Fuga mundi

Por las páginas de los «Apotegmas» circulan consejos y hasta relatos con las más variadas situaciones

Los Apotegmas de los Padres y las Madres del Desierto, organizados en diversas colecciones, ya sean sistemáticas por temas, ya sean alfabéticas por los nombres de sus protagonistas, recogen las enseñanzas de quienes habitaron entre los siglos III y IV principalmente el desierto de Scitia. De tipo oral, dispersa y diversa, organiza la cartografía de una experiencia espiritual que en su momento poseyó la frescura de una forma de vida novedosa.

La búsqueda de Dios animó la elaboración de sucesivas reglas monásticas que le diesen forma y estabilidad. La Regla por antonomasia del monaquismo occidental, la de Benito de Nursia en el siglo V, culminaría así un largo trayecto iniciado doscientos años antes en la zona de Egipto. Para algunos autores, estos hombres y mujeres a quienes se denomina abba o ama (entre otros, Antonio abad que, con el precedente de Pablo el ermitaño y el de su sucesor Macario el Egipcio, pueden considerarse los iniciadores), intentaron recuperar el ideal de la primera comunidad cristiana. Para otros, una vez terminadas las épocas de las grandes persecuciones romanas, la naciente vida monástica, con su lucha ascética, equivaldría a mantener viva la llama del martirio, es decir, el testimonio de una vida entregada con toda radicalidad.

En general, los apotegmas de los Padres son dichos breves en que un “joven” pide a su “anciano” una “palabra de salvación” en medio del desierto al que se han retirado para llevar una vida entregada, en soledad y sin dejar de trabajar, a la oración. Esta huida del mundo, asociada a menudo a su desprecio –fuga mundi y contemptus mundi son dos de sus motivos más famosos–, conformarían una de las posibilidades de escapología que recogía Antonio Pou en su reciente manual homónimo.

¿Quién sabe si por la presión de los igualmente tópicos existencialistas, teñidos de un marxismo desvaído, esta elección de vida ha sido de manera habitual recusada por descomprometida, intimista o egoísta? Tan es así que, incluso desde el reconocimiento de que, en nuestros días, el desierto se encuentra ya en el corazón mismo de nuestras ciudades, parece atenderse el magisterio de los Padres del Desierto como una oportunidad para reaprovechar un método que cumpla el mandato evangélico de la “misión”. Parecería que la contemplación siguiera siendo un instrumento auxiliar, como si entre misión y mundo existiera una continuidad semántica que la historia del cristianismo no haya convertido en algo básicamente problemático.

Los Padres y las Madres del Desierto no ofrecen unas enseñanzas para salir a evangelizar el mundo. En realidad, tampoco huyen de él. Salen de él hacia el interior de sí mismos, en busca de la paz interior (hesyquia) que no debe identificarse con indiferencia ni impavidez (ataraxia). No se refugian, sino que se ponen al descubierto. Estrictamente, se ponen en peligro. Abandonan toda comodidad y toda seguridad para acudir al lugar de la desolación –fuera de todo suelo–. Practican la máxima délfica de conocerse a sí mismos con una violencia evangélica –la que arrebata el Reino de los Cielos– que asustaría las convicciones politeicas de Sócrates: “Dijo también el abba Isaías: «El primero de todos los combates es el exilio, sobre todo en la soledad. […] Y la bondad de Dios te pone a prueba para que se manifiesten tu celo y amor a Dios»”.

No son una suerte de gurús que se disciplinen por una ascesis considerada como un castigo por sus pecados, ni se procuran fama reuniendo en torno de ellos grupos de seguidores. Hacen penitencia. Se arrepienten y se duelen para liberarse de todo lo que no es sustancial: Dios. Pueden organizarse en comunidades para celebrar la sinaxis (liturgia) o pueden conversar y reprenderse con dureza para dar pie a hacer una metanoia –que es tanto una disculpa como una anamnesis: tomar conciencia de los propios descuidos como un olvido que requiere la cura de la atención constante–. Buscan la simplicidad sin hacer distinción de personas y condición, y, sobre todo, sin idealizar ni siquiera su modo de vida.

