«Soy Toro Sentado», dijo Jean-Marie Le Pen en un rapto de indigenismo a la europea. Identificándose con el mítico líder sioux, el político francés pretendía reflejar la situación actual de los nativos europeos, una especie amenazada por la inmigración masiva que infesta el Viejo Continente.
Pero, desde el salvaje Oeste, los tiempos han cambiado una barbaridad. Salvo en casos de legítima defensa, ya no procede liarse a tiros. Muchos inmigrantes no son más que tontos útiles en manos de las élites, cuyo objeto es mezclarnos, enfrentarnos, disolvernos, sustituirnos. Aquí no hay balas que valgan: por desgracia, necesitamos papeles para combatir la invasión.
Uno de los primeros intelectuales orgánicos que ideó armas burocráticas contra los bárbaros fue Jean-Yves Le Gallou, que en el pasado trabajó a las órdenes del gran jefe Le Pen y hoy se concentra en la batalla cultural. Este año, Le Gallou estrenó en Francia un libro titulado Remigración. Por la Europa de nuestros hijos, recién publicado en España por la editorial Fides.
Es, pues, buen momento para acercarse a este moderno profeta, que sin duda merecería más prestigio del que tiene. Porque el tiempo ha demostrado que no exageraba ni un pelo cuando vaticinó que «de seguir así, muy pronto los europeos seremos minorías étnicas en nuestros propios países».
Un hombre blanco europeo
Como reacción a la revuelta de Mayo del 68, un grupo de jóvenes franceses emprendió una contrarrevolución que tuvo como epicentro al GRECE (Grupo de Investigación y Estudios para la Civilización Europea) fundado por Alain de Benoist, Dominique Venner y Pierre Vial. La idea era practicar una especie de gramscianismo reaccionario, y no limitarse a la actividad parlamentaria y económica. Así nació la Nueva Derecha.
Jean-Yves Le Gallou (París, 1948) militó en el GRECE, pero en 1974 lo abandonó para cofundar el Club de l’Horloge, un laboratorio de ideas presidido por el aristócrata Henry de Lesquen, a quien Le Gallou había conocido cuando estudiaba Economía en la Escuela Nacional de Administración creada por Charles de Gaulle. Tanto Lesquen como Le Gallou se escindieron del GRECE porque veían su metapolítica poco operativa; emulando al entrismo de Trotsky, los miembros de l’Horgole pretendían infiltrarse en grandes partidos de derechas cual caballos de Troya, para defender un «neodarwinismo integral» que mezclaba ideas de la Escuela Austríaca con el etnonacionalismo de toda la vida.
Fiel a su entrismo, en 1975 Le Gallou entró como inspector general de la administración en el Ministerio del Interior, donde redactó una serie de informes en los que ya advertía que «la inmigración trae más problemas de los que resuelve». Poco después formó parte de la UDF (Unión para la Democracia Francesa), coalición de partidos de centroderecha coordinados por el expresidente Valéry Giscard d’Estaing. Fue entonces cuando Le Gallou engendró la «prioridad nacional», un concepto tan simple como sensato: dentro de su propio país, los franceses deben tener preferencia sobre los inmigrantes en acceso a vivienda, empleo, prestaciones sociales y demás servicios públicos. Cabe señalar que Le Gallou consideraba «extranjeros» incluso a los nacidos en Francia de padres llegados al país después de 1974, fecha de inicio de las grandes migraciones.
Le Gallou encontró en el Frente Nacional el marco ideal para poner en práctica un concepto que perfiló en el libro Prioridad nacional: una respuesta a la inmigración (1985). Encantado con la idea, Jean-Marie Le Pen la incorporó a su programa político, donde, por ejemplo, sugería «aumentar las ayudas destinadas a las mujeres francesas, que sólo tienen dos hijos, en lugar de animar a las mujeres extranjeras a tener, en nuestro territorio, tres, cuatro, cinco o seis hijos».
Le Gallou subió peldaños en el Frente Nacional hasta que, en 1994, llegó al Parlamento Europeo, donde fue diputado durante un lustro. En Bruselas siguió denunciando los estragos de la invasión, que en Francia ya llevaba tres oleadas: «Los magrebís y otros inmigrantes provocan choques culturales, desestabilizan nuestro sistema de protección social, agravan la crisis en las escuelas y amenazan la paz civil».
A principios de 1997, Le Gallou abandonó el Frente Nacional; él buscaba seguir una vía política más posibilista, abierta a pactos con la derecha tradicional, mientras Le Pen prefería el populismo y la provocación. Junto a Bruno Mégret e Yvan Blot, Le Gallou creó el Movimiento Nacional Republicano y acuñó slogans como «no a la islamización». Pero el nuevo partido no cosechó ni 5 000 afiliados, y se dio tal batacazo en las urnas que Le Gallou tiró la toalla.
