Inmigración y separatismo, ayer y hoy (I)

Los movimientos separatistas debieron pulir algunas aristas para ser aceptables en el zeitgeist globalizador

Rememoraba Julio Caro Baroja un episodio de su infancia en Vera de Bidasoa, un pueblo navarro colindante con Guipúzcoa, donde «vino a casa una amiga de mi madre que era vizcaína. Un día fueron ella y mi madre a dar un paseo. Se acercaron a un caserío cercano, llamado ‘Itzekoborda’; mi madre entabló conversación con la rentera de él, que estuvo cordial hasta que intervino la amiga de mi madre, que hablaba vascuence de Vizcaya, se demudó, montó en cólera y cortó luego bruscamente la conversación. Después, para justificarse con mi familia, dijo que había oído que las personas que hablan vasco de modo extraño son brujas».

Una anécdota no muy diferente a otras que reunió Eugen Weber sobre el mundo rural al norte de los Pirineos, puesto que «cualquiera que procediera de más allá del radio familiar de quince o veinte kilómetros, todavía en los años treinta del siglo XX, era un extranjero». Al fin y al cabo, antes de la aparición de los nuevos medios de comunicación y transporte, así como de la universalización de la educación y del servicio militar, aquí y allá cada aldea era un país, cada valle un continente, lo que se reflejaba en sus prejuicios, sus costumbres, su dialecto propio, su sabiduría popular… de ahí que, relataba Weber, cuando un joven del Franco Condado (limítrofe con Suiza) pidiera al cura de su pueblo que le ayudara a decidirse entre dos chicas, una local y otra del pueblo vecino, este le dijera «estiércol de aquí o estiércol de allá, quédate con la de tu pays, que te ahorrarás el transporte».

No hay, por tanto, distancia lo suficientemente corta como para no considerar a alguien invasor de costumbres extrañas, así que tampoco debería sorprendernos entonces que la migración del campo a la ciudad que trajo consigo la industrialización de ciudades como Bilbao y Barcelona espoleara sus respectivos nacionalismos periféricos, tal como ya supo ver Unamuno en un artículo publicado en 1899 titulado precisamente El antimaquetismo: «el nombre maqueto, de origen castellano, procede de la región minera, donde se le aplicaban en un principio, en sentido de advenedizos o intrusos, los naturales de la comarca aquella, y con ellos los obreros del país, a los pobres braceros que acudían de toda España a ganarse un jornal con su trabajo, enriqueciendo a los dueños de minas, vizcaínos en su mayoría. De allí se ha extendido a toda Vizcaya. (…) Mientras se encontraba fácil empleo productivo para los ahorros del pasado trabajo, y con la extensión de éste crecían el interés del capital, el beneficio del empresario y la renta del propietario, era bien recibido todo el que acudiese a hacer producir a los capitales y se miraba con buenos ojos la inmigración». Bueno, no por todos, claro, por entonces Sabino Arana ya había dejado por escrito que «si un maqueto, estando ahogándose, pidiera socorro a un vizcaíno neto, debía éste contestarle: nik eztakit erdaraz (no sé castellano)».

Algo similar ocurría paralelamente en Cataluña, donde la llegada de inmigrantes del resto de España en tiempos de la Segunda República excitaba proclamas nacionalistas como el manifiesto Para la preservación de la raza catalana firmado por Prat de la Riba e impulsaba a ERC a promover medidas como la deportación en trenes de inmigrantes andaluces, mientras que los anarquistas barceloneses se hacían llamar «murcianos» como forma de reapropiarse de un término cargado de connotaciones negativas por entonces. Ya en la siguiente oleada migratoria, leemos en Catalanes, inmigrantes y charnegos, durante«los años 60 y 70 del siglo XX, cuando en la sociedad catalana apareció un término descriptivo, la palabra xarnego —charnego— aplicada a los matrimonios mixtos entre padre o madre inmigrante español con catalanes/as, y a sus descendientes».

Ahora bien, en el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial los discursos raciales quedaron proscritos de la esfera pública y «xenofobia» fue convirtiéndose gradualmente en una palabra-policía, paradigma de la corrección política liberal-progresista hegemónica que mira las fronteras con recelo y pretende emancipar al individuo de todo grupo de pertenencia, al tiempo que la emigración hacia País Vasco y Cataluña desde el resto de España fue disminuyendo drásticamente en las dos últimas décadas del siglo XX, aminorando entonces los puntos de tensión. Los términos charnego y maketo cayeron en desuso y los nacionalismos vasco y catalán buscaron adaptarse a los nuevos tiempos con discursos integradores donde los apellidos importaban cada vez menos, enfatizando hablar la lengua local o el mero hecho de adoptar el ideario nacionalista como forma de asimilación.

