Hispanchidad vs. Hispanidad

El hispanismo se dice de muchas formas

Un par de neologismos se han abierto paso recientemente en las redes y medios de comunicación: «hispanchismo» e «hispanchidad». Los nuevos vocablos vienen a corregir, a enmendar, incluso a anular otros de gran arraigo histórico: «hispanismo» e «hispanidad». Si un vistazo a Google Trends nos indica que los primeros aparecen a finales del pasado mes de agosto, los últimos hunden sus raíces en textos muy antiguos. En documentos –el rótulo «Hispanidad», elaborado por Gustavo Bueno Sánchez sale en nuestro auxilio– del siglo XVI, en los cuales lo hispano es una persistencia prerromana, ibérica, casi telúrica.

Como es sabido, el término «hispanidad» reapareció con fuerza de la mano de Unamuno en 1910, como respuesta a la «argentinidad» del momento. La hispanidad contó, incluso, con una  bandera que ha regresado tímidamente en ambientes católicos afectos a una cruz de Borgoña interpretada como «Por el imperio hacia Dios». La enseña, que nació en 1932 en la República Oriental del Uruguay, durante la VII Conferencia Panamericana, tiene un fondo blanco sobre el que flotan tres cruces moradas que evocan las tres carabelas y, por supuesto, el catolicismo. A su espalda, un sol de poniente evoca al dios de los incas. La bandera fue apellidada «de la Raza», entendiendo esta, en palabras de su diseñador, Ángel Camblor, como una realidad «compuesta por la levadura de indios y españoles; hombres y mujeres venidos más tarde de todas las regiones de la tierra. Es la raza sociológica, más del alma que de los huesos…». En definitiva, con «raza» se quería decir cultura, carácter. Nada que ver con cromatismos epiteliales ni con facciones concretas. Las espiritualistas cruces anulaban cualquier veleidad frenológica, cualquier coqueteo con las eugenesias que ya comenzaban a rodar en refinados salones protestantes.

Con una visibilidad muy superior, la cruz de Borgoña es el símbolo utilizado por muchos de los actuales hispanismos, pues hispanismo se dice de muchas formas. Uno de los más militantes es el que considera que lo inaugurado en 1492 es una obra netamente religiosa, católica, para más señas, aunque, en etimológico rigor, no llegó a serlo, pues no alcanzó a la tierra toda. Como contrapartida a esa limitación, tan propia de todo imperio, el catolicismo encontró su ámbito de expansión en el Nuevo Mundo, descubierto y evangelizado por los españoles.

El término «hispanidad» es problemático, máxime si se tiene en cuenta que las cruces castellanas empleadas por Camblor están retrocediendo ante la pujanza de las evangélicas. Un reemplazo inducido, que tiene profundas consecuencias. Por otro lado, la pretendida unidad política que algunos visionarios, pero también ciertos charlatanes, predican, dista mucho de ser una realidad. La pugna entre el Socialismo del siglo XXI y el nuevo liberalismo enfrentan, al igual que a esas España heladoras de corazones, a dos Hispanoaméricas. En cuanto a Estados Unidos, el tiempo dirá se hispaniza o se aferra a las esencias WASP. Pese a estos problemas, negar la existencia de la Hispanidad es un exceso, pues un atributo une a esa veintena de naciones política soberanas que la componen: la lengua española, verdadero elemento cohesionador de sociedades muy complejas, precisamente porque el Imperio español no fue un rodillo exterminador. Hasta tal punto el español es el auténtico nexo hispano, que el imperio norteamericano, sujeto al tradicional «divide y vencerás», puso en marcha, hace más de medio siglo, el Instituto Lingüístico de Verano, dedicado al cultivo, cuando no a la creación, de lenguas alternativas que permiten una babelización de inequívocos sesgos políticos. Frente a la unidad otorgada por el español y al legado de las instituciones imperiales virreinales, sobre las que se construyeron las actuales naciones políticas, se alza un indigenismo también afectado por la polisemia. De hecho, el primer indigenismo fue el desplegado por los clérigos españoles, esos que elaboraron diccionarios y gramáticas sobre la falsilla confeccionada por Nebrija.

Secularizado y tutelado por otros pastores, muchos de ellos ahítos de Etnología, aquel indigenismo primigenio dio un giro al calor del diálogo cristiano-marxista. Figuras como Rigoberta Menchú, cuidadosamente construida –así lo demostró David Stoll— para emerger durante los fastos del V Centenario, son fruto de unas maniobras que trataban, como ya lo había hecho en su día la puesta en circulación del vocablo «Latinoamérica», de minimizar la huella española que, al parecer, no había profundizado bastante en el continente, a pesar de la divisa —Non sufficit orbis— de Felipe II. Agotado el primer cuarto del siglo XXI, la exacerbación de lo indígena prosigue y se agudiza, incluso, en la tierra guadalupana, cuyos mandatarios se prestan a participar en ceremonias consagradas al dios Quetzalcoátl, tan ajeno al mundo hispano, pues este, más allá de oportunos sincretismos, se hizo contra el panteón zoomorfo.

Ante la pujanza de estos movimientos disolventes, España apenas fue capaz de articular unas Cumbres Iberoamericanas que muy pronto acusaron el entrismo de potencias ajenas a esa realidad y los efectos de las luchas entre países hispanos. El proyecto, que sirvió como escenario para el célebre «¿Por qué no te callas?» juancarlista, no ha sido capaz de cohesionar a un bloque que, de actuar coordinadamente, adquiriría una enorme potencia debida, en gran parte, disculpe el lector nuestra insistencia, en la fuerza del español.

En este contexto, en determinados ambientes españoles ha surgido una reacción contraria a los que llaman «panchitos», a los que se acusa de desvirtuar racialmente al español promedio, ignoramos si braquicéfalo o dolicocéfalo. Las razones del rechazo son, en algunos casos, la violencia de las bandas latinas, a las que no se llama hispanas, que han traído a España, nación que cuenta con un amplio catálogo de bandas terroristas, una violencia que es estructural en algunos lugares de América. Sin embargo, siendo grave este fenómeno, lo cierto es que la sintonía entre españoles e hispanoamericanos es un hecho, más allá de ciertas peculiaridades. Huelga decir que la alternativa a esta inmigración, la de los hombres coranizados, ofrece numerosas incompatibilidades que da pereza repetir.

La panchitofobia, secreción racista y clasista, se mantendrá en algunos entornos. Al cabo, aunque la obra española tiene en el mestizaje a uno de sus mayores logros, siempre hay gentes que, por decirlo en palabras de Nietzsche, respiran aire viciado. Sin embargo, la realidad y la necesidad, son tozudas. Expuesta a los rigores del invierno demográfico que ha traído el Estado del bienestar y el individualismo más hedonista y cortoplacista, la nación biológica española no alcanza las tasas de reposición de individuos ajustados a los cánones de los panchitófobos. Ante esta tesitura, el mantenimiento de nuestra sociedad pasa por el aporte, ordenado, regulado, de personas educadas en un sistema de valores similar el nuestro. Y ese lugar no es otro que el que los españoles, descubridores y civilizadores, llamaron Nuevo Mundo.

Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

Más ideas