Europa, la conclusión de 5.000 años

La estructura poblacional global ha permanecido relativamente estable durante miles de años

Algo importante está llegando a su fin, en eso coinciden todos los analistas de peso. No coinciden, en cambio, en qué está acabando y, por tanto, en el periodo de tiempo que ahora se cierra.

Para algunos, estamos ante el final de ese periodo de 37 años tras la caída de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría conocido como el “momento unipolar”, cuando Estados Unidos se alzó como única superpotencia mundial y pudo hacer de su capa un sayo.

Otros van más allá, hasta el 68, y certifican la muerte del modelo ideológico hegemónico de esa “nueva izquierda” que exigía lo imposible con realismo (58 años), o, incluso, del gran experimento de la Ilustración con sus ilusiones de progreso indefinido (más de dos siglos).

Más lejos llegan quienes hablan del fin de la Era Europea, no solo en el sentido que le da a la expresión el historiador que la acuñó, Pío Moa, como final de la hegemonía de nuestro continente sobre el planeta, sino también como la influencia cultural predominante sobre el mundo de los europeos étnicos, incluyendo sus derivaciones americanas y oceánicas (más de cinco siglos).

Muy probablemente todas esas tesis son correctas y estamos llegando al fin de todos esos periodos que he ido exponiendo de menor a mayor. Pero estamos también viviendo otro final de mayor alcance, si cabe, que cierra un periodo muchísimo más amplio: la conclusión de 5.000 años, desde la Edad del Bronce, de la población europea, que se ha mantenido homogénea a lo largo de este prolongado periodo.

Quien se asome, siquiera someramente, a la historia del Viejo Continente, con sus incontables invasiones, guerras y conquistas, quizá se sorprenda al conocer que la composición material de la población, su acervo genético, se ha mantenido notablemente estable durante cinco milenios, con mínimas variaciones. Que eso que se llama “la raza blanca” lleva siendo todo ese tiempo un grupo coherente de parientes lejanos.

Lo que en otros tiempo era solo una intuición lo ha confirmado en las últimas décadas una ciencia nacida a finales del pasado siglo, la genética de poblaciones. Gracias a ella sabemos ahora que la población europea –los nativos de Europa occidental, central y meridional principalmente– muestra una estabilidad genética relativa notable desde la Edad del Bronce tardía, hace entre 3.000 y5.000 años, dependiendo de la región.

Esta población europea, lo que somos, se formó a partir de la mezcla de tres grandes oleadas poblacionales. Primero llegaron de África, grupos de cazadores-recolectores occidentales (conocidos como WHG, por sus siglas en inglés) durante el Mesolítico, descendientes de los primeros humanos modernos en Europa tras la última glaciación. Más tarde, hace 8.500–7.000 años atrás, agricultores neolíticos procedentes de Anatolia (EEF o Early European Farmers, con origen en el Creciente Fértil y zonas adyacentes) introdujeron la agricultura y se mezclaron con los WHG locales, reemplazando en gran medida su componente genético en muchas regiones. Por último, hace unos 5.000 años (alrededor del 3.000 a.C.), pastores nómadas de las estepas póntico-caspianas (principalmente asociados a la cultura Yamnaya y sus derivados) llegaron en oleadas masivas, aportando un componente genético “estepario” que hoy constituye ~30–50 % del ADN de la mayoría de europeos (más alto en el norte y este, algo menor en el sur).

Esta última migración se asocia fuertemente con la expansión de las lenguas indoeuropeas y dejó un legado cultural y genético muy visible (incluyendo haplogrupos masculinos como R1b y R1a dominantes en gran parte de Europa). En resumen: la mayoría de europeos actuales somos una mezcla aproximada de ~10–30 % WHG + ~40–60 % EEF + ~30–50 % estepario/Yamnaya, con variaciones regionales.

Y desde entonces, apenas ha habido variaciones significativas. Estudios clave (como el de Antonio et al. 2024 en eLife/PMC) concluyen que, a pesar de una movilidad individual alta (comercio, ejércitos, migraciones puntuales, Imperio Romano, etc.), la estructura poblacional global (el patrón de variación genética a escala continental) ha permanecido relativamente estable durante los últimos 3.000 años, con una medida de diferenciación que ya no disminuye significativamente después de la Edad del Bronce. Europa es genéticamente más homogénea que África o Asia. La mayor parte de la variación genética europea se explica por un gradiente geográfico suave (norte-sur y este-oeste), con un patrón de aislamiento por distancia muy claro: la gente genéticamente más parecida vive más cerca geográficamente.

En nuestros días, en apenas unas décadas, esa cadena ininterrumpida de cinco milenios de homogeneidad étnica se está rompiendo. Dentro de cien años, los habitantes de vastas regiones de Europa, Francia, Alemania, Inglaterra e Italia no serán descendientes de quienes vivían allí hace un siglo.

