Leopold von Ranke pasa por ser el fundador de la ciencia histórica contemporánea. El historiador prusiano se mostró, a lo largo de su longeva existencia, completamente reacio a reflexionar con profundidad sobre los fundamentos del saber histórico. Ranke rechazó, en sus escritos, cualquier tipo de filosofía de la historia, Fue paladinamente enemigo de la escuela hegeliana de filosofía. Desde su óptica, la realidad corría el peligro de ser falseada ideológicamente por las construcciones filosóficas que implicaban seleccionar de la historia del mundo “hechos” con los que confirmar ideas formuladas a priori. Muy al contrario, el historiador debía tender a la objetividad absoluta narrando el pasado “tal como realmente fue”, “wie es digentlich greween”. Su fundamento era el estudio riguroso de las fuentes primarias oficiales, la narración de los acontecimientos político/estatales, evitando juicios de valor. La perspectiva rankeana ha sido, desde el principio, muy criticada. Nuestro Ortega y Gasset tomó partido por Hegel y acusó al prusiano de ausencia de espíritu filosófico. Por su parte, Hans Georg Gadamer, en su obra Verdad y método, defendió que, en el fondo, Ranke y sus discípulos eran seguidores inconscientes de los postulados del romanticismo alemán. Y es que, en el fondo, Ranke era un conservador. En su obra Sobre las épocas de la historia moderna, aleccionó al rey Maximiliano de Baviera, en clases privadas, sobre la trayectoria política de Europa desde Roma a las revoluciones de 1848. Su conservadurismo se hacía explícito en su crítica a la idea de progreso. El historiador prusiano subrayaba que la idea de progreso incurría en etnocentrismo –por ejemplo, moral–, exigiendo la extensión de un patrón mediante el cual establecer comparaciones. Los que la sostienen identifican su propia historia del progreso con la Humanidad, negando al otro como ser humano. La idea de progreso conllevaba, por tanto, la eliminación de culturas y de épocas pasadas enteras. Como buen conservador, Ranke apostaba por la consideración de la vida individual en la historia, puesto que ”cada época debe ser considerada como válida en sí misma”. Estos planteamientos –muy plausibles, por otra parte– demostraban la imposibilidad de una objetividad absoluta en el desarrollo del saber histórico. Como señala el economista y filósofo Friedrich Hayek, política, filosofía e historia se encuentran íntimamente relacionados. Y es que la historia es ciencia y arte, y aquel que intente “escribir historia y olvida que esto le plantea la tarea de formular una interpretación a la luz de determinados valores, se engaña a sí mismo y será víctima de sus prejuicios personales subconscientes”. Además, siempre habrá que tomar en cuenta la función social del saber histórico. Como señala el filósofo Richard Rorty, la función del saber histórico no es la de ofrecer una imagen objetiva del pasado –algo imposible, como sabemos–, sino los fundamentos de lo que debería ser una nación en el porvenir. De ahí que los debates historiográficos puedan entenderse como disputas en torno al futuro de una sociedad.
A lo largo del siglo XIX español los historiadores españoles más relevantes fueron, si hemos de creer al británico George Peabody Gooch, Modesto Lafuente y Marcelino Menéndez Pelayo. Un liberal y un tradicionalista. En ese sentido, la historiografía estuvo centrada en debates permanentes entre estas dos tendencias ideológicas. Frente a la identidad católica, el liberalismo más radical tendió a la invención de tradiciones alternativas como las Comunidades, Al-Andalus, los fueros medievales, etc.
