Si los borrachos y los locos dicen la verdad entonces Fernando Arrabal en aquel programa literario de finales de los 80 fue como Zaratustra bajando de la montaña. Aunque su discurso, ya parte imborrable de la memoria colectiva, adquiría más sentido entendiendo que a quien no se dejaba hablar por católico, feo y sentimental resultaba ser no una minoría sino una «mayoría silenciosa», repitiendo así la expresión que tanto gustaba formular a Reagan unos años antes. Son las mayorías las que otorgan el gobierno en las democracias y la legitimidad que todo régimen necesita para perdurar, el respaldo de la autoridad en cualquier líder, ahora bien, discernir en ellas una voluntad a menudo se antoja más complicado que interpretar el Oráculo de Delfos. Afanadas en sus quehaceres diarios y sin demasiado tiempo para divagar sobre grandes estrategias políticas, receptoras pasivas del ruido mediático y cultural, aparentemente mansas y sin embargo temidas como una diosa caprichosa, eran convocadas a las urnas periódicamente con la incertidumbre de qué consignas habrían logrado arraigar en ellas, y una vez visto el resultado electoral ya entonces resultaba que todo había estado siempre claro, procediéndose a pronosticar el pasado y explicar la voluntad popular.
Ahora, con la llegada de las redes sociales, hemos constatado que la mayoría, lejos de ser silenciosa, en realidad no calla ni debajo del agua. Semejante cacofonía no es tampoco mucho más reveladora. Cabalgar contradicciones lejos de ser la impronta del genio es la definición misma de la mediocridad, y comprobamos que mucha gente dice lo que dice simplemente porque está de moda, aunque ayer sostuviera justo lo contrario. En cualquiera de los casos veremos que se expresa con vehemencia, sin atender a las consecuencias, declarando la guerra cada día a un país distinto, alzándose como el único puro entre tibios, arrepintiéndose inmediatamente de lo votado (luego volverá a hacerlo) y alternando el desconsuelo y la euforia, el cinismo y la ilusión, sin solución de continuidad. Supongo que todos somos un poco así.
Tampoco es de extrañar por tanto que, a lo largo del siglo XIX, cuando ya las apelaciones al pueblo se habían vuelto un fetiche habitual de las arengas políticas, hubiera teóricos que sospecharan del poder real de este, dada la naturaleza voluble y errática de las masas. No era la suya, al menos en todos los casos, una intención prescriptiva sino meramente descriptiva. Una constatación de los límites de la democracia en su materialización práctica, por lo que más adelante serían agrupados bajo la etiqueta de los «Maquiavélicos», en el sentido originario del término.
Vilfredo Pareto, por ejemplo, que además de ilustre matemático fue también politólogo, consideraba que toda sociedad está dividida entre una élite activa, que posee poder y toma decisiones, y la mayoría pasiva, que simplemente sigue las reglas. Otro italiano, Gaetano Mosca, observó que «el dominio de una minoría organizada sobre una mayoría desorganizada es inevitable». Robert Michels estimaba que cualquier organización, sin importar su origen democrático, inevitablemente se convierte en una élite con sus propios fines —la «Ley de hierro de la oligarquía»—, mientras que Joseph Schumpeter se barruntaba que a diferencia de las primeras democracias griegas la sociedad contemporánea es enormemente compleja y se sustenta en la división de trabajo, de manera que el ciudadano de a pie se especializa en una profesión y eso absorbe casi toda su atención de la gestión política, sobre la que tendrá una visión muy superficial y filtrada. Por todo ello concluía José Antonio Primo de Rivera que «la revolución es la tarea de una resuelta minoría, inasequible al desaliento. De una minoría cuyos primeros pasos no entenderá la masa, porque la luz interior fue lo más caro que perdió, víctima de un período de decadencia».
Pues bien, lo esbozado hasta ahora resulta imprescindible para entender en todo su alcance una reciente intervención de Tucker Carlson, sobre los cambios que están produciéndose en el mundo actual aunque en esa charla se circunscribía al impacto en el empleo de la IA: «Tenemos algo menos de un millón de abogados en Estados Unidos, y muchos de ellos están apañados. Puedes desplazar a los trabajadores del campo, ¿qué van a hacer al respecto? Puedes desplazar a los trabajadores de las fábricas; ellos simplemente se matarán a sí mismos con drogas y comida basura, que es lo que han hecho. Y te sentirás un poco culpable, pero luego lo ignorarás. Si haces eso con los abogados y con los empleados del sector no lucrativo, entre quienes viví en Washington D. C., tendrás una revolución. Lo digo en serio. Hablo completamente en serio. ¿De dónde salió Pol Pot? Nunca ha habido una revolución que no fuera fomentada por miembros frustrados de lo que podríamos llamar la clase insurgente. Sub-aristócratas, pero la clase aspiracional; la gente más repulsiva que hay, creo que sería justo decir. Pero también la más empeñada en conseguir lo que quiere. Si los dejas sin trabajo, no estoy bromeando en absoluto: creo que podríamos volvernos inestables. Esto ya lo estamos viendo, y se podría argumentar que el auge electoral de Mamdani puede deberse a jóvenes que salen de la universidad y están exactamente en esa misma situación. Les dijeron que si asumían 400.000 dólares de deuda, acabarían ganando bien la vida y progresando, comprando una casa, y todo eso resultó no ser cierto».
Ahí lo tenemos, una minoría organizada lograría lo que otras, ignorando la historia del movimiento obrero y campesino, han desistido hacer. Bajo este enfoque las apelaciones al centrismo y la moderación se vuelven inútiles y aún contraproducentes, por desmotivar al pretender abarcar a los indecisos, que de todas formas se sumarán al ver que eso es lo que está de moda. Porque las minorías circulan, compiten, van sustituyéndose unas por otras a lo largo de la historia (aunque viendo los apellidos de la élite cultural, periodística, política y económica en España a veces tenemos nuestras dudas) y esto es algo en que los autores decimonónicos antes citados coincidían. Teniéndolo presente podemos entender muchas de las cosas que pasan, cómo las conspiraciones son la política en su estado natural y, por último, que la concepción tan del gusto demócrata liberal de la esfera pública como un mercado de ideas donde compiten y triunfan las mejores no es exactamente el mundo en el que vivimos, donde prevalece la racionalización a posteriori, el relato mata al dato y es el órgano el que hace la función. Pero eso ya será tema para otra ocasión.