Así que en un mundo como el de finales del siglo XX y comienzos del XXI los movimientos separatistas debieron pulir algunas aristas para ser aceptables en el zeitgeist globalizador… pero la oposición a los mismos también estaba presa de esas mismas limitaciones. Recordemos que una de las mayores polémicas en las que se vio envuelto Arzalluz en los años 90 fue por decir aquello de «prefiero a un negro que hable euskera que a un blanco que no lo hable». Sus ambigüedades con ETA y su desprecio a lo español pasaron a menudo bajo el radar, pero a aquello se le sacó punta para mostrarlo como poco menos que del Ku Klux Klan, pues al fin y al cabo las producciones de Hollywood marcaban los límites morales de lo aceptable.

Mientras tanto, reivindicar algo tan elemental como la unidad de España y sus símbolos nacionales era visto fuera del entorno castrense como algo un tanto excéntrico, anticuado. Pero… ¿cómo sería posible entonces oponerse al separatismo si no se consideraba aceptable ensalzar la unidad nacional? ¿Cómo contrarrestar los discursos antiespañoles si lo español tampoco era digno de exaltación por hortera y trasnochado? Si la descentralización era la solución a los problemas y un camino de dirección única… ¿cómo reprochar nada entonces a quien quisiera apretar el paso y llegar a la meta?

De mala manera podía responderse a todas esas preguntas, así que los nacionalismos periféricos adquirieron cada vez mayor presencia pública aprovechando ese vacío. Prácticamente todos los intelectuales que comenzaron a criticar las bases teóricas del nacionalismo vasco y catalán se apresuraban a aclarar que NO eran nacionalistas españoles, y por tanto lo que les quedaba por ofrecer era cierta utopía de sociedad post-nacional, multicultural, donde la adhesión a España se sustentaba en meras abstracciones legales-administrativas carentes de carga mítica y sentimental («somos constitucionalistas»). La aparición de UPyD en el País Vasco y de Ciudadanos en Cataluña en la primera década de los 2000 encarnaron cómo debía ser la forma políticamente aceptable de oponerse a esos respectivos tumores regionales: sin banderas españolas, sin apelaciones a la tradición, la soberanía o la historia de España, hablando en su lugar asépticamente de «personas», de laicismo, ciudadanía, europeísmo, pluralismo y modernidad. Ser una open society, vaya.  

En 2017 llegó la culminación de todo aquello. El choque entre un separatismo hipertrofiado al que las críticas «ilustradas» apenas habían podido hacerle mella y un ideario post-nacionalista que reaccionó apelando a que aquella breve proclamación de una república catalana era mala porque no era democrática, ni se ajustaba a los procedimientos legales, ni tenía encaje en la Unión Europea. También pasó a promoverse el cochambroso artefacto llamado «Tabarnia», pues ante el apuro que daba defender España de la ruptura quedaba la broma sin gracia de pretender que entonces lo que se haría es romper Cataluña si esta se separaba. No faltaron tampoco alusiones al Brexit, paralelismo que erraba el tiro por completo en su comprensión, o falta de ella, sobre qué es la soberanía de una nación. En conclusión, teníamos de un lado a Oriol Junqueras, del otro a Cayetana Álvarez de Toledo, disyuntiva ante la que solo quedaba inyectarse fentanilo en los ojos.

Ese mismo año, no obstante, tuvo lugar otro fenómeno de gran trascendencia como fue el atentado de Las Ramblas, atroz manifestación de una realidad que estaba fraguándose tras el escenario. La inmigración volverá en los años siguientes a formar parte de la ecuación del nacionalismo catalán, pero el paradigma ha cambiado. A la manera de aquel hombre invisible que solo lograba ejecutar su superpoder cuando nadie miraba, llamar xenófobo al separatismo le pudo causar un daño (limitado) solo cuando no lo era, acusarle ahora de tal cosa es obtener la respuesta de «sí, claro» y «por eso les voto». Hace falta, por lo tanto, un nuevo enfoque, otra forma de encararlo. Sobre eso continuaremos la próxima semana.

Nacido en Baracaldo como buen bilbaíno, estudió en San Sebastián y encontró su sitio en internet y en Madrid. Ha trabajado en varias agencias de comunicación y escribió en Jot Down durante una década, donde adquirió el vicio de divagar sobre cultura/historia/política. Se ve que lo suyo ya no tiene arreglo.

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