Los negocios ilícitos en torno a la inmigración ilegal son infinitos y destructivos para todas las partes implicadas. Pero lo más curioso es que incluso los negocios lícitos relacionados, como los de remesas internacionales, tienen efectos perniciosos.
Seguramente ha visto esas tiendas en cualquier ciudad de España, e incluso en algunos pueblos, ofreciendo remesas baratas de dinero a cualquier punto del mundo, frecuentemente en Hispanoamérica, Africa o Pakistán. Probablemente nunca se haya parado a pensar qué mal le hacen a nadie.
En este reciente artículo en la pequeña revista Salisbury Review, Driss Ghali nos explica que, debido en gran medida a la expansión desatada de la inmigración ilegal, el negocio internacional de las remesas se ha disparado hasta extremos que pocos pueden comprender: cada año, los inmigrantes envían más de 600.000 millones de dólares a sus países de origen, de los cuales algo más de un 10% corresponde a mexicanos emigrantes en EEUU. Según cálculos de Bloomberg News, las remesas recibidas del extranjero (casi exclusivamente de Europa y EEUU) por parte de los países América Latina se han sextuplicado desde 2005.
Solo África recibe 100.000 millones de dólares en remesas, de los cuales Nigeria se lleva la mayor parte, con más de 20.000 millones. Marruecos, país natal de Ghali, recibe más dinero de sus remesas que del turismo: más de 11.000 millones de dólares el año pasado, y más de la mitad de los ingresos que obtiene de la agricultura, una actividad que emplea a más de un tercio de su fuerza laboral.
Cuando los economistas hablan de efectos indeseados y/o no predecibles de determinadas decisiones de política económica, usan el término “externalidades”. Podemos decir que estos flujos tienen externalidades inmensas: para Marruecos, por ejemplo, el dinero de las remesas (desde Francia, España, Bélgica y Holanda, sobre todo) es un chorro que sale gratis, y que permite al gobierno mantener una política económica tercermundista y una política social casi inexistente: porque la gran mayoría de la población más expuesta a la miseria y el hambre recibe dinero regularmente del extranjero, muchas veces vía “paguitas” porque justamente los marroquíes están siempre entre los inmigrantes que más subvenciones reciben y que tienen niveles más bajos de empleo.
Esto no es un problema solo de Marruecos, sin embargo. Pensemos en México, o en Cuba, donde gobiernos socialistas de distinto tono han podido ignorar los problemas de la población a sabiendas de que por algún lado llegarán dólares para que puedan comprar lo que necesiten; y si no, la emigración es el método perfecto para quitarse de en medio a los hombres jóvenes que tradicionalmente han protagonizado revueltas y revoluciones. No pueden tomar los cuarteles de La Habana si están trabajando de camareros en Miami y en Benidorm.
Como lamenta Ghali, esto quiere decir que el mal gobierno se convierte, de hecho, en algo rentable para las élites de los países exportadores de inmigrantes. Cuanto más se puedan quitar de encima, más dinero ingresarán sus países vía remesas.
Lo que puede parecer pequeñas cantidades para grandes economías occidentales son enormes pilas de dinero en los países en desarrollo: Filipinas recibe 40.000 millones de dólares y Pakistán, 30,000 millones, en ambos casos casi el 10% de su producto interior bruto, anualmente; Egipto, 32.000 millones, algo más del 10% del PIB, igual que Nigeria y en Senegal.
Lógicamente, uno se pregunta para qué reformar las instituciones, mejorar la productividad y la calidad del liderazgo cuando la mala gobernanza genera transferencias internacionales de dinero masivas e incondicionales, sin tener que besarle ninguna parte del acuerpo al Fondo Monetario ni al Banco Mundial.
El origen de las remesas es importante también. Ya he hablado de la propensión a la dependencia de los emigrantes marroquíes; en España, un 22% de los marroquíes en edad de trabajar cotizan a la seguridad social, frente al 70% de españoles. Les repito, por si no les quedó claro: una diferencia de 48 puntos porcentuales. Pero hay muchas más bolsas de fraude y adicción a la paguita. Por cada grupo de emigrantes tipo chinos (donde no hay paro) hay múltiples países tercermundistas donde la principal atracción de Occidente es el vivir sin dar un palo al agua.
Solo desde Francia, se envían anualmente más de 10.000 millones de dólares a África y al mundo árabe. Parte de este dinero proviene de la actividad económica, tanto formal como informal, pero hay muchísimo que llega de actividades ilícitas y fraude: dinero que se roba, extorsiona y sustrae a ciudadanos europeos para que la monarquía Hachemita y los diversos cleptócratas africanos puedan dormir tranquilos en sus palacios con camas de oro y diamantes.
Un juez francés citado por Ghali, Charles Prat, calcula que el nivel de fraude en las prestaciones sociales relacionado con migrantes y ciudadanos franceses nacidos en el extranjero supera los 40.000 millones de dólares al año: el triple del presupuesto militar anual de España.
Una parte significativa de esta sangría se debe a los cerca de dos millones de «fantasmas» nacidos en el extranjero que tienen derecho a recibir prestaciones sociales en Francia: pensiones de jubilación, subsidio de vivienda, subsidio de desempleo y seguro médico. Algunos viven en Francia, otros en el extranjero. Como explica Ghali, Argelia tiene la dudosa distinción de albergar a un número récord de hombres y mujeres centenarios que reciben una pensión francesa, sin que nadie pueda confirmar si han muerto. Ya saben, la famosa salud centenaria de la gente de países en desarrollo: cuando AGIRC-ARRCO, un fondo de pensiones francés, encargó una auditoría a mil beneficiarios argelinos residentes en Argelia, solo logró contactar con la mitad; los demás estaban desaparecidos pero cobraban sus cheques.
Cualquiera que leo esto debería pensar: sí, muy bien, pero ¿qué hay de ese excelente médico magrebí que me trató o ese gran profesor senegalés de francés que enseñó a mis hijos? Y ahí está lo peor de todo esto: la fuga de cerebros y brazos de los países en desarrollo que solo sirve para deprimir los sueldos en occidente, donde abundan las personas bien formadas, y dejar sin doctores y profesores a África.
Luego tenemos la otra parte, la parte que es mucho mayor: el lumpenproletariado del Sur, con jóvenes llenos de rabia y testosterona que, en lugar de asaltar los palacios presidenciales de Argel y Conakry, destrozan el centro de Barcelona o de Londres. Y, cuando se les descubre cometiendo delitos, solo tienen que decir que son víctimas del racismo. Entonces empieza el jueguito de siempre: los gobiernos occidentales hacen que los quieren deportar, y los países de origen se niegan a aceptarlos (sería muy fácil obligarles, porque estos países solo sobreviven gracias a la ayuda occidental a la cooperación y el acceso a mercados occidentales) y los jóvenes violentos acaban en la calle, trapicheando hachís, cobrando paguitas o asaltando a ancianos para poder enviar unos duros a su madre en la Kabilia argelina.