La cosmovisión y el turrón de Chirona

Se percibe en la gente una necesidad de reafirmación

Lo sé. Ma vais a decir que a quién se le ocurre bajar a la Plaza Mayor de Madrid un veintiséis de diciembre. Fue un día triste el de ayer. Me dispuse, muy ufano, a batallar contra una realidad que, por más que esperaba, no dejó de abatirme. ¡Incluso me empeñé en bajar en coche! Quedaba en mi memoria el recuerdo de mi más tierna infancia, cuando paseaba con mis padres por aquella plaza, escuchando villancicos de fondo, comprando un nuevo pastorcito que añadir año tras año al Belén de mi casa. Me sentí un poco como Don Quijote contra los gigantes. Solo que no eran molinos, sino turistas, horteras, policías desagradables, calles cortadas, luces estridentes, grupos culturales histriónicos y chillones, hordas de hombres modernos, consumistas e infames que impedían cualquier tipo de circulación vial, terrestre o incluso pecuaria (quizá pecuaria no). Hasta en tres bares, impertérritos, me dijeron muy serios, a las seis y media de la tarde, que si no cenaba no me podía tomar una cerveza. En el fondo, por un momento, lamenté que no fueran molinos o gigantes: felizmente me habría abalanzado sobre ellos, dispuesto a estamparme. Aunque hubiera sido sólo por hacer catarsis.

Dos preguntas me sobrevinieron en el acto: ¿cuándo, en nuestro amable tiempo, rendimos nuestra ciudad y todo lo que nos era querido a estas fiestas woke repletas de gente foránea, consumismo y hostilidad? Y, en segundo lugar, algo quizá más preocupante aun: ¿Hay alguien que se trague esta mierda?

Fijaos, han sido unas Navidades (¡facha detected!) en las que, más que nunca, he sentido el hartazgo silencioso de España. El pasado veintiuno de diciembre tuve la suerte de asistir como apoderado a la contienda electoral extremeña, que tanto nos ha dado. Fue una experiencia cuasi mística. No había estado nunca en Cáceres y nunca antes me había expuesto a su mundo rural. Tomé consciencia de la absoluta quiebra en la que se encuentra nuestro país. Fui testigo de las astucias e intrigas caciquistas, que, a las seis de la tarde, ante la manifiesta bajada de participación (me tocó colegio electoral en un pueblito que es histórico bastión socialista), se hicieron patentes en forma de apoderados del PSOE pasándose una lista con nombres de vecinos, mientras uno susurraba: “estos no han venido…”, al tiempo que otro descolgaba el teléfono e increpaba a los vecinos su incomparecencia. Yo no daba crédito. Los apoderados de otros partidos, incluso algún votante, me decían aparte: “la gente tiene miedo. Todo el mundo trae el voto ensobrado de casa. Aquí lleva gobernando el soe desde que murió Franco”. Ya lo creo. No había más que ver el estado pseudosoviético en que se encontraba el pueblo. Un jodido erial.

Aquel mismo día, a las diez de la noche, fui testigo de la historia. En primicia, asistí a la derrota electoral del PSOE, que no ganaba las elecciones en aquel lugar por primera vez en la historia. Pensé que era importante. Sin embargo, perdí todo concepto de autoimportancia cuando vi a una pobre y oriunda mujer apoyada en la pared del colegio llorando al teléfono con su padre. No celebraba su victoria particular, sino la derrota de todo cuanto había conocido hasta la fecha. No pude evitar sentir algo de emoción.

Desde ese domingo, fijándome bien, sólo he visto muestras de reacción; como una nueva cosmovisión: he escuchado más “felices Navidades” que en muchos años. Donde suelo tomar el aperitivo en nochebuena, mi muy católica familia tiene por costumbre cantar villancicos pasada la tercera cerveza. Años atrás nos hemos llevado algún bufido con el segundo o tercer cántico. Estas Navidades ha sido totalmente distinto. En un momento teníamos a toda la terraza (gente nada sospechosa de asistir más tarde a la misa de Gallo —o a ninguna misa, a los efectos—) cantando: pero mira como beben por ver a Dios nacido. Cierto es que alguno había bebido y vuelto a beber. Incluso se escuchó un gracioso “¡que vivan los peces!” en boca de alguien que ya no vocalizaba del todo bien. En familiares y amigos he percibido la novedosa necesidad de reflexionar, en voz alta, sobre que las Navidades, al fin y al cabo, son una fiesta cristiana. Y que no entienden muy bien por qué se quiere hacer creer otra cosa o desvirtuarlas de tal sentido. Incluso mi prima, sin bautizar, me comentaba ayer entre que nos echaban de un bar y de otro en la Plaza Mayor: “Yo quiero las navidades de siempre, las de toda la vida. Que yo no voy a misa, pero oye, son nuestras tradiciones. Celebramos que ha nacido el niño Jesús, ¿no?”. Y luego añadió: “vamos, es que estoy por bautizarme y hacer la primera comunión”.