De mantenerse las actuales condiciones migratorias y demográficas (la abismal tasa de natalidad de los nativos europeos), Europa perderá la mayoría autóctona previsiblemente entre 2070 y 2100 (antes en Europa Occidental); Estados Unidos en 2045, Nueva Zelanda en 2048, Australia más tarde al rededor de 2060, y solo el Cono Sur de Sudamérica la mantendría hasta el próximo siglo.

Ahora, el consenso en el pensamiento único es que un cambio así es irrelevante, cuando no directamente positivo: la raza blanca, decía Susan Sontag, es el cáncer del planeta. Pensar en razas es racista, las razas “no existen”, solo la cultura, de modo que preocuparse por el fin de una realidad étnica que ha durado cinco milenios está directamente prohibido.

Pero esa imposición intelectual es tramposa. Nunca se aplica a otra etnia que la europea nativa. Se ha impuesto, por ejemplo, en Estados Unidos y Canadá lo que llaman “land acknowledgement”: empezar cualquier conferencia o acto público reconociendo que el orador y su público están en “tierra robada a los nativos”. Porque esos nativos sí importan, el fin de esa cadena étnica sí que debe lamentarse y condenarse. Todo el poderoso movimiento indigenista se basa, precisamente, en deplorar la desposesión de un grupo étnico.

En segundo lugar, la postura moderna se basa en la premisa de que las nuevas poblaciones son pizarras en blanco que aceptarán mansamente los principios, lealtades y cosmovisiones de las poblaciones anfitrionas; que los recién llegados serán, en todo salvo su componente genético, “europeos” como los de siempre. Que no traen, en fin, una cultura propia con valores distintos que van a mantener, precisamente porque vienen en contingente masivos. O, en el peor de los casos, que estas diferencias aportarán, sin más, un nuevo y excitante sabor al guiso cultural, sin echarlo a perder.

Desgraciadamente, no es eso lo que nos dice la realidad observable. De hecho, fuera de la cultura blanca, no existe esa optimista visión de la humanidad como única raza, la premisa de la “pizarra en blanco” o siquiera el concepto de igualdad étnica. Los chinos no ven problema alguno en favorecer primero a los chinos, y el “orgullo negro” se celebra y promueve como jamás se osaría hacer con un hipotético “orgullo blanco”. Es, en definitiva, un juego en el que las reglas para un grupo son diferentes a las de los demás.

Mohamed Hijab, un predicador y “youtuber” musulmán en Gran Bretaña, expresa abiertamente lo que muchos recién llegados piensan cuando advierte:

“Hay 50 millones de musulmanes en Europa. Hay más musulmanes en Europa que en algunos países de mayoría musulmana. Si todos los musulmanes de Europa formaran un solo país, sería uno de los países musulmanes más grandes del mundo… [e]staría entre los 10 o 15 países musulmanes más grandes del mundo… Tenemos que empezar a actuar como si tuviéramos la ventaja, porque la tenemos. Como dice el Corán, la palabra de Alá es superior. La razón por la que los salaf, las primeras generaciones, tuvieron tanto éxito en la difusión del islam por todo el mundo fue porque tenían una inmensa valentía, respaldada por una inmensa tawakkur, que significa confianza en Alá”.

No es un caso aislado en absoluto; es, más bien, la norma. Una de las últimas modas en redes sociales es la de inmigrantes que consiguen la nacionalidad en algún país europeo y se graban burlándose de la población autóctona, recordándoles que, pese al documento conseguido, no se consideran parte del país del que ya son ciudadanos, más bien al contrario, y concluyen recordando a sus nuevos “compatriotas” que nunca van a recuperar su país.

Quizá sea esta conciencia profunda, tácita, la que ha llevado al canciller alemán Friedrich Merz, según cuenta el afamado periodista Tucker Carlson en un reciente vídeo, a admitir “que no pueden formar un ejército en Alemania porque será mayoritariamente musulmán, porque los alemanes no tienen hijos y los musulmanes sí, y realmente no quieren dar armas a cientos de miles de jóvenes musulmanes”.

Ser es defenderse, y el instinto de supervivencia, de continuidad, es el más poderoso. La propaganda ha logrado la increíble hazaña de acallarlo durante décadas, pero no es razonable pensar que vaya a mantenerse así hasta nuestra extinción, que ni siquiera lamentan quienes lloriquean por la desaparición de una subespecie de mosquito desconocido para la mayoría. Y tal vez, solo tal vez, contradiciendo al poeta británico T. S. Eliot, quizá nuestro final llegue más con una explosión que con un quejido.

Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Más ideas