Comenzó así su fugaz período como jefe o caudillo verdadero y el único momento de su vida en el que pudo poner en práctica sus ideas en el poder. A diferencia de Pablo Iglesias, Salvochea no se pasó los días viendo series ni tampoco favoreciendo el medro de su mujer, hermano o cuñados, como Pedro Sánchez. Pasó a la acción directa particularmente en dos frentes, el de los menesterosos y el de la religión. De los primeros se ocupó en forma de beneficencia pública y a la segunda le declaró una guerra sin cuartel. Intentó desahuciar a numerosas órdenes religiosas de sus casas y conventos, limpió el calendario oficial de toda referencia a los santos y secularizó, entre otras cosas, el cementerio. El federalismo de Salvochea como alcalde de Cádiz se tradujo en una abolición del impuesto de consumos y en reclamarle al Estado un puerto franco para Cádiz, cosas que hoy entrarían en la esfera ideológico del ayusismo. El secularismo feroz, muy a la francesa y muy de la época, se explica teniendo en cuenta el abrumador poder e influencia de una recua importante de beatos, obispos y santones en los últimos años del reinado de la infeliz Isabel II. Cosa que es rastreable sobre todo en la cuarta serie de los Episodios Nacionales de Galdós y que explica uno de los motores singulares de la Historia, el fenómeno acción-reacción. Quizá su sostenido ataque al estamento eclesiástico, en una ciudad de profunda religiosidad como Cádiz, influyera en la mengua de su popularidad durante su mandato, lo que le hizo perder las siguientes elecciones municipales, en 1873, ya en plena Primera República. El levantamiento cantonal lo devolvió no obstante a la primera línea. En su manifiesto de apoyo a la insurrección de Cartagena y como presidente del Comité de Salud Pública del Cantón de Cádiz, aludió, como motivaciones fundamentales de su determinación, a “la salvación de la patria” y “el bien del pueblo”. ¡Todo un populista, dirían hoy los liberalios! En aquellos entonces, las “fuerzas del Progreso” también eran patriotas, ¡qué envidia! Como jefe del cantón, además de anticlerical, su política siguió siendo liberal “en lo económico”, con la supresión de los impuestos más impopulares y del reclutamiento militar forzoso.
Como miembro de la Primera Internacional Salvochea se había adscrito a las tesis antipolíticas y antiautoritarias de Bakunin, de modo que cuando, en la brevísima I República, después de Pi i Margall el modelo federal hizo aguas y se sublevaron los cantones, Cádiz proclamó el suyo y lo eligió como presidente. El modelo, por entonces, era La Comuna de París y, de igual modo, acabaron los cantones españoles. La Royal Navy británica, que al principio del siglo había protegido a los patriotas españoles refugiados en Cádiz, colaboró ahora con el gobierno en sofocar la rebelión. Salvochea fue condenado a presidio y pasó ocho años recluido entre Ceuta y el Peñón de Vélez de la Gomera, rechazando altivamente varios indultos y amnistías.
Allí estudió medicina por su cuenta y se labró la fama de hombre providencial entre los rifeños de la costa marroquí, que acudían hasta el islote incluso a nado en solicitud de sus dotes taumatúrgicas. Ellos le ayudaron a la postre a escapar y a encontrar asilo en Tánger, donde volvió a beneficiarse, años después, de una amnistía general, la que siguió a la muerte del rey Alfonso XII.
En la década que Salvochea, tras la revolución cantonal, había pasado en la cárcel y en el exilio, en España pasaron muchas cosas. A la república le siguió la Restauración canovista. El anarcosindicalismo pasó las de Caín y fue reprimido duramente hasta 1881 en que, disuelta la Primera Internacional, se organizó formalmente la Federación de Trabajadores de la Región Española con un primer congreso público y legal, autorizado por el gobierno de Sagasta, en Barcelona. Los años de persecución no habían pasado en vano y el movimiento se hallaba más o menos escindido entre quienes sostenían la conveniencia del legalismo y quienes afirmaban la necesidad de continuar con la acción clandestina y el terrorismo. Surgió entonces la peliaguda cuestión de La Mano Negra, la mítica sociedad secreta anarquista que aún hoy sigue sin poner de acuerdo a los historiadores sobre la realidad de su existencia y a la que se imputaron crímenes gravísimos de naturaleza política que llevaron a siete hombres al patíbulo en Jerez tras un controvertido juicio que mantuvo en vilo al país.