Se centró entonces en la batalla cultural, o sea, en escribir y montar think tanks, pero también en practicar el alpinismo ascético y participar en ritos paganos. En su día, estuvo presente en una gran ceremonia organizada en Delfos a la que asistieron europeos de todos los países. Allí, los presentes juraron acometer acciones políticas concretas en nombre de los valores paganos.

Tras el suicidio ritual de Dominique Venner, Le Gallou formó junto a Philippe Conrad el Instituto Ilíada para la Memoria Europea, con objeto de continuar la labor del samurái de Occidente. Y, en los últimos tiempos, ha manifestado su apoyo a Reconquête, un partido nacionalconservador, proteccionista y euroescéptico.
A sus 77 años, Le Gallou sigue siendo un enfant terrible. Aunque en su tierra tiene cierto renombre, los medios españoles lo vilipendian por haber acuñado ciertos conceptos que hoy son defendidos por Vox. De su veintena de libros, sólo tres han sido publicados en nuestro país: Manual de lucha contra la demonización (2020), que ofrece pistas para sobrevivir al limbo de los cancelados; La sociedad de propaganda (2023), un debordiano antídoto contra la mentira, y Remigración. Por la Europa de nuestros hijos (2026), que merece punto y aparte.
Instrucciones para revertir una invasión
La palabra «remigración» aparece por primera vez a principios del siglo XVII, en textos del teólogo anglicano Andrew Willet. Posteriormente ha sido utilizada en muy distintos contextos, pero fue el escritor francés Renaud Camus, autor de la profética obra El gran reemplazo, quien rescató el término en 2012. Desde entonces, viene siendo utilizado por la derecha identitaria como posible respuesta a la invasión: deportar escalonadamente a los inmigrantes ilegales y parte de los legales.
Dijo Dalmacio Negro que «la historia es en cierto modo una lucha contra la decadencia». Y Le Gallou dedica la primera parte de Remigración. Por la Europa de nuestros hijos a recordarnos la proverbial resistencia europea contra las invasiones, desde la prehistoria hasta la Reconquista, cuando los reinos cristianos del norte de la Península ibérica recuperaron el territorio dominado por los musulmanes tras la invasión de 711. Le Gallou afirma que «los europeos no hemos sufrido ninguna ruptura hasta la llegada de la inmigración masiva». Esto nos da derecho a la continuidad de una historia de 40 000 años de antigüedad, con un sustrato genético de 15 000 años, una identidad cultural de 5 000 y una religión de más de dos milenios.
Emborronando la historia, las políticas progres potenciadas por las élites y sus gobiernos vasallos han utilizado una suerte de racismo antiblanco para fomentar la invasión, y las consecuencias son desastrosas: inseguridad, paro, decadencia de la educación, encarecimiento de la vivienda, precarización laboral, difuminación de la cultura autóctona y desangramiento de la identidad nacional.
La prestigiosa firma internacional de análisis de datos YouGov, nos dice que, pese a la omnipresente propaganda, los porcentajes de europeos que piensan que la inmigración es excesiva son muy altos: 81% en Alemania, 80% en España, 73% en Suecia, 71% en Italia, 69% en Francia… La remigración no es un capricho de la «ultraderecha» —como sostienen los medios cipayos— sino una necesidad popular, que Le Gallou propone iniciar cuanto antes siguiendo una serie de pasos:
Detener toda nueva inmigración. Cerrar fronteras, costas y aeropuertos para que no se cuele ni un inmigrante más. Esto implicaría vigilar, por ejemplo, que todo aquel que entre como turista, sea fichado y vuelva a su país una vez expirada su estancia. En el caso español, podría ser un gran freno para la asfixiante invasión sudamericana.
Deportar a los inmigrantes maliciosos. Esto incluye la repatriación de todos los delincuentes, para que cumplan condena en su país, y la expulsión de los inmigrantes ilegales. En España, se solucionarían problemas de seguridad relacionados con los menas o las bandas latinas.
Blindar la ley remigratoria. «Da igual el partido o la coalición que esté en el poder, las políticas antiinmigratorias suelen ser bloqueadas por las cortes», afirma Le Gallou. Habría que romper, pues, las barreras constitucionales, administrativas y judiciales que impiden la puesta en práctica de una remigración masiva.
