Escribe el Padre Santiago Cantera —exprior de la Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos— en el prólogo de La contrarrevolución cristera (Homo Legens), del Padre Javier Olivera Ravasi —abogado, conferenciante, cofundador de la orden San Elías y una de las voces más seguidas del mundo católico a través de sus libros y redes sociales—: «El ensañamiento desencadenado contra los cristeros no se explica con razones meramente humanas, como tampoco se explica el ensañamiento cruel contra los cristianos, católicos y ortodoxos, que los revolucionarios franceses protagonizaron en La Vendée, los comunistas en Rusia y los integrantes del Frente Popular en España, entre otros».
La revolución cristera fue la guerra católica mejicana, entre los años 1926 y 1929, y el levantamiento del pueblo católico frente a la Ley Calles bajo el grito «¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!». Un acto de fe que surgió del pueblo ante la tibieza de parte de la jerarquía eclesiástica. Tres aspectos destacan de esta revolución: el carácter popular, la continuidad con los ideales de la Hispanidad —la España católica que llevó la fe en Cristo al Nuevo Mundo— y la infame actitud colaboracionista de muchos eclesiásticos.
En España estamos aún definiendo la Guerra Civil y el Franquismo… Sobre la revolución cristera no se sabe exactamente qué pasó porque ha permanecido oculta. ¿Qué le movió a escribir La contrarrevolución cristera? y ¿a quién beneficiaba su ocultación?
La Cristiada es uno de los episodios más silenciados del siglo XX. Y como todo hecho que se oculta sistemáticamente, uno se pregunta: ¿a quién le conviene que no se sepa? Pues a los mismos de siempre: a los ingenieros sociales que redactan la historia oficial, a los regímenes revolucionarios que no soportan ver que un pueblo humilde fue capaz de levantarse contra un Estado totalitario, y también —hay que decirlo— a cierta parte de la Iglesia que prefirió mirar para otro lado. Fue esto lo que me movió a escribir este libro: la conspiración del silencio. No puede ser que millones de católicos ignoren que hubo un pueblo entero que gritó «¡Viva Cristo Rey! » mientras era colgado, fusilado o macheteado por defender aquello que hoy nos quieren presentar como «un derecho privado»: la fe. Porque la fe no se negocia, y cuando el Estado cruza la línea de pisotear a Dios y la libertad religiosa, es decir, la libertad de la Iglesia, la resistencia —en sus múltiples formas— se vuelve legítima. Y sólo los que quieren un catolicismo servil, dócil, de sacristía se ven beneficiados con ello. La Cristiada demuestra que el cristiano auténtico puede ser manso, sí, pero nunca domesticado.
¿Qué fue la Revolución Cristera? ¿Qué sucedió?
Fue una persecución religiosa brutal, organizada por el Estado mexicano entre 1926 y 1929, que desembocó en una guerra civil. El régimen posrevolucionario —ateo, masónico y profundamente anticristiano— quiso arrancar de raíz la presencia de la Iglesia en México, que era prácticamente el alma del pueblo. ¿Qué sucedió? Que el pueblo respondió. Los campesinos, los obreros, las familias enteras dijeron: «A Dios no se le expulsa de México». Y mientras el gobierno cerraba templos, expulsaba sacerdotes y fusilaba adolescentes, surgió una resistencia armada —los cristeros— que defendió el derecho natural a rendir culto. Fue una guerra desigual, heroica y profundamente católica.
¿En qué consistía la ley Calles y por qué surge?
La ley Calles fue, sin exagerar, el instrumento legal más anticatólico de América en el siglo XX. Su objetivo era quebrar la columna vertebral espiritual de México: la Iglesia. Regulaba cuántos sacerdotes podía haber por Estado, prohibía órdenes religiosas, invalidaba escuelas católicas, amenazaba con cárcel a quien enseñara públicamente la doctrina, impedía el uso de hábitos y pretendía convertir a los sacerdotes en funcionarios del Estado. Surge porque la Revolución Mexicana, influida por el positivismo, el jacobinismo francés y las logias masónicas, soñaba con construir un Estado laico radical. Un Estado que no dejara un solo resquicio para la influencia de la Iglesia en la educación, la cultura o la moral pública. La élite revolucionaria veía a la Iglesia como la única institución capaz de oponerse a su proyecto totalizante. Y tenían razón: la Iglesia era el corazón del pueblo. Por eso quisieron arrancarlo.
«Dios no estará más en los altares» y «Dios no está aquí», se podía leer en los Sagrarios vacíos. Y algunos obispos aún seguían oponiéndose al levantamiento. ¿Cómo se explica esta actitud y ese silencio eclesiástico ensordecedor?
