El momento de China

El debate online sobre política en China se acerca más al debate nacionalismo-globalismo que al de izquierda-derecha

Déjenme que les cuente un secreto que sabemos todos los ex corresponsales en Pekín: nadie sabe nada de lo que pasa allí.

Es importante entender esto porque en estas semanas la política china ha estado en los titulares, con la destitución de la cúpula militar por parte del presidente, Xi Jinping, y han surgido dos grandes teorías al respecto: la primera, que los militares presentaban un golpe contra Xi; y la segunda, que estaban pasando información privilegiada a EEUU. Después de haber vivido tres años en el país y haberlo visitado innumerables veces desde entonces, incluyendo el mes pasado, les puedo decir que no tengo ni la menor idea de lo que está ocurriendo. Y que, si fueran honrados, los demás corresponsables deberían decirles lo mismo.

En Occidente, o incluso en otros sitios donde he sido corresponsal como Singapur, es frecuente que el periodista se reúna con fuentes, políticos, altos funcionarios, diplomáticos, al menos si sabe lo que hace. En China, si conoces a un tipo que tiene un primo que una vez fue novio de una chica que es secretaria de un ex miembro del Politburó eres el corresponsal mejor enchufado del país. En Pekín no hay filtraciones, y punto, así que lo que les voy a ofrecer es pura especulación, lo que vi y lo que me comentó gente muy, muy distante de las altas cúpulas políticas cuando estuve en Pekín y Shanghái durante las Navidades.

Lo primero que deben saber es que me impactó la vista de los centros comerciales. No porque sean más ostentosos que, por ejemplo, los de Nueva York. Que lo son. Sino por la edad de los clientes: en Europa, la gran mayoría de la gente que se ve en los centros comerciales tiene entre cuarenta y cincuenta años, con una media de unos 42 años. En China, la mayoría de la gente que pasa el rato en los centros comerciales tiene entre veinte y treinta años, con una media de unos 26.

Sí: a los jóvenes chinos no les interesa la democracia occidental porque la economía china sigue funcionando bastante bien. En España los jóvenes no tienen muchos ingresos disponibles y, desde luego, pocas o ninguna esperanza de poder permitirse una casa o un coche. Las estadísticas nos dicen que esto mismo ocurre cada vez más en Estados Unidos. No en China: el mercado inmobiliario se ha desplomado porque el gobierno considera que poder permitirse una vivienda es una prioridad. ¿Se lo pueden creer?

Es curioso que vivamos en 2026 en un mundo en el que un estado comunista nos da lecciones, pero esto es lo que hay.

Las estadísticas chinas de fertilidad son aún peores que las de occidente, sin embargo, lo que me hace pensar que China tiene que ponerse las pilas y aplicar algunas de las medidas que sugerí hace años. Lo que uno percibe no llama al optimismo: el único cochecito que vi en un centro comercial de Pekín contenía un conejo, rodeado de veinteañeras extasiadas, que comentaban lo adorable que era el animal.

Mi impresión es que, aunque criar a una familia es más barato en China que en Occidente, las costumbres sociales occidentales, filtradas a través de Japón y Corea del Sur, son un factor importante que aleja a los jóvenes chinos de la paternidad. Hay mucho disfraz al estilo coreano en Pekín (no tanto en Shanghái): por toda la ciudad, uno ve jóvenes de la edad de mi madre cuando ya tenía dos hijos que se pasean vestidas como princesas de la era imperial o infantilizadas de anime.

Desde luego, esto refuerza que  la ideología es la causa principal de la depresión de la fertilidad en todo el mundo: dondequiera que llega la versión moderna del feminismo progresista, se percibe una polarización política entre hombres y mujeres, con las mujeres cada vez más centradas en adoptar las ideas progres de moda y los hombres anhelando lo contrario.

Esto, de todos modos, es una infiltración social, no política. En China no hay debate alguno sobre los temas que preocupan a los líderes de la generación X de Occidente, como la democracia y el «orden liberal basado en normas» del que habla todo el día la Unión Europea. Saben que eso solo sirve para el consumo de jubilados occidentales y comentaristas de sus diarios de cabecera.

Uno puede alegar que no hay debate sobre la democratización porque el Partido Comunista lo suprime, pero esto es verdad solo hasta cierto punto. El Partido censura opiniones políticas constantemente, eso dejémoslo claro. Sin embargo, la razón principal por la que la gente no aboga por la democracia es que no les importa. El debate online sobre política en China adopta características chinas muy específicas y, de hecho, se acerca más al debate nacionalismo-globalismo que al de izquierda-derecha.

Por ejemplo, existe un debate significativo sobre el papel de la última dinastía de China, la Qing, y sobre la evaluación histórica de la élite de aquella dinastía: la cuestión es si debería ser vista como un digno colectivo que intentó mantener a raya a los imperialistas occidentales, o como sucios manchúes que traicionaron la herencia de los Ming, la dinastía anterior y autóctona.

Si queremos buscar un referente para las discusiones entre izquierda y derecha en China, lo que encontramos es el debate entre los nostálgicos del igualitarismo radical de Mao Zedong (que existen, y son más de lo que parece) y quienes abogan por una nación étnicamente china que deje atrás el ideal comunista de un gran imperio multiétnico (tibetanos, uigures, mongoles…) donde todos cantan juntos con trajes regionales.

Lo más chocante de todo esto, para un occidental como yo, es que estos debates dejan al Partido en el centro del discurso político chino: el centro centrado en China, el partido del que todo siga igual, es el Partido Comunista. Esto puede sonar sorprendente, incluso ridículo (lo entiendo perfectamente) pero es la situación sobre el terreno.

Les dejo con un detalle clave para entender la China actual: Shanghái (en la fotografía) ha desplazado firmemente a Hong Kong como centro financiero internacional del país. Al Partido ya no le importa tanto la excolonia británica, que representa el 2% del PIB de China, menos incluso que muchas de las provincias más pobres, y es demasiado problemático. Hong Kong se hundirá poco a poco en la irrelevancia y el anonimato, y nadie en Pekín llorará. El Reino Unido y Estados Unidos intentaron convertir a Hong Kong en un factor irritante en la política interna china, y eso lo va a pagar la gente de allí.

Pekín es una típica capital comunista, fea con monumentos majos, y tiene un clima indigno, de helarse en invierno y no poder respirar en verano. Shanghái es una metrópolis impresionante. Clima magnífico, un centro espectacular, edificios históricos, amplios parques frondosos, la mejor comida y servicios a precios asequibles, conexiones ferroviarias de alta velocidad con los principales centros de China y un sinfín de negocios.

Un destacado abogado especializado en fusiones y adquisiciones con el que hablé me ​​dijo que hace muy pocos negocios en Hong Kong. En primer lugar, tiene muchos negocios que hacer en China continental; en segundo lugar, la gente de Hong Kong es arrogante y no les gustan los continentales. Lo dejó ahí, porque es demasiado educado para decir lo que sus ojos dejaban entrever. Sus ojos decían: “Váyanse a Inglaterra si tanto les gusta, y a tomar viento”.

Madrid, 1973. Tras una corta y penosa carrera como surfista en Australia, acabó como empleado del Partido Comunista Chino en Pekín, antes de convertirse en corresponsal en Asia-Pacífico y en Europa del Wall Street Journal y Bloomberg News. Ha publicado cuatro libros en inglés y español, incluyendo 'Podemos en Venezuela', sobre los orígenes del partido morado en el chavismo bolivariano. En la actualidad reside en Washington, DC.

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