Noto en la gente una necesidad de reafirmación, como si un espíritu nacional-hakunero-falangista les hubiese invadido y sintieran la necesidad de decir “feliz Navidad” y cantar villancicos. Hasta estos umbrales de radicalidad estamos llegando. Todo esto me devuelve a la segunda pregunta que me hacía ayer: ¿Hay alguien que se trague esta mierda? Parece que cada vez menos gente. Entonces tengo que saltar, inevitablemente, a la primera pregunta de nuevo: ¿Cuándo elegimos esto para nosotros? ¿En qué lugar, en qué momento firmamos las capitulaciones de santa progre y nos entregamos a todo lo que nos era ajeno, diferente, distinto y raro? Pienso que cantar villancicos y decir feliz Navidad, esta vez, no bastará. Por muy radical que resulte.

Es menester plantearnos preguntas más incómodas, darnos marcos más radicales todavía a ojos del woke-enemigo. Es justo que nos planteemos si aguantaremos mucho más que cientos de pueblos que se caen a cachos y sentencian de muerte todo proyecto de vivir en el campo, de la tierra —donde nacieron tus padres y abuelos—, sigan intimidados por las checas municipales delPSOE. Es justo que nos planteemos si aguantaremos mucho más que en nuestra ciudad abarrotada de tantos acentos ya no nos pongan una cerveza en la barra de un bar a las seis y media de la tarde. Es justo que nos planteemos si aguantaremos mucho más que nuestro propio gobierno se refiera a nosotros como la comunidad cristiana en España, como su fuéramos un reducto extranjero y minoritario, desplazándonos de la verdadera identidad de nuestra patria. ¡Pedazo de cabrones! España nació católica. Es justo que nos planteemos si aguantaremos mucho más que comprar en el mercado una cena de nochebuena para cuatro cueste más de doscientos euros. Es justo que nos planteemos si aguantaremos mucho más que sigan pasando las navidades y nadie se vaya de casa porque es imposible que nuestros jóvenes adquieran una vivienda. Es justo que nos planteemos si aguantaremos mucho más siendo señalados, acusados y sustituidos por su negocio fetichista migratorio, su dictadura de lo políticamente correcto y sus planes quinquenales en forma de agenda 2030. Es justo que nos planteemos si aguantaremos mucho más que abunden los apuñalamientos en nuestras calles, incluso en nochebuena. Es justo y es necesario que nos planteemos todas estas cosas. Es justo que las denunciemos sin miedo.

Antes os decía que estas Navidades he sentido el hartazgo silencioso de España. Sin embargo, en tanto que sea silencioso, no será suficiente. Al final, si les compramos el marco, parecerá que con decir feliz Navidad, cantar villancicos y poner un portal de Belén en casa estaremos batallando fieramente. Nada más lejos de la realidad. Piensa que han sido las Navidades más caras de nuestra historia, que no hay un duro para los reyes magos, que no puedes salir a comprar o bajar al centro porque no cabemos físicamente en los espacios que tanto tiempo nos costó construir, habitar y mantener. Piensa que, en el fondo, Cerdán se tomará las uvas en Navarra; Ayuso habrá cenado en su ático en nochebuena; Leire habrá podido salir a buscar, por las cloacas, figuritas del roscón que se deslizan por los desagües de los fregaderos de las casas; Zapatero estará calentito en su mansión de Las Rozas y Sánchez pasará las fiestas del solsticio de invierno en La Mareta. Al final tú y yo somos los que estamos jodidos; los acusados. Los ultracatólicos. Los fachapobres. Los reaccionarios. Los que no vemos el mundo desde su emancipación pogre, neoliberal e infame porque somos tan carcas que tenemos arraigo y cultura. Así de fachas somos: comiendo polvorones, en casa, alrededor de una mesa.

“¡Qué afortunados!” pensará el pobre Ábalos. Él era el único de la banda que decía feliz Navidad. Y al final, por tal indecente crimen, el único que estas Navidades se comerá sólo el turrón de chirona.

Estudios de filología hispánica e literatura inglesa repetidos entre la Universidad de Navarra, la Universidad Complutense y University of London, donde me gradué. Entusiasta de la política, gran opinador y encantado de la poesía. Pintor muy frustrado. Disfrutó de escribir. Actualmente alumno de ISSEP Madrid

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