Esta últimos días, como ocurre con muchas muertes de famosos, hubo una pequeña fiebre en las redes sociales: subir fotos que nos hubiéramos tomado con alguno de los ídolos que nos dejaron, Jorge Martínez de Ilegales y Robe Iniesta de Extremoduro. Mientras miraba algunas, se me ocurrió ponerme a buscar las que se hubieran hecho los dos juntos, pero no hubo manera. Llamé a Igor Paskual, guitarra de los Trogloditas y estimulante artista en solitario, que me confirmó que no es casualidad. “Pertenecían a órbitas diferentes. Robe era una fucking megaestrella. Tenía un nivel de éxito muy bestia. En el plano musical, no creo que hubiera una química que pudiera funcionar en un dueto. Nunca escuché a Jorge hablar mal de Robe, pero es que nunca le escuché hablar de él en general, no entraba en su esfera, cuando sí comentaba sobre otros músicos lejanos como Antonio Vega, de quien admiraba su manera de componer. Robe era rock urbano y Jorge no entraba ahí”, recuerda. Tan cerca, tan lejos..
Si recordamos algunos pasajes de sus letras todo cobra sentido. A comienzos de los ochenta, Jorge Martínez cantaba “Heil Hitler” (1983), con versos tan ásperos como estos: “Hippies, no me gustan los hippies/ hay una cosa que se llama jabón/ mata los piojos y te quita el olor”. Si la hubiese interpretado en el menesteroso festival Viña Rock, le hubieran tirado más piedras que a Ramoncín cuando era el portavoz de la lucha contra la piratería. Por supuesto, Robe Iniesta era justo lo contrario y en sus conciertos los fieles encaraban con entusiasmo especial los célebres versos de “Estoy muy bien” (1993) que dicen “me gustaría mucho más/ que te lavaras la cara/ solo las mañanas que te diera la gana”. En ese momento, se creaba gran comunión en la cofradía de los ‘costras’ o ‘pies negros’, que es como les llamábamos los modernos de la época.
No solo eran antagónicos en sus letras, sino también en sus enfoques musicales. Robe sufría de algo parecido al horror vacui, como puede comprobarse escuchando piezas como “Dulce introducción al caos” (2008), donde rellena la melodía con violín, viola, violonchelo, oboe y flauta, sobre la base de guitarras, percusión y voces. Jorge destacaba por su minimalismo militar, no incluía nada que no fuese estrictamente necesario y le irritaban sobremanera los músicos que no estaban a la altura. En un concierto de aniversario de la revista Rockdelux en 2004, regañó con severidad al saxofonista de la banda que dirigía Raúl Refree porque tenía el instrumento en un tono que no correspondía. Y lo hizo delante de las dos mil y pico personas que llenaban la sala. Si alguno de sus músicos hubiese hecho un solo de guitarra exhibicionista y cipotudo como los de Inaki “Uoho” Antón —el escudero más celebrado de Robe— es probable que le hubiera metido un navajazo allí mismo.
Otra forma de comprender sus diferencias es comparar sus canciones sobre camellos. Iniesta les presenta como héroes populares en “Pepe Botika (¿dónde están mis amigos?)”, publicada en 1993. Parecían víctimas de un sistema injusto, con policía represora y jueces sobornables. Les veía casi como a campesinos que, obligados a buscar la supervivencia, llevaron demasiado lejos su estrategia de diversificar la producción. “Un día le hicieron un registro al soterrizo/ y le encontraron veinte kilos de chorizo/ hachís, caballo y cocaína pal’ que compre/ pues ya lo dijo Dios: ‘no solo de pan vive el hombre’”, recita. Jorge Martínez, en cambio, era mucho menos épico: “Con su cabeza calva te espera, a la entrada del bar/ él guarda en su bolsillo/ todo lo que vas a buscar/ Hola mamoncete, ¿qué haces por aquí?/ ¿Buscas algo que comprar?/ Comerciante libre de impuestos/ en la clandestinidad / no hace falta que digas nada, / sabe lo que vas a buscar”, cantaba en 1982. Romanticismo contracultural contra realismo sucio español.
