El romance milenario de mis vecinos

La historia de la imagen de inspiración que proyecta Francia hacia Portugal

Los orígenes de la francofilia en Portugal resultan casi imposibles de datar con exactitud. Como las historias de amor en la vida real, estas rara vez nacen en un momento específico, ni por un fuego fatuo, ni con algún flechazo, sino de las circunstancias y necesidades del momento, del acercamiento y de la admiración secreta.

Entre los tomos de historia más polvorientos, aquellos que nos muestran a las naciones europeas sin plena consciencia de lo que eran y de cuáles serían sus destinos, podemos encontrar las primeras muestras de este vínculo internacional. En la Vida de Carlomagno, Eginardo señala cómo el rey de Asturias y Galicia, Alfonso II “el Íncel”, pedía en su correspondencia con el rey de los Francos que solo se dirigieran a él como uno de los hombres de Carlomagno.

Más allá de la pleitesía y del feudalismo, la joven aristocracia del noroeste peninsular se encontraba entre la espada del islam y la pared de la montaña. Cualquier ayuda procedente del interior del continente era más que bienvenida. Desde el siglo IX, trovadores y caballeros franceses siguieron entonces el camino de Santiago, formando una de las vanguardias de la Reconquista. De entre todos ellos se elevó el nombre de Enrique de Borgoña (nacido en Dijon), primer conde de Portucale y fundador de la dinastía que gobernó el antiquísimo reino en los siglos venideros.

Cabría pensar que el tratado de Windsor (1386), la alianza más antigua con vigencia entre los estado-nación, era el verdadero vínculo filial de una fructífera amistad entre portugueses e ingleses. Si bien la alianza se establece en la protección de intereses comunes (comercio y apoyo militar), algo propio de dos naciones en la periferia de Europa, la relación entre ambos países apenas superaba la cordialidad a lo largo de los siglos.

Tras la independencia de España en 1640, la dinastía de Braganza firmó los tratados de Westminster (1654) y de Methuen (1703), posibilitando el comercio a los británicos, sin apenas restricciones, en los mercados de las colonias portuguesas de África, América, Asia y Oceanía y limitando las oportunidades de crecimiento de la economía lusa. La crisis del mapa cor-de-rosa, causada por el primer ministro Salisbury, puso fin a la influencia imperial portuguesa en el ámbito internacional, desencadenando la caída de la monarquía portuguesa en 1910.

En el siglo de las luces, el despotismo “afrancesado” quedó personificado en la figura del primer ministro Marqués de Pombal, quién ejerció el papel de los cardenales Richelieu, Mazarino y Colbert en la corte lisboeta. Es aquí cuando se produce la cristalización definitiva de la francofilia en el pueblo luso.

Los portugueses son enemigos acérrimos de los ingleses y los españoles. La nación francesa es con la que más simpatizan, la que más temen y la que más respetan. Tienen el prejuicio de que ningún lugar puede resistir el ataque de los franceses. Esta opinión es ventajosa, al igual que esta simpatía, que proviene de una gran similitud en la alegría, la vivacidad, la inconstancia y el ingenio de estos dos pueblos, lo que crea entre ellos una relación que los políticos hábiles podrían aprovechar y gestionar de forma útil.

Charles Dumouriez, État présent du royaume de Portugal en l’année MDCCLXVI, pp. 168-169

Tras las invasiones napoleónicas y las guerras liberales, surge en la segunda mitad del siglo XIX la Generación de Coímbra, agrupando a intelectuales y escritores que, descontentos con la realidad de su país, miran a Francia como modelo de progreso y modernidad. Para ellos, Portugal es una versión fallida de lo que debería ser: una nación próspera, libre y vanguardista, como la Francia de la época. Es por ello, decía Mircea Eliade, que los libros de Eça de Queiroz parecían estar traducidos del francés.

