Es enredarnos en cualquier debate político para que más pronto que tarde el énfasis nos pierda y a base de sinécdoques, generalizaciones y condenas airadas acabemos tirando al niño junto con el agua sucia. Lo cual en temas tan candentes e interrelacionados como la precariedad laboral, el acceso a la vivienda, la sostenibilidad de las pensiones y la inmigración masiva significa de un tiempo a esta parte que el niño en cuestión termina inevitablemente siendo el boomer/búmer. Convertirlo en el villano de la película que excite el agravio generacional supone arrojar a las tinieblas a nuestros ascendientes y con ellos parte de la historia del siglo XX de España, que bastante esquilmada y tergiversada está ya. No queremos eso. Pero de la misma manera que, pongamos por ejemplo, criticar tal o cual privilegio que se conceda a Cataluña en las negociaciones de los presupuestos no significa odiar a los catalanes (aunque inevitablemente algunos querrán venderlo así), saber señalar los desequilibrios y circunstancias que afligen a cada generación cabe esperar que termine redundando en el bien común, dado que todos somos eslabones de una misma cadena y no nos conviene que ninguno se debilite.
Sine ira et studio, pues, y en esa tarea de arrojar luz sin rencor nos encontramos ahora el libro La vida cañón: la historia de España a través de los boomers, recientemente publicado por la periodista Analia Plaza, y que ya de entrada dedica a sus padres, «los más boomers». Pueden —¡y deben!— leerlo entonces los mayores de 55 años, que es la edad en la que, estima la autora, comenzaría en España tal generación. Lejos de sentirse repudiados podrán encontrar experiencias compartidas y percibir que su particular biografía personal, al modo de la intrahistoria unamuniana, forma parte de la historia de España. Tengamos en cuenta que dado su peso electoral —el 54% de los votantes tiene más de 50 años— cualquier cambio significativo tendrá que hacerse con su aquiescencia mejor que recurriendo a la eutanasia en masa, que no serían maneras.
Dice Analía: «para escribir este libro entrevisté a una cincuentena de boomers de muy distinto perfil: de izquierdas, de derechas, de centro y pasotas de la política; los disfrutones y los austeros, los emparejados, los solteros y los divorciados; gente que tuvo hijos y gente que no, quienes fueron a la universidad y quienes no la pisaron; funcionarios, curritos, curritos que fueron despedidos, curritos a los que les ha quedado una pensión de narices y curritos que, cuando se jubilen, tendrán que tirar con menos de mil euros al mes. Cada uno con su historia y sus características, pero todos con algo en común: al menos una vivienda en propiedad». Son además de diferentes partes de España, desde mineros prejubilados asturianos a señoras divorciadas de Benidorm, de manera que con sus vivencias puestas en conjunto se van perfilando los avatares de nuestra historia común, como la emigración campo/ciudad que se concentró principalmente en Madrid, Barcelona y Vizcaya; el desarrollismo, el boom turístico y la reconversión industrial; la política de vivienda del franquismo con sus más de 6 millones de viviendas de protección oficial, el desarrollo posterior del Estado autonómico con la multiplicación de funcionarios y la privatización de enormes compañías como Telefónica. Para hilar todo ello la autora ha consultado además a historiadores, sociólogos o economistas de manera que la anécdota sirva para ejemplificar algo de mayor alcance.
Lo que nos encontramos entonces es un cambio considerable en muy pocas décadas del sistema productivo que sustituye la estabilidad del empleo fijo y para toda la vida por una creciente precariedad y sobretitulación. También el debilitamiento de las relaciones familiares, algo que la autora celebra como un logro emancipador feminista, aunque ahí se echa en falta mostrar la otra cara de la moneda: alienación, soledad y desmoronamiento de la natalidad. Al liberalismo económico le encuentra pegas, pero el liberalismo social/cultural parece que le resulta más digerible, aunque ambos confluyan en atomizar al individuo, convertido en planta hidropónica de efímera e inestable existencia en la que cada poco tiempo cambia de empleo, pareja y vivienda de alquiler… hasta el desahucio final en todos los órdenes.
Pero volviendo a nuestros protagonistas, Búmer Búmerez y su señora Charo Chárez, si algo los caracteriza es, decíamos, tener al menos una vivienda en propiedad. He ahí el gran tesoro que unos abrazan codiciosamente y otros envidian sin disimulo. El 79% de los mayores de 55 años es propietario frente a apenas un 32% de los menores de 35 años, que afrontan unas condiciones crediticias, laborales y un alza imparable de precios que terminan convirtiéndose en una muralla infranqueable entre los que están dentro y los que se quedan fuera. La única esperanza entonces es la herencia y, ahí, apunta Analía Plaza, los milenialspueden tenersu oportunidad, dado que al ser una generación más reducida tendrán más a repartir.
Mientras tanto, queda la cuestión de cómo sostener la creciente población de jubilados, asunto también estrechamente relacionado con los anteriores que vemos desarrollado en el libro con apreciable detalle y sin ápice de demagogia, aunque el tema tantas veces se preste a ello. Al margen del enfoque sobre cotizaciones y pensiones máximas planteado en la obra, cabe añadir otra pregunta: ¿compensa cambiar drásticamente la demografía de España para pagar las pensiones? Algo dudoso por principio dada la clase de empleos de bajo valor añadido que suele cubrir la inmigración, que añade nuevos conflictos sociales y agrava a su vez problemas como el de la vivienda.
En definitiva, cabe concluir que La vida cañón es un libro empático, honesto, con pinceladas de humor e intelectualmente solvente sobre problemas estructurales que están dando muchísimo que hablar en nuestros días. Comprensivo con el arquetipo generacional que analiza, aunque también crítico con él: «es muy complicado encontrar a un boomer que reconozca que sus facilidades sí se las dio un poco el Espíritu Santo en forma de crecimiento económico y pisos baratos. A ellos les gusta más mencionar los sacrificios que hicieron durante su juventud y su mediana edad». Queda abierta la tarea de analizar qué otras características, hábitos, valores, cultura e instituciones trae consigo el sujeto búmer y desaparezcan con él: ¿El consumo de televisión, convertida ya en búmervisión? ¿La admiración por intelectuales como Reverte o Savater? ¿El sistema bipartidista? ¿El Régimen del 78? ¿Tener una enciclopedia en un aparatoso mueble de salón? ¿El orden mundial anglo-liberal posterior a la 2ª Guerra Mundial? ¿Pedir la «dolorosa» en el bar al «jefe»? Muchas preguntas…