Hace unos días Ursula Von der Leyen (cuesta ya no referirse a ella por el mote) visitó una fábrica en Bulgaria ysu vehículo oficial tuvo que salir apresuradamente entre una turba de manifestantes que le dio un recibimiento no precisamente cálido, aunque sí acalorado. El caso es que fue una escena ya familiar en buena parte de Europa: raro será el baño de masas de Macrón en el que no termine abofeteado, reciba un huevo o un tomatazo, que Starmer no tenga que apretar el paso huyendo de multitudes airadas y respecto a Pedro Sánchez, en fin, no repetiremos por decoro aquello que corean a su alrededor cada vez que intenta fingir normalidad acudiendo a algún acto público. En ningún país europeo encontramos un líder que logre la aprobación de siquiera la mitad de sus gobernados, dándose casos realmente impresionantes, como el francés con un exiguo 17% de aprobación y un 75% de rechazo. Luis XVI habría puntuado mejor de realizarse encuestas por entonces y además no nos consta que María Antonieta le aplaudiera el rostro.
La cuestión es que no parece tratarse de un malestar ante tal o cual figura particular sino algo más bien relacionado con una desconfianza hacia el sistema, puesto que en Alemania, leíamos esta semana, «tres de cada cuatro ciudadanos consideran que el Estado está desbordado y no puede cumplir con sus tareas». Es significativo que entre los votantes de AfD la desafección es casi total, con un minúsculo 4% de sus votantes expresando confianza en las instituciones (se diría que la aversión es mutua, dado el afán de ilegalizarlo). Según este estudio publicado a comienzos de año puede rastrearse una caída del velo o toma de conciencia en cierta parte de la población alemana a partir de las protestas en relación con la pandemia, que luego se reforzaron en las llamadas Energieproteste donde se lanzaron a las calles aquellos que se opusieron a las sanciones energéticas a Rusia y la posterior voladura del Nord Stream II al considerar que dañaban a la economía alemana, por lo que, concluyen los autores: «categorizar estas protestas en etiquetas convencionales de ‘izquierda’ y ‘derecha’, ‘progresistas’ y ‘reaccionarias’ resulta complicado».
Otro elemento de interés del citado estudio que refuerza esa trasversalidad o superación de ciertas etiquetas es que, respecto a todos esos manifestantes, «cuanto menos confían en el Gobierno Federal, más apoyan la implementación de la democracia directa como alternativa a la democracia parlamentaria». Ya en 1999 el sociólogo Noah Eisenstadt, aún en la ola de euforia que se vivía ante lo que parecía la universalización del sistema democrático, advertía de una «desconsolidación de las democracias en las sociedades contemporáneas por efecto de procesos internos a las propias democracias, tales como el reforzamiento del poder ejecutivo, la burocratización de todas las áreas de la vida, ya sea social o política, la concentración del poder en la producción, la difusión y el acceso a la información, la creciente profesionalización técnica de los conocimientos relativos al proceso político y la tendencia de los expertos y de los líderes políticos a considerar a los más amplios sectores de la sociedad como incapaces de comprender un sistema de información como ese (…) de estas nuevas condiciones desfavorables puede derivar la erosión o el derrumbamiento de la confianza, especialmente debido a los procesos de selección del liderazgo».
Son palabras prescientes que si leemos con detenimiento podremos ir adornando con ejemplos inmediatos un cuarto de siglo después. Así, tenemos que a esos «incapaces de comprender» ahora tales expertos los llaman populistas o, más condescendientemente, víctimas de los populistas; añadamos el cerval descreimiento en los líderes y de la manera en que han ascendido en la jerarquía; qué decir de la burocratización de todas las áreas de la vida, cuando ahora la propaganda gubernamental nos explica que los hombres también podemos hacer la compra (¡gracias por el aviso!), aunque tal vez lo más enjundioso sea lo relativo al poder en el acceso y la distribución de la información. Nada importa a las autoridades desde hace unos años que ese asunto. Bien sea censurando unos discursos o individuos, al tiempo que se promueven otros desbordando la parrilla televisiva, o bien atribuyendo credibilidad a unos y negándosela a otros —el negocio de la «verificación», las constantes peleas editoriales de la Wikipedia o los sesgos de la IA— e, incluso, más sutilmente, promocionando a veces ciertos elementos para que sirvan como válvulas para aliviar la presión y neutralizar el descontento, que servirían como guardianes del acceso al debate público. Una táctica que la CIA llama limited hangout: reconocer una parte de la verdad cuando ya es imposible seguir ocultándola, pero sin revelar todo.
Es decir, resumiendo, formalmente las reglas parecen claras y neutras, se nos dice que la competición es abierta y cualquiera podrá ganar si juega cumpliéndolas, pero al mirar de cerca descubrimos que el terreno está desnivelado y el árbitro es Al-Ghandour. La ilusión podrá mantenerse mientras poca gente preste atención… solo que empiezan a verse señales de que nos aproximamos a una masa crítica ¿Entonces qué pasará? ¿Cuánto tiempo aguanta un sistema sin legitimidad ante sus gobernados?
No tengo a mi vera una bola de cristal, pero sí el libro de un hispanista (con perdón) que, pese a ser estadounidense, conoce como muy pocos nuestro país, Stanley Payne. La primera de las 40 Preguntas fundamentales sobre la Guerra Civil a las que busca dar respuesta es «¿Por qué España fue una cuna de guerras civiles entre 1820 y 1936?». Tras comenzar señalando que ningún otro país del occidente europeo ha tenido guerras civiles tan frecuentes y pasar de puntillas por las pérdidas coloniales, apunta a que «el motivo principal fue el enfrentamiento entre liberales y tradicionalistas o carlistas, que, con frecuencia, se ha atribuido a la escasa fuerza y a las divisiones internas del liberalismo español decimonónico. Sin embargo, en esa época, el liberalismo era también débil en muchos otros países, sin que ello propiciara el inicio de guerras. Quizá resulte más pertinente indagar en las causas de la fortaleza del tradicionalismo carlista. El Antiguo Régimen hundía sus raíces en la España del siglo XIX con más profundidad que en ningún otro lugar de Europa Occidental».
Dicho con otras palabras, se quiso introducir a nuestro país en una modernidad europea importada tres tallas más pequeña, sin importar el sufrimiento que eso causaría. El siglo XX fue una tortuosa continuación de ese empeño ante un país que se resistió a tal terapia de choque, que en 1906 denunciaba Unamuno en su texto Sobre la europeización: «En dos términos se cifra todo lo que se viene pidiendo para nuestro pueblo, todo lo que para él hemos pedido casi todos, con más o menos conciencia de lo que pedíamos. Esos dos términos son: europeo y moderno. ‘Tenemos que ser modernos’, ‘tenemos que ser europeos’, ‘hay que modernizarse’, ‘hay que ir con el siglo’, ‘hay que europeizarse’; tales los tópicos». El camino particular que seguía España era visto como una anomalía de la que avergonzarse —aunque nos salvara de dos guerras mundiales— hasta que todo quedó atado y bien atado para que por fin nos homologásemos al sistema democrático liberal triunfante en el mundo para finales del siglo XX. Tal debía ser nuestro modelo en las décadas siguientes aún a costa de renunciar a todo lo que sintiéramos propio ¡No debíamos perder ese tren del europeísmo y la modernidad!
Y ese tren resultó ser el de las ferias, dejándonos, tras recibir cuatro escobazos, en el mismo sitio donde lo tomamos. Pues vaya.