La izquierda no soporta la libertad de expresión cuando se dicen ideas y palabras que le molestan. Uno de los últimos en sufrir un intento de censura ha sido el historiador y escritor Fernando Paz Cristóbal. El 30 de octubre dio una charla sobre la Hispanidad en una biblioteca pública de Torrelodones por invitación de los concejales de VOX. La ultra izquierda, que en ese municipio de 25.000 habitantes ronda el 5%, convocó una protesta contra él, como si Paz fuera JD Vance. Más chirriante fue la conducta de la alcaldesa del PP, que practicó la equidistancia estilo PNV con ETA: que no estaba ni con unos ni con otros y que como liberal que es quería paz y orden para sus vecinos. Hablamos con Fernando Paz de esta batalla por la historia de España en la que él es uno de los principales combatientes.
P: Al final diste la charla en Torrelodones, a pesar del boicoteo de la izquierda y la flojera del PP, sin que el pueblo ardiera. ¿Habría alcanzado la izquierda la hegemonía política, social y cultural en España de no tener enfrente (o al lado) a semejantes ‘compañeros de viaje’?
R: Los hechos fueron los siguientes: VOX Torrelodones convoca un acto cultural, en el marco del mes de la Hispanidad, al que me invita para hablar sobre el origen y la esencia histórica de España. La izquierda local comienza a agitar una campaña porque en el libro que sirve para promover el acto, figura un capítulo –uno solo– sobre Franco. La cadena SER, La 1, Público y otras publicaciones de semejante catadura moral e intelectual, se encargan de amplificar la noticia. En el ayuntamiento se reciben amenazas de extremistas de izquierda contra funcionarios y, además, prometen reventar el acto. Vox Torrelodones, lejos de arredrarse, mantiene la convocatoria, ignorando la intimidación progre. La alcaldesa de la localidad, de nombre Almudena Negro y perteneciente al PP, acude a La 1 para dar cuentas, acusando a diestro y siniestro de “polarizar”: lo de la izquierda radical, mal; y lo de VOX también mal. Centro centrado.
A partir de ese momento, las cosas tomaron un cariz peculiar. La autoridad, cuya primera función es la de garantizar los derechos y proteger a los ciudadanos que los ejercen, comenzó a desplegar una pretendidamente virtuosa equidistancia que terminó por ser grotesca. La autoridad no puede ser jamás equidistante entre quien ejerce su derecho y quien quiere impedir que se ejerza. Sin embargo, ante las amenazas de los radicales de izquierda, todo lo que se le ocurrió fue solicitar públicamente a los convocantes que renunciaran a su derecho a la libertad de expresión; es decir, apoyó de facto la exigencia de los comunistas. Almudena Negro argumentó abundantemente en redes que, ante la violencia de la izquierda, lo conveniente es ceder.
Aunque ella trató de que se suspendiera el acto a cualquier precio, había dos razones que le impedían cancelarlo por las bravas. La primera, que Negro gobierna gracias a VOX; y la segunda, que su autoproclamado liberalismo tendría un mal referente en el interdicto. Así que, desde la alcaldía y a través de una concejal popular y de la secretaria del PP en Torrelodones, se difundió el bulo de que el invitado a la conferencia –o sea, un servidor– era un historiador “negacionista del Holocausto”. Y la concejal añadió una nueva infamia a la primera al cuestionar mi condición profesional de historiador.
En resumen: al lado de un PP devenido en torpe aprendiz de las peores artes de la clase del Régimen del 78, la veintena de pensionistas colgados de un ajado trapo tricolor con el cortejo de media docena de activistas termina por resultar un costumbrismo entrañable.
En la protesta se usó como acusación contra ti un libro que coordinaste, La misión histórica de España, para la editorial Luz de Trento. Hay 11 capítulos y sólo dos, uno tuyo y otro del general Piñar, tratan de la España del siglo XX. Sin embargo, los chequistas habituales te reprochaban que vulnerabas la ley de memoria histórica y el puñado de boicoteadores ondeó una bandera tricolor, como en las manifestaciones por la sanidad pública. Cuando en España tenemos un gobierno nacido en unos burdeles y en el mundo están ocurriendo tantas cosas peligrosas para la libertad de las personas y las naciones (la inmigración masiva, la inteligencia artificial, o el euro digital), pasma que el factor movilizador del progresismo sea la reivindicación de un régimen sectario, que provocó una guerra civil
La cuestión capital es que nadie puede arrogarse la autoridad para limitar la celebración de un acto cultural. Si alguien viola la ley, en un Estado de Derecho existen los cauces para denunciarlo. Pero la izquierda, hiperlegitimada ideológicamente, ha generado una atmósfera gracias a su control de la academia que ha desembocado en las actuales leyes sectarias contra la Historia y, como en este caso, en la capacidad para determinar a quién y cómo se le aplica el derecho. La batalla más dura es la que se libra en torno a la cultura. Ahí no van a permitir que nadie desafíe su monopolio, porque la falsedad de su relato quedaría fácilmente al descubierto. Por eso, nada les resulta más irritante que el que otros hagan uso de unas instituciones públicas que controlan con sentido patrimonial.
