Piense en la mujer más aficionada al deporte que conozca, y ahora pregúntese: “¿Ha tenido esta señora alguna vez una lesión grave causada por el deporte?” La respuesta será, casi con toda certeza, que sí. Y hay motivos fisiológicos que explican esa respuesta.
A lo largo de millones de años, los cuerpos de las mujeres han evolucionado para esfuerzos físicos muy distintos de los de los hombres. Todas las sociedades primitivas que se han conocido en la historia de la humanidad (en reportes de épocas pasadas o de antropólogos modernos) funcionan de modos similares a las bandas de primates en Africa Subsahariana, en lo que se refiere a la división por sexos del trabajo: las mujeres cuidan a los menores y recolectan frutas y cuidan de las zonas donde acampan las tribus; los hombres, en su gran mayoría, se dedican a tareas mucho más peligrosas que frecuentemente requieren mayor fuerza y resistencia al choque y la pelea.
Aparte de esto, las mujeres tienen que dar a luz; y llevar un bebé en la panza durante nueve meses; y menstruar cuando no están embarazadas, con todos los trastornos hormonales que eso conlleva. No es de extrañar que, después de millones de esta especialización de tareas, los fenotipos masculinos y femeninos tengan gran divergencia: de hecho, los humanos están entre los primates donde mayor divergencia sexual hay.
Esto no quiere decir, por supuesto, que las mujeres sean más débiles. De hecho, en todas las sociedades que no son brutalmente machistas las mujeres viven más años y son capaces de recuperarse de enfermedades más graves. Los hombres tenemos, por lo general y sin presumir, un cuerpo diseñado para un mayor rendimiento físico y menor resistencia; y las mujeres lo contrario.
Entiendo que las últimas décadas de propaganda occidental pro-feminista han ofuscado este hecho. Todos han visto películas en las que actrices que miden 1,50 y pesan 45 kilos patean a cinco tiparracos. Espero no decepcionarles cuando les digo que las películas son mentira. El analista estadounidense Steve Sailer, por ejemplo, lleva años citando estudios que dejan a muchos boquiabiertos: por ejemplo, que incluso la fuerza de las mujeres más atléticas del planeta las pondría solo en el último cuartil de fuerza masculina; es decir, que el 75% de hombres es básicamente más fuerte que cualquier mujer que uno pueda encontrar.
Fue también Sailer el que hace unos años publicitó el caso, discretamente soslayado por la prensa estadounidense, de una miembro del Servicio Secreto de la Casa Blanca a la que se llevó por delante un demente llamado Omar González, de 42 años, que había saltado la valla e intentó acercarse al presidente estadounidense. Todos hemos visto las imágenes del intento de asesinato de Donald Trump en Pennsylvania el verano pasado, cuando una mujer menudita asignada a proteger a este tío de más de 1,90 no sabía dónde meterse, estaba demasiado aturdida para sacar su pistola y desde luego no tenía ni fuerza ni volumen corporal para proteger al entonces candidato presidencial.
Por supuesto, muchas mujeres tienen el suficiente valor e inteligencia para saber cómo sacar una pistola en esos casos, o usar otros medios para hacer su trabajo de guardaespaldas. Lo que nunca pueden tener es la fuerza y resistencia de un hombre. Por eso, la continua promoción del deporte profesional femenino es un error.
Está muy bien que las mujeres hagan deporte, de forma moderada (como, por otro lado, lo hago yo mismo). Yo animo a mi esposa a hacer deporte, y a mis hermanas y a mis sobrinas. Lo que nunca, jamás, haría es animarlas a meterse en un equipo en el que tengan que estar continuamente entrenando para dedicarse a un deporte, sobre todo un deporte de contacto.
El cuerpo femenino no está preparado para el deporte profesional. Ni siquiera el cuerpo masculino está preocupado para el deporte profesional, y muchos deportistas se retiran con graves achaques y patologías crónicas incluso cuando son veinteañeros. Pero las estadísticas sobre las mujeres deportistas profesionales son terroríficas. En este análisis, Johann Kurz cita diversos estudios que muestran lo siguiente:
-La prevalencia de trastornos alimentarios clínicos entre las atletas de élite femeninas se acerca al 50 %.
-En mujeres que compiten en deportes que priorizan la delgadez (como correr), la prevalencia de amenorrea secundaria (pérdida de la menstruación) puede alcanzar el 69% de todas las atletas, en comparación con el 2 % al 5 % en la población general.
-La prevalencia de osteopenia (pérdida de densidad ósea) oscila entre el 22 % y el 50 % en las atletas femeninas.
-El 24,2% de las atletas femeninas en competiciones universitarias estadounidenses de División I y el 30,7% de las atletas femeninas de División III se sienten muy insatisfechas o mayormente insatisfechas con su apariencia general (que raramente se acerca al ideal femenino, debido a su musculación).
-Esto podría estar asociado con problemas de salud mental más amplios: las atletas femeninas tienen el doble de probabilidades que los atletas masculinos de experimentar síntomas depresivos y presentan tasas más altas de ansiedad (incluido el trastorno de ansiedad generalizada).
-Más del 20 % de las atletas profesionales femeninas declaran haber sufrido abuso sexual (más del doble que los atletas masculinos que declaran lo mismo, y una proporción muy superior a la de la población femenina general).
En resumen, el deporte de alto nivel femenino, incluso sin llegar al nivel profesional (las atletas universitarias raramente alcanzan el nivel profesional), es desastroso para la salud de las atletas. Las lesiones continuadas y efectos a largo plazo son brutales. Y aún no tenemos estudios que muestren los efectos de la profesionalización masiva del deporte femenino, un fenómeno reciente.
Si está pensando en meter a su hija en uno de esos nuevos equipos de fútbol o baloncesto femenino que ahora aparecen por todas partes, mi recomendación sería que se lo piense cinco veces. Hay muchas formas de mantenerse en forma que no incluyen la obligación de dar y recibir codazos en un córner o al coger un rebote.