¿Se han dado cuenta de que Madrid se está llenando de barrios enteros en blanco y negro? Es difícil encontrar un edificio de obra nueva que no se adscriba en su fachada al estilo tarta Comtessa: una franja blanca, otra en negro o gris oscuro. Pasa lo mismo en otras muchas ciudades de nuestro país. Podría ser una simple moda, como tantas en la historia de la arquitectura urbana. ¿Hay algo más? ¿Es un síntoma de una decadencia de los colores en nuestra vida cotidiana? Hace tiempo que se oye hablar de este tema. El debate, como ocurre en estos tiempos con casi todos los debates interesantes, surgió en las redes, y recientemente se han sumado medios como Newsweek o The Culturist, con diversidad de conclusiones.
Hagamos un pequeño repaso por varias facetas cada vez menos coloridas de nuestras vidas diarias. En la arquitectura, la dictadura del blanco y el negro no afecta solo a las fachadas. Pinterest e Instagram están plagados de diseños interiores idénticos, blanquísimos y fríos, sin estridencias ni variedad cromática. Con estética de clínica dental. Las cifras de colores más vendidos en pintura están encabezadas en los últimos años por blancos o blancos rotos. En los catálogos de las principales mueblerías triunfa también, con algunas excepciones, lo monocromático.
¿Qué ocurre con los coches? Para huir de las percepciones subjetivas, recurramos a las cifras de Axalta, que publica desde 1953 su “Global Automotive Color Popularity Report”. La entrega del año pasado nos dice que los vehículos blancos, negros y grises suman un abrumador 84% del parque móvil mundial. Antes de esta “desaturación” masiva, la variación cromática era muy superior: entre los 70 y los 80 ganaba el rojo, mientras que en los 80 y 90 el azul fue el más vendido, pero siempre seguidos de competidores cercanos.
También tenemos algunos datos significativos en el caso del diseño industrial. En un interesante experimento, el Museo de Ciencias de Londres analizó hace pocos años más 7.000 objetos domésticos de sus fondos –tazas, relojes, teléfonos…–, estudiando su forma, color y textura. Su conclusión: con el tiempo, las cosas que nos rodean se han vuelto cada vez más grises. Es revelador el gráfico que resume la evolución de la paleta con las décadas y que ha circulado bastante por las redes sociales:

De moda sé poco o nada, y es difícil medir un mundo que cambia en cada temporada -primavera-verano y otoño-invierno, ya saben. Pero está muy estudiado el modo en que la explosión de color en los escaparates reflejó la oleada de prosperidad en el mundo occidental entre 1945 y 1990. Hoy, en tiempos de crisis inacabable, parece que volvemos a lo neutral.
Historia de una paleta
Parece, pues, que nuestra intuición no nos miente: los indicadores a nuestro alcance apuntan a que estamos rodeados de objetos con una paleta menos variada que hace unas décadas. Es difícil afirmarlo en términos absolutos, cierto; hay modas que van y vienen, reacciones y tendencias, y todos los matices que queramos –pensemos en la cara y exitosa línea de electrodomésticos de Smeg–. Pero, en términos generales, podemos decir que vivimos una crisis del color.
Tengo, además, otra intuición, aunque más difícil de verificar con cifras: la variedad cromática, que antiguamente era un signo de distinción y riqueza -los pigmentos eran caros-, ha pasado a representar todo lo contrario. Los “colorines” son cosa de horteras. En consecuencia, cuanto más cara sea la factura de una tienda, más probabilidades hay de que el establecimiento esté decorado en escala de grises. Hay colores chillones en los locutorios, los bazares de todo a un euro o los establecimientos de comida rápida; es muy difícil encontrarlos, en cambio, en las perfumerías caras, las inmobiliarias de alto nivel o los restaurantes con estrella Michelin.
¿Por qué gastar un artículo con este tema? ¿Es hablar sobre el sexo de los ángeles en un momento de problemas graves y serios? Yo creo que no: nuestra relación con los colores, sin caer en la psicología barata, es un aspecto importante en nuestra vida. Lejos de ser un adorno, marcan una forma de ver el mundo, la ciudad, el país, la comunidad. Piénsese en las banderas, los uniformes o las vestimentas litúrgicas.
El historiador francés Michel Pastoureau ha dedicado varios libros a la materia. Dos de ellos —Azul. Historia de un color y su hermano Rojo. Historia de un color— han sido publicados en España por Folioscopio, en ediciones, por cierto, ideales para regalar. Es una gozada recorrer, a lo largo de sus páginas, la historia de las dos tonalidades, de Altamira a la tele, pasando por la curiosa pugna cromática de la reforma —rojo católico, azul protestante— o por las corrientes políticas contemporáneas. La historia del color es, de algún modo, la historia del hombre. La semiótica del color nos dice mucho sobre nuestra forma de pensar y de comunicarnos.
Arraigo cromático
A veces, estas tendencias tienen explicaciones sencillas y superficiales. La lógica comercial de los concesionarios, por ejemplo, los lleva a ofrecer solo los modelos que más se venden, priorizando la rentabilidad sobre la diversidad. Los cambios en los materiales y las normativas estrictas en materia de aislamiento y protección contra incendios limitan las soluciones constructivas en los nuevos edificios. Pero la intuición me dice que detrás de esta dictadura del gris hay algo más profundo.
Es, para empezar, un correlato visual del minimalismo, al que dediqué hace tiempo un texto. No queremos acumular colores como no queremos acumular objetos, como si la vitalidad de tonos fuera una amenaza para la limpieza y la eficiencia modernas. Los colores vivos provocan incluso cierto pudor, como todo lo que sobresale. Diría que sucede algo similar, por cierto, con la música: ¿cuándo fue la última vez que salieron del cine silbando? ¿Han notado que últimamente las bandas sonoras huyen de las melodías reconocibles, como si fueran algo facilón y de mal gusto?
Hay quien piensa que el desvaimiento cotidiano es una reacción al exceso de estímulos visuales que recibimos de las pantallas. O, de forma más lírica, que las pantallas están absorbiendo los colores de nuestra vida real. En una sociedad que delega la aventura o el romance en sus actores favoritos, dejar el color para las series o los “stories” no parece tan descabellado. Pero es algo que hace nuestras vidas, objetivamente, más aburridas y monótonas.
Hay otro argumento, este geográfico, en favor de la diversidad cromática. Si nos gustan las ciudades distintas –el terra de Siena, el blanquiazul de algunas islas griegas, el amarillo de Cartagena de Indias, ¡hasta el característico verde de los toldos de Madrid!–, es un deber oponernos a una estética global que impone un gris uniforme. Renunciar al color es renunciar a un trocito de identidad y arraigo.
No seré yo quien anime a comprarse un coche rosa fluor o a pintar la fachada de verde lima: los colores vivos, como tantas cosas buenas (el vino, los adjetivos o la tarjeta de crédito, por ejemplo), hay que usarlos con cabeza y con mesura. En lo metafórico, no hay que perder de vista en nuestras vidas la receta de Gustave Thibon para envejecer bien: “Ganar en transparencia lo que se pierde en color”. Pero restaurar la diversidad cromática en su justa medida es, de algún modo, una saludable forma de resistencia. De vez en cuando toca darle una patada al gris antracita y comprarse una caja de lápices Alpino.