Todos conocemos al tipo: es joven, bien educado, frecuentemente tiene buenos ingresos, piensa que todos los gobiernos son el demonio, que toda la regla es una imposición. Es libertario, y se define a sí mismo como derechista opuesto a la opresión del progresismo estatista. Es el mayor peligro para Occidente.
Había pensado soltarles un rollo filosófico al respecto, pero mejor voy a darles un ejemplo que seguro que entienden a la primera: los pisos turísticos.
Mucha gente en la derecha española se ha expresado en favor de que se liberalice el sector de pisos turísticos, usando argumentos libertarios. De hecho, Andalucía – gobernada por el Partido Popular – es la comunidad autónoma que tiene la legislación de viviendas para uso turístico más liberal/libertaria, permitiendo alquileres de todo tipo en cualquier época del año, precisamente con esos argumentos: quién es el gobierno para impedirle a un propietario que alquile su propiedad como quiera cuando quiera y por lo que quiera.
Ahora vamos a darle una pensada un poquito más larga, más allá de las soflamas. ¿Viven ustedes es una comunidad de vecinos donde se alquilan viviendas turísticas? Porque si ése es el caso no hace falta que les explique cuáles son las penalizaciones con las que el propietario de pisos turísticos castiga a los demás, lo que llamamos en economía “externalidades”.
Hablamos de un aumento brutal de la inseguridad en los portales (quién sabe si esa gente a la que nunca vio, sentada en la escalera, han alquilado el piso turístico para dos días), de ruidos por las fiestas y molestias (la gente no se va de vacaciones para tener una vida rutinaria y discreta), del desgaste de las zonas comunes, sobre todo cuando uno tiene piscinas y/o jardines en la propiedad…
Hablamos de cosas que la gran mayoría de españoles entienden, porque muchas comunidades autónomas (incluyendo Madrid y la más restrictiva de todas, Baleares) tienen serias limitaciones a los pisos turísticos y éstas son muy populares entre la gente común que no quiere tragarse las externalidades derivadas del libertarismo del tipo que no vive allí.
No vamos a hablar de los efectos para la economía: porque España es una superpotencia hotelera, con hoteles de gran nivel internacional en cada esquina que se quedarían sin clientes y tendrían que cerrar, dejando a decenas de miles de personas en la calle y cientos de miles de inversores con pérdidas enormes, si triunfara el modelo de vivienda turística. Lo que hace este modelo es traspasar gran parte del beneficio obtenido del turismo de una empresa que frecuentemente es española y paga impuestos en España (la hotelera) a un intermediario extranjero que paga impuestos en el extranjero (casi siempre AirBnB, una compañía denunciada por muchas de sus prácticas incluido el trato tiránico hacia sus propios usuarios).
Ante todos estos argumentos, el libertario siempre tiene la misma respuesta: que cada uno haga lo que quiera, ¿no? Que el dueño alquile su piso turístico, y Dios proveerá. Bueno, no Dios porque pocos libertarios son religiosos: el destino proveerá.
Esta respuesta es quizás la fuente de la popularidad del ideal libertario, porque releja mucho, le libera a uno de la necesidad de pensar. ¿La inmigración ilegal? Pues que cada uno vaya a vivir a donde quiera, qué más da si todo el mundo quiere irse a Mallorca o a Barcelona, o a su pueblo idílico y quiere montarse un chamizo en una zona protegida. ¿La pornografía? Para qué poner puertas al monte: vamos a probar qué ocurre cuando tengamos a una generación acostumbrada a ver sexo violento y antinatural desde los cinco años en el móvil. Todos los que tenemos hijos estamos encantados con esto, oigan: encantados.
Uno de los temas donde los libertarios chirrían más y con más espectáculo es las apuestas. En EEUU, las compañías del sector se gastaron miles de millones durante años para lograr que se aprueben las apuestas casi libres en la mayoría de estados, y esto los libertarios de allí lo ven como una especie de evolución natural hacia un punto de equilibrio hidrostático.
Megan McArdle, una de las prominentes columnistas de la derecha estadounidense, lo expresó así el otro día en un podcast: el problema, explicó, es que la gente en EEUU no estaba suficientemente adaptada a un mundo de apuestas (esto lo dice alguien que vive en el país donde están Las Vegas y cientos de casinos) y ahora tienen que acostumbrarse a poder apostar sobre todo, en todo momento. Pueden pasar varias generaciones de cientos de miles de suicidios y bancarrotas, pero al final la población se adaptará. Esperemos. O no. Eso sí, todos los deportes estarán corrompidos para entonces: este año, la temporada de la NBA empezó con el entrenador de uno de los principales equipos detenido por el FBI por participar en una red de apuestas ilegales.
Las drogas son otro argumento ganador, desde el punto de vista de los libertarios. El alcohol ha arruinado a generaciones pero, ahora que la mayoría tenemos la capacidad de tomarnos una copita sin alcoholizarnos gracias a milenios de adaptación genética, ¿por qué no probamos la heroína o el LSD? Probablemente muramos, si no nos hemos tirado antes por un puente después de habernos arruinado por las apuestas, pero el equilibrio del universo exige que cualquiera pueda vender cualquier veneno donde le apetezca. Seguro que hay alguna frase donde Hayek dice eso en algún sitio.
Que el libertarismo colapsa fácilmente en la contradicción y el absurdo es bien sabido. Hace décadas, Nicolás Gómez Dávila, que adelantaba por la derecha a todos los libertarios de la historia, escribió sobre la falsa atracción de la libertad desbocada, de dejarte solo en el bosque para que te apañes: «Las «libertades» son recintos sociales en los cuales el individuo se puede mover sin coacción alguna; la «Libertad», en cambio, es principio metafísico en nombre del cual una secta pretende imponer a los demás sus ideales de conducta»: su afición por el porno, su ludopatía enfermiza, sus ganas de fumar porros todo el día.
Si esa frase de Dávila no les convence, tengo otra: «A la humanidad no le concede ciertas libertades extremas sino el indiferente a su destino». Y, la verdad, he conocido ya a demasiados libertarios indiferentes al destino de la humanidad.