Este año ha empezado tan fuerte que las Navidades parecen lejanas, pero aún así, a pesar de que nos pueda fallar la memoria, siendo consciente de los sesgos y cámaras de eco en que uno puede encerrarse sin darse cuenta, cabe concluir que ha habido un menor empeño que en años previos en sabotearlas con extemporáneas proclamas progres, iconoclastia posmoderna o provocaciones de tristes incapaces de recibir atención de otra manera. No era tan difícil. Así que hemos sabido mantenernos relativamente fieles a la tradición —hay que recordar que venimos de aquí— de manera que los belenes no pretendían apelar al mal gusto ni molestar, los Reyes Magos no eran adefesios de pesadilla para tranquilidad de las almas más sensibles (¡una década!) y ningún político aprovechó para hacer el tonto por encima de sus posibilidades. Ni siquiera Bonilla, que se ha limitado a continuar la entrañable tradición española de pintarse la cara de betún para representar a Baltasar —ninguna fuente histórica niega que el original se presentase así en Belén—, frente a quien la fingida indignación suena tediosa, pasada de moda… simplemente ya no funciona.
Cual aldea de Astérix, sin embargo, la redacción de El País ha sabido mantenerse al pie del cañón un año más, haciéndonos saber que la Navidad es una «carga» y que además es machista, vaya por Dios. Idea que repiten en este otro texto sobre «la carga mental de las mujeres en Navidad» cuatro días después, por si algún infortunado se perdió el primero. Habrá quien lo explique apelando al anticlericalismo y la masonería propios de ese entorno y, sin ánimo de negarlo en su totalidad, me atrevería a apuntar que, a la luz de los años que llevo siguiendo lo que publican como el galeno que examina una pústula, la razón última es otra. Tengamos en cuenta que la Semana Santa despierta reacciones menos viscerales en ellos.
Por ello, afirmo que la aversión hacia la Navidad digna de Scrooge que se predica en este medio tiene su raíz en la naturaleza cálidamente familiar que caracteriza a estas fechas. Es ese enfoque el que suelen emplear para despreciarla, véase este ejemplo entre otros, al que añaden la etiqueta «humor» para que sepamos que el texto tiene alguna gracia, donde se concluye que aquella Navidad de 2020 con sus dementes restricciones podía ser la mejor porque «¿Qué otra circunstancia te habría librado del cuñado machista?». Ahora bien, si tiramos de este hilo entonces encontraremos una constante en su línea editorial que se extiende a lo largo de todo el año.
«Eliges no tener hijos para proteger tu autonomía y de repente debes cuidar de tus padres ancianos ¿Se puede optar?» titulaba uno de sus artículos, en el que se echa en falta un mapa de lugares donde abandonarlos desorientados para que no regresen a casa. Fijémonos en los valores que subyacen ahí. La libertad entendida como aislamiento, los lazos familiares dejan de ser vistos como anclas que nos vinculan a lo importante y nos salvan de ir a la deriva, para verse como cadenas que nos impiden alcanzar no se sabe bien qué cosa más importante. ¿Qué puede ser eso? Aquí lo entrevemos aunque se refiera a México: «Las mujeres no facturan porque tienen que cuidar». Si cuidar de alguien es un obstáculo para poder centrarse en el trabajo, habrá que prescindir de la familia…
El ideal es el individuo atomizado, una canica en una bolsa llena de ellas, cuya esfericidad egotista impide que se estructuren formando algo mayor, distintivo. Puedes extraer un puñado y añadir luego otro sin que se aprecien diferencias. Veamos este otro titular: «Mesa para uno: el creciente placer de salir a comer solo contigo mismo». Extraña de inmediato a nuestra sensibilidad porque comer siempre ha sido un momento de encuentro, un acto social, eucarístico: «partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón», se decía de los primeros cristianos. La mano de Dios, de Sorrentino, lo retrata bien en su vertiente mediterránea, aunque es común a otros lugares culturalmente afines, pues según el dicho popular colombiano «el que come solo, muere solo».
Los redactores de El País, en cualquier caso, ya nos explican que tal soledad no debe limitarse a la mesa sino abarcar toda nuestra vida: «¿Por qué una mujer soltera sin hijos no puede ser la persona más sana y feliz del mundo?» se preguntaba este artículo, no sé… ¿tal vez porque los humanos somos seres de naturaleza social? Pero fijémonos en cómo perfilan no solo el mensaje, sino el público al que deben dirigirse. La mujer debe alejarse de esos especímenes que podrían dejarla embarazada si se descuidan: «Cada vez más solteras (y más felices): Muchos hombres no saben estar a la altura» nos explicaba este titular. Una táctica básica de la persuasión es hacer creer que aquello que se promociona es imparable y creciente como una bola de nieve.
Cuando nos traen a alguna celebridad la entrevista debe estar encabezada, inevitablemente, por la misma idea, aquí tenemos a esta actriz contándonos que «No me arrepiento de irme a la cama sola por la noche». Como alternativa abundan los textos en este medio relatando las virtudes de los juguetes sexuales para mujeres, lejos de la sordidez a la que se asocia los masculinos, pues los de ellas no son para darse gusto ahí abajo sino para emanciparse históricamente, lo cual es un asunto muy serio.
Si son las propias redactoras las que hablan de sí mismas —les apasiona hacerlo— entonces nos aclaran que «Ser una mujer hetero no significa colocar la amistad con tus amigas un escalón por debajo de tu relación romántica». En esta columna Rosa Montero repetía la consigna: «Ligar heterosexualmente, que siempre fue la mar de complicado, se está poniendo imposible». Vamos a ver, es una señora de 75 años y lo comprendo, pero no debería desanimar a otras más jóvenes. Un momento, veo que ambas han aludido a lo «hetero», en este otro artículo van más allá y acuñan el término heteropesimismo: «Cuando entiendes que históricamente los hombres no han estado a la altura, no hay vuelta atrás: ¿qué hacer ante el heteropesimismo?». Vaya, parece que dejan una puerta abierta para quien no quiera marchitarse en el abandono: «Hombre gay y mujer heterosexual se casan y son felices: ¿empieza a ser posible y normal en 2025?». Gays para todos y todas, ea, solucionado.
En fin, podríamos pensar que es algo específico de El País, pero si miramos más allá, a medios como El Mundo, tampoco es que la cosa mejore mucho: «Por qué las mujeres de 40 y 50 están teniendo el mejor sexo de sus vidas: ‘Quiero disfrutar sin dramas’». Relaciones esporádicas sin vínculos, como alivio pasajero para ese estilo de vida que se promociona como moderno y deseable. ¿Es todo esto lo que realmente queremos en el fondo de nuestro ser?