Aquí entra la figura y la obra de Américo Castro Quesada. Nacido en Brasil, aunque de origen granadino, en 1885, fue miembro de la denominada Generación de 1914, estudió Derecho y Letras en Granada, e hizo el doctorado en Madrid, donde fue discípulo de Ramón Menéndez Pidal. Luego, pasó a la Sorbona y a Alemania, donde se impregnó del historicismo de Wilhelm Dilthey. Colaboró en la organización del Centro de Estudios Históricos. Se relacionó, además, con la Institución Libre de Enseñanza, sobre todo con Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé de Cossío. Próximo igualmente a Ortega y Gasset, fue uno de los firmantes del Manifiesto de la Liga de Educación Política. La influencia del pensamiento orteguiano fue igualmente importante en sus ideas historiográficas. Agnóstico, Castro fue muy crítico con el catolicismo español de la época, al que acusó de fomentar la incultura y buscar la influencia política. España era una “frailocracia”. Genéricamente entendida, la religión no era otra cosa que “un lazo para la grey”. Políticamente, se autodefinió como “izquierdista, antiborbónico y amigo del pueblo”. En realidad, era un liberal. Con la II República, fue nombrado embajador en Alemania, en 1931. Colaboró en el diario El Sol. Al estallar la guerra civil, fue designado cónsul español en Hendaya. Dos años después, en 1938, se exilió en Estados Unidos, donde enseñó literatura española en Wisconsin, Texas y Princeton. Creó una escuela de hispanistas, con figuras como Rusell P. Sebald, Stephan Gilman y Thomas Glick. En 1953, fue nombrado profesor emérito de la Universidad de Princeton, en la Universidad de California y en San Diego. A partir de los años cincuenta, visitó España. Y en 1970 volvió definitivamente a su país, falleciendo dos años después en la localidad catalana de Lloret de Mar.
Entre sus obas, destacan Teresa La Santa, Aspectos del vivir hispánico, El pensamiento de Cervantes, De la edad conflictiva, La realidad histórica de España, España en su historia, etc. Su producción posterior a la guerra civil y de madurez se caracteriza por una interpretación de la trayectoria histórica de España en radical pugna con la defendida por Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal y Claudio Sánchez Albornoz. Frente a ellos, dos son sus afirmaciones fundamentales. En primer lugar, Castro sostiene que el adjetivo español no podría aplicarse en rigor a quienes vivieron en la Península Ibérica con anterioridad a la invasión musulmana. En segundo lugar, lo más original y universal del “genio” hispánico toma su origen de una disposición fraguada en los siglos de convivencia cristiano-islámico-judía, “la historia entre los siglos X y XV”, que conforma la estructura del vivir hispánico, sin enlace con la monarquía visigoda y con un conglomerado de castas, cristianas, árabes y judías. “Si el hispano judío se destacaba por su aguda inteligencia y el moro por su industriosidad constructiva y laboriosa, el cristiano se especializó en el cultivo del esfuerzo heroico”. “El imperio español fue concebido, construido y deshecho a causa de la cooperación y de los odios entre las tres castas”. En ese sentido, Castro desvalorizaba claramente los logros de la casta cristiana, en favor de judíos y árabes. En algunas de sus obras, tiende a identificar la alta cultura de los siglos XVI y XVII sobre todo con el judaísmo de los cristianos nuevos o conversos. Así, defendió el judaísmo de Teresa de Jesús, de Cervantes, de Bartolomé de las Casas, etc. En definitiva, Castro calificaba de “ficción” que España hubiese sido un país como los restantes de Europa. Una pretensión que calificaba de “ficción paralizante”.
Castro siempre estuvo muy seguro de sus tesis. En su correspondencia con Juan Goytisolo y Marcel Bataillon, no duda en calificar a sus críticos y contradictores como “chiflados”, “resentidos” e “ignorantes”. Su contemporáneo Salvador de Madariaga lo describe, en una semblanza, como un “hombre extremado”, “inestable” y “suspicaz”. Madariaga se definió, como historiador, más próximo a las tesis de Sánchez Albornoz que a las castristas.
Sus tesis fueron vehementemente criticadas por otro historiador exiliado, Claudio Sánchez Albornoz, defensor de la herencia hispanorromana y cristiana, primero en su libro Españoles ante la historia y luego en su monumental España, un enigma histórico. El medievalista acusó al filólogo de partir de una serie de falsas premisas, basadas en una ausencia de metodología científica y de una larga serie de inexactitudes de hechos e interpretaciones. Castro reaccionó despectiva y sarcásticamente. La polémica no pasó desapercibida en España. Hebraístas como Millás Vallicrosa, arabistas como Levy Provenzal, filólogos como Dámaso Alonso, romanistas como Leo Spitzer, historiadores como Menéndez Pidal terciaron en la polémica con objeciones a Castro.
