Guerra de tribus generacionales

Los cuellos de botella socioeconómicos están agravándose sobre el sector más joven de la sociedad

«Ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en este mundo» proclamó un sabio tiempo atrás y dentro de tal condición las variantes regionales, si no serías, al menos suelen resultar simpáticas: a unos no les quedará más remedio que hablar de las paellas como el padre de Conan del secreto del acero, otros escanciarán la sidra como si fuera el rito de apareamiento de su tribu y el de más allá deberá aguantar estoicamente comentarios sobre su acento y sospechas de que está inventándose palabras sobre la marcha. Bien está, el gentilicio nos vincula a un territorio, a una tradición, lo cual satisface anhelos profundos, dotándonos de raíces, pertenencia y continuidad.

Más incómodo, sin embargo, resulta ser adscrito a una generación, trátese de la boomer (búmer a partir de ahora), X, millenial o Z. La distribución ya no es espacial, sino temporal; el corte no es vertical sobre un mapa, sino horizontal sobre una pirámide demográfica, o como se llame el deforme polígono de población que tenemos. De esa forma, uno se siente arrojado inmisericordemente a una casilla que le recuerda lo viejo que es, acompañado de gente con la que no cree compartir tanto —la cultura pop de moda en sus años mozos— y alejado e incluso enfrentado a sus seres queridos, ya sea padres o hijos, a los que debe mirar a través del cristal sin posibilidad de comunicación. Por lo visto el rancho que a uno le sirven se lo estarían quitando del plato a ellos, o a la inversa, en un juego de suma cero, y eso da lugar a una escalada de reproches y motes (langostos, charos, pollaviejas, generación de cristal, etc).

Sin embargo… algo hay. Pese a que a menudo uno se encuentre búmers de espíritu, aunque lampiños, y aquellos que mejor comprendan nuestra época y puedan aportar innovaciones fijen la vista en el móvil con creciente dificultad. Tal vez, juntos en diálogo intergeneracional, podamos superar esa fea tentación moderna de menospreciar a los viejos, a nuestros ancestros, a lo que seremos, al tiempo que tomamos conciencia de los paradigmas culturales/ideológicos que conviene ir superando y de los cuellos de botella socioeconómicos que están agravándose, a veces casi en exclusiva, sobre el sector más joven de la sociedad, condenado a una asfixiante precariedad sin expectativas de mejora. 

Si entendemos que los búmers son los nacidos entre 1946 y 1964 aunque la ola de natalidad en España fuera algo posterior a la de EE.UU., que es de donde proviene el término, entonces nos encontramos que ese sector acapara alrededor del 45% del patrimonio neto de los hogares españoles en 2022, leemos aquí. Curiosamente una cifra bastante próxima a la de aquel país, que es del 51% (los paralelismos veremos que no acaban ahí), mientras que en los hogares donde el cabeza de familia tiene entre 55 y 65 años la riqueza es más del doble que el promedio español. En el extremo contrario encontramos a la generación Z o zúmers, es decir, los nacidos a partir de 1997, que según nos cuentan aquí «deben destinar el 92% de su salario para pagar el alquiler. Y si quisiera comprar una vivienda, sólo pagar la entrada le costaría 4 años de salarios íntegros». Lo que los aboca a seguir viviendo con sus padres o a compartir piso (alquilado a un casero búmer), abandonando en cualquier caso toda esperanza de llegar a formar una familia y sintiéndose presos de una generación de ancianos que —con su exigencia añadida del sostenimiento a toda costa del sistema de pensiones— se alimenta de sangre virgen para prolongar su decrépita existencia como en tantas historias de vampiros.

Por su parte, la generación millenial, nacida entre 1981 y 1996, también tendría agravios contra los búmers, dado que por ejemplo en EE.UU. ganan un 20% menos que ellos a su misma edad y ajustando inflación, pese a contar con un superior nivel educativo. En España la diferencia asciende al 45,7%. Esto puede explicarse por el cambio del sistema productivo hacia el sector servicios —con empleos más precarios— y la apertura a una inmigración que compite por puestos de trabajo con el sector más joven de la población. Por ejemplo, en Madrid el 38,1% de la población entre 30 y 44 años es extranjera,dato que hace sentirse «orgulloso» al secretario general del PP de Madrid, por cierto.

