La guerra yugoslava es un tema personal para mí porque es la única ocasión en que me han amenazado de muerte de viva voz. Por eso no quiero dejar pasar el trigésimo aniversario del final del conflicto bosnio sin analizar hasta qué punto el desastre del Acuerdo de Dayton (en la fotografía, su firma en París) puede ser un borrador para un futuro acuerdo de paz en Ucrania.
Lo de la amenaza de muerte fue hasta anecdótico, porque miren: aquí estoy, escribiendo. Yo era estudiante de periodismo en 1994, y convencí a unos amigos que no sabían de fronteras para desviarnos durante un viaje de Interraíl, hacia la costa dálmata. Cuando llegamos a Zagreb, la capital croata, el amable dueño de un establecimiento lleno de curtidos veteranos de guerra — que obviamente estaban descansando antes de ir al frente — nos convenció de tomar hacia la península de Istria, junto a Italia, donde podríamos hacer turismo sin meternos en demasiados líos.
Acabamos en un hostal destartalado frente a la playa en Pula, Pola en italiano. El lugar estaba repleto de refugiados croatas de Mostar, una ciudad bosnia dividida étnicamente donde habían ocurrido todo tipo de horrores, antes y después de la llegada de las tropas españolas de la ONU (miembros de las llamadas fuerzas UNPROFOR que patrullaban los enclaves bosnios) para separar a las minorías croata y musulmana que se habían liado a tiros.
Cuando los refugiados se enteraron de que mis amigos y yo éramos españoles, la cosa no fue muy agradable. Todos teníamos poco más de veinte años, el pelo corto y éramos chavales deportistas en buena forma: es verdad que parecíamos soldados de UNPROFOR de vacaciones, y algunos refugiados no nos creyeron cuando les explicamos, con la ayuda de un traductor que chapurreaba inglés como nosotros, que no lo éramos.
Una tarde, mientras me aburría contemplando el mar, varios de los refugiados estuvieron a punto de atacarme a mí y a un amigo, profiriendo las citadas amenazas; por suerte, el traductor estaba cerca. El pobre hombre nos explicó que estas personas habían sufrido mucho en Mostar y culpaban a los soldados españoles, con razón o sin ella, de haberse aliado con los musulmanes.
No puedo criticar a nadie por todo este desagradable asunto. La guerra es así. De lo que sí que quiero culpar a alguien es de haber destruido las esperanzas que se generaron el año siguiente, de que la paz llevaría a Bosnia a un camino de consenso y entendimiento. Y ese alguien es la Unión Europea.
Este año se cumplen treinta del final de la guerra de Bosnia, que causó la muerte de 100.000 personas y el desplazamiento de millones. Durante muchos se vio como la peor atrocidad en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, aunque ahora no es desatinado indicar que fue en gran medida un preludio a la actual guerra de Ucrania, donde podemos repetir todo lo anterior con un cero extra. En estos treinta años, los acuerdos de paz pactados en Dayton han mantenido unida a Bosnia y Herzegovina, aunque muy lejos de la prosperidad y de lo que se prometió.
Como explica en un artículo reciente la influyente revista estadounidense Foreign Policy, hay una disposición del plan de Dayton en particular — el establecimiento de un alto representante designado por la comunidad internacional — que se considera cada vez más un símbolo de la incapacidad del país para superar la guerra.
Christian Schmidt, el actual alto representante de la comunidad internacional en Bosnia, se ha convertido en objeto de críticas cada vez más amargas en aquel país. Es cierto que ningún alto representante ha salido de allí en loor de multitudes, pero la gestión del avispero bosnio se ha ido convirtiendo en un caos de cuotas, vetos y presidencias rotatorias que ha empeorado aún más recientemente.
En los últimos tres años, Schmidt, exministro de Agricultura alemán, ha sido el octavo hombre en ocupar el puesto de alto representante. Ha reformado la ley electoral, suspendido constituciones, orquestado la destitución de un presidente y enmendado la ley para tipificar como delito la desobediencia a sus decisiones.
En virtud del acuerdo de Dayton, Schmidt no responde a nadie en particular. Es nombrado por un grupo de 55 países que incluye a Rusia pero que está claramente dominado por la UE y por el líder inevitable de la unión, Alemania, y Schmidt es el segundo alemán en ocupar el cargo, que jamás ha recaído en alguien que no sea ciudadanos de la UE. Rusia, de hecho, trató de vetar el nombramiento de Schmidt en 2021, y la UE se pasó la objeción por donde quiso, dejando claro quién manda de verdad en Bosnia: Schmidt fue el primer alto representante no consensuado por los 55 países, y no aprobado por el Consejo de Seguridad, lo que le dejó sin ninguna legitimidad política.
Ahora mismo, Bosnia sea el único Estado miembro soberano e independiente de la ONU que actualmente se encuentra bajo la tutela de un administrador internacional. La cuestión fundamental es si dicha tutela internacional puede llegar a ser permanente. Si no lo es, entonces la disputa sobre Schmidt no es solo una cuestión técnica legal, sino un síntoma del agotamiento del modelo.
Es verdad que el contexto bosnio es un tanto cansino: el empobrecido país, con una tasa de desempleo superior a la española, está dividido por una larga lucha por el equilibrio de poder entre el Estado central controlado por la UE y las dos entidades regionales principales surgidas del acuerdo de Dayton, la serbia y la musulmana. Schmidt no habla ni serbo-croata ni inglés, y se ha metido en todos los agujeros que se ha encontrado a su paso.
Lo importante del caso bosnio no es el fracaso del sistema de Dayton en sí, sino que pueda considerarse como un éxito, al menos relativo. Muchos observadores, tanto dentro como fuera de Bosnia, inicialmente esperaban que el acuerdo de paz fracasara y que el país se desintegrara, pero ha sobrevivido. Como un zombi que se va cayendo a cachos, pero sobrevivido.
No es exagerado afirmar que los primeros altos representantes salvaron la integridad territorial de Bosnia y Herzegovina. Le otorgaron una moneda común, pasaportes y placas de matrícula; pusieron fin al inicial boicot serbio a la dictablanda de la UE y expulsaron a cientos de extremistas nacionalistas en las tres comunidades. No sería de extrañar que la UE mire hacia Bosnia y decida que ese modelo de componendas que al menos ha mantenido al país fuera de los titulares de los periódicos podría ser ideal para gobernar lo que quede de Ucrania después de la guerra, o al menos para mantenerla a salvo de las garras rusas, bajo el mando de algún funcionario alemán con aires de director impaciente de oficina de correos, al estilo de Schmidt.
Sin embargo, el sistema que está colapsando en Bosnia no puede ser una solución para nadie. Si el modelo bosnio, o alguna chapuza similar, acaba siendo lo mejor que puede ofrecer la UE, es mejor que la UE dé un paso atrás y deje que otros vengan con propuestas para el futuro de Ucrania.