Hay silencios que son fruto del miedo, otros de la prudencia mal entendida y algunos —dolorosamente— de la falta de fe. Los obispos que rechazaron el levantamiento lo hicieron porque temían una masacre mayor, pero la realidad es que la masacre ya estaba en marcha, aunque nadie gritara. El horror ya había llegado: sacerdotes colgados, campesinos fusilados por llevar un rosario, niños degollados por no negar a Cristo Rey. En ese contexto, pedir «paz» sin oponerse al agresor es simplemente entregar a las ovejas al lobo. Pero gracias a Dios fueron pocos los que se opusieron, muchos los que permanecieron en silencio y, como siempre, unos pocos que no sólo lo alentaron, sino que pasaron a la clandestinidad con su pueblo.
La jerarquía eclesiástica hablaba de «lamentables conflictos». ¿Por qué ese eufemismo?
Porque aceptar que era una persecución obligaba a tomar postura. Llamar «conflicto» a lo que era una guerra religiosa permitía a algunos mantener una prudencia política que, vista en perspectiva, resultó trágica. El eufemismo buscaba evitar una ruptura abierta con el gobierno, pero la realidad es que el gobierno ya había declarado la guerra. A veces la diplomacia mal entendida termina quitando fuerza a la verdad. Y la verdad era evidente: había católicos asesinados, templos incendiados y leyes anticristianas escritas con sangre. El «conflicto» era, en realidad, una cruzada de persecución estatal.
¿Qué sacerdotes dieron la cara? ¿A quiénes destacaría?
A varios y los hay de todos los colores: desde el Beato Miguel Pro, símbolo del martirio moderno, que murió gritando «¡Viva Cristo Rey!», un jesuita que decidió volver de Europa para estar en el ruedo hasta el P. José Reyes Vega, capellán y general cristero, un sacerdote de misa y fusil, que entendió —equivocadamente, a mi entender— que la defensa del altar podía exigir armas. Pero también a muchos otros que ni siquiera han sido declarados mártires, como el padre Francisco Vera, ajusticiado en 1927 en Jalisco, con sus ornamentos sacerdotales mientras se disponía a celebrar una misa clandestina en una casa de familia. Y con ellos, cientos de sacerdotes anónimos que no huyeron, no negociaron y se quedaron con su pueblo hasta el final.
¿Hay parentesco entre la contrarrevolución mexicana y la francesa? ¿Y con lo que sucedió en España?
Sin duda, y no lo digo como analogía romántica, sino como patrón histórico. En los tres casos, el enemigo es el mismo: la revolución anticristiana, que busca una sociedad sin Dios, donde la fe sea reducida a una práctica privada, inútil y controlada. La Vendée en Francia, la resistencia católica en España y los cristeros en México son expresiones de un mismo principio: cuando la revolución oprime al pueblo en nombre de una supuesta «liberación», son los católicos los que se levantan para defender la libertad real. En los tres contextos se prohibió el culto, se quemaron iglesias, se asesinó a sacerdotes, se persiguió a quienes llevaban un rosario o una medalla. La revolución sabe que para dominar el cuerpo necesita primero quebrar el alma. Por eso estas guerras fueron batallas culturales tanto como militares. Las balas se disparaban al cuerpo; la ideología, al alma.

Las mujeres tuvieron un papel enorme…
Absolutamente. Sin las mujeres, la Cristiada no hubiera durado ni un mes. Ellas fueron: la red logística, las corresponsales, transportistas de armas, organizadoras de víveres, las enfermeras y protectoras de sacerdotes en clandestinidad, entre otras cosas. Porque hasta hubo mujeres que se armaron para defender la Fe. La Liga Nacional de Damas Católicas llegó a tener más miembros activos que el propio ejército cristero. Sus acciones eran silenciosas, pero esenciales. Mientras los hombres combatían en los cerros, ellas mantenían viva la estructura que sostenía la resistencia. Fueron, sin exagerar, las espinas dorsales invisibles del movimiento; especialmente, las Brigadas femeninas Santa Juana de Arco: un grupo de 25.000 mujeres, que haciendo un juramento secreto, trabajaron en la clandestinidad durante esta cruzada.
¿Cree que tuvieron posibilidad real de ganar la revolución?