Eran tiempos difíciles en Andalucía Occidental. Una tremenda sequía estaba encareciendo los precios de los alimentos y reduciendo drásticamente las oportunidades de empleo en los grandes cortijos. Avilés Ferré habla de treinta mil braceros, con sus familias, en situación de necesidad extrema. Además, a pesar de las garantías legales existentes, muchos patronos, con la connivencia de las autoridades locales, exigían, como condición para dar trabajo, seguridades de que no se estaba afiliado a la FTRE, cuyo grueso de sindicados eran catalanes y andaluces.
La cosa llegó a un punto tal que hasta El Imparcial mandó a Clarín al sur, donde escribió su famosa serie “El hambre en Andalucía”. Como consecuencia de todo ello aumentaron los casos de invasiones de fincas, saqueos esporádicos, robos e incendios en haciendas, aunque no el de enfrentamientos directos con los patronos ni tampoco con la Guardia Civil. No obstante, creció la psicosis general y la sospecha de acciones colectivas organizadas por parte de sociedades obreras clandestinas. En este contexto la Guardia Civil hizo público en 1882 la existencia de dos textos, supuestos estatutos fundacionales de una organización secreta vinculada al anarcosindicalismo, en los que se apelaba al crimen y a la guerra abierta contra los ricos y la burguesía y en los que se establecía un código de omertà y de castigo auténticamente mafiosos para toda clase de delatores y traidores a la causa. Estas revelaciones coincidieron con un aumento en la zona de delitos comunes y de actos de pillería y sabotaje que llevaron al ministerio de la Guerra a aumentar el despliegue de la Guardia Civil en la campiña jerezana. El fruto de la campaña policial fue el arresto de cientos de individuos acusados de violencia organizada y de bandolerismo político, al que la prensa pronto añadió adjetivos como cruel, abominable y nihilista.
La genuina conmoción nacional que causó la supuesta existencia de La Mano Negra hizo correr ríos de tinta en los periódicos de Madrid, que no dudaron en tratar el asunto con el previsible sensacionalismo. Desde el principio, el gobierno liberal y la prensa afín identificó a los autores de sonados crímenes, como el de La Parilla y el de la Carretera de Trebujena, los más famosos, con cualquier vinculación con la Federación de Trabajadores de la Región Española y, por extensión, con el anarquismo. De modo que la criminalización del movimiento condujo a detenciones masivas de simpatizantes, afines o simplemente de cualquiera implicado en alguna clase de huelga o protesta agraria en la provincia de Cádiz.
La FTRE, a través de su órgano Revista Social, condenó la violencia de la supuesta Mano Negra y naturalmente también la persecución del Estado a cualquier trabajadores asociado a las ideas anarquistas. El análisis de las sentencias que dictó la Audiencia de Jerez en 1884 que hace el historiador Avilés Ferré descarta la existencia de una poderosa y oscura organización que funcionara como un secreto tribunal popular y que respondiera al nombre de Mano Negra: más bien concluye que todo, en el sumario de las causas, apunta a unos crímenes pasionales relacionados con el honor de hombres y familias campesinas burladas, ajenas a las circunstancias políticas del momento, y cometidos, eso sí, por miembros de esas otras organizaciones anarcosindicalistas ligadas a la FTRE durante los años de represión previos a la legalización de 1881 y que tras el congreso de Barcelona no acataron del todo la política legalista allí establecida. Siete individuos fueron ejecutados por garrote vil en el centro de Jerez y tras el escándalo de La Mano Negra apareció una escisión del FTRE en la zona, Los Desheredados, que llamaba a la venganza y que acusaba al FTRE de haber validado las acusaciones y hecho el caldo gordo a la “justicia burguesa” durante el proceso contra los campesinos finalmente ejecutados.