Dada su heterodoxia religiosa, su condición de exiliado y el contenido de sus tesis, sus obras fueron publicadas en Estados Unidos y en Hispanoamérica, sobre todo por la editorial Losada. No obstante, a partir de los años sesenta, gracias a la legislación liberalizadora de Manuel Fraga, sus libros aparecieron en España publicadas por editoriales como Alfaguara, Alianza y Taurus. Y comentadas en el campo periodístico e historiográfico español. Sin embargo, durante algunos años su obra fue eclipsada por la hegemonía de la Escuela de los Annales, de Fernand Braudel y Lucien Febvre; y luego por el marxismo. Jaime Vicens Vives no lo tomó en serio. Y en la obra de Josep Fontana y de Manuel Tuñón de Lara su nombre no aparece. El filólogo Eugenio Asensio, en su libro La España imaginada de Américo Castro, lo calificó de esencialista y tradicionalista. El escritor y sociólogo Francisco Ayala, otro exiliado, lo calificó de romántico tardío, que no estaba al tanto de la nueva metodología historiográfica, cuyo mayor representante era el británico Edward Hallet Carr. Bien es verdad que Ayala criticó igualmente a Sánchez Albornoz, que incurría, a su entender, en los mismos vicios.
Poco a poco, sin embargo, Castro fue ocupando espacios en el campo historiográfico español. En 1971, la editorial Taurus publicó Estudios sobre la obra de Américo Castro, un volumen colectivo en el que colaboraron antiguos falangistas como Pedro Laín Entralgo o Antonio Tovar, junto liberales como José Luis López Aranguren, Marcel Bataillon, Rafael Lapesa, Paulino Garagorri, José Jiménez Lozano, Vicente Llorens, e izquierdistas como Juan Goytisolo. A cuya lista de admiradores habría que añadir el nombre de José Luis Abellán, a cuyos planteamientos luego haremos referencia. Novelas como Reivindicación del conde don Julián y Señas de identidad, de Goytisolo, son inseparables del castrismo historiográfico. Camilo José Cela publicaría un libro de viajes, bajo el título de Judíos, moros y cristianos. Fueron amigos. De hecho, Castro colaboró en la revista celiana Papeles de Son Armadans. Significativamente otros intelectuales, como Gonzalo Fernández de la Mora o Florentino Pérez Embid, criticaron a Castro en favor de Sánchez Albornoz. Con el tiempo, el castrismo historiográfico consiguió la adhesión de algunos autores marxistas, como el historiador José Carlos Mainer, y de liberales como Juan Marichal. Orteguianos como Paulino Garragorri publicaron Introducción a Américo Castro. El estilo vital hispánico. El filólogo chileno Guillermo Araya, El pensamiento de Américo Castro. Más recientemente, el antropólogo José Antonio González Alcantud, Américo Castro y la Historia de España. Javier Varela, en su libro La novela de España, realizó un irónico retrato tanto de Castro como de Sánchez Albornoz. Pese a la brillantez de la obra, Varela se equivocó a la hora de dar por finiquitado y superado el sempiterno “problema de España”, hoy más vigente que nunca.
Precisamente, uno de los adalides del castrismo historiográfico fue José Luis Abellán, estudioso del exilio intelectual y del pensamiento español. Desde los años sesenta del pasado siglo, Abellán tomó partido por Castro en contra de Menéndez Pidal y de Sánchez Albornoz, epígonos a su juicio del espíritu del 98. Abellán intentó llevar a cabo, él solito, la renovación de la historia del pensamiento español, recurriendo, en curiosa amalgama, a elementos marxistas, de sociología del conocimiento y castristas [1]. De esa amalgama contradictoria, salió a la luz su ridícula Historia crítica del pensamiento español. Un auténtico fiasco historiográfico.
