es artificial y, afirma, que el carácter doméstico de la vida en nuestra época presenta el mundo como un espacio no solo ocupado, sino cerrado. Para él, la ciudad moderna es «un intento de preservar —o, al menos, simular— un espacio natural en el que el hombre pueda moverse, expandirse, practicar y perfeccionar ciertas virtudes, por limitadas o atrofiadas que estas puedan ser». En consecuencia, el hombre se convierte en un ser a medio hacer, incapaz de actualizar sus potencialidades plenamente. Esto no puede provocar otra cosa que no sea una crisis existencial. BAP se pregunta sarcásticamente —o no— si no será mejor alistarse en el ISIS.
Al ser necesaria la ocupación espacial y al estar el espacio ya ocupado, la modernidad debe crear nuevos espacios que sustituyan la realidad. En clave baudrillardiana, podemos argumentar que el espacio es tan artificial que, en sentido estricto, ha dejado de existir; en su lugar se crean modelos de espacio, simulacros simulados, para evitar un suicidio colectivo. ¿No son los videojuegos o las redes sociales simulaciones de espacios?
La persona que todavía no ha sido totalmente domesticada es capaz de ver la plasticidad del mundo. Entiende que esos espacios simulados se crean porque, de lo contrario, la existencia resultaría insoportable para el hombre. Esta es la función, para Baudrillard, que cumplen los parques temáticos: «Disneylandia es presentada como imaginaria con la finalidad de hacer creer que el resto es real, mientras que cuanto la rodea, Los Ángeles, América entera, no es ya real, sino perteneciente al orden de lo hiperreal y de la simulación. No se trata de una interpretación falsa de la realidad (la ideología), sino de ocultar que la realidad ya no es la realidad y, por tanto, de salvar el principio de realidad. Lo imaginario de Disneylandia no es ni verdadero ni falso, es un mecanismo de disuasión puesto en funcionamiento para regenerar a contrapelo la ficción de lo real». En este sentido, Disneylandia es presentada como un signo que produce la realidad, al igual que las redes sociales: determinan de antemano cómo percibimos, deseamos y vivimos lo real.
BAP ofrece varias soluciones a esta situación. Rechazar la domesticación, violentando todo lo que se ha impuesto como costumbre, ley, tradición, religión y todo aquello que estultifica, con el objeto de ultrajar todos aquellos espacios ocupados por los diferentes poderes leviatánicos. Por otro lado, exige adoptar una disposición vital ante tal degradación de la vida; una forma de presentarse frente a los otros, a la odiosa y decadente élite que ha reducido a la mayor parte de la humanidad a abyectos «hombres insecto». Así, considera que hay que aspirar a una «despreocupación divina que proviene de abrazar la fuerza vital. Cualquier cosa verdaderamente grande debe tener algo de esta despreocupación divina. ¿No creían también los cristianos en el “danos el pan nuestro de cada día”, dando a entender que con eso basta y no hay que preocuparse de nada más?».
Son fórmulas que pueden ser aceptables, pero no válidas para cualquiera. Yo prefiero empezar con algo sencillo, con la reconquista de ciertos espacios que otorgan algo de dignidad a la vida del hombre. La propiedad es uno de ellos. Pero no la propiedad de unos pocos. Esta hace de punto de referencia del hombre en un mundo que ahoga y que ha perdido todo principio de realidad, se convierte en el núcleo desde el que éste es capaz de proyectarse vitalmente y de desbordarse a sí mismo, además de actuar como un requisito fundamental para la constitución de su identidad. La propiedad es sinónimo de dominio y arraigo. Se me podrá objetar que también lo es de domesticidad y aburguesamiento. Pero en un mundo totalmente ocupado, puede convertirse en un oasis de libertad, un espacio de salvaje irredención frente a una «realidad» de la que ya no cabe esperar salvación.