Los Padres y las Madres del Desierto no forman un grupo coherente ni homogéneo. Son personas en salida que, como peregrinos, están atentos a recibir con hospitalidad y a despedir con paz. Entre ellos encontramos abbas procedentes de alta posición y esmerada educación, como Antonio o Arsenio el Grande, o abbas que han sufrido prejuicios dolorosos por el color de su piel, como Moisés el Etíope, o por su aspecto físico como Juan el Enano. Al lado de una mujer cultivada de la nobleza como la bienaventuradaSinclética, emerge la singularísima figura de ama María Egipciaca, una antigua mendiga ninfómana. Con sus oraciones y sus trabajos enfrentan sus miedos, sus ansiedades o sus recuerdos para poder fundirlos a los ojos de Dios.

 Por las páginas de los Apotegmas circulan consejos y hasta relatos donde observamos las más variadas situaciones. Quienes se resisten a abandonar la celda para saludar a grandes personalidades no dudar en romper su clausura para acudir al lado de jóvenes novicios desalentados. Ancianos que desprecian las luchas y las caídas de jóvenes se ven poseídos de repente por el furor de las pasiones más desatadas. Monjes bregados en las más duras austeridades tiemblan como una hoja ante la cercanía de la muerte, sin perder por ello la esperanza. Solitarios a quienes por error se considera lujuriosos o golosos practican en secreto la más delicada y rigurosa ascesis sin la más mínima queja. Monjes que tras largos años de desierto desesperan y regresan al mundo y hasta se suicidan, pero que también son capaces de regresar como el hijo pródigo. Gente del mundo entregada a sus ocupaciones súbitamente se ve arrebatada al desierto hasta el punto de que en un lapso brevísimo de tiempo logran una perfección que a otros les lleva años y que culmina en una dulce muerte. No hay recodo del alma humana que los apotegmas no revelen con una mirada llena de misericordia.

A la postre, como decíamos al comienzo, los Padres y las Madres del Desierto no son enviados afuera, sino que son llamados adentro. Se apartan de todo aquello que, al darles una aparente seguridad, los tiene aprisionados. Así se disponen a entrar a fondo en la experiencia de su corazón. Confían en que sea sanado, porque saben por ellos mismos que de él “salen pensamientos perversos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, difamaciones, blasfemias” (Mt 15,19). Anhelan una pureza que no sea sólo abstención de las malas acciones, sino una plenitud que nace de la adhesión a la verdad de Dios grabada en nuestra naturaleza. No les importa que les llamen asesinos, lujuriosos o ladrones. Sólo temen ser tenidos por “herejes”, porque sería aceptar estar separados de Dios. Como David en el Salmo no cesan de suplicar: “Lávame: quedaré más blanco que la nieve” (Sal. 51, 9).

Este modo de vida genera una evidente incomodidad. Entendido en su sentido literal, es fácil dar por descontada su exigencia. ¿Qué necesidad hay de “irse” a un desierto cuando nuestra civilización misma se ha ido convirtiendo en un páramo? ¿Qué pueden aportar unas personas que se han “retirado” o que han “huido” a quienes siguen luchando día a día por renovar una cultura dominada por una muerte a la vez apartada? Pero si avanzamos hacia su sentido moral y hasta espiritual tal vez podamos perfilar las raíces de ese malestar, sin confundirlos con una gnosis de apariencia mística.

Con su comportamiento los Padres del Desierto no cuestionan tanto nuestra vida externa cuanto ponen en jaque nuestras seguridades y nuestras certezas internas bajo el aparato conceptual e institucional que nos suele dar cobijo. Su paz interior no consiste en irradiar bienestar ni tranquilidad. No apaga sin más los deseos, ni nos vacía sólo de apegos. No los deja atrás. Los transciende. Los purifica. Los deja desprenderse. Duele tanto que alivia. Alivia tanto que asusta. La huida del mundo nos libra entonces de una gran tentación de nuestra época: huir al mundo.

(Ilustración: detalle de San Antonio Abad y San Pablo, primer ermitaño. Velázquez)

Armando Pego Puigbó (Madrid, 1970), es catedrático de Humanidades de la Facultad de Filosofía de Cataluña (URL). Autor, entre otros, de Poética del monasterio (Encuentro, 2022), Teología güelfa (Vitela, 2015) y Anti(pos)modernos españoles (Sindéresis, 2023).

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