Sí, y esto sorprende a muchos. Militarmente, hacia 1928, los cristeros habían logrado controlar amplias regiones. Su organización mejoraba, el apoyo popular crecía y la moral revolucionaria bajaba. Estados Unidos intervino diplomáticamente no porque los cristeros estuvieran derrotados, sino porque temían que triunfaran. La negociación impuesta desde fuera —los llamados «arreglos»— frenó un movimiento que tenía proyección real de victoria territorial. Pero incluso sin ganar políticamente, ganaron moralmente, porque su lucha dejó una marca imborrable en la identidad de México.
Creo que siguen vigentes leyes anticristianas en algunos Estados…
Sí. Aunque no se aplican con la ferocidad de los años 20, aún existen restricciones absurdas, vestigios del anticlericalismo que impregnó al régimen. No se han derogado porque el proyecto revolucionario sigue latente, aunque más disimulado. Basta para ello recordar lo que acaba de presentarse como un proyecto de ley que busca «regular el discurso religioso» en internet, incorporando mecanismos de supervisión estatal sobre contenidos online.
Todos tenemos derecho a creer, a profesar una fe y a manifestarla sin más límite que el orden público. Hoy se sigue violentando el derecho a profesar la fe cristiana en la calle ¿Tienen sentido, actualmente, las contrarrevoluciones? ¿Dónde se ganan?
Hoy ya no se pelea necesariamente con fusiles, sino con ideas. El campo de batalla es la misma Iglesia, la educación, los medios, la cultura, el lenguaje, la familia, etc. Rezar en una clínica abortiva, portar un crucifijo, defender la vida o enseñar la fe a los hijos son hoy actos contrarrevolucionarios. Por eso, en un mundo que expulsa a Dios, arrodillarse es un acto de resistencia. La batalla es cultural, pero la guerra es espiritual.
¿A qué atribuye la actual persecución contra los cristianos? ¿Qué opina de la cristofobia?
La cristofobia es la consecuencia lógica de un sistema que ha declarado que el hombre no necesita de Dios. Cuando Cristo molesta, nace el odio. Y hoy Cristo molesta mucho: molesta a la ideología de género porque afirma una antropología clara; molesta al relativismo porque proclama la verdad; molesta al globalismo porque defiende la dignidad de la persona y la defensa de las patrias; molesta al hedonismo porque exige sacrificio.Se persigue a los cristianos porque son el último bastión contra la ingeniería social. Ninguna otra fe es atacada con tanta sistematicidad, y eso ya dice algo. Somos el último obstáculo para la ingeniería del nuevo hombre.
Siguen metiéndose los políticos en las vidas de las personas, y si son religiosos aún más, como le ocurrió al Padre Cantera. Poco antes de ser relevado de su cargo de prior del Valle de los Caídos firmó el prólogo de su libro. ¿Existe paralelismo entre la Cristiada y el caso del Valle de los Caídos? ¿Qué le comentó el Padre Cantera?
Sí, ambos casos revelan el intento del poder político de controlar la memoria, reescribir la historia y neutralizar los símbolos cristianos. Cuando el Estado no soporta un crucifijo, un monasterio o una cruz monumental, es porque siente que hay allí una autoridad moral que lo supera. El Padre Cantera, quien generosamente tuvo a bien prologar la edición española de mi libro, entendió que la Cristiada y la situación del Valle tienen un denominador común: el Estado quiere decidir qué memoria se conserva y cuál se destruye. Y cuando la autoridad civil pretende reescribir lo sagrado, estamos ante una forma de totalitarismo.
Por cierto, hace poco se celebró el certamen de Miss Universo y resultó ganadora la mexicana Fátima Bosch, la primera Miss Universo cristera. Bosch no dudó en gritar «¡Viva Cristo Rey!» desde el primer momento en que resultó elegida. ¿Algo se está moviendo?
Claro que sí. Que una joven, en el escenario más secularizado imaginable, proclame a Cristo Rey sin miedo, indica que la fe sigue viva. Muestra que los cristeros no murieron en vano. El mundo intenta apagar la luz, pero siempre surge alguien que enciende una chispa incluso con dos piedras.
Somos buscadores de Dios. Actualmente, existe una sed de espiritualidad. ¿Volverá Europa a sus raíces?
El hombre, incluso cuando pretende negarlo, es un ser sediento de trascendencia. El corazón humano está hecho para Dios, y ningún proyecto ideológico puede llenar ese vacío. Europa podrá seguir alejándose de sus raíces cristianas, pero llegará un punto en que descubrirá que ha perdido su alma. ¿Volverá? Creo que sí, pero como sucede en la historia bíblica, volverá después de la purificación, después de tocar fondo cultural y moral. Las crisis no destruyen la Iglesia, la depuran. Y entonces renace, como tantas veces, con más fuerza.