Una paradoja interesante es que Jorge desplegaba un temperamento obrero viniendo de una familia de aristócratas y militares. Era descendiente de Pedro Menéndez de Avilés —reconquistador de Florida— y de los condes de Canalejas. Pasó la infancia en el Palacio de Bolgues, construido a mediados del siglo XVI y hasta el final de su vida se sintió cómodo allí, disfrutando de la excelente acústica y del contacto con sus raíces de clase alta. Lo genial es que este macarra de sangre azul se sentía muy cercano a la plebe de mono azul, a la que aludía en una de sus mejores composiciones, “Yo soy quien espía los juegos de los niños”, también de 1982. Era un maestro de los contrastes crudos, cantando que “diez mil obreros en paro/ esperan en la plataforma/ de suicidio colectivo” para añadir luego que “Madame Claude se abanica/ con sus acciones/ devaluadas al cincuenta por cien”. Sentía de verdad el vértigo de la explotación y hablaba emocionado de sus conciertos en la cuenca minera de Asturias, viendo a jóvenes desplomarse en las primeras filas, presas fáciles de la emoción de sus canciones y —sobre todo— del exceso de ‘cubalitros’.
Quien me dio la clave para comprender a Robe Iniesta fue otro clásico del rock español, o mejor dicho del punk-rock antiespañol, el corrosivo Evaristo Páramos, líder de La Polla Récords y de Gatillazo. Le pregunté si tenía alguna teoría sobre por qué La Polla no había tenido nunca el éxito de Extremoduro. Su respuesta —que ahora no encuentro literal—fue una lúcida disertación sobre la diferencia entre ‘transgresor’ y ‘subversivo’. Lo primero consiste en saltarte las reglas sin intención de cambiarlas, lo segundo es aspirar a otro sistema. Extremoduro se definieron siempre como ‘rock transgresivo’, tanto La Polla como Ilegales eran algo subversivo. Los 40 Principales tardaron demasiado, hasta Agila (1996), en darse cuenta de que Extremoduro encajaban como un guante en su sistema, mientras que Ilegales o La Polla Records les hubieran roto la atmósfera de la emisora y hubiesen cabreado a muchos anunciantes. Desde los años cincuenta, el rock es la banda sonora del capitalismo rampante, pero algunos poetas como Jorge y Evaristo prefieren hacer de aguafiestas. Y tienen talento de sobra para serlo sin dejar de divertirse y divertirnos.
Extremoduro eran contraculturales, mientras que Ilegales sonaban criminales. Robe era el desparrame y Jorge una disciplina a la altura de los boinas verdes. El rock and roll nació en Estados Unidos como banda sonora de la aceleración de la sociedad de consumo. Escuchas a Elvis, Little Richard o Chuck Berry y te daban ganas de beber, comprar cadillacs rosas y mansiones de seis pisos. Esa alegría es parte de la sangre de su sociedad: la encuentras en cada capítulo de Scooby Do, en los anuncios de cereales y hasta en villancicos clásicos como «Santa Claus is coming to town». La aportación del rock europeo es el nihilismo, introducir bilis en ese lenguaje. Robe apostó por cierta rebeldía anarquista y Jorge por verter litros de ácido en la receta rockera, pero no te arrastraba al derrotismo sino que te espabilaba para mirar el mundo con ojos nuevos. El directo nunca fue uno de los fuertes de Extremoduro, demasiado caóticos o complacientes, era el publico quien los hacía memorables con su karaoke. El escenario sí fue territorio de Ilegales: salías como con un cuchillo entre los dientes.
Termino con una anécdota que me parece relevante. En 1997, los superventas británicos Suede, sedosos discípulos de David Bowie, cancelaron su concierto en Festimad por culpa de Extremoduro. Al coger su coche en Barajas vieron por la ventanilla que el nombre del grupo de Robe estaba por encima del suyo en el cartel y se volvieron a Londres. Era la primera vez que les ocurría en Europa y lo consideraron una enorme falta de respeto. Cuento esto para dejar constancia de que Extremoduro fueron también una admirable cuadrilla de resistencia frente a las modas anglosajonas, cuadrilla fértil además, como demuestra su amplio abanico de alumnos, que abarcan a Estopa, Marea y Melendi. De Ilegales podemos constatar que en algunos países de Hispanoamérica eran como los Rolling Stones, basta buscar en Youtube sus conciertos en estadios de fútbol de Ecuador.
El mensaje existencial de Ilegales creo que sigue resonando, basta echar un vistazo a himnos inmortales como «Tiempos nuevos, tiempos salvajes». El de Extremoduro está vivo solo a medias: todo ese evangelio de la libertad individual, el gusto por las drogas y por salir cada día es más costumbrismo de fin de milenio que otra cosa. Lo más potente que deja Robe son sus versos de amor destemplado. Les separa que Extremoduro fueron un grupo más bien de chicas, mientras Ilegales lo eran casi exclusivamente de chicos. Les une haber elevado mucho el nivel de nuestro rock y dejar parroquias devotas que les recordarán mientras vivan. No es poca cosa para la España amorfa y satisfecha que les tocó vivir.