Abellán sacó consecuencias políticas de la interpretación castrista de la historia de España. En 2006, el historiador madrileño publicó un volumen misceláneo bajo el título de Hacia otra España, homónimo del escrito por el joven Ramiro de Maeztu en 1899. Y de contenido antagónico al defendido por el vasco. En uno de sus capítulos, aborda el tema de la inmigración: “Necesitamos –dirá– la inmigración para seguir el nivel de vida que hemos alcanzado y el próximo paso de los cuarenta a los cien millones (¡) de habitantes, que se dará según las previsiones en 2025, es, en ese sentido positivo”. Abellán relacionaba el fenómeno con la caída de la tasa de natalidad en la sociedad española, Además, el cambio demográfico se convertía, a su vez, en un cambio étnico y en el consiguiente cambio de valores, “en la percepción de nuestro pasado”. Algo que, a su entender, suponía “una inversión histórica”. En la interpretación de Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal y Sánchez Albornoz se legitimaba la casta de los cristianos viejos, es decir, de los católicos. El casticismo castellano como eje y el catolicismo como hilo conductor. “Era –dice Abellán– la exaltación de los Reyes Católicos como fundadores de una España monolítica y centralista (sic)”. Ante la nueva realidad demográfica que iba abriéndose paso, la interpretación castrista adquiría, en opinión de Abellán, una clara dimensión operativa, con su exaltación de la “España de las tres culturas”. Y concluía: “Estamos en el buen camino hacia otra España que hoy resulta necesaria (…) Ello sería un hito en la recuperación de la solidaridad nacional y crearía un horizonte de esperanza, inédito en nuestro país. Pero el proceso no termina ahí. La transformación de la base étnica del país, con la incorporación de oleadas de inmigrantes, sería el punto de no retorno de esa nueva España. Con ello, habríamos realizado una refundación –¡tan necesaria!– de la sociedad española”. Y advertía del peligro de “las fuerzas de reacción –tan poderosas siempre en España– no lo impidan secuestrando una vez más el destino nacional”.
Según hemos podido ver, hace ya tiempo que algunos pedisecuos encontraron los fundamentos histórico-filosóficos del proceso de reemplazo tanto étnico como mental y axiológico que está experimentando la sociedad española desde hace décadas. Nos preguntamos si una realidad tal podría seguirse denominando España y qué tipo de régimen político regiría su porvenir. Se diría que, en el pensamiento de Abellán y de otros castristas, no de todos, asistiríamos a una especie de restauración de la esencia primigenia de España, postergada a lo largo de cinco siglos. Tal es lo que pensaba más o menos Blas Infante, con su indigesta amalgama de proislamismo y teosofía, que tanto gusta a Moreno Bonilla y sus acólitos de la Junta de Andalucía. Claro que no vemos a Moreno Bonilla leyendo a Castro o a Infante. El no pasa de ser un maestro de ceremonias, un centrista. Tampoco a las señoras Belarra o Montero; mucho menos a Sánchez. Quizás sí a sus amanuenses. Y es que lo que parece evidente es que un sector de la intelectualidad española, como el representado por Abellán, apostaba ya hace años por un proyecto de reemplazo y por un odio nada soterrado hacia la identidad tradicional española, ya muy desgastada en parte por la acción de ciertas instituciones llamadas a defenderla. Cuanto más activo aparezca ese sector más dudoso será el porvenir de España como nación, en una etapa de gravísima anormalidad. ¿Habrá respuesta?. Me temo que el proceso de desnacionalización ha llegado ya muy lejos. Lo estamos viendo. El escándalo que ha suscitado entre las elites izquierdistas el principio de “prioridad nacional” es sólo un ejemplo de ello. Y la respuesta es aún muy débil y llega demasiado tarde. Una auténtica traición de los políticos y de los intelectuales.
[1] Véase Pedro Carlos González Cuevas, “José Luis Abellán, formación y trayectoria intelectual”, en Boletín de la Real Academia de la Historia. Tomo CCXXI. Cuaderno I, enero-abril 2024.