Pues bien, si estos datos esbozados permiten intuir ciertos desequilibrios, cabe apuntar ahora al andamiaje político-cultural que racionaliza esta estructura económica, definido por Adriano Erriguel como Régimen de la Verdad Búmer, el consenso que empezó a tomar forma en 1945, cristalizó en los años 60, y que ha durado hasta nuestros días…  aunque ahora se le empiecen a ver las costuras por todas partes. Escarmentado por la violencia de la primera mitad del siglo, rindió culto a la alternancia en un sistema bipartidista formalmente plural donde todo cambio estructural, radical, cualquier alternativa significativa, quedaba en la práctica sofocada por un sistema educativo y mediático que ejercía celosamente su papel de guardián de los límites de lo que podía decirse y pensarse.

Por eso, pocas cosas suelen resultar más tediosas que las biografías políticas búmer, invariablemente de izquierdas en su juventud y conservadores en su vejez, pero ambas opciones fundamentalmente estéticas, hedonistas, transgresoras solo dentro de estrictos límites, dos expresiones de un mismo arco liberal-individualista donde las utopías inanes de nulo impacto real van dando paso a la aceptación de un orden donde «conservadurismo» no es otra cosa que mansedumbre y complicidad con la corrupción del sistema. Pablo Iglesias sería la más reciente y grotesca permutación. La prosperidad generalizada hacía de este sistema una jaula de oro donde el ciudadano promedio comulgaba con alguna que otra rueda de molino a cambio de participar en parte del botín. Pero ese pacto tácito se ha roto para la mayoría de las nuevas generaciones, lo expresaba aquí hace unos días con gran elocuencia Tim Dillon, comediante y presentador de un popular podcast, transcribiremos un fragmento para concluir:    

«Los jóvenes se están dando cuenta de que están recibiendo una propaganda muy fuerte que los mayores la aceptaban con gusto. Era normal, no había problema: a los mayores les parecía bien que les suministraran propaganda siempre y cuando obtuvieran algo a cambio, mientras que los jóvenes no obtenían nada. ‘Espera, nos mientes, y yo no puedo tener casa, apenas puedo conseguir un trabajo, me obligan a trabajar por encargo, puedo repartir burritos y… tengo que escuchar estas tonterías y fingir que todo esto es real, y no puedo permitirme un yogur helado con mi novia, y tengo que seguir con esta mierda, y no tengo dinero para ello’. Si haces algo, quieres obtener algo a cambio; si te vas a engañar y creer las tonterías de las noticias, tienes que sacarle provecho. Y lo que los estadounidenses consiguieron durante muchos años fue un pedazo de tierra, un pequeño camino de entrada y una oportunidad. Ya no tienen nada de eso. Se los hemos quitado, los hemos empujado a una economía de trabajos esporádicos, al infierno de los alquileres que suben cada año. Y la propaganda está empeorando, está cada vez más desconectada de la realidad, más orwelliana. Les pedimos que crean en cosas cada vez más locas y les quitamos lo poco que la mayoría de la gente tenía. La gente no quiere ser multimillonaria: la gente quiere casa, familia, un pequeño plan de jubilación, algo de dinero en el banco. Si hay una emergencia, quieren atención médica, quieren algún tipo de trabajo estable, quieren una comunidad con gente que comparta sus valores. No están consiguiendo nada de eso ahora mismo».  

Nacido en Baracaldo como buen bilbaíno, estudió en San Sebastián y encontró su sitio en internet y en Madrid. Ha trabajado en varias agencias de comunicación y escribió en Jot Down durante una década, donde adquirió el vicio de divagar sobre cultura/historia/política. Se ve que lo suyo ya no tiene arreglo.

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