La reivindicación por parte de la izquierda de ese pasado radica precisamente en impedir todo debate serio. En su lugar, lo que hay es propaganda, una propaganda que parte de ciertos apriorismos intocables e incuestionables. Precisamente el hecho de que la mentira en la que asientan sus falsedades sea tan enorme es lo que les exige un mayor celo a la hora de ejercer la censura. Por ejemplo ¿cómo es que la izquierda patria, que tiene el récord Guinness europeo de golpes de Estado y de asesinato de presidentes de gobierno (Cánovas, Canalejas, Dato y Carrero), puede tener el valor de acusar a los alzados de 1936 de “golpistas”? Si estos lo fuesen, ellos lo serían igualmente, pero multiplicados por cinco o por diez. Naturalmente, eso les priva de toda legitimidad. Sólo desde la complicidad en la mentira y en el sectarismo más contumaz puede mantenerse la acusación. Pues la mantienen.
La reivindicación de la república, que en efecto desembocó en una guerra civil que además perdió, muestra varias cosas, y ninguna de ellas positiva, pero sobre todas, una: que la izquierda, y aún más la española, carece de toda idea nueva desde hace más de medio siglo.
¿Qué molesta más a los amos del discurso público: Franco, que venció a sus abuelos o a sus partidos en la guerra civil, pero que lleva muerto 50 años; o la España católica, la cual, aunque no ha muerto, parece agonizante? ¡Pero si lo tienen todo: premios, subvenciones, cátedras, editoriales, tertulias, películas…!
Funcionalmente, la execración de Franco y de la propia España son una misma cosa. Los enemigos de España entienden, certeramente, la naturaleza de nuestra nación como algo tan estrechamente vinculado al catolicismo que es imposible desvincular una cosa de la otra. Su objetivo es desnaturalizar España, ‘deshispanizarla’, desnacionalizarla.
En Franco han encontrado la tecla que puede permitírselo. No es casual en modo alguno que los mismos que promueven el antifranquismo profesional sean los que hablan de descolonizar los museos. Txillardegi, el principal intelectual de la ETA fundacional, decía de la lengua española que era “el idioma de Franco”, condensando la frustración de quien tenía por nombre el algo más prosaico, desde la perspectiva euskalduna, de José Luis Álvarez. Y no olvidemos que Azaña, en un alarde de imprudencia, verbalizó aquello de que “debemos emanciparnos de la Historia de España”. Una frase que podría figurar con ventaja en el frontispicio de los propósitos progres para nuestro país.
Sabedores de que España no es cualquier comunidad política que se erija sobre el solar peninsular, sino que es una empresa histórica precisa –con sus muchos matices–, anclada en unos valores y una concepción del mundo determinada, eso es justamente lo que quieren erradicar. Descuartizamiento o perversión, el objetivo de unos y otros es el mismo: destruir España. Y erigir, en su lugar, otra cosa, que acaso conserve el nombre por cálculo o por pereza; pero que no será España.
De modo que asistimos a un proceso bastardo de ‘hitlerización’ de Franco. Recordemos la idea del Sonderweg: Alemania constituiría una anomalía monstruosa en la Historia de Europa que terminó por producir algo como Hitler; por tanto, Alemania es, en sí misma, un error. De modo que la responsabilidad por sus crímenes contra la humanidad se extiende incluso a los alemanes nacidos casi un siglo después del Tercer Reich. Mejor que nadie lo había explicitado en plena guerra mundial Ilya Ehrenburgh, el propagandista de Stalin: “No hay nada de lo que los alemanes, los nacidos y los que aún no han nacido, no sean culpables”. Se evita de este modo responsabilizar a Hitler y a los suyos, al convertirlos en una especie de autómatas inconscientes, meros ejecutores de fuerzas más poderosas que ellos.
La ‘hitlerización’ de Franco juega el mismo papel: si España ha sido capaz de generar a Franco, es que la propia España es un error histórico que debe ser erradicado. En lo que hay que insistir, pues, es en todo aquello que asemeja a Franco y a Hitler, lo que se ha llevado más allá del ridículo, al afirmar que los campos de concentración tras la guerra civil son un antecedente de Auschwitz, como afirmó Julián Casanova, o que existió un Holocausto español, como ha hecho Paul Preston. Por supuesto, tal comparación es absurda y patética, pero ¿quién ha dicho que la razón, la lógica y aún más, la verdad, jueguen aquí ningún papel?
