Los viejos ilustrados franceses, Padres Fundadores de la modernidad, partían de la ingenua idea de que cuando el mundo diera la espalda a la fe surgiría una sociedad armónica regida solo por la Razón, porque sabían del hombre lo que yo de mecánica cuántica. La realidad que vivimos, por contra, es un curioso sistema de creencias, ritos y adoraciones que es obligado profesar. Y se han cumplido cinco años de uno de los más extraños: la Apoteosis de George Floyd, Mártir.
Queda para la historia de la infamia la foto de los primeros espadas del Partido Demócrata, con la entonces speaker (tercera autoridad en Estados Unidos) Nancy Pelosi a la cabeza, arrodillados con la cabeza inclinada y estolas indígenas africanas en homenaje a Floyd. Quedan los partidos de fútbol en todo el mundo que se iniciaban con la postración ritual de los jugadores en honor al difunto. Quedan las enormes estatuas levantadas por toda América, algunas con explícitos halos de santidad y redentoras lágrimas de sangre, las calles renombradas en su honor. Incluso queda el curioso mural conmemorativo, obra de Daniel Muñoz, en un lugar tan alejado de Minneápolis como es Cáceres. Quedó la fiebre masoquista de cientos de blancos en América acudiendo a casas de sus vecinos negros a pedir perdón.
Y todo por un auténtico parásito, un violento delincuente habitual que murió durante su detención por intentar colar un billete falso en Minneápolis, en el estado de Minnesota, hasta arriba de fentanilo. El George Floyd real era un santo bastante improbable, con una vida de abusos domésticos, drogadicción, pequeños delitos y abandono de la madre de sus hijos. No hay nada en su historial conocido que lo haga heroico o virtuoso, ni siquiera simpático, y aunque el policía que le detuvo mediante el procedimiento habitual contra quienes se resisten al arresto –tumbarle en el suelo y colocarle una rodilla cerca del cuello–, Derek Chauvin, acabó condenado por homicidio y sufre pena de prisión, los informes forenses parecen indicar una muerte por sobredosis de fentanilo.
Dio igual. Floyd dejó inmediatamente de ser uno de tantos delincuentes marginales para convertirse en el icono de la violencia policial, y Chauvin pasó a simbolizar el Supremacismo Blanco oprimiendo y diezmando a la América negra. La paz racial exigía un sacrificio expiatorio, y lo tuvo. Había nacido un santo de culto universal y obligatorio, gracias a una organización financiada por George Soros y dirigida por antiguos marxista llamada Black Lives Matter, las Vidas Negras Importan.
La muerte de Floyd puede considerarse una tragedia, en el sentido en que lo es cualquier muerte, aunque el difunto haya hecho méritos sobrados para alcanzarla. Pero como suceso sería absolutamente insignificante si el wokismo, aunque tantos políticos quieran ahora distanciarse de él, no fuera realmente la fe fundante de nuestro tiempo.
Estados Unidos domina nuestro mundo, y el país ha sido históricamente susceptible a periódicos ‘despertares’ de fervor religioso (awakenings, palabra curiosamente emparentada con woke) que lo han sacudido de costa a costa. La absurda ‘Ley Seca’, que prohibía totalmente la producción, comercialización y consumo de alcohol en toda la nación por enmienda constitucional, fue consecuencia de uno de esos inquietantes ‘despertares’.
Y el wokismo, que tiene su origen en las universidades elitistas de la Ivy League, no es más que otro despertar a la americana, lleno de ruido y furia, que se está desvaneciendo por agotamiento como todos los anteriores.
El movimiento woke es exactamente eso, un acceso de histeria religiosa, y su aspecto de masoquismo racial es solo uno de los muchos componentes de su corpus doctrinal. Otro de sus pilares es el Cambio Climático, digamos que su aspecto escatológico.
Tomarse en serio las conclusiones sobre la evolución del clima planetario de un panel de científicos reunidos por la ONU, el IPCC, puede parecer razonable. Pero cuando esas mismas autoridades elevan a la categoría de profetisa infalible a una niña sueca y autista de 15 años, lo absurdo del montaje se hace evidente para cualquier adulto ajeno a la histeria religiosa.
Observar a políticos experimentados y a altos funcionarios con conchas en el casco escuchar extasiados los mensajes netamente religiosos y ajenos a toda realidad comprobable de una niña que se había hecho famosa por hacer pellas en Suecia ha sido un espectáculo que pasará a la historia del ridículo.
2019 marcó la cúspide de la gloria de esta profetisa del apocalipsis, nombrada Persona del Año por la prestigiosa revista Time. Fue el año en que se dirigió al Parlamento británico, iniciando su discurso con estas poco modestas palabras: “Hablo en nombre de las generaciones futuras”, como si fuera la protagonista del anuncio de Neutrex. El núcleo de su mensaje le sonaría a cualquier americano que hubiera vivido el Gran Despertar de los años Treinta del siglo XVII: arrepentíos, el final está cerca. O, por decirlo en palabras de la propia Greta en esa ocasión: nos enfrentamos al «fin de la civilización tal como la conocemos». Y para aumentar el parecido con los charlatanes religiosos que la precedieron, daba fechas precisas del Fin del Mundo: en el plazo de «10 años, 252 días y 10 horas».
La Administración Trump, desde el minuto uno, se ha impuesto como una de sus misiones principales desmantelar el estamento de la Iglesia del Wokismo, con medidas decididas y rápidas. Ha prohibido la enseñanza en las escuelas de la Teoría Racial Crítica, que básicamente enseña que la creación de Estados Unidos es un pecado y un error basado exclusivamente en la explotación de otras razas por parte de los colonos blancos. Ha expulsado a los transexuales del Ejército. Ha abandonado el Tratado de París, llamando “fraude” (hoax) a la teoría del cambio climático antropogénico. Ha cometido, en fin, de golpe todas las blasfemias concebibles contra la nueva fe.
Pero Trump, en esto, es más consecuencia que causa de la agonía woke.
Lo woke, derivación enfervorizada y mística de lo ‘políticamente correcto’ de principios de siglo, estaba ya muriendo antes de que el republicano pusiera un pie en la Casa Blanca. Se puede argumentar que está muriendo porque es una ideología inviable, masoquista, antinatural; porque fomenta el odio a lo propio y la filantropía telescópica. Porque era radicalmente injusto y carísimo, promoviendo una ineficiencia suicida tanto en la administración pública como en las grandes empresas privadas. Porque fomentaba un agobiante y soviético sistema de delación y chantaje que ningún pueblo puede soportar mucho tiempo.
Todo eso es cierto, pero no ha sido la causa de su agonía (que se prolongará, ay, todavía durante años). Lo woke muere, sencillamente, porque las histerias religiosas colectivas no duran, no pueden durar, porque el entusiasmo místico es un estado que no puede mantenerse mucho tiempo. Está en la propia naturaleza del fenómeno, que no está hecho para durar.