Destruir los mitos xenófilos. Por ejemplo, «los inmigrantes pagarán nuestras pensiones» y «los inmigrantes hacen los trabajos que los nacionales no quieren hacer». La realidad es que, en casi toda Europa, los inmigrantes reciben más y cotizan menos que los nacionales. A esto se suma el vicio de traer mano de obra barata de países pobres, algo que desploma los salarios, disuelve las condiciones laborales y condena al paro y la precariedad a los trabajadores autóctonos.
Romper la teología buenista. Le Gallou propone desarmar dos de los más eficaces instrumentos legales de los inmigrantes: el derecho de asilo y la reunificación familiar. Cada país debe proteger su territorio según sus propias reglas, ignorando las directrices del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y otros árbitros del buenismo.
Remigrar progresivamente. Solo con dar prioridad laboral a los ciudadanos nativos se desataría una ola de remigración voluntaria. Después, se amortiguaría el efecto llamada retirando los permisos de residencia a los extranjeros desempleados y a todos los receptores de cualquier tipo de ayuda social.
Acabar con la inmigración estudiantil. La Unión Europea pretende elevar el número de estudiantes extranjeros a millón y medio en 2030, ampliando la extensión geográfica del proyecto Erasmus a países como Siria, Turquía o Irak. Esto aumentaría el flujo de inmigrantes que llegan con la excusa de estudiar y se quedan para siempre. Se trataría de reservar el acceso a los extranjeros de alta capacidad intelectual o económica.
Cortar toda ayuda a medios y asociaciones pro inmigración. Le Gallou, que creó el Observatorio de Periodismo para vigilar las mentiras de la prensa, culpa a la mayor parte de medios y oenegés de generar un clima favorable a la inmigración masiva. El antídoto sería cerrar el grifo de fondos y subvenciones a toda organización cipaya.
Prioridad nacional. Medida que pondría fin a los mecanismos que garanticen a los extranjeros ventajas en el acceso a servicios públicos, reservando estos beneficios únicamente a los nativos. Hungría ya ha aplicado esta medida, asumiendo incluso multas de la Unión Europea; y Giorgia Meloni ha presentado un plan de vivienda que prioriza a los italianos respecto a los extranjeros.
Analizar los casos de no europeos que llevan dos o tres generaciones en nuestro territorio, expulsando a los que no se han adaptado a la cultura del país y son hostiles con la población que les ha acogido, e incentivando a los inmigrantes pacíficos no asimilables para que regresen a su patria. En los últimos tiempos, los suecos nos han demostrado que no es tan difícil poner en práctica este tipo de medidas.
Emplear, si es preciso, la violencia. Finalmente, Le Gallou advierte que, por buenas que sean nuestras intenciones, es probable que la remigración no pueda hacerse de manera pacífica. Aproximadamente, se tardaría entre 30 y 40 años en completar la remigración. Es demasiado tiempo. Quizá habría que recurrir a métodos más bukelianos para acelerar el proceso.

Combatir lo que nos niega
No confundamos la Unión Europea con Europa. Mientras Europa es una civilización milenaria, la Unión Europea es una institución efímera al servicio de intereses extraeuropeos. Le Gallou llama a los pueblos de Europa a «unirse contra la tiranía de los gnomos de Bruselas». Pero disolver la UE no bastaría para zanjar el problema migratorio. Y la prueba es que la recepción de inmigrantes en Gran Bretaña se ha duplicado desde el BREXIT, y el Gobierno español no exige antecedentes penales a los inmigrantes regularizados, cosa que hasta la UE ha condenado.
En realidad, el meollo del problema está en la ideología derechohumanista, globalista y cosmopolita que ha corroído a gran parte de Europa. La solución pasaría por asumir sin complejos que el nuestro ha sido y debería seguir siendo un continente blanco. La recuperación de la identidad común aumentaría la solidaridad entre las naciones de Europa, que así podrían plantar cara a las élites que han convertido nuestros países en un caótico potaje humano.
No sabemos si la remigración masiva se acabará llevando a cabo. De momento, ha llegado al debate público, algo impensable hasta hace poco. Durante muchos años, las élites han seleccionado a los políticos europeos en base a su sumisión y cobardía. Tal vez ha llegado la hora del retorno de los dioses fuertes, de los líderes autoritarios que cojan al toro por los cuernos.
De Europa quedan las ruinas, pero también el espíritu, presente en la mitología celta, germana, anglosajona o griega, en esa común raíz pagana que aún late bajo el subsuelo. Una raíz que el católico J.R.R. Tolkien destiló en El señor de los anillos, y nos empuja a restaurar la que fue la civilización más bella de todos los tiempos. Ganemos o perdamos, lo importante es luchar, seguir el ejemplo eterno de Toro Sentado: «Si es necesario, moriremos defendiendo la tierra por la que caminan nuestros hijos».