El hombre que vio la mano invisible

Se cumplen 250 años de la publicación de «La riqueza de las naciones»

«Ha llegado la hora —dijo la Morsa—
de que hablemos de muchas cosas:
de barcos… lacres… y zapatos;
de reyes… y repollos…»


La Guerra Fría, ese enfrentamiento mayormente incruento entre la URSS y Estados Unidos durante medio siglo en el que crecimos muchos españoles, se presentaba como un conflicto entre dos ideologías, el socialismo y el capitalismo. Y el socialismo era, efectivamente, una ideología pergeñada en solitarios gabinetes y contaba con su ‘biblia’, El Capital. Pero en la otra parte no había nada de eso; ningún profeta, ningún gurú escribió un modelo que hubiera que aplicarse para el capitalismo y que diera nacimiento a esa supuesta “ideología”.

Lo que sí hubo, en cambio, fue una obra que explicaba, no cómo deberían ser las cosas, sino cómo eran en la realidad. Esa es la diferencia clave.

La feliz coincidencia, de la que ahora se cumplen 250 años, no pudo ser más significativa: La Riqueza de las Naciones (Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones), de Adam Smith, se publicó el mismo año en que trece colonias americanas de Gran Bretaña declararon su independencia, creando un país que llegaré a ser el epítome y máximo defensor del sistema que describía Smith.

La coincidencia es más que una curiosidad cronológica. Si la revolución americana expresaba la convicción de que una comunidad política podía gobernarse a sí misma sin tutela imperial, Smith sugería algo igualmente audaz: que la vida económica de una nación tampoco necesitaba ser dirigida en cada detalle por el poder político.

Como la Morsa en Alicia en el País de las Maravillas, Adam Smith habla en La riqueza de las naciones de muchas cosas prosaicas, de alfileres, de chuletas, de salarios, de comercio, de precios, de mercados. No hay en ella grandes proyectos para rediseñar la sociedad humana, sino observaciones sobre un montón de cosas y personas ordinarias: carniceros, cerveceros, panaderos, comerciantes y trabajadores manuales.

Y, sin embargo, en medio de esa prosa tan poco solemne, Adam Smith formuló una de las intuiciones más perturbadoras de la modernidad: la idea de que una sociedad puede organizar su vida económica sin que nadie la organice.

Europa llevaba siglos a la contra, una deriva que no muchos años después de la publicación de la obra de Smith, en la terrible Revolución Francesa, habría de eclosionar en un desfile sangriento de utopías superpuestas. Durante siglos, muchos pensadores habían llenado bibliotecas enteras con proyectos de sociedades ideales. Desde la República de Platón hasta la Utopía de Tomás Moro o La Ciudad del Sol de Tommaso Campanella, pasando por innumerables comunidades imaginarias diseñadas por moralistas y visionarios, el ejercicio intelectual consistía casi siempre en lo mismo: describir cómo debería organizarse coercitivamente la sociedad para que los hombres se comportaran de la manera correcta.

Esos sistemas tenían algo en común. Partían de la idea de que el orden social debía ser diseñado deliberadamente. El legislador sabio, el filósofo gobernante o el reformador ilustrado debían establecer las reglas que conducirían a los hombres hacia la virtud y la prosperidad. La sociedad era concebida como una obra de arquitectura moral y política, un camino que desembocó en los campos de la muerte camboyanos.

Adam Smith partió de una pregunta completamente distinta. En lugar de preguntarse cómo debería comportarse el hombre nuevo de una sociedad ideal, se preguntó cómo se comportan realmente los hombres corrientes cuando intentan ganarse la vida. Qué ocurre cuando el carnicero vende carne, el cervecero fabrica su bebida o el panadero hornea pan. Qué ocurre cuando miles o millones de individuos, cada uno buscando mejorar su propia condición, intercambian bienes y servicios en un mercado.

La respuesta que Smith empezó a vislumbrar fue sorprendente. De ese entrecruzamiento de intereses individuales surge, sin que nadie lo haya diseñado, una forma de orden. El panadero no produce pan por amor a la humanidad, sino porque espera venderlo. El cliente no compra por generosidad, sino porque necesita comer. Pero precisamente porque cada uno depende de los demás para satisfacer sus necesidades, el sistema de intercambios termina produciendo un tipo de cooperación social que nadie ha planificado.

Esa intuición es la que Smith ilustraría con una metáfora que se haría célebre: la “mano invisible”. No era una ley universal ni una fórmula mágica. Smith utilizó la expresión muy pocas veces en toda su obra. Pero captaba bien la idea central de su argumento. Cuando los individuos persiguen sus propios intereses dentro de ciertas reglas básicas —propiedad, contratos, justicia—, el resultado puede ser un sistema de coordinación social que ningún legislador habría sido capaz de diseñar deliberadamente.