La división en el movimiento anarquista llevó al extremo la oposición violenta a “los enemigos del pueblo” y también al declive del anarquismo “público y legal” que representaba el FTRE. Este es el escenario en el que se mueve Fermín Salvochea al regresar a la vida libre en 1886. Aunque los condenados por los crímenes de La Mano Negra eran anarquistas asociados a la clandestinidad, sus delitos poco tenían que ver con la lucha de clase. Sin embargo, a las autoridades les sirvieron para poner nombre a un terror difuso pero general, el de un levantamiento agrario masivo de naturaleza “socialista”, y a los anarquistas, tanto de España como de fuera, para cultivar un relato romántico de opresión y heroísmo. A partir de entonces todo fue Mano Negra y Salvochea, como una de las figuras públicas más destacadas de la constelación revolucionaria, sufrió las consecuencias. A su regreso a España había fundado el periódico El Socialista y su nombre en seguida fue vinculado a todos los grandes sucesos violentos que tuvieron lugar en Cádiz, Jerez y Sevilla alrededor de 1890. Empezó a entrar y salir de prisión con regularidad hasta que en 1892 fue otra vez condenado, esta vez a doce años de cárcel, por organizar y promover el asalto a Jerez y la sublevación de la guarnición que tuvo lugar un año antes. Su biógrafo Vallina lo exonera por completo al haber estado Salvochea en prisión desde antes de la gran manifestación por él programada para el 1 de mayo de 1890 que terminó, a pesar de su ausencia, con movilizaciones multitudinarias en Cádiz y el estallido de dos bombas que mataron a varias personas. El motín agrario de Jerez y el proceso a los acusados volvió a llevar al patíbulo a tres anarquistas, como cuatro años antes con La Mano Negra, y sobre todo obtuvo como respuesta una vendetta terrorista terrible que causó la serie de famosos atentados anarquistas en Barcelona cuyo colofón fue la célebre Bomba del Liceo.
Lo cierto es que Salvochea se negó a defenderse siquiera de la acusación de ser el cerebro del motín y aceptó con estoicismo la acción de la Justicia. Tenía cincuenta años y no se había casado ni tenía hijos. Pasó los siguientes siete años preso en Valladolid, primero, y en Burgos, después. Su salud se deterioró mucho, sobre todo a raíz de un intento de suicidio estando en régimen de aislamiento en el presidio de Valladolid. Muerto su padre y a cargo de su madre, apenas tenía medios de sustento cuando, en 1899, fue puesto en libertad merced al perdón general que siguió a los Procesos de Montjuic con los que se juzgó a los acusados de cometer el Atentado de la Procesión del Corpus en Barcelona en 1896. Cánovas había sido asesinado por un anarquista italiano, Angiolillo, y arreciaban las campañas internacionales contra el gobierno español por las dudas legales acerca de los juicios de los supuestos terroristas anarquistas y el acoso policial violento al movimiento anarcosindicalista. La reputación de heroísmo e integridad de Salvochea era, a esas alturas, una aureola de divinidad. Su fama era la de un santo laico. Salvochea era el hombre que, por ejemplo, había renunciado a su puesto en la Junta Local de Cádiz en 1868 después de trabajar intensamente en unir, sin pegar un tiro, a pueblo y milicia en la revuelta contra Isabel II: lo había hecho por la negativa del gobierno provisional salido de La Gloriosa de conceder a los españoles el derecho al sufragio universal. También era el líder político que había querido depurar las responsabilidades por la traumática quiebra del Banco de Cádiz que tanto daño causó a muchos comerciantes de la, aún por entonces, principal ciudad mercantil de España y que, además, arruinó a su padre. Entre sus méritos como hombre de acción estaba el de organizar y comandar las milicias civiles de Voluntarios de la Libertad, a la cabeza de los cuales luchó por lo que entonces se llamó la “república social” y fue derrotado a finales de 1869 por el gobierno de Prim y Serrano: Salvochea declinó la fuga, claudicó con sus hombres, los liberó de toda responsabilidad y arrostró en solitario los peligros de la represión.
En un país de tan inveterada tradición de tunantes, lo cierto es que Salvochea es una suerte de alienígena, por eso su memoria, hoy, sigue siendo cosa de cuatro gatos incluso entre sus supuestos herederos de la izquierda, todos ellos “activistas” de nómina pública o escaño en Bruselas. Salvochea siempre renunció a un dinero público por su rechazo taxativo a cualquier dádiva del Estado, al que consideraba su enemigo. A pesar de la pequeña fortuna familiar labrada en el comercio, vivió sus ocho últimos años poco menos que en la indigencia, cambiando continuamente de casa, en Madrid, y al abrigo de colaboraciones en la prensa “revolucionaria” del cambio de siglo. Basta hacer el cálculo, por compararlo con uno de los más famosos anticapis de nuestro tiempo, Miguel Orbán, de todo lo que el señor eurodiputado de Podemos ha podido ahorrar durante un tiempo similar al que Salvochea estuvo por última vez en prisión, nueve años, a la sopa boba del Europarlamento durante dos largas legislaturas. Qué duda cabe de que eran otros hombres y otros tiempos, aunque en muchos casos la España de unos y de otros siempre parece la misma: el paraíso de los sinvergüenzas.
De Salvochea, una derecha preocupada por lo popular podría extraer algunas útiles lecciones. Estamos en un mundo en el que la izquierda post1989 es una aliada firme y utilísima de los grandes poderes económicos del mundo, resortes del turbocapitalismo e implicados en la deriva anarcotiránica de las antaño democracias liberales occidentales. El trabajador, el currito de infantería, se encuentra en un desamparo semejante al de hace ciento cincuenta años: atrapado en un engranaje colosal en el que no cuenta para nada y que está concebido para acallarlo y extraerle todas las rentas que pueda. La preocupación humanista por sus condiciones de vida, cada vez más precarias, por su empobrecimiento, por la descapitalización de sus sociedades, por su seguridad física y la de sus barrios, tendrían que ser los leitmotiv de la acción política de todas las fuerzas contrarias a este superorden establecido no ya en Madrid sino en Bruselas, Estrasburgo y Washington. En este sentido cobra una fuerza tremenda el ejemplo de rebeldía activa de Salvochea, cuyo fin es que el individuo cuente. Sus performances eran con pólvora de verdad, arriesgando la propia pelleja y comiéndose años de trullo real, nada que ver con deeply concerned tuits ni con campañas tan frívolas como virales.
Salvochea asumió siempre las consecuencias de sus actos. Se entregó dos veces a la autoridad al fracasar cada levantamiento en los que participó destacadamente. Además, asumió personalmente las culpas de todos los implicados, siendo perfectamente consciente de que con ello se exponía cada vez a la muerte. Rechazó indultos e intercesiones que fueran fruto del favor personal y no de la acción reflexiva de la Justicia, adoptando con ello la postura orgullosa de un verdadero hidalgo. En muchos sentidos, fue un Quijote. Alguien como él, en nuestra España partitocrática de hoy, sería imposible. Piensen en la saga de los González Pons, en las exitosas consultorías de Pepiño Blanco, en las idas y vueltas de tantos ministros a través del poroso y promiscuo entramado que el gran dinero teje en torno a los Consejos de Ministros. ¡Qué diferencia! Que Salvochea atravesara como un meteoro el cielo de la política de aquella época lo justifican los tremendos avatares históricos de su siglo, que llenaron de grietas la realidad española. Vivió como digo paupérrimamente en Madrid desde el cambio de siglo. Junto a Vallina, sobrevivió escribiendo en folletos y opúsculos tanto republicanos y anarquistas, al socaire de figurones como Canalejas, asesinado precisamente por un anarquista en 1912, y de Alejandro Lerroux, cuyo momento llegaría con la II República. Pasó sus últimos años al amparo de cenáculos ácratas y de compañeros de trinchera que respetaban y admiraban tanto su trayectoria como su proceder humano. Blasco Ibáñez lo llevó a la literatura en La Bodega y Pedro Vallina relata en su interesante crónica la visión que los anarquistas tenían entonces del joven PSOE de Pablo Iglesias, a quienes consideraban aliados cómodos del establishment burgués y liberal, “traidores a la causa popular y a los verdaderos revolucionarios”. “Salvochea”, dice Vallina, “sentía amor por los que sufren: allí donde había un dolor, estaba él para aliviarlo, y sentía los sufrimientos ajenos que los suyos propios”. Debía ser como el personaje de Mastroianni en la maravillosa Los compañeros de Mario Monnicelli, un sacerdote profano, persuasivo en extremo, de gran afabilidad y trato sencillo y fácil. Lerroux lo llamó El Cristo anarquista y probablemente fuera el último gran romántico español. Murió en Cádiz en 1907, en la miseria, y a su entierro acudieron, según las fuentes de la época, casi cincuenta mil personas.