En 1910, año del asesinato de Dom Carlos, el país entra en terreno desconocido, poniendo fin a la monarquía y estableciendo la primera república portuguesa. Dejando de lado los casos excepcionales de los países montañosas de San Marino y Suiza, solamente Francia se erigía como el ejemplo republicano en Europa. El pueblo luso seguiría a partir de entonces un camino de transformaciones políticas calcado al de la nación gala. Los sans-cullotes, los vandeanos, los girondinos y los jacobinos se reflejarían en los carbonarios, los monárquicos, almeidistas y sidonistas. El himno de la Marsellaise fue replicado en la Portuguesa y la Marianne a pecho descubierto quedaría retratada como la Efigie de la nueva república. Portugal vivía una su propia revolución nacional.

Sin embargo, los frutos de su revolución serían muy diferentes. Desde los Estados generales de 1789 hasta el golpe de estado de Brumario, Francia materializó el espíritu nacional en apenas una década, con los grandes hitos de la toma de la Bastilla, el culto del racionalismo, la batalla de Valmy, la decapitación de la dinastía milenaria de los Capetos y la elevación del futuro emperador Napoleón. Portugal, por contra, sufrió 20 años de tortuosa inestabilidad social en las ciudades, con asesinatos políticos, crisis económicas, una reacia participación en la I Guerra Mundial y la toma de poder de Antonio Salazar, discreto y practicante, sin un interés especial en coronas propias o ajenas. El secularismo que dio vida a la Francia revolucionaria resultaba anti-natural para la Portugal de entreguerras.

Ahora bien, nosotros somos portugueses, no franceses. El vago misticismo que nos caracteriza — y que está totalmente ausente del espíritu francés — no puede ser despreciado, so pena de provocar una reacción tremenda. Inculcar positivismo al alma portuguesa es empeñarse en matarla. El portugués puede no tener la necesidad de creer, pero siempre tiene que divagar y soñar.

 Fernando Pessoa, Da República (1910-1935)

De nuevo, el Estado Novo pivotaría sobre el eje atlanticista después de la Segunda Guerra Mundial para mantener el comercio abierto y su imperio colonial con vida. Charles de Gaulle decide tomar la senda de la descolonización, la cual Portugal tomaría poco después.

Charles de Gaulle — No se haga ilusiones. Debe tener claro que las naciones colonizadoras, en Argelia como en otros lugares, esperaban obtener beneficios que no llegaron o que rápidamente se convirtieron en pérdidas. En el momento en que su papel civilizador les resultaba cada vez más costoso, esto fue cada vez menos aceptado. Sus obligaciones soberanas se multiplicaron, junto con sus gastos militares, ante las primeras rebeliones. Es una regla que no tendrá excepciones, salvo en territorios muy pequeños.

Alain Peyrefitte — Pero las colonias portuguesas, españolas, belgas, soviéticas…

Charles de Gaulle — Ya verá, esos imperios se derrumbarán uno tras otro. Los más inteligentes son los que se darán cuenta antes. Los ingleses, seguidos de los holandeses, fueron los primeros en retirarse y les ha venido muy bien.

20 Octubre 1959. Alain Peyrefitte, C’était de Gaulle, Libro 1º (III,1)

La lucha colonial de los portugueses fue, sin duda, más larga, intensa y sangrienta que la de Argelia, con un final no menos decepcionante. El Estado Novo y las posesiones de ultramar se descompusieron en tan sólo dos años, y solamente gracias a una solvente intervención militar en noviembre de 1975 se evitó un terrible caos político. El “Grupo de los 9” liderado por Ramalho Eanes refleja aquí también el camino que había seguido Francia anteriormente, con la llegada al poder de Gaulle en 1958 y la configuración de una república presidencialista.

En la culminación de la modernidad de los estados francés y portugués, en sus complejas y tibias infraestructuras jurídico-administrativas, aún se dan grandes exhibiciones militares en tiempos de paz, como la famosa operación Serval, manteniendo la paz en el corazón del Sahel con menos de 1.000 soldados franceses, o la intervención de la armada portuguesa contra piratas somalíes en el cuerno de África.

La capacidad estatal de ambos también se puede observar en materia monetaria. De todos los países de la UE, sólo los bancos nacionales de Francia y Portugal han ligado las monedas de algunas de sus ex-colonias al euro, con Francia manteniendo el Franco CFA y Portugal con los acuerdos con Cabo Verde y Santo Tomé y Príncipe, siguiendo, efectivamente, el modelo francés.

En la actualidad cabe preguntarse cómo ven los franceses a los portugueses, si es que piensan en ellos tan siquiera. Francia parece conservar una relación mucho más estrecha y formal con países como Polonia a lo largo de su historia (apoyando a Estanislao I Leszczynski y haciendo de Józef Poniatowski un mariscal del imperio francés), aunque no es una relación diferente, ni más o menos especial, que con Portugal. Salvo algunas correctas muestras de agradecimiento, como los monumentos en la frontera con Bélgica conmemorando los soldados portugueses caídos durante la I Guerra Mundial, en la mente chauvinista francesa apenas hay espacio para pensar en otros países, sino en la grandeza propia.

Alain Peyrefitte: ¿Francia existirá siempre?

Charles de Gaulle: Es probable, pero no es seguro. Si deja de tener la dimensión de una gran potencia, si no tiene una gran política, dejará de ser nada. Fíjese en Portugal, cómo fue de grande. Este pequeño pueblo conquistó Brasil, las costas de África, India y China. El Papa le concedió la mitad del mundo, asignando la otra mitad a España. Hoy en día, es un país pequeño y pobre. ¿Francia también entrará en declive? ¿Se portugalizará? ¿Podrá remontar el vuelo? ¿Acabará hundiéndose? Esa es la única pregunta. En mil años de historia, ha tenido sus altibajos, ha demostrado al mundo que era un gran pueblo y se ha revolcado en su pocilga. Lo que llevo intentando hacer desde hace un cuarto de siglo es reivindicar a Francia en nombre de los franceses. Por ahora, me siguen. No estoy seguro de que sigan siempre el mismo camino y de que no prefieran volver a la zanja.

Alain Peyrefitte: ¿Cómo evitarlo?

Charles de Gaulle: Hay que confiar en sus fuerzas y defenderles contra sus debilidades. Ni unas ni otras han cambiado mucho desde que César las describió. Sus fortalezas son su valentía, su generosidad, su desinterés, su impetuosidad, su curiosidad, su capacidad de invención, el don que han conservado de adaptarse a situaciones extremas. Sus debilidades son los clanes, la intolerancia recíproca, sus bruscos arrebatos de ira, las luchas internas y los celos que sienten por las ventajas que otros franceses pueden adquirir.

17 junio 1962. Alain Peyrefitte, C’était de Gaulle, Libro 1º (I,7)

La imagen de inspiración que proyecta Francia hacia Portugal se ve devuelta en una forma familiar pero distorsionada, produciendo un inquietante reflejo ante un posible estado de decadencia continuada en un mundo cada vez más pequeño.

Poco le importa, en cualquier caso, este chauvinismo al portugués promedio, quién ha hecho de Francia su segundo hogar. Para aquellos de nosotros que cruzamos algunas de las autopistas del norte peninsular (A-52, A-231 y A-62) podemos observar, especialmente en los meses de más calor, decenas de coches con matrículas francesas adelantando a los locales por la izquierda. No cabe duda de que se trata de portugueses, y no de turistas franceses, por el abundante número de placas con la estrella roja de la Isla de Francia, donde se concentra el mayor colectivo de expatriados lusos del mundo.

Desconozco si pisan el acelerador porque tengan ganas de volver a su hogar en vacaciones o porque ven las autopistas entre Francia y Portugal como las de su país de origen, largas vías con bonitas vistas y radares bien señalizados, medio ideal para volver lo más rápido posible del trabajo al hogar, sin espacio para meditar en amores no correspondidos.

Traductor y estudiante de historiografía extranjera. Se reconoce en los monumentos prerrománicos.

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