Para comprender hasta qué punto esta idea resultaba original conviene recordar el mundo intelectual contra el que escribía Smith. La política económica de la Europa moderna había estado dominada durante siglos por el mercantilismo. Según esa doctrina, la riqueza de una nación dependía del control del comercio, de la acumulación de metales preciosos y de la protección de la producción nacional mediante aranceles y monopolios.

El comercio era una actividad cuidadosamente administrada por el poder político. Los gobiernos concedían privilegios a compañías comerciales, regulaban los precios, imponían restricciones a las importaciones y organizaban el sistema económico como si se tratara de una maquinaria que debía ser dirigida desde arriba.

Smith sospechaba que esa imagen era profundamente errónea. En su opinión, los gobiernos no eran los verdaderos creadores de la riqueza nacional. La prosperidad de una sociedad comercial surgía, sobre todo, de la actividad cotidiana de millones de individuos que producían, intercambiaban y especializaban su trabajo. De ahí su famoso análisis de la división del trabajo, ilustrado con el ejemplo de la fábrica de alfileres. Cuando la producción se organiza mediante la especialización de tareas, la productividad aumenta de forma espectacular.

Nada de eso requiere un gran plan central. Surge gradualmente a partir de las decisiones individuales de productores y comerciantes que buscan mejorar su situación. La sociedad comercial funciona, en gran medida, porque los incentivos económicos empujan a los individuos a comportarse de maneras que, sin proponérselo explícitamente, benefician al conjunto.

En cierto sentido, Smith estaba proponiendo una forma nueva de realismo intelectual. En lugar de imaginar cómo deberían comportarse los hombres en una sociedad perfecta, observaba cómo se comportan realmente cuando intentan prosperar. El interés propio, lejos de ser una anomalía moral que debía ser suprimida, era un hecho básico de la naturaleza humana que podía ser canalizado hacia resultados socialmente útiles.

Eso no significaba que Smith celebrara el egoísmo ni que considerara el mercado una institución perfecta. La imagen del Adam Smith convertido en apóstol del laissez-faire absoluto es, en gran medida, una caricatura posterior. El propio Smith desconfiaba profundamente de los monopolios y de las alianzas entre comerciantes y poder político. Sabía que los hombres de negocios podían buscar privilegios que perjudicaran al conjunto de la sociedad. Y no tenía ningún inconveniente en admitir que el Estado debía desempeñar ciertas funciones esenciales, desde la defensa y la justicia hasta las infraestructuras públicas o la educación básica.

La originalidad de La riqueza de las naciones no reside en una defensa dogmática del mercado, sino en haber identificado un mecanismo fundamental de coordinación social. En un continente acostumbrado a pensar la política como un ejercicio de ingeniería institucional, Smith mostró que el orden económico podía surgir a partir de las acciones ordinarias de individuos imperfectos.

Esa diferencia explica también por qué el libro de Smith ocupa un lugar peculiar en la historia de las ideas. Muchas doctrinas políticas tienen textos fundacionales que funcionan como programas prescriptivos. Son libros que dicen qué debe hacerse para transformar la sociedad: cómo organizar la propiedad, cómo distribuir el poder, cómo crear un orden nuevo.

La riqueza de las naciones pertenece a otra categoría. No es un manual de acción ni una receta para construir una sociedad ideal. Es, ante todo, un intento de comprender cómo funciona una sociedad comercial cuando los individuos responden a incentivos, intercambian bienes y buscan mejorar su condición.

Por eso resulta curioso que con frecuencia se hable del libro como si fuera la Biblia del capitalismo. En realidad, Smith no escribió un catecismo económico. No dictó un programa político ni un sistema doctrinal cerrado. Lo que hizo fue describir un proceso social que estaba desarrollándose ante sus ojos: el surgimiento de una economía basada en el comercio, la especialización y el intercambio.

Ese proceso era, en muchos sentidos, tan revolucionario como los cambios políticos que se estaban produciendo en la misma época. El mundo de las sociedades comerciales estaba sustituyendo lentamente al viejo orden dominado por privilegios corporativos, regulaciones minuciosas y jerarquías heredadas.

Quizá por eso La riqueza de las naciones sigue siendo un libro tan influyente dos siglos y medio después de su publicación. No porque contenga todas las respuestas, sino porque introdujo una forma distinta de plantear las preguntas. En lugar de preguntarse cómo debería organizarse la sociedad perfecta, Adam Smith se preguntó cómo funciona realmente una sociedad compuesta por hombres corrientes.

El mismo año en que nacía una nueva república al otro lado del Atlántico, Smith describía otra forma de independencia: la capacidad de una sociedad comercial para organizar su vida económica sin necesidad de un arquitecto supremo. No escribió la Biblia del capitalismo ni el plano de una utopía económica. Hizo algo más modesto y, precisamente por eso, más duradero. Fue el hombre que vio la mano invisible.

Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

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