Nuestros padres nos dijeron que la Historia no interesaba a nadie y que no daba de comer. Sin embargo, la profesión de historiador se ha convertido en una de las más lucrativas si aceptas elaborar el discurso legitimador del poder y difundirlo; pienso en los separatismos vasco y catalán y en el movimiento antirracista occidental. Aparte del franquismo como equivalente al nazismo, tenemos la campaña de los ‘historiadores de choque’ contra el concepto de Reconquista y a favor de Al-Ándalus. ¿Por qué estos intelectuales, casi todos ateos y laicistas, promueven una época religiosa y un régimen político que practicaba todo lo que le reprochan, por ejemplo, a la Monarquía de los Austrias y a Occidente: esclavitud, política confesional, patriarcado, discriminación…?
Por la razón que apuntaba anteriormente. La intelectualidad ‘progre’ –disculpen el oxímoron– acoge con entusiasmo todo aquello que facilite la destrucción de España; su fragmentación, su balcanización o la perversión de su historia. Convenientemente financiados desde los organismos oficiales, promueven este tipo de ideas, manifestando una endofobia patológica que sólo conduce al suicidio.
Desgraciadamente, hay poca resistencia a la difusión de estas tesis. Es muy fácil desmontar que España no existe más que desde el siglo XVIII o el XIX, o que la idea misma de España es una construcción contemporánea. ¡Como España no existía, bautizamos la primera isla en la que nos asentamos en el siglo XV como La Española o el principal virreinato americano como Nueva España!
Las universidades han sido, y siguen siendo, laboratorios en los que lo más enloquecido del progresismo trabaja sin descanso, y que apenas tienen respuesta gracias a su aplicación de la censura, a sus prácticas endogámicas, y a su abuso de la represión…. y al desprecio que muchos sectores sociales sienten ante las humanidades, convencidos de que lo importante son los negocios, lo que les ha llevado a renunciar a todo combate por la verdad.
Un combate que, convenientemente apoyado, tendría muchas posibilidades de imponerse. Al fin y al cabo, como escribió Konrad Heiden, “el marxismo es la historia contada por un niño”. Y estos, retoños de aquellos marxistas históricos, son aún más infantiles que sus padres.
Tus enemigos (aunque no quieras tenerlos, algunos han decidido serlo) te reprochan que no eres historiador, pese a tu título de la Complutense y tus libros, y, por tanto, eres un intruso en su ambiente y un panfletista al que no merece la pena hacer caso
Ser historiador es algo perfectamente objetivable: se es historiador cuando se obtiene un título expedido por una universidad que así lo acredita. Además, se puede ser sin tener dicho título, naturalmente, en virtud de unos conocimientos y del empleo de una cierta metodología. La historia no es una ciencia, es un saber, aunque emplee algunos instrumentos más o menos “científicos”.
Ahora proliferan, sobre todo en redes sociales, ciertos personajes que se permiten extender sus particulares certificados académicos en función de sus propias tendencias y gustos personales. Es como si alguien le negase a un médico –pongamos por caso– su condición facultativa porque no le gustase un diagnóstico o una terapia. Pues los hay.
Eres un experto en la Segunda Guerra Mundial y acabas de publicar dos libros sobre aspectos fundamentales de ella. ¿Por qué crees que interesa tanto la SGM? ¿Este interés está relacionado de alguna manera con la secularización de nuestra época y la necesidad humana, espiritual, de encontrar un demonio, un chivo expiatorio, o la fórmula para ser ‘un buen ciudadano’?
El interés por la SGM es, como bien dices, un fenómeno muy llamativo. Pasan las generaciones y no decrece. En mi opinión tienen que ver con una cierta atracción estética, por un lado; también con la claridad con la que los campos ideológicos se delinean; por supuesto, con la propia magnitud del fenómeno, pues es la única guerra que verdaderamente implicó a la humanidad en su conjunto; y con la pulsión humana hacia el heroísmo y los grandes desafíos.
Por lo demás, efectivamente, he reeditado en Luz de Trento en noviembre mi primer libro sobre los bombardeos durante la SGM, Europa bajo los escombros (que salió en 2008 en Áltera); y el año pasado publiqué dos tomos acerca de la guerra en el Este, Radiografía de Barbarroja y Ante las Cupulas del Kremlin. Y he escrito más sobre este periodo, y seguiré escribiendo, a buen seguro.
Creo que, aunque los datos esenciales de la guerra hace mucho que se conocen, su interpretación está variando significativamente en los últimos años, y estoy convencido de que, de la Segunda Guerra Mundial, quedan aspectos esenciales por desentrañar: por ejemplo, nada menos que una interpretación general de la geopolítica que condujo a la propia guerra, así como su evolución durante los años que duró, especialmente entre los años 1939 y 1941. Buena parte de la historia militar del periodo seguramente cambiará con los aportes que se produzcan en los próximos años.