La mayor parte de escritores británicos pasaron la Segunda Guerra Mundial de uniforme simulando que contribuían al esfuerzo militar para derrotar al nazismo, como traductores, ayudantes, publicistas. Cuando el famoso Evelyn Waugh trató de alistarse para luchar en el frente, a los 36 años y sin ninguna experiencia militar, tuvo que usar enchufes para que le acabaran metiendo en una unidad de operaciones especiales en la que sus compañeros veinteañeros le trataban a él y otros de cierta edad como si fueran abueletes.
Con todo, la experiencia militar de Waugh fue tan chocante, valiosa y absurda al mismo tiempo que le inspiró a escribir la mejor serie de novelas de la guerra, una trilogía llamada Espada del Honor en la que narra sus propias aventuras de forma ficcionalizada, sin piedad y con ironía.
Como explica en las primeras páginas, el católico Waugh vio en el nazismo una negación de sus valores humanistas cristianos, y en el ejército la posibilidad de redimir y dar sentido a una vida dominada por el ocio y el prestigio que ganó con novelas de corte humorístico. La trilogía narra su desencanto, respecto de esa posición inicial. Hacia el final, Waugh hace que su álter ego, «Guy Crouchback», hable con una refugiada judía, madame Kanyi, precisamente en Croacia (porque las aventuras ficticias de Guy, que reflejan bastante bien las de la vida real de Waugh, son de gran alcance). Esta conversación, que empieza con la refugiada hablando, es clave para entender la experiencia británica de la guerra (la traducción es mía):
–¿Existe algún lugar libre del mal? Es demasiado simple decir que solo los nazis querían la guerra. Estos comunistas también la querían. Era la única manera de llegar al poder. Muchos de los míos lo deseaban, para vengarse de los alemanes, para acelerar la creación del estado nacional. Me parece que había un deseo de guerra, un deseo de muerte, por todas partes. Incluso los hombres de bien creían que su honor privado se vería satisfecho con la guerra. Podían afirmar su hombría matando y acabando muertos ellos mismos. Aceptaban las penurias como compensación por haber sido egoístas y vagos. El peligro justificaba los privilegios. Conocí italianos —quizás no muchos— que sentían lo mismo. ¿Acaso no había ninguno en Inglaterra?
–Que Dios me perdone – respondió Guy – Yo era uno de ellos.
La Espada del Honor es muchas cosas. En primer lugar, es la mejor obra de Waugh, con todas las virtudes que muestra en Retorno a Brideshead y mucha más acción e incluso humor. Solo esto sería suficiente para convertirla en la mejor, y más explicativa, serie de novelas sobre la Segunda Guerra Mundial. Un resumen de la trama me ayudará a explicar lo que quiero decir.
Durante dos años, Crouchback (al igual que Waugh, un católico converso de clase alta, ex hedonista con resentimientos), vive divertidísimas desventuras mientras entrena con su unidad de comandos en el norte de Gran Bretaña. Cuando finalmente son desplegados, tras una agotadora preparación en la gélida Escocia, son enviados a Senegal: allí, su mejor amigo es el único que muere cuando los comandos asaltan innecesariamente una playa mientras los franceses de Vichy (aliados de Alemania), que controlaban esa colonia, negocian su rendición.
Los comandos son luego enviados a Egipto por mar, recorriendo toda África y, una vez allí, son llevados a Creta, donde se encuentran bajo ataque alemán. En las mejores páginas del libro sobre combate y estupidez militar, Waugh describe el colapso absoluto de las fuerzas británicas en Creta, una desastrosa retirada a las playas y su propia supervivencia milagrosa después de que su barco mal equipado fuera cogido por un destructor mientras estaba a la deriva en el mar.
La siguiente serie de aventuras lleva a Crouchback/Waugh a Libia, donde los comandos casi son aniquilados al realizar operaciones de sabotaje absurdas que a todos los involucrados les parecían bromas infantiles sin relevancia pero, eso sí, con enormes riesgos para su integridad física. Y esto es solo el principio. A lo largo de toda la obra, Waugh escribe como los ángeles; así, en Creta, mientras todo se va al garete, tenemos a dos oficiales y caballeros, Ivor Claire y el propio Crouchback, conversando sobre duelos:
–¿Qué harías si te retaran a duelo?
–Reírme.
–Tiene sentido.
–¿Qué te ha hecho pensar en eso ahora mismo?
–Estaba pensando en el honor. Es algo que cambia, ¿no? O sea, hace ciento cincuenta años habríamos tenido que huir si nos retaban. Ahora nos reiríamos. Debió de haber una época, hace unos cien años, en que era una pregunta bastante incómoda.
-Sí. Los teólogos morales nunca pudieron dejar de batirse a duelo; se necesitó la democracia para que eso ocurriera.
La batalla de Creta pesó profundamente en la mente de Crouchback/Waugh. El desmoronamiento de las fuerzas británicas que describe tan bien fue la gota que colmó el vaso. Un mes después de esa batalla, Alemania invadió la Unión Soviética, que se convirtió en aliada de Gran Bretaña. Waugh detestaba la Alemania nazi, pero odiaba a los soviéticos con profunda convicción: y se convirtieron en la esperanza de Gran Bretaña y en una fuente de orgullo y estatus para los izquierdistas dentro del ejército británico, los únicos y verdaderos villanos del libro. Escribe Waugh:
“La Alucinación se disolvió… Después de menos de dos años de peregrinación a una Tierra Santa de ilusión, regresó al viejo mundo ambiguo, donde los sacerdotes eran espías, los amigos valerosos se convertían en traidores y su país era llevado a la deshonra”.
En Croacia, Crouchback es asignado como enlace para los partisanos comunistas que reciben ayuda británica para cruzarse de brazos, sabiendo perfectamente —al igual que las guarniciones alemanas de la región— que la guerra se libra y decide en otro lugar y que deben prepararse para la toma de Yugoslavia por los comunistas que vendrá después. Esta es la penúltima ignominia. La última no la desvelaré para no estropearles el final.
La publicación del primer volumen de la trilogía, Hombres de Armas, en Estados Unidos dio lugar a reseñas memorables: «Si uno no tuviera más información sobre el tema», escribió Delmore Schwartz, «el comienzo de… Hombres de Armas le convencería a uno de que la Segunda Guerra Mundial tuvo lugar únicamente para rescatar a los ingleses del aburrimiento y la decadencia». Pero no: no logró siquiera eso, y por eso ahora muchos británicos vuelven la vista hacia aquel periodo.