El tiempo en África

Cuando la diversidad se hace real

El somalí Omar Fateh es un político peculiar. Se ha convertido en el favorito para gobernar una ciudad importante y sabe hablar con pasión a sus seguidores somalíes, encendiendo su patriotismo en torno a su hogar nacional, Somalia.

Lo peculiar es que Fateh no aspira a gobernar Mogadiscio o Garowe o cualquier otra ciudad somalí, sino Minneapolis, la ciudad más poblada del estado norteamericano de Minnesota, por el Partido Demócrata. Y este senador no hace el menor gesto para congraciarse con la población autóctona del estado, y buena parte de sus discursos, los más aplaudidos, son en somalí, no en inglés, y en ellos habla, en efecto, de poner los intereses de Somalia por encima de cualquier otra consideración.

Pero ahora los demócratas locales han votado retirar su respaldo a Fateh al revelarse groseras irregularidades en la votación que le convirtió en el candidato del partido a la alcaldía de Minneapolis, la misma ciudad, no por casualidad, en la que murió el ‘santo súbito’ George Floyd.

Que Minnesota haya pasado de ser un pacífico, ordenado y eficiente estado de raíces escandinavas a convertirse en patria de una nutrida población somalí, con las consecuencias que todos prevén aunque pocos expresen, requiere una explicación, la explicación de una herida mortal que hemos decidido infligirnos.

Toda revolución que se precie empieza en el diccionario, cambiando el significado de las palabras; cada nuevo paradigma ideológico requiere conceptos totémicos cuyo significado real, cotidiano, chorrea emotividad y se aleja de toda acepción objetiva.

Uno de ellos, fundamental en nuestros días, es el de “diversidad”. La diversidad es nuestra fuerza, insisten con machaconería soviética para que Occidente –y SOLO Occidente– acepte oleadas inasumibles de inmigrantes llegados de culturas muy distintas y distantes.

La dichosa diversidad nunca se refiere a la variedad de ideas, cada vez más proscrita, especialmente en esa cuna de las ideas que debería ser el mundo académico, donde la menor transgresión del dogma se paga con el ostracismo y la muerte social y laboral. Es cultural, por aquello de enriquecer nuestras comunidades con poblaciones alóctonas.

Lo más llamativo es que, tratándose de un concepto tan axial, que por lo mismo debería desarrollarse y explicarse por extenso, el concepto que el progresista tipo tiene de la diversidad es marcadamente vago y difuso, hecho de colorines, de festivales de música exótica y restaurantes de menú impronunciable. Parece broma, pero cualquiera puede leer a políticos y comentaristas lamentar que la ofensiva de Trump contra la inmigración dejará al país sin tacos y enchiladas.

Es raro el amante teórico de la diversidad que entiende hasta qué punto difieren las concepciones del mundo y la realidad, cómo se entienden las relaciones sexuales, familiares y políticas, cuáles son las lealtades primarias, qué se considera bueno y malo en las distintas culturas.

En los últimos días se ha hecho viral en redes sociales un vídeo aparecido en TikTok en el que una joven subsahariana explica cómo se entiende el tiempo en África. Para ellos, explica, el futuro no existe, no lo conciben, algo que tiene una traslación a la gramática bantú. El mítico periodista Ryszard Kapuscinski lo explica magistralmente en Ébano:

Para ellos [los africanos], el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (por supuesto, sólo aquel que obra con el visto bueno de los antepasados y los dioses).

El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, ésta no habrá tenido lugar (es decir, el tiempo habrá dejado de manifestar su presencia, no habrá existido).

El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre puede resucitar, pero que se sumirá en estado de hibernación, e incluso en la nada, si no le prestamos nuestra energía. El tiempo es una realidad pasiva y, sobre todo, dependiente del hombre.

Todo lo contrario de la manera de pensar europea.

Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta: «¿Cuándo se celebrará la reunión?» La respuesta se conoce de antemano: «Cuando acuda la gente».

Cuando Kapuscinski escribía esto –experiencias personales finalizadas en 1990– aún podía leerse como tantos otros relatos de viajeros, aventureros y antropólogos que han descrito con interesado distanciamiento el mundo mental de culturas lejanas que uno puede denostar o admirar desde lejos. Hoy, en cambio, ese diferente concepto del tiempo puede llevar por la calle de la amargura a un supervisor en Manchester o Barcelona.

Es solo un caso, no banal, de lo que significa la verdadera diversidad cultural y la disrupción que puede producir en cualquier sociedad que aspire a la multiculturalidad.

Pero nada de esto está en la mente del amante tipo de la inmigración irrestricta. En el subconsciente del progresista está firmemente instalada la idea de la ‘pizarra en blanco’, es decir, en la idea de que todos los seres humanos nacemos virtualmente idénticos y el resultado de nuestro actuar será consecuencia de lo que escribamos en esa pizarra.

Y –esto es fundamental– esa creencia va incongruentemente unida a que aquellas creencias que el occidental ha ensalzado en las últimas generaciones, a contrapelo de lo que se ha pensado a lo largo de la historia, son las naturales a todos los seres humanos a poco que uno escarbe: la igualdad radical de sexos, orientaciones sexuales, etnias, nacionalidades, culturas e individuos; la primacía de la víctima, la incuestionable bondad de la tolerancia, la inadmisibilidad de la violencia en todos los casos, etcétera.

Es decir, el ‘diverso’ vendrá a enriquecernos pero en ningún caso a cambiarnos o a alterar nuestras cómodas rutinas mentales, sociales y políticas. Vienen, como se ha oído últimamente en televisión, “a limpiar el culo a nuestros abuelos”, igual que los negros importados de África en los estados del Sur de Estados Unidos eran necesarios para recoger algodón. Para pagar nuestras pensiones, como agentes meramente económicos que no tuvieran lealtades, preferencias y credos particulares y que pudieran, llegado el momento, decidir que no quieren lavarnos cuando empecemos a chochear ni obedecer nuestras leyes ni seguir nuestros muy democráticos y progresistas principios.

Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

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