Eugenio d’Ors (1881-1954) es uno de nuestros raros más singulares. Por ello, de lo más incómodos; de los más silenciados. Figura clave del Noucentisme y del proyecto político y cultural que representó la Mancomunitat catalana, sus volúmenes del Glossari son un monumento literario e intelectual que, para qué engañarnos, se estudia con admiración arqueológica. Enemistado con el mundillo cultural catalán, Xènius desembarca en el madrileño como una extraña ave. Tan extraña que, cuando llega el franquismo, se embute en la chaqueta blanca de Falange para perorar sobre los ángeles y Grecia. Sobre d’Ors siempre planeó la figura del traidor borgeano.
D’Ors fue un catalán desencadenado. Nada que ver con el topicazo del seny y la rauxa o el de fer la puta i la Ramoneta. Josep Pla ejercía de ampurdanés con boina y pitillo de caldo porque sabía que en España pocas bromas. Risotadas y gritos lo que se quieran; bromas las consideradas justas.
En el fondo, no hay imagen que mejor defina para el inconsciente español el arquetipo de catalán que la figura de Jaume Canivell, el personaje de La escopeta nacional (1978) de Luis G. Berlanga que encarnaba José Sazatornil. Frente a este estereotipo D’Ors no podía ser sino la recusación del casticismo, que siempre nuestra aristocracia, de sangre o de élite, ha mirado con simpatía desde nuestra cojitranca Ilustración. Al mismo tiempo, representaba su envés más preciso. Ser de d’Ors, némesis de Ortega, era como ser de Joselito en un país de belmontianos. ¿Cómo encajarlo entonces en la Tercera España de Manuel Chaves Nogales?
Tras lo ocurrido a lo largo de los últimos veinticinco años – el fin del terrorismo y el procés, por poner dos ejemplos paradigmáticos – se ha acentuado aún más esa distancia con el universo dorsiano, clásico frente a barroco, en nada emotivista. Con «los vascos» la España oficial siempre ha sentido un amor fou no correspondido. «Los catalanes» son, en cambio, ese amor doméstico avinagrado que Ortega llamaba conllevancia. Con los primeros el imaginario liberal español siempre ha oscilado entre darse el abrazo de Vergara y sentir la mala conciencia de Guernica. A los segundos los ha encajado entre la Semana Trágica y los estraperlistas de posguerra y sus prolongaciones. No es de extrañar, por ellos, algunos éxitos editoriales de finales del franquismo y de la primera etapa de la Transición. La verdad sobre el caso Savolta (1975) de Eduardo Mendoza o las novelas de Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán encajaban en el relato que ha acabado implosionando de tan costumbrista como era. Tampoco era casual el prestigio que alcanzó, por ejemplo, Obabakoak (1988) de Bernardo Atxaga o, en otros registros, ciertas películas de Julio Medem y Uribe entre los 80 y los 90. No, no era este el mundo que podía volver a recibir las lecciones eclipsadas de un Xènius siempre en metamorfosis silenciadas.
Andaluz superior, José María Pemán captó de inmediato la ironía dorsiana. Entendió a la perfección el trasfondo de una excentricidad que le obligaba a afinar sus réplicas. Como contaría en Mis almuerzos con gente importante (1970), nada más saludarse la primera vez, d’Ors decidió dirigirse en adelante a él con el remoquete de Gran Capitán. Como contrapunto, Pemán lo definió como «la máxima cantidad clasicismo y europeísmo que puede tolerar la mente carpetovetónica». Las suyas debieron de ser conversaciones como las que hubieran podido mantener Séneca y Marcial en la fantasía demediada de una Roma imperial.
Entre líneas Pemán dejaba caer también que, ante los discípulos jóvenes de Ángel Herrera Oria durante los años 30, d’Ors resultaba «el único intelectual católico del momento con respaldo europeo al que podían dirigirse unos estudiantes católicos». Un catolicismo el de d’Ors muy singular. En él Pemán, con trazo fino y sinuoso, barriendo para su ideario, advertía «un monarquismo, de raíz absolutamente latina y mediterránea», cristiano y socrático, atento al volumen de los fenómenos, frente al noúmeno kantiano de la raza, la nación y el régimen que, con saña de esgrima, atribuía al «caudillismo absolutamente germánico» de Ortega triunfante entre nosotros. Cuando d’Ors va muriéndose, una figura tan destacada como Dionisio Ridruejo, desencantado de la División Azul, se deja mecer al ritmo de una incipiente socialdemocracia junto a las extraordinarias Elegías de Bierville (1942) de Carles Riba, al fin publicadas legalmente en Barcelona en 1951.
Para entender el itinerario d’orsiano quizás convendría volver a leer con detalle dos obras que representan cada una por su cuenta y simultáneamente una ruptura y una iniciación. Me refiero a Oceanografía del tedio (1921) e Introducción a la vida angélica (1939).
El original en catalán de la primera obra había salido en el momento de máxima gloria política de d’Ors como Director de Instrucción Pública de la Mancomunitat. Tres años más tarde, «exiliado» ya en Madrid, publicaba la traducción al castellano como su tarjeta de presentación en el mundillo literario español.
Prosa exquisita, deshumanizada antes de que Ortega la etiquetase así, d’Ors recreaba con ellas las líneas más depuradas de la renovación estilística e imaginaria del género novelístico en el primer tercio del siglo XX. Con un aire bergsoniano, casi en busca del aleph de la suspensión fenomenológica, el Autor protagonista sigue la prescripción médica inicial de «¡Ni un pensamiento, ni un movimiento!» como si fuera un Hans Castorp en el balneario de Can Rius en Caldes de Montbui en lugar de en un sanatorio de los Alpes.
Su tedio simbolista, distante del hastío modernista, convierte indirectamente las reflexiones dorsianas en el contrapunto elegante de la apatía azoriniana. Hay un vitalismo exacto, educado, casi higiénico en el personaje dorsiano, que practica el ascetismo burgués de la impasibilidad, ajeno al que habría vencido a Antonio Azorín, de una inquietud cuyo paisaje moral y geográfico aliena. El mundo de José Ruiz es un Levante aburrido de regeneracionismo; el de d’Ors la antesala mediterránea de la Ciudad moderna: la prolongación de una belle epoque entre paréntesis, sin la Gran Guerra.
Veinte años después, consagrado y gnóstico, Eugenio d’Ors percibiría la voluntad diamantina de una época fascinada por el poder y el conocimiento de los arcanos del universo. La técnica al servicio de una guerra total como la que se preparaba entonces no era sino el instrumento de iniciación para el asalto definitivo a aquel saber. D’Ors, humanista, aún confiaba en la transverberación de la palabra como la vía clásica de reconstruir el tejido invisible de la existencia humana.
Pablo d’Ors sostuvo que en la Introducción a la vida angélica su abuelo habría establecido un diálogo indirecto con la psicología freudiana. Tengo dudas de que fuera con ella y no con la junguiana. A un señor del Eixample apenas le costaría importar un diván vienés sobre el que recostar su tedio. A Eugenio d’Ors le habría complacido mucho más acudir a una de esas reuniones estivales del círculo de Eranos, al borde del Lago Maggiore en Ascona, donde poder conversar con Rudolf Otto o Henri Corbin. Este último en 1949 debatió sobre la función del Ángel en la tradición hermética iraní durante el coloquio anual de Eranos. ¿Quién sabe si para perplejidad de todos los asistentes no habría llamado d’Ors a Carl Jung Herr Trauerspiel, como había moteado